Archivo por meses: octubre 2014

«Todo es contar el antes y el después»

A los 21 años, Jonathan Calleri trabaja de ser el 9 de Boca. Luego de toda una vida en All Boys, el club de su barrio, el de sus amigos, le llegó el salto a un club grande con el que él ni fantaseaba de adolescente. Van cuatro meses de una aventura que ya le cambió unos cuantos hábitos pero no las ideas. Acá las cuenta.
Los viernes al mediodía en Boca se almuerza comida de McDonald’s. Un cuarto de libra con queso y unas papas fritas para cada cronista, camarógrafo o fotógrafo que se acerque al entrenamiento para ver los 30 minutos que permite el cuerpo técnico. Con una mención en Twitter de algún periodista o un chivo al aire, la empresa yanqui se da por satisfecha. Luego de esa media hora, en Casa Amarilla no se ven futbolistas: pasan médicos, hombres de seguridad, cancheros, gente de prensa del club, los tiracables que laburan para los móviles de tele. “No, ese es Carrizo, Pachi Carrizo”, le dice un vigilante a otro cuando pasa –por fin- un futbolista rumbo a uno de los consultorios de kinesiología. Con tanta cara conocida dentro del club se le hace difícil descubrir a los nuevos jugadores hasta a los que cuidan la seguridad. “Esto es como un Estado”, define un médico que lleva mucho tiempo en La Bombonera.
En medio de todo ese mundo, a los 21 años, Jonathan Calleri trabaja de ser el 9 de Boca. Luego de toda una vida en All Boys, el club de su barrio, Floresta, el mismo barrio y el mismo club de sus amigos, le llegó el salto con el que él ni fantaseaba de adolescente, cuando soñaba con ser Pablo Solchaga. Van cuatro meses de una aventura que ya le cambió unos cuantos hábitos pero no las ideas. Acá las cuenta, pensando cada respuesta pese a que se desconcentre y siga con la mirada el desfile de personas que es el Centro de Alto Rendimiento de Boca, el más evolucionado del país.
– ¿Cuánto sentís que es real en la vida de un jugador de Boca?
– Yo creo que esto es más un sueño que veía bastante lejano. Llegar acá, pasar de estar en un club en el que se hace todo a pulmón a tener todo, ya sea desde las canchas, la ropa, la gente que trabaja, es raro. Llegué a un club donde nunca esperé llegar.
– ¿Cómo es vivir ese sueño en el día a día?
– A mí al principio se me hizo difícil porque era la primera vez que cambiaba de club en mi vida. Yo en All Boys estaba muy cómodo, tenía un grupo más de amigos que de compañeros. Me costó vivir el día a día acá. Ahora se va haciendo más llevadero, disfrutás de venir a entrenar todos los días. Tenés todo: médico, kinesiólogo, gimnasio, cancha, gente que trabaja para vos. Lo que más me impactó fue toda la gente que trabaja para que salgamos a la cancha.
– ¿Y en la calle?
– Ahora está empezando a cambiar. Antes en All Boys tal vez me miraban, pero no me reconocían. Ahora jugando en Boca es distinto. Estás más expuesto a todo. Te tenés que cuidar de las redes sociales, del Instagram, del Twitter. Si salís a comer una noche con tus amigos, te ven, te dicen algo, o si el club anda mal… Tenés que cuidarte de eso. Trato de juntarme más en casas, de no salir tanto.
– ¿Requiere un aprendizaje ser jugador de Boca?
– Sí, no pensaba que era tan así. Pero hay gente que te ayuda, como por ejemplo mi tío –Néstor “Tota” Fabbri, ex defensor de Racing, Boca y la Selección, entre otros, además, su papá también fue futbolista- que me da algunos consejos, de tratar de no estar muy expuesto porque gente de Boca hay por todos lados y te reconocen. Lo tomo con tranquilidad.

Calleri de azul y oro

Calleri de azul y oro


– Alguna vez contaste que en tus primeras notas te costaba hablar o que te excedías contando cosas.
