Un sumo que aplasta

Se jugó en Buenos Aires el primer torneo de sumo. Ni gordos empujándose, ni gigantes con pantalones raros, una tarde deportiva con toda la alegría en el Jardín Japonés.

Fui equivocado.
Hubo un error desde el principio.
Una risa, una segunda y  hasta, quizás, una tercera. Enterarme de que había un torneo de Sumo en el jardín japonés me pareció muy loco. Con la mochila llena de prejuicios fui a ver  pelear “gordos contra gordos”.
La tarde de domingo estaba hermosa. Sol radiante, aquel que suele regalarnos los albores de la primavera. El jardín japonés, siempre bien cuidado y adornado y armónico me recibió de excelente manera. Fui con la cámara y el grabador a ver lo que hasta ese momento iba a ser una nota bizarra, de color, como quieran llamarle.
Yo, ahora, lo llamaría: un error.
Luego de tener completo y libre acceso al parque, lo tuve, por la gentileza del jefe de prensa, a la carpa donde se disputaba el primer torneo abierto de Sumo en la Argentina. Suena raro. El deporte nacional del Japón tenía su primer evento organizado por la Asociación Buenos Aires Sumo.
Algo ansioso por ver de qué se trataba, con algo de morbo y tan, pero tan, equivocado alcé la cabeza apenas entré a la carpa buscando sobrepasar a las muchas personas que había adelante mío. Ahí los vi, luchando apasionados, agarrándose los unos a los otros como quien no deja escapar a la pasión. Me dio vuelta.
El torneo ya había empezado y la gente observaba seriamente. No es fácil entrar en clima. Es algo que rompe todas las estructuras, las pisa. No es el Sumo de Japón, no es profesional, ni imperial, ni elitista. Es Sumo entre aficionados organizados y autogerenciados. Es una asociación integrada únicamente por luchadores que, de su bolsillo, bancan la actividades e intentan la difícil tarea de difundir su actividad tan amada, su hobby que los saca del frenesí laboral cada día de entrenamiento.
Los prejuicios se fueron incendiando de a poco, las estructuras se fueron cayendo, las risas burlonas se  callaron y los errores fatales iniciales se convirtieron en bronca, culpa, autocrítica. No estaba viendo pelear “gordos contra gordos” estaba viendo un deporte, uno más. Tan amado por los luchadores, tan incomprendido por nosotros. Es mentira, no son todos gordos, no hace falta ser gordo ni flaco para ser sumotori,  basta simplemente, con que te guste, con sentirlo como lo sienten los luchadores que veía en ese momento. Ellos son: Federico, Hernán, Martín, Juan, Marcelo. No importan los nombres. Importa que son como vos, que son nosotros.
Las luchas fueron pasando, las sonrisas se volvieron alegres, los luchadores fueron venciendo a cada uno de los observadores. Y así fue como lograron la victoria final, la gran proeza de hacer entender que no es nada raro, que está bueno, que es un arte marcial más. Y que ser gordo o no serlo no te impide hacer deporte y mucho menos hacer Sumo. El campeón es anecdótico, los trofeos son simplemente para la foto, no hubo luchadores ganadores ni perdedores entre si. Hubo una sola victoria y fue la del Sumo contra mi, contra todos los que estábamos mirando y, ahora, contra vos.
La asociación buenos aires sumo se fundó hace muy poco, separándose de la asociación imperial, elitista y verticalista que hasta aquel momento era la única en el país. Ahora ya no lo es, ahora existen ellos que además de ser los dirigentes y las autoridades son los propios luchadores. Ellos lo sienten, ellos deciden. Ya ningún ejecutivo de corbata que nunca lucho sobre la arena decidirá verticalmente por ellos. Ahora, los luchadores, de manera horizontal y popular esperan nuevos integrantes, nuevos desafíos, nuevos prejuicios para romper. Ellos luchan, ellos se apasionan, ellos deciden.

El error. La lección. La reflexión. Y, por último, esta crónica que intenta decir que el Sumo aplasta prejuicios.

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