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«Lo único que me importa es contar la historia»

Carlos Portaluppi insiste en que no es artista. Actuando en televisión, cine y teatro, entiende que el rating es tan solo comercio. «Para mí éxito es una maestra rural. Hace lo que quiere. Lo demás es un mal cuento».
Un nene de 6 años ve una pintura en su casa que le regalaron a su papá y algo le pasa. No sabe bien qué, pero lo desborda. Es capaz de reír y de llorar, según cómo y cuándo la mire. En el cuadro hay un tipo que tiene la cara maquillada en blanco, sentado en un cajón de manzanas de madera y vacío; come arroz de un plato y tres perros le merodean alrededor. Detrás de él hay una carpa de circo itinerante, de la época de los Podestá, con una abertura, pero está pintada de negro. Sin embargo, este chico es capaz de sobrevolar con su imaginación ese agujero negro y ver qué pasa adentro de esa carpa. Cada vez que lo intenta ve cosas distintas. Después el chico crece y se hace actor, y en cada uno de sus trabajos intenta volar con la misma libertad para volver, aunque sea un poquito y por un rato, a esa pureza que le enseñó quién era él y por qué.
Carlos Portaluppi: “Esa pintura fue hecha por Luis Arata, dedicada a Blanca Podestá. Ella se la regala a una tía abuela mía, ella a mi papá y así quedó en mi casa. Desde que tengo recuerdo, a los seis años, me plantaba ahí y me emocionaba, descubría mis emociones y no sabía qué me pasaba ni qué hacer con todo eso. Hasta que me di cuenta que el teatro era mi posibilidad de expresar todo eso que sentía, de volver a esas emociones y a esas imágenes: todo eso que había impreso. Uno para actuar primero imprime para luego poder expresar”.

En cualquier bar de Boedo.

En cualquier bar de Boedo.


A los 47 años, Portaluppi hará temporada de verano en el Teatro Piccolo de Milán, junto a sus compañeros de “Emilia”, obra en la que interpreta a un personaje que llena al público de contradicciones entre el desamor que sufre y la manipulación con la que trata. Es fascinante, siniestro. Y la actuación llega a un punto de verdad en que las butacas se vuelven incómodas. Quizás, lo más fácil sería rajar de la sala, olvidar esa historia perversa y escapar de la tensión que se hace cuerpo y espacio en la sala de Timbre 4, en Boedo. Su talento hace confundir su persona con el personaje: querés putearlo, abrazarlo al mismo tiempo, y volver a putearlo. Sin embargo, y aunque interpretando sea conmovedor,  asegura que él no es un artista: “En el medio está muy instalada la figura del artista, pero artistas hay muy pocos. El resto somos actores. Y genios, ya lo decía Stanislavski -maestro ruso del teatro-, hay uno cada cien años”.
– ¿Qué sentido le encontrás a estar arriba de un escenario o en frente de una cámara?
– El único sentido que le encuentro a mi arte es contar la historia. Contar una idea, pasarla por el cuerpo y transmitirla. Es lo que me ocupa como actor. No le encuentro otra función. Después cada historia tiene su para qué. Cada uno, cada espectador, la recibe y construye su propia versión a partir de lo que siente, desde el lugar donde se sensibiliza y se deja sensibilizar, donde se reconoce o identifica. Cada uno es capaz de darle riendas sueltas a sus propios impulsos con respecto a lo que recibe de una historia.
– ¿Qué puede llegar a significar una historia para un otro?
– A uno cuando es niño le cuentan cuentos. Recuerdo: a mí me los contaban antes de dormir. Son momentos mágicos, de conexión con uno mismo, de introspección, de volar y dejar volar la imaginación. Sin dejar de ver la realidad, porque uno termina comparando la realidad que vive con la que le pregonó esa ficción, esa nube que quedó en la mente, poblada de imágenes. Cada uno construye a partir de ahí una identidad, un espíritu, y se identifica con determinadas ideologías, si las hay, dentro de cada historia.
– ¿Qué canalizás de tu persona en tu yo actor?
– Todo, mi persona toda. Mi cuerpo es un instrumento. Es como el violinista y su violín. Soy yo mismo. Están mis emociones, mi historia, mi imaginación, mis sueños, mis experiencias, mi conocimiento, mi poder de investigación, crecimiento, observación. Está todo puesto en la memoria a disposición para el trabajo, en cada historia, cada personaje que me requiera para contar la idea.
– ¿Y cómo te llevás con tu cuerpo?
– El cuerpo es el instrumento del actor, instrumento receptor de las sensaciones para transmitir las emociones previamente elaboradas, especializadas por las vibraciones del momento que está pasando. Por supuesto que tiene sus limitaciones, para todos y como en todos en los oficios. No todo el mundo puede ser alpinista. Pero, para contar una historia nunca me sentí limitado. Jamás. Todo lo contrario, siempre fui bastante ágil mental y físicamente para eso. En mi oficio no me limita y hasta ahora los productores no me han convocado o dejado de convocar por mi cuerpo. No me he sentido juzgado. Claro que es un tema permanentemente trabajar en mí, por mi salud, pero esto ya lo hablo con el médico.
Imágenes: NosDigital