– Quizás me abría mucho al principio. Ahora aprendí, cuando hace falta, a hablar con el cassette, como se dice. Cuando vine a Boca traté de decir lo que me parecía y no me equivoqué. Pero cuando era chico en las primeras notas me explayaba mucho y eso creo que no es bueno. Con el tiempo, y algunos retos o consejos, creo que de a poco fui aprendiendo a declarar. Digo lo que me parece, pero con más sutileza, trato de hablar sin cassette pero con respeto.
– Ser el 9 de Boca es ser muy público, hasta vienen a ver cómo entrenás. ¿Qué te genera?
– Esa es una de las cosas que me sorprendió cuando llegué. La cantidad de gente que viene a verte trotar, porque después de un partido tal vez lo único que hacés es trotar por afuera de la cancha. Y hay gente que te sigue o que te filma. Quince cámaras, cien periodistas. Eso me impresionó mucho.
– Si fueras periodista, ¿vos vendrías?
– Es un trabajo. Seguramente muchos lo hacen por placer o por estudio, otros lo harán por trabajo. Si a ellos les sirve… Nosotros hacemos nuestro trabajo esté o no el periodismo.
– ¿Vos, de chiquito, no soñabas con ser el 9 de Boca y que haya cámaras hasta para verte correr?
– Uno de chiquito sueña con jugar en Boca o en cualquier club. La sucesión es llegar a Primera, jugar en un club grande, después Europa y la Selección. Eso sueña cualquier chico que patea una pelota. Pero viendo mi realidad, que All Boys estaba en la B Metropolitana, que yo ni jugaba en las inferiores, mi meta era debutar en All Boys y mi ídolo era Pablo Solchaga, que era el ídolo del club y el que hacía los goles. Yo quería ser eso. Era lo que me gustaba a mí. Después pasando los años me di cuenta que hice un click en mi vida y podía llegar a ser alguien, de a poco fui entendiéndolo. Hoy estar acá es algo que no pensé.
– ¿Cuál fue el click?
– Después de no jugar por mucho tiempo, que estuve tres años sin que el técnico me tuviera en cuenta. No jugaba porque era chiquito, no me daba la estatura, el físico, la velocidad. Pero veían que podía crecer. Entre los 13 y los 16 habré jugado cinco partidos. Después de eso hablé con mi familia. Estaba entre cambiarme de club o empezar a estudiar. No me cambiaba porque quería a All Boys y porque mis amigos estaban ahí. Estuve cerca de ir a Español, me acuerdo; mi papá me quería llevar porque conocía a alguno y podía jugar ahí. Creo que en la sexta división hice un click. Crecí de repente, me di cuenta que podía jugar. Jugué bien, me subieron. Y así empezó. Tardé mucho en llegar a primera, me subían y me bajaban a reserva todo el tiempo. Hasta que me llegó.
– ¿Qué pensabas estudiar cuando estabas en la duda?
– La verdad es que en el trayecto ese mantuve una charla familiar importante. Mis papás me dieron seis meses más para decidir, como para que yo pensara qué quería. Creo que ellos tampoco veían mucho futuro en mí. Y hacer las dos cosas se me hacía difícil. Ahí me dieron el ultimátum. En su momento quería estudiar para contador, pero cuando fueron pasando los años me tiré para atrás. Me gustaba el profesorado de educación física o periodismo. Era cuarto año. Faltaba un poco para decidir, todavía no sabía bien.
– Dijiste varias veces que ser futbolista es un trabajo. Lo curioso es que es un trabajo desde chico. Vos ya a los 14 tenías que organizar tu rutina en base al fútbol. ¿Cómo ves que un pibe tenga que tomar decisiones tan fuertes a esa edad?
