Castelli y los cangrejos: Una reflexión a doscientos años de la Proclama de Tiahuanaco

Por Analía Godoy

Hay quienes dicen que de tanto mirar para atrás los historiadores terminan creyendo para atrás. Contra esto se podría proponer que el peso del pasado sobre las circunstancias presentes es tan grande que se convierte, como lo señalaba Karl Marx, en lo que limita y condiciona la forma en la cual podemos actuar. Esto hace sumamente difícil no tentarse de ir como el cangrejo, pretendiendo avanzar a la vez que retrocedemos y más difícil aún creer hacia delante sin mirar al pasado, porque es éste el que abre las posibilidades objetivas de transformación de la realidad. Algo de potencial revolucionario debe tener la historia para que no hace tanto algunos hayan pretendido clausurarla para siempre afirmando vanamente que había llegado a su fin.

Mientras retrocedemos proyectando avanzar, podemos poner la vista en el primer intento de transformación de las sociedades americanas independientes: el que Juan José Castelli llevó adelante en el Alto Perú, actual Bolivia, en el primer aniversario de la Revolución de Mayo, o sea el 25 de mayo de 1811. Castelli, vocal de la primera Junta de gobierno del Río de La Plata, había llegado al Alto Perú con la expedición del Ejército del Norte teniendo por fin terminar con la resistencia realista, pero su presencia, convirtió al ejército en un instrumento de la tendencia más radical dentro de la Junta de Buenos Aires, constituida por Mariano Moreno, Manuel Belgrano y él mismo.

No son fruto de la casualidad, entonces, las medidas que proclamó en Tiahuanaco. En efecto, el radicalismo de este grupo consistía no solo en la pretensión de constituir un gobierno independiente basado en la soberanía popular sino en poner como precondición una profunda reforma social. En esto se diferenciaban de las aristocracias locales, que querían sacudirse la dominación colonial pero manteniendo inalterada la estructura social basada en la mita y el tributo indígena. Castelli, Belgrano y Moreno partían de la noción de que erigir un Estado independiente con un pueblo soberano era incompatible con el mantenimiento de las relaciones sociales serviles. Era necesario hacer de los indígenas mitayos, ciudadanos libres e iguales de los nuevos Estados.

El antagonismo entre estas ideas radicales y los intereses de las aristocracias locales estalló en el Alto Perú, ya que era allí donde los métodos de coerción sobre la mano de obra indígena constituían la base de la economía virreinal. Fue en este contexto que Castelli proclamó unas medidas que suponían un profundo giro en la sociedad altoperuana: no solo el fin del tributo, también el reparto de las tierras y del ganado confiscado a los realistas y sobre todo, la plena igualdad de los indígenas. En las ruinas de Tiahuanaco declaró que “siendo los indios iguales a todas las demás clases en presencia de la ley deberán los gobernadores intendentes con sus colegas(…)dedicarse con preferencia a informar de las medidas inmediatas o provisionales que puedan adoptarse para reformar los abusos introducidos en perjuicio de los indios, aunque sean con el título de culto divino promoviendo su beneficio en todos los ramos y con particularidad sobre repartimiento de tierras, establecimiento de escuelas en sus pueblos y exención de cargas o imposición indebidas”.

Pero la oligarquía local cuya permanencia como clase dominante descansaba sobre la servidumbre indígena no estaba de ninguna manera dispuesta a aceptar estas medidas, con lo cual rompió definitivamente con la Junta de Buenos Aires volcándose al bando realista y atando su destino a la metrópoli española.

Cuando el Ejército del Norte fue derrotado y se replegó en Salta quedaron sin efecto las medidas igualitarias. No obstante, estos hechos dejaron una impronta sobre los procesos de independencia: mostraron que era irrealizable la pretensión de los grupos dominantes de romper el pacto colonial sin modificar profundamente la estructura económico-social que la dominación colonial mantenía y aseguraba. En adelante la constitución de los nuevos Estados independientes quedó asociada a la supresión de las relaciones serviles que habían caracterizado a la sociedad colonial.

Sería en vano mirar hacia atrás solamente para lustrar el bronce de los próceres. Por el contrario, retomar y analizar el proyecto de transformación social del grupo radical de la Revolución de Mayo al que Castelli pertenecía, nos sirve para interpelar al presente. Preguntarse por ejemplo, si su proyecto de constitución de un pueblo soberano para el cual eran fundamentales la libertad y la igualdad para todos los americanos, se completó con el fin de la servidumbre indígena. Cuestionarse si el tributo indígena y la discriminación institucionalizada que los Estados nacionales suprimieron no han sido reemplazadas a lo largo de estos dos siglos por otras formas de explotación, quizá aún más salvajes y por nuevas formas de discriminación que a fuerza de igualaciones, invisibilizaron a los indígenas. Mirando hacia atrás, pero creyendo hacia delante podríamos pensar que la constitución de este pueblo soberano, de ciudadanos americanos libres con plenos derechos e iguales, sigue siendo, doscientos años después, una cuenta pendiente.

Colaboración exclusiva de Analía Godoy para Nos. A quien, con 21 años, ya se le acaba el tiempo como estudiante de grado de Historia de la Universidad de Buenos Aires.

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