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– Cuando te ofrecen historias que se basan en el entretenimiento, ¿qué te pasa? ¿Qué significa para vos el contenido?
– Felizmente las que me ofrecen me interesan y van más allá del entretenimiento. En su gran mayoría los trabajos que hice me llenaron espiritual, artística, creativa, emocional e intelectualmente. Estoy muy satisfecho con eso. Aprendí muchísimo. Me tocó contar historias de las necesarias: “Industria argentina”: fábricas recuperada, movimiento cooperativista. Otra necesaria: el accidente de Lapa en “Whisky Romeo Zulu”. “Vidas Robadas”, con temática de trata de personas. Otra ficción que hice para TDA, que se filmó en Monte Caseros, en Corrientes, sobre trata y analfabetismo. Temas que me impregnaron de muchísimo conocimiento, de mucha entrega con el equipo, por la investigación. Me satisfacen y me enorgullecen.
– Y como espectador, ¿qué te pasa cuando ves cosas sin contenido alguno?
– Una vez me deprimí y miré Tinelli- se ríe-. Era lo único que me hacía bien – se ríe más fuerte-.  Porque no pensás. Está todo dicho, no hay nada más.
Su risa es espontánea, genuina. Sabe decir lo que no dicen a veces las palabras. Como en el escenario: todo es comunicación. Y de eso Portaluppi sabe, se pasó su vida entrenando: tiene más de 25 trabajos en cine, 30 en teatro y 40 en televisión; siempre oscilando entre lo más mainstream y lo más callejero.
– Sos muy versátil a la hora de mostrarte como actor, ¿no te importa la infraestructura ni la jerarquía tradicional de soportes y medios artísticos?
– A mí lo único que me importa es contar el cuento. Me llevo muy bien con el teatro, el cine y la tele, siempre que la historia me atrape, me entusiasme, me emocione y que sea con gente que a uno lo seduzca. Hay muchos factores, pero mi entrega es la misma, independientemente del soporte y el alcance. La misma energía.
– Y en este sentido, ¿qué es para vos el reconocimiento?
– Que conozcan la historia, que conozcan lo que hago. La persona va detrás de eso. El cuento va adelante. Lo demás es afecto, es cariño y retribución de un público al que le gusta o no lo que hacés. Como te puede pasar con una pintura. Por ejemplo, mi origen en el teatro tiene que ver con una pintura, volcar mis emociones tiene que ver con que miré por primera vez una pintura y me emocioné y lloré y me descubrí como actor. Te gusta o no te gusta, y lo que uno hace genera esa visión u opinión en los demás. Que me juzguen como actor o como persona no me come la cabeza.
– Es triste la historia de la pintura…
– Depende cómo la mires. Yo como niño la veía así. Claramente hay una soledad inmensa ahí, pero también ves otras cosas. Me pasó algo así hace cuatro años en el Guggenheim de Bilbao. Había una foto en exposición que era un autorretrato de una fotógrafa a los cinco años. Pero la mujer tendría como sesenta años ya, es contemporánea. La foto es una niña con delantal blanco y pelo corto, que te mira, como si mirara a cámara. Y hay una valla, no podés acercarte a menos de un metro. Y decís, cómo es esto, un autorretrato a los 5 años de una mina que ya tiene sesenta. De pronto vos te alejás y ves una cosa. Ahora, te acercás… Yo me acerqué y lloré, sin saber por qué. Después me enteré a través del catálogo que esa foto tiene montados los ojos de esa mujer a los 60 años sobre la figura de una niña de 5. Ahí hay una cosa inmensa, que te atraviesa. Son diferentes situaciones en donde se ven distintas cosas, de lejos o de cerca, pasan cosas distintas. Con los viajes también me pasa, la primera vez que subí a un avión vi todo tan pero tan chiquito, incluso al mundo, que dije, «No, no puede ser», los problemas que uno tiene son muy chicos al lado de lo que uno puede ver desde otro lugar. Entonces, creo que se trata de poder volar un poquito.
– ¿Y alguna vez te encontraste solo como el artista del circo?
– Emm, bueno. Tuve momentos de soledad. Algunas veces me sentí solo, pero uno trata de llevar la vida como puede. Tendríamos que entrar a hablar de felicidad. Pero, ¿qué es eso?, ¿me podés explicar?.
A la entrada de Timbre 4.

