Caminito al costado del mundo

Al ritmo del dos por cuatro, Caminito baila con pasos torpes a orillas del Riachuelo. Cantantes, bailarines, pintores, artesanos. Bodegones, bares, restaurantes, cafés y recitales en vivo.  Colores, canciones y aromas. Visitantes: en gran mayoría, extranjeros. Curiosos de todo el mundo. Parece estar todo aquí. Caminito, lejos de aquél sendero que intenta hilvanar pequeñas historias de barrio porteño,  se abre al mundo como un gran teatro donde se exponen las particularidades de un barrio que tristemente aún espera algo más que un simple escenario. Sin embargo a pocas cuadras de allí y sin maquillaje, La Boca aún conserva su rostro más auténtico…

A lo largo de las dos cuadras que conforman el Paseo abundan los recitales de música en vivo. Y si de porteños se trata, el tango es el género preponderante por excelencia.

Bailarines de toda clase ofrecen sus espectáculos en la puerta de restaurantes, bodegones, bares y cafés, que aunque las imágenes de Gardel, Maradona y hasta Evita lo intenten, sus precios revelan que lejos están de ser populares.   

 

Se hace difícil transitar por sus angostas calles. Mucho turista. Mucha foto. Mucho todo. El murmullo constante en diferentes idiomas advierte que todos pagaron sus boletos: Welcome to Caminito, muchachos.

 

El cambio evidentemente los favorece. Se abalanzan sobre lo que sea: el retrato del tanguero o el bailarín. Las pinturas tradicionales con sus característicos conventillos de colores. Una postal, un mate, la foto del Che. Una artesanía, un sombrero.

 

Entre la multitud la viveza criolla muestra su lado más auténtico cuando el doble –el posta según él- de Diego Armando Maradona, de sonrisa simpática y arrojando chiflidos y piropos groseros, conquista a una pareja de italianos que se prestan a posar para la foto.

Parece que el tema de la fotografía garpa. Hay unas cuantas mujerzuelas dispersas por ahí, disfrazadas de milongueras, esperando ansiosas al afortunado que por unos cuantos pesos –del país de donde fueran- se quiera llevar en su cámara un instante del dos por cuatro.

 

Lejos quedó el sueño de los vecinos que a fines de 1950 que, con iniciativa del famoso pintor del barrio Benito Quinquela Martín, convirtió aquel protero en una calle alegre. Este camino perdió su esencia. Todo está muy armado. No es un museo, es una exposición burda de lo porteño. Al que lo engañaron con que esto es Argentina lo atrae. Se sumerge en la trampa. Al que conoce un poco los entretelones, todo esto lo expulsa.

 

Emprendo mi retirada, pero el final del recorrido abre una puerta que aparece oculta.

 

Lejos de Caminito, aunque apenas a cien metros de allí, la Boca muestra su lado más auténtico. Su lado más sincero. En una atmósfera primaveral de pueblo que se prepara para la siesta, el sol de media tarde calienta la chapa de esos coloridos conventillos que descansan acunando quién sabe cuántas historias de familias llegadas de todas partes del mundo. La doña tomando mate  bajo la sombra del sauce, en la puerta de su casa. Las ventanas abiertas con la ropa tendida. Los pibes con el peloteo infantil en el cordón de la vereda. Y la pelota que pica y pica y marca el tempo de un barrio que respira sencillez. El barrio eterno. El barrio genuino que parece no querer morir jamás.

 

Distan las realidades. Se oponen. Es ese contraste entre lo fingido y lo auténtico, entre lo que se muestra y lo que se es; lo que se vende y lo que no tiene precio.

 

Es difícil volver al otro camino habiendo transitado este. Tal vez aquellas estrofas en fa menor de Filiberto y Coria Peñaloza sirvan para fugarse y mitigar un poco el dolor. Esa canción inspirada en otro camino de la Rioja donde vivió Gabino, sirvió también para hacer honor a este otro, que nació a pocos metros a la vera del río y que, con cierta presindencia fatalista, retrata el triste destino de este pasaje museo.
Algo más
«Casitas de colores» de Sol Tiscornia, cuento para la ocasión.


 

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