– Yo creo que los compañeros que jugaban conmigo eran técnicamente mejores que yo. Yo tenía distinto del resto la cabeza. Venía de una familia futbolera que ha pasado muchas de esas situaciones, que me decían que esperara, que ya me iba a llegar. Mientras mis compañeros se iban de joda y venían de gira a jugar, yo como un boludo me iba a dormir y jugaba. En ese momento quizá no jugaba bien y los que venían de bailar sí jugaban bien. Pero a la larga todo llega. En esa edad de cumpleaños de 15 o de ir a matiné o a noche, a diferencia de ellos, yo tenía una contención de mi familia que me destacaba más que por mi forma de jugar.
– Al ser de una familia futbolera tal vez te resultaba natural ser futbolista.
– A mí me encantaba, pero yo sabía que iba a jugar en Primera. No sabía si en All Boys o Boca, pero yo sabía que iba a llegar. Esos momentos fueron muy difíciles igual. Me acuerdo de una época que me echaron diez fechas porque le pegué un pelotazo a un árbitro porque no nos cobraron un gol. Nunca me echaron, fue la única. Justo aproveché para ir a cumpleaños de 15 esos seis meses, así que pude disfrutarlo un poco.
– ¿A tu viejo como jugador lo llegaste a ver?
– Muy poco, tengo recuerdos pero ya jugando en ligas. Me dicen que jugaba muy bien pero que le gustaba la joda. Tengo en él el jugador frustrado, entre comillas. No quería que hiciera lo mismo que él, creo que eso repercutió mucho en mí.
– Ser el 9 de Boca debe atraer a más gente que te quiere saludar…
– Pero te das cuenta en el momento que te va bien y te va mal. Cuando hacés un gol en un partido te llegan 100 mensajes de texto y cuando jugás mal, como hace poco con Banfield, tenía tres: mi novia, mi papá y mi mamá. Uno se da cuenta cuando lo hacen por interés o por amistad o por darte buena energía. Cambia, obvio. No es normal ni es lo mismo cualquier club que ser el 9 de Boca.
– Y que se hable mucho más de vos de lo que se hablaba antes en los medios, ¿cómo lo manejás? ¿Mirás los diarios, la tele?
-Todo es contar el antes y el después. Cuando jugaba en All Boys miraba todo, cualquier programa, hasta el Show del Fútbol. Miraba los chismes, decía ‘uy mirá lo que pasa acá’. Leía el Olé. Ahora cada vez que veo Boca o el resumen de Boca, cambio. Trato de ver películas, ni miro canales deportivos. Nunca pensé que me iba a pasar, porque la verdad que me encanta el fútbol, pero trato de aislarme. En las redes sociales también, cualquiera te puede escribir lo que quiera, desde putearte a vos o a tu familia. Eso no me gusta. Trato de no fijarme, de no leer, de no ver tele, sino disfrutar de la gente que me apoya.
– En el Twitter debe ser una tentación poner Calleri en el buscador cuando termina un partido. Debe haber miles de menciones de gente hablando sobre vos.
– Cuando las cosas van bien, te soy sincero, sí. Todo el mundo está con el Twitter y opina. Pero ahora ni tengo Twitter en el celular, trato de no mirar el WhatsApp porque te escribe mucha gente por interés o no sé por qué. Te escriben, te arroban, uno lo busca pero ahora trato de excluirme.
– Vos hace poco viviste el fútbol como hincha, en el Mundial. ¿Cómo fue ese ejercicio de verte de los dos lados en una cancha?
– Era un sueño ir al Mundial, nunca había ido. Estaba cerca, tuve la posibilidad. Fue hermoso. Lo que sentís en la tribuna es impagable. Fui justo contra Irán, cuando hizo el gol Messi, último minuto, con todos los brasileros en contra. Fue una experiencia irrepetible. Yo analizo el partido de los dos lados. Como futbolista, en ese partido sentía cómo la gente puteaba que no le ganábamos a Irán. Pero ahí me olvidé de que era jugador, que iba a jugar en Boca. Callé a la gente después del gol de Messi, porque algunos ya lo puteaban.
– ¿Ahora hay momentos en que te olvidás de que sos jugador de Boca?