A la entrada de Timbre 4.


– ¿Alguna vez pensaste en términos de éxito y fracaso?
– ¿Qué es el fracaso?
– Bueno, a eso va la pregunta.
– Fracasar es no haberlo intentado.
– ¿Y el éxito?
– Es mi hijo. Que mi hijo me enseñe cosas, que me enseñe a ser padre y que yo pueda guiar su energía.
– Ah, ¿el éxito no es el rating…?
– No, no son sinónimos. El rating es sinónimo de venta, de comercio. Para mí éxito es una maestra rural. Hace lo que quiere. Eso es el éxito. Una persona que va a caballo al campo, a una escuela a darle clase a 30 niños todos los días. Para mí esas son las personas exitosas. Lo demás, es un mal cuento. Haberlo intentado es el éxito. A veces yo deseo que tengan éxito y no suerte. No tiene que ver con la fama, tiene que ver con que tu deseo llegue al puerto que vos imaginás y soñás, que no te frenes, que empujes, empujes y empujes.
– ¿Es un error decir que por lo general tus laburos suelen ser papeles de reparto más que protagónicos?
– No estás equivocado, aunque últimamente tuve personajes protagónicos.
– Pero, ¿se encasilla a los actores en esos roles?
– Yo no me sentí encasillado. Pero, sí, en la televisión soy reparto. En el teatro, no. Yo qué sé, no le veo el problema. Lo importante es poder contar la historia. No me preocupa encabezar… que encabecen los artistas -se le dibuja una mueca-.
– Pero hay cada uno encabezando…
– Es gente que se lo ha ganado y habrá hecho cosas para estar ahí. No me quita el sueño para nada. Bienvenido sea. Tengo muchos amigos y afectos que encabezan, pero ¿cuál es el problema?, si a mí lo que me interesa es contar la historia. Mientras me paguen bien, en la tele sobre todo, no pasa nada. Pitufo, pero no bolufo – carcajada-.
– ¿Hay un sistema de estrellas en la tele?
– Y, sí, hay que vender. La tele vende. Si no tenés la persona que tiene llegada masiva estás en el horno. Pasó con Guita Fácil, todos excelentes actores, pero de “reparto”- dice con ironía-: Alejandro Awada, Mabel Manzotti, Rodolfo Ranni, Malena Solda. Toda gente talentosísima, pero no funcionó. Fue mi primer protagónico para televisión, hace cuatro años. No llegó a canal abierto, por supuesto. A ninguno. Y eso fue porque no enamoró a ninguno de los productores, no enamoré en ese rol. La historia es hermosa, está muy bien contada. La hizo Camaño, el mismo de Vidas Robadas. Lamentablemente se equivocaron los productores conmigo al convocarme, que confiaron en que yo podía llegar a funcionar. Al menos ahora está viendo la luz en TDA.
Para Carlos Portaluppi, ya lo dijo, hay temáticas necesarias. Hay cosas que no se pueden callar. Aunque eso implique encarnar a protagonistas de la historia que a más de uno le quedarían grandes. A él, en cambio, le fascina y no le pesa. Hizo de Rodolfo Walsh, por ejemplo, “una víctima de nuestra trágica historia que todavía nos pesa, un luchador, un poeta y -este sí lo es- un artista en lo suyo”. Hizo también de John William Cooke, lo que le permitió entender el origen de la dictadura, conocer el peronismo revolucionario más activo y leer las cartas que se mandaba con Perón.
– ¿Qué otras temáticas necesarias trabajaste?
– El caso de Whisky Romeo Zulu, cuando se hablaba de las condiciones de inseguridad en las que se volaba en Argentina. A Piñeyro le tocó vivir situaciones extremas cuando trabajaba en Lapa. Él volaba ahí cuando estudiábamos juntos, y renunció dos meses antes de lo que pasó con una carta por escrito denunciando que si se seguían preocupando en el uniforme de las azafatas y no invertían en los aviones se les iba a caer un avión en cualquier momento. Dicho y hecho. Y también advertir de las pistas clandestinas, de la falta de radares, de norte a sur.
– ¿Vidas Robadas fue la telenovela más fuerte del último tiempo?
– Vidas Robadas se metió con un tema que no se hablaba, con un tabú. La trata de personas, un tema que hasta ese momento era reprimido en la sociedad. Había cajoneada una ley de trata, que después felizmente salió. Al ser una tira, por el horario y por ser una ficción a diario, puede ser que haya sido novedoso que tocáramos una temática de las necesarias, en ese espacio de llegada al espectador. No sé si se pateó el tablero, porque además no fue buscado, menos en ese horario, pero se tomó el impulso autoral al ver que había interés por esa historia. Y me encantó hacer mi personaje, un fiscal que se tuvo que volcar a la ilegalidad para resolver asuntos humanamente necesarios, porque por la legalidad no llegaba a ningún lado.
– En Tiempo de Valientes a vos te mata un comisario que lideraba una red mafiosa de policías, ¿ahí también había una temática necesaria?
– Me encantó hacer eso, porque fue una de las mejores películas del cine nacional. Más allá de mi pequeña participación en la primera escena. Como espectador fue mágico. Szifrón tiene su manera particular de contar las historias, que siempre generan polémica. Son temas que están documentados en una realidad. Hay una violencia que está inserta en nosotros. Presente. Desde ese lugar, está bien que se cuente. En el campo de contar historias hay que permitirse volar y jugar libremente con la imaginación, la verdad, la idea y la ideología. Lo demás está en el foco de quien lo mire y de cómo se ponga ese foco. El lugar del artista, de aquel que cuenta, es libre de contar desde donde quiere, desde la denuncia, la documentación o desde la ficción más pura, de lo que no existe. Hay un campo que te permite contar a partir de la ficción, de poder llegar a un determinado público, para que se entere. Desde ese lugar me parece que está buenísimo que eso suceda, que se pueda documentar, como The Rati Horror Show, una de las pruebas más vehementes de lo que hablamos, de esa injusticia que se comete. Para mí es maravilloso que exista una herramienta como una cámara para poder contar: señores, pasa esto. A la hora de contar historias, el arte no tiene límites.

DΔDƎLOS ΔTIUQZƎM

Por La chica que corre el bondi.

Soledad llegó temprano. Era sábado, de medio día, en la avenida Bullrich 55, cerca de la esquina Cerviño. El sol de primavera le sonrojaba las mejillas. Buscó un cigarrillo en el bolsillo delantero de su cartera con correa larga. Estar ahí la ponía nerviosa. Lo prendió compulsivamente, aspiró profundo llenando de humo sus pulmones, repitió y recién después, exhaló. Se puso en la fila pensando en su abuelo. Pensó en la reconstrucción que hizo entre una frase y una foto amarillenta en Jerusalén. Pensó que ni siquiera tenía claro en qué pensar, pero quizás, un escenario parecido al de la foto percudida los acercaría.

¿Documentos? –

¿Cédula está bien? –

Sí, ¿viene sola? –

Sí –

*

De Palermo.

De Palermo.

Isa llevaba puesto un traje gris que le quedaba grande. Isa significa Jesús, dijo cuando recibió al grupo en la entrada –tras entregar la cédula– de la Mezquita más grande de Latinoamérica. Eso también dijo Isa, la más grande acentuó. Soledad la había escuchado nombrar por su madre como la de Palermo, pero el nombre era mucho más largo: Centro Cultural Islámico Custodio de las Dos Sagradas Mezquitas del Rey Fahd. Eso, extrañamente, no lo dijo Isa, el guía del lugar.

*

Soledad volvió a leer el mail en su celular: “Las visitas se suspenden por lluvia. Les recordamos que el Centro Cultural Islámico Rey Fahd es un lugar religioso, por lo tanto se ruega vestir ropa recatada para ingresar (es decir, sin escotes pronunciados, ni ropa por encima de las rodillas)”. Miró el cielo radiante y pensó que quizás el traje notoriamente grande de Isa buscaba lo recatado de la ropa suelta. O quizás sólo le gustaba así. Tenía en lo alto de la pantalla un sobre cerrado. Era un mensaje de su hermano: “Te busca mamá. Dónde fuiste? Dejate de joder con eso del abuelo, no sabemos ni si es el de la foto”

Fotos y velo.

Fotos y velo.

*

Vamos a recorrer el patio del colegio, el centro de idiomas y la Mezquita –

La voz de Isa la sacó del titubeo. Soledad caminó junto al grupo. Atravesaron el pasillo que unía la oficina de informes donde registraron sus datos con el primer patio. Bordearon la fuente con forma de estrella simétrica ubicada en el centro. Soledad caminó junto al grupo por la pasarela de goma negra sobre las cerámicas del piso para no resbalarse. Una señora de vestido floreado le llamaba a atención, la foto la había encontrado en la casa de su abuela después de que falleció, ordenando cajas. Un joven posaba en Jerusalén. Nunca le pudo preguntar a su nona si era a él a quien había dejado cuando vino de adolescente embarazada a Argentina. La foto tenía atrás una frase, en árabe, que no se llegaba a leer. Las letras empezaban sobre el margen derecho e iban hacia la izquierda. El resto de la historia era una construcción de suposiciones que Soledad desarrolló y que al resto de su familia le parecía una locura.

El Centro Cultural Islámico Rey Fahd.

El Centro Cultural Islámico Rey Fahd.

La señora le daba seguridad, decidió que la visita guiada la haría cerca de ella. Por una puerta en forma de arco casi cuadrado –bajo otro arco semicircular– llegaron a un hall y luego al patio del colegio.

Isa señaló las instalaciones educativas a la derecha, las oficinas administrativas y un sector de alojamiento que no se utiliza al frente, y algunas palmeras que antecedían al pasto a la derecha. Soledad se sintió pequeña en la inmensidad del espacio a cielo abierto que una mujer buscaba capturar en la pantalla del celular.

Funciona jardín de infantes y primaria. Si Dios quiere va a empezar a funcionar colegio secundario también –

“Si Dios quiere”, Isa lo repetía continuamente.

Las instalaciones educativas que acaban de mirar desde el patio cuentan con dos colegios, leyó Soledad: uno para hombres y otro para mujeres, un jardín de infantes, una biblioteca –con capacidad para más de 10.000 libros– y un salón para comer.

150 alumnos en total, dijo Isa. Soledad pensó ¿nada más?

*

Volvieron a pasar por el hall, a la derecha: los salones que conforman el centro de idioma árabe. Isa se apoyó sobre el escritorio frente a los pupitres, veinte aproximadamente. Parte del grupo quedó parado, bordeando las paredes decoradas con cartulinas que mostraban el alfabeto, números, días de la semana, meses. Intentó identificar entre las palabras de la pared alguna similar a las de la foto. No pudo, le parecía imposible aunque Isa decía que se podía aprender fácilmente, que era difícil sólo al comienzo.

El Corán es el último libro revelado por Dios el altísimo, dijo Isa. Y agregó: fue revelado por el ángel Gabriel en árabe. Por eso es sólo sagrado en ese idioma, existen traducciones pero no son sagradas y aunque en el grupo se lo preguntaron varias veces –excesiva cantidad de veces creía Soledad- Isa lo repitió siempre sonriendo.

*

Estaban de nuevo en el primer patio, junto a la fuente de estrella simétrica. El agua se retroalimentaba en el centro. Desde ahí Isa señaló los dos minaretes desde donde se llama al rezo, cada uno con una medialuna que con sus puntas señala la orientación hacia donde debe hacerse la oración. Los arcos cuadrados y semicirculares rodeaban la edificación sobre las puertas de vidrio decoradas con formas geométricas. El patio, este también, era de grandes y cuadradas dimensiones. Soledad cerró los ojos, intentó imaginar al señor de la foto mirando el minarete. Apretó los párpados con fuerza.

Musulmán es todo aquel que se somete a la voluntad de Dios –

Interrumpió su concentración Isa y agregó: Paz y bendiciones.

*

Imágenes: NosDigital

Imágenes: NosDigital

En sentido opuesto al centro de idiomas, las puertas conducen a la mezquita. El salón previo a la zona de rezo era, nuevamente, un enorme hall rectangular. Ahí se dejó el calzado, el piso estaba frío, todavía no habían llegado las alfombras. Por una de las puertas centrales Isa entró, primero, al espacio completamente alfombrado. La luz se colaba por la cúpula vidriada en el centro del techo y dibujaba formas. Las paredes blancas y las columnas relucían. Sobre la alfombra varios tomos de Corán, traducidos y no, y cajas con pañuelos descartables. A Soledad le parecieron necesarias cuando sintió el nudo en la garganta. Varios minutos antes la llamada al rezo del mediodía se había hecho escuchar. Isa se apuró a despedir el grupo. Algunos le agradecieron mientras buscaban nuevamente su calzado. Soledad se puso las zapatillas rojas y blancas y se asomó por una de las puertas para ver cómo rezaban. La capacidad del lugar era para mil quinientos orantes. Soledad los contó: junto a Isa había tres más, y su abuelo, pensó, aunque no podía verlo.

Reflejo en vos.

Reflejo en vos.

Explicame vos

Por El pibe de los pasegol.
Explicame vos. Explicame vos, que se supone que sos joven y que tenés las neuronas despiertas. ¿Cómo puede ser que eso se haya transformado en esto? Si era lo más hermoso que teníamos, si era el placer más grande de la semana. Pensé. Pensé rápido cómo hacer para salir de esta situación. Porque ya me la veía venir. Vienen miles y miles de tipos a ver a este equipo de mierda pero el hincha de la tribuna siempre se la agarra conmigo. No sé si me verá cara de bueno, o de boludo, pero la cosa es que hace catarsis conmigo. Yo trato de esconderme a la salida, de caminar pegadito a las casas grises y gastadas que enciman la vereda, de buscar las sombras de los árboles que le hacen frente al tenue alumbrado público. Pero no hay caso. Siempre me encuentra. Es como si sus ojos de viejo tuvieran la capacidad de detectar el malhumor que me atrapa después de cada derrota. Sí, a esta altura es obvio: habíamos perdido de nuevo. Sí, en este momento ya no hay dudas: no solamente habíamos perdido sino que habíamos jugado muy mal otra vez. Y, como si fuera poco, debía soportar una catarata de palabras durante las cinco cuadras que me quedaban para llegar a la parada del bondi.
Lo corté. De una. A ver si tenía la suerte de que no tomara carrera. No tengo la menor idea, le dije. Miré su rostro y me di cuenta de que mi respuesta daba igual. Que le daba igual: si le hubiera expuesto la teoría de la oferta vertical de pases al cuadrado, no me hubiera escuchado; si le hubiera contado que la culpa la tenía la astróloga del barrio que anunció que nos iba a ir mal mientras no creyéramos en la reencarnación del perro de Walter, tampoco me hubiera prestado atención. Él la hacía más fácil: preguntaba, contestaba y exigía que fuera yo el que me concentrara en sus argumentaciones. Para no contradecirlo, lo hice. Total, ya habíamos perdido y la chance del descenso me estaba martillando el cerebro. No me canso de plantearles el tema a los pibes de tu edad, me anunció. Si nosotros somos capaces de dejar a nuestras novias y a nuestros hijos, a nuestros amigos y a nuestras obligaciones, por ver un partido, es porque algo de eso que pasa en la cancha nos atrae. ¿Nunca te preguntaste por qué sos capaz de perderte unas tetas, una película, una comida o hasta el ruido del mar por una pelota?
Esta vez no caí en la trampa de su pregunta retórica. Y lo dejé avanzar con comodidad por un terreno que sentía muy suyo. ¡El juego, nene! ¡Lo lindo que es el juego, nene! Partículas de su saliva golpearon mi oreja y me entraron ganas de cagarlo a trompadas. Pero lo noté tan apasionado que ni me gasté. El fútbol es eso, prosiguió. Cuando éramos pibitos y nos pasábamos las tardes en los potreros, soñábamos con gambetas, con goles, con pases, con la jugada perfecta. A ninguno se le ocurría llegar a la canchita del barrio soñando con una patada o con revolear la pelota a la reverendísima mierda. Ni el más burro lo pensaba. Y ahí estaba la clave. El fútbol era ese rato en el que la ilusión copaba la escena, en el que todos queríamos ser el mejor y en el que ser el mejor no incluía ni la mezquindad ni la especulación ni la devoción por el resultado. El fútbol, por decirlo de alguna forma, era la antítesis del aburrimiento porque el que reinaba, aunque no lo pronunciáramos en estas palabras, era el deseo de belleza.
Lo entendí. Perfectamente. A mí, mucho más joven que él, me pasaba algo parecido. Cuando yo era un nene, ya casi no quedaban potreros pero el espíritu era el mismo. Ir a jugar no era otra cosa que la posibilidad concreta de inventar sin andar calculando los costos de la derrota. Era la intención de imitar al diez de mi equipo y, al mismo tiempo, de caminar desde la canchita hasta mi casa puteándome entre sonrisas con los amigos de toda la vida por ese toque que nos había quedado a mitad de camino. El hincha de la tribuna observó mi gesto cómplice y decidió lanzar la estocada decisiva. Vos me entendés, entonces. Podemos ganar o perder, podemos jugar mejor o peor, pero nunca deberíamos olvidarnos de que lo importante del fútbol se esconde en esa rendija en la que se mezclan la valentía y la estética, el compromiso y la elegancia, el orden y la aventura. Y, a veces, me da la sensación de que todos los que deambulamos por este circo nos creímos y nos creemos el cuento equivocado.

El colectivo pasó justo a toda velocidad por la avenida y lo alcancé a parar antes de que se fuera. Al hincha de la tribuna lo saludé levantando apenas la ceja derecha y guiñándole el ojo izquierdo. Me senté y lo vi irse sin apuro, buscando algún otro compañero ocasional con quien poder seguir reflexionando sobre las explicaciones que el fútbol nos da cada día.