– Sí, totalmente. Todos saben que yo soy hincha de All Boys. Voy a la cancha. Juegan mis amigos y los puteo igual, después nos juntamos a comer y les digo que me enferman. Estuvimos seis meses sin ganar, iba a la cancha y puteaba a mis amigos. En ese momento me ponía del lado del hincha. Fui mucho tiempo a popular pero después empecé a ir a la platea, ahora voy ahí. Del lado del jugador es difícil vivir la situación que pasa el club, que no se le dan los resultados.
– Por todo lo que contás se puede decir que es difícil la relación del público con el deporte. ¿Lo pensás, lo juzgás?
– A mí me gusta. Uno cuando era hincha hacía lo mismo. Yo lo hacía, entiendo a la gente cuando sentís el murmullo adentro de la cancha. La gente va, putea, grita los goles. Es parte del fútbol.
– ¿Se siente?
– Sí. Es increíble. Nunca me había tocado jugar en la Bombonera. Es verdad que late, parece que se cae. Con Vélez fue impresionante. Personalmente no me influye, si me putean o no, me olvido adentro de la cancha. Trato de ser yo y demostrar lo que sé. Después la gente te juzgará o no, pero uno se olvida del afuera cuando está adentro.
– ¿Al psicólogo seguís yendo?
– Van a cumplir cuatro años que estoy con él. Me ayuda mucho en cuanto a las presiones, la visualización, a estar tranquilo antes de un partido. Me acompañó mucho en All Boys y hoy a acostumbrarme a Boca también: las presiones son distintas, hay muchas.
– ¿Cómo te acercaste?
– Justo el profe que ahora está en River con Gallardo, Pablo Dolce, era mi profe en la reserva de All Boys. Una vez hice dos goles y él me llamó, me conocía hace dos días y me preguntó si alguna vez había ido a un psicólogo, me contó que no es para los locos. Me dijo: “Yo conozco a uno que es deportivo, Marcelo Roffe se llama, no tenés que hablar de tu familia”. Yo no tenía problemas, le dije. Y él me explicó que era relacionado al fútbol, para que no me fastidiara. Me pasó el número. Me gustó. Fui una, dos, tres veces. Me hice amigo. Lo recomiendo porque sirve.
– ¿Qué te cambió?
– Aprendí a esperar, a no fastidiarme. A manejar las presiones, la ansiedad. En vez de pensar “no puedo” o bajarme, pensar en los actos positivos, visualizar alguna jugada. Con la cabeza en positivo se puede llegar lejos.

Desobediencia

Mabel Bellucci nos interpela con su libro «Historias de una desobediencia. Aborto y feminismo» y apuesta a reflexionar sobre los mandatos de heterosexualidad y reproducción biológica. «Abortar representa una desobediencia de vida, una gesta de soberanía sobre el propio cuerpo».
Hablamos de las maneras más diversas para instalar el debate, sus contiendas, sus entradas y salidas de la órbita pública y los modos en que ciertas feministas nos proponemos visibilizar lo que se mantiene entre cuatro paredes de lo íntimo y provoca tanto escozor con solo nombrarlo. Independientemente de lo que apunten la iglesia, los gobiernos, el parlamento, la corporación médica y jurídica, las mujeres implantamos nuestra propia decisión de abortar como una gesta de desobediencia frente al mandato compulsivo de la maternidad. ¿Ante quién nos insubordinamos? A la heterosexualidad como régimen político[i].
Un centenar de mujeres en blanco y negro se agolpa a espaldas al Congreso y levanta las banderas de una revolución que promete: “No a la maternidad. Sí al Placer”; “Despenalizar el aborto”; “Machismo es Fascismo”. Son los años 80’ y comienzan a multiplicarse las movilizaciones de mujeres. Esa imagen -hito es la tapa de “Historias de una desobediencia. Aborto y Feminismo”, escrito por la activista Mabel Bellucci y editado por Capital Intelectual, un libro que ensaya una genealogía y cartografía del feminismo, pero más como una espiral de debates y disputas que como una sucesión de fechas y nombres. Es tanto una reconstrucción de las luchas por el aborto voluntario como una propuesta de seguir batallando. Desde un registro heterogéneo, que recupera a las ancestras feministas, a los aportes académicos y a la trayectoria del activismo feminista y LGTBI, Mabel nos incita a pensar nuevos horizontes políticos y de transformación social marcados por esta contienda ineludible contra la opresión sexista y heteronormativa. Por eso, la autora invita – sin descanso y con humor – a conformar “rondas de pensamiento”. Y desde allí nos interpela:
– La idea es que este texto sea una caja de herramientas para los movimientos de desobediencia sexual, en especial el abortista. Interesa qué dispara, qué comunidades se van armando, qué nexos político-afectivos emergen. Lo lúdico permite abrir debates, por ejemplo: suelo preguntar como un juego “¿cómo decidieron ser heterosexuales?”, entonces se arma un clima de reflexión desde el cual es posible pensar a la heterosexualidad como un régimen político, sin cuestionar la intimidad de cada persona. En líneas generales, mi intención no es dar clases, ni presentar mi libro, apuesto a generar una performance entre el activismo. Tampoco lanzo bibliografías, ni marcos teóricos, sí me interesa identificar algunas tensiones y desafíos que permitan iluminar la reconstrucción de la memoria de nuestros movimientos, quiero volverlos del olvido.
– ¿Cómo te presentás?
– Como activista feminista queer, casi es mi logo. Estoy dentro de corrientes de pensamiento autonomistas y situacionales. Me interesa estar, no ser. Me siento bien navegando. Apostar a intervenciones en las cuales la teoría se vuelve política y la política se sostiene en pensamiento. Una de las premisas sería teorizar la práctica.
– ¿Por qué escribir un libro sobre la lucha por el aborto voluntario?
– ¿Y por qué no? El movimiento abortista dispone de una larga historia que tiene sus especificidades respecto de las corrientes feministas en general. Con este libro, intento escapar del discurso tradicional alrededor de la victimización de las mujeres y de las estadísticas de las muertas. Este país ya está apabullado por todos los discursos relacionados con la muerte. Yo quiero hablar de las vidas, romper ese muro discursivo. A mi entender, ese fue un discurso muy efectista para los años 80´, en el inicio de la transición democrática, en el que se instalaba el debate sobre el aborto en consonancia con el clima de época. Quiero sacar al aborto de ese closet y complejizar las nuevas prácticas abortivas. Desde ahí, cuestiono ese discurso de “las mujeres no queremos abortar”. Cuando una mujer decide abortar, en ese momento es lo que más quiere. Es una decisión en primera persona.
– ¿Cómo lo relacionás con la heterosexualidad obligatoria?
– Es un derivado de ese régimen. La “famosa” culpa que muchas sienten cuando abortan tiene que ver con el mandato de maternidad que impone la heterosexualidad como régimen político. Es una matriz que nos precede: la imposición de la maternidad como definición misma de ser mujer. Interpelo ese mandato totalmente naturalizado, tal como está naturalizado el mercado en el capitalismo. Aún no entiendo cómo no existe un repudio en masa a esa reproducción biológica y esas formas de relacionarnos afectivamente, como la conyugalidad y la familia.
Mabel discute estas instituciones modernas como los únicos modelos válidos de relación sexual, afectiva y de parentesco. Esta noción trae al espacio de la política la dimensión del deseo; Bellucci insiste en la consigna: “erotizar la política y politizar los cuerpos”.
– ¿Qué discusiones planteás frente al “heterofeminismo”?
– Entiendo por heterofeminismo a la tradición feminista que considera como sujeto político a la mujer heterosexual de cierta clase y etnia, y lo transforma en un universal. Siendo la práctica abortiva clandestina, ¿en qué se sustenta el heterofeminismo para decir que los sujetos del aborto son solo las mujeres heterosexuales? Las lesbianas, las bisexuales y los varones trans… todo cuerpo que porte un útero es sujeto del aborto.  Con la irrupción de la práctica socorrista se empieza a escuchar quiénes son. Empieza a haber pluralidad de voces, ya no tienen que ser más “representadas por”. Emergen voces del anonimato para volverse protagonistas, se atreven a decir “yo aborté”, es una primera persona en plural, porque es un “abortamos” colectivo.
Incita a repensar el discurso instalado y políticamente correcto de “nadie quiere abortar” y recupera en lo político el deseo de abortar como ejercicio de autonomía y emancipación ante el mandato compulsivo de la maternidad. El capítulo “La gesta del aborto propio”, escrito por la colectiva feminista La Revuelta, narra la experiencia de Socorro Rosa, un servicio que brinda información y acompañamiento a mujeres que deciden interrumpir un embarazo mediante el uso de misoprostol. También batallan por la legalización del aborto como medida indispensable para el respeto por la autonomía corporal y el reconocimiento de los derechos de las mujeres. Más allá o más acá de los marcos de la legalidad, se trata de activar lo concreto y revolucionar las prácticas.
Experiencias como la del socorrismo permiten sacar a la práctica abortiva de la soledad, el silencio y la vergüenza y volverlo un hecho colectivo y visible. Bellucci reconoce este tipo de iniciativas como espacios de resistencia feminista ante la negación y privación de derechos por parte de la maquinaria del Estado. Pero la lucha por la ley no se abandona y es el eje desde hace casi diez años de la Campaña por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. En abril de este año, se presentó por quinta vez en la Cámara de Diputados del Congreso de la Nación el proyecto de Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Firmado por más de 60 diputados de la mayoría de los bloques parlamentarios, pero con el significativo silencio del Ejecutivo, que periódicamente recuerda que el tema no está en su agenda. Desde su presentación original en 2005, el proyecto nunca fue tratado. Para el próximo 29 de septiembre está organizada una Jornada Federal por la Legalización del Aborto en el Congreso entre las 10 y las 17 horas, en la que se lanzarán los foros de debate sobre el proyecto de ley.
– La Campaña cumple un rol protagónico en la lucha por conquistar la ley. Está instalado el debate en la sociedad, en la cultura, en los medios, básicamente en los alternativos… los medios hegemónicos también sacan notas, pero en general cuando están relacionadas a casos de violación. Con excepción de algunas periodistas como Mariana Carbajal y Moira Sotto. El debate está planteado en todos los campos, menos en el parlamentario. En casi todas las movilizaciones sociales, se ve flameando el pañuelo verde como un gesto de visibilidad y de protesta.
– Muchos apuntan a que la designación de Bergoglio en el Vaticano puede obstaculizar aún más la discusión…
– Pero Bergoglio está hace un año, ¿antes qué pasaba? Ahora se escudan en eso, pero nunca hubo voluntad política de llevar adelante este tema. Sí, es cierto que hay cambios de posturas inesperados. Pero tampoco es que el Opus Dei esté ahí adentro, como pasa en España por ejemplo, que lo ves activando cuerpo a cuerpo. Es mucho peor lo nuestro, más cínico. Acá obedecen sin que se lo pidan. A Binner, ¿quién le pidió que diga que el aborto tiene que ser ilegal: la iglesia, los evangelistas, los sojeros? Históricamente, el Partido Socialista siempre bregó y tuvo figuras fundamentales como Alfredo Bravo, que estaban entregados a la ley de aborto. Otro: Pino Solanas firmó gran parte de las solicitadas de la Campaña, ¿qué pasó ahora? La verdad es que no tengo respuestas sobre si va a salir o no la ley, pero el lobby parlamentario no es lo mío.
Bellucci percibe que lo fáctico constriñe las reflexiones y el pensamiento, por lo que prefiere situarse en los bordes de lo institucional: “Quiero que en los márgenes se armen también debates que quizás no puedan instalarse en el centro. Porque está muy tomado por los discursos y los términos estratégicos para dialogar con los legisladores, con el Ejecutivo, con los medios y las instituciones, entonces no hay complejidad. Me interesa que surjan otras propuestas, nuevos lazos, nuevas coaliciones. A mí me interesa la desobediencia sexual y convoco a activar lazos con la desobediencia civil y política”.
– En relación a estas múltiples desobediencias, la lucha por el aborto tuvo un impulso particular en el pos-2001…
– Claro, tuvo un empuje como pocas veces, se transversalizó, salió del corralito feminista  y cruzó los movimientos. Tanto el aborto como la diversidad sexual fueron expresiones muy interesantes de ese momento. Lo que pasa es que para que haya habido un 2001 tuvieron que estar los años 90´ de un fuerte activismo. Eso yo lo discuto mucho. Porque el discurso oficial, ¿cuál es? Los años 90´ como aplastantes y oscuridad total, pero fueron también mucha expresión activista, hubo resistencia. Por supuesto que en seis meses privatizaron todo, fue una locura, en pocos países del mundo levantaron en tan poco tiempo todo el andamiaje de empresas del Estado, pero eso ya venía muy armado. Que hubo resistencia, la hubo. El kirchnerismo como tiene sus raíces en el menemato quiere mostrarlo como una historia negra, para diferenciarse. Pero nunca activamos tanto como en el menemato, nos cruzábamos todxs bajo trincheras porque teníamos un enemigo en común y sin el estado de represión de una dictadura militar que habíamos soportado décadas anteriores, lo cual para nuestra generación era muy significativo
– A diez años, ¿cuál es tu lectura de esas experiencias y esas formas de hacer política?
– Un interrogante que nos tenemos que hacer es cómo todas las corrientes autonomistas que gritaban “que se vayan todos” terminaron en una gestión totalmente personalista, piramidal y estatalista. En verdad, se arrasó con todo lo que habíamos tejido en ese laboratorio social que fue la rebelión plebeya de 2001. Esas tentativas a muchos y muchas nos fascinaron, nos erotizaron. Aunque las asambleas populares tuvieron su auge hacia mediados del 2002, continuaron con fuerza hasta la consolidación del kirchnerismo como fuerza política. Fue nuestra Comuna de París, pero la nuestra no duró nueve días, duró dos años, bastante…
[i]               Mabel Bellucci (2014). Historia de una desobediencia. Aborto y feminismo. Buenos Aires: Capital Intelectual.

Cuestión de creencias

Por El pibe de los pasegol.
No le creí. En serio. No le creí nada de nada cuando me dijo lo que acababa de hacer. O, más bien, lo creí un delirante. Todavía se podía ir de visitante y yo venía de estar ahí, en el ojete del mundo, en una popular de otra época, con una vista espantosa de la cancha y con un dolor de novela por culpa de un grandote que me apoyaba el talón contra el dedo gordo del pie izquierdo. Pero eso no era ni por asomo lo peor. No. Lo peor es que habíamos sido un desastre, que nos habíamos comido cuatro goles contra un rival ignoto y que las chances de pelear el campeonato parecían esfumarse gracias a la pésima actuación del equipo. A mí, en ese momento en el que buscaba cómo volver a mi casa, solamente me importaba putear y putear a los once tipos que, con o sin intención, con o sin conciencia, se habían cagado en el esfuerzo de todos los idiotas que habíamos hecho decenas de kilómetros para verlos jugar. Si es que a eso se lo puede llamar jugar. Todo eso duró hasta que el hincha de la tribuna me dijo lo que me dijo. Y, sinceramente, me cagó. O, para ser más elegante, me cambió el panorama de ese rato de mi historia.
Me lo crucé de casualidad, en una calle oscura del conurbano, en medio de las explicaciones absurdas a una derrota merecida, con el olor a bosta de caballo de fondo y con la policía escoltando de mala gana nuestra retirada. Como si me hubiera visto acercarme, se dio media vuelta, ni me cantó un hola y me soltó un “le grité que daba gusto verlo jugar. Y creo que me escuchó”. Lo primero que pensé es que estaba loco. Percibió mi cara, no me dejó replicar y empezó su explicación amparado en la calma típica de los que andan seguros de lo hecho. El tema está en el disfrute. Así arrancó. Lo demás es el verso de los que quieren hacer de la vida un cacho de carne. Esto, nene, fue construido por la humanidad para disfrutar. Si no sirve para eso, para encontrar un chiquitito de felicidad, no sirve para un carajo. ¿Pero qué tenía que ver todo eso con la siesta que se habían dormido nuestros cuatro defensores durante los 90 minutos?
Movió la cabeza en signo de reproche, aunque sin un gramo de enojo. Su tenacidad para argumentar no se iba a ver estrangulada por una pregunta lanzada desde el fastidio –razonable, por cierto- por un rendimiento que no era el que se esperaba. Así que, cuando consiguió esquivar a un pibe que se agachó para atarse los cordones justo delante suyo, profundizó la idea que venía mascando desde hacía rato. Todos jugamos para ganar. Nosotros y ellos. El problema es creer que eso es lo único que cuenta y que todo lo demás no tiene sentido. Acá se instaló la moda de que lo estético no vale nada, de que el fútbol es exclusivamente un medio para poder ganar. Y no es así. El juego es un fin en sí mismo porque las maneras elegidas son mucho más que simples instrumentos. En el juego mismo, y no en el resultado final de un partido, se esconde eso que vuelve mágico a esto que nos apasiona. Yo, para ser sincero, no entendía nada. No sabía si el hincha de la tribuna estaba loco o si yo era un ignorante de categoría mundial. Traté de escuchar y de reflexionar en la cortita. Pero no tenía forma de hacer encajar lo de “le grité que daba gusto verlo jugar.”
Se dio cuenta. Y cargó con la precisión justa para dejarme en offside, aunque en este caso mi posición era atrasada, no adelantada. Es fácil regalar elogios en la buena. En la mala, a todos nos cuesta más. Mi mirada seguía girando en el vacío. Esperá un cachito, me dijo. El nueve nuestro hace todo bien. Fíjate que toca de primera cuando hay que tocar de primera, que hace la pausa cuando la jugada lo pide y que siempre va hacia el hueco libre para ser opción inteligente de pase. Tanto entiende de esto que ni siquiera cuando nos hicieron el cuarto dejó de intentar una y mil veces, aunque le devolvieran ladrillazos. Me conmovió esa voluntad de jugar. Así que, un rato antes del final, me fui a esperarlo a la puerta del vestuario y, cuando pasó con la cabeza gacha, como para que no se sintiera tan mal, le dije lo que te conté que le dije.
Hizo silencio para indicar que había terminado y a mí no me quedó otra: tuve que sonreírle al hincha de la tribuna. Y con esa, con la primera sonrisa que largaba en varias horas, empecé a comprender de qué se trataba la cosa. De golpe, mientras la policía nos empujaba otra vez contra la avenida, mientras me iba dando cuenta de que ni siquiera cuando parece que está todo perdido está realmente todo perdido, me dieron ganas de agradecerle al nueve nuestro por ser un fenómeno

Escándalo confidencial

Monsanto desembarca en la educación pública con la firma de un convenio de cooperación con la Facultad de Ciencias Agropecuarias de la Universidad Nacional de Córdoba. La primera actividad prevista es la revisión del estudio de impacto ambiental de la planta procesadora que quieren instalar en Malvinas Argentinas. Pero los detalles del acuerdo deben ser silenciados.
La palabra “escándalo” suele reservarse en los medios de comunicación para describir peleas con los ex, fotos subidas de tono, casos de mala praxis con botox en nalgas, los dichos de la tía de, los rumores de la hermana del y un escandaloso etcétera que tiende a dejar de lado asuntos menos glamorosos – hay que admitirlo- como la política (obviando las ferraris y los puertos maderos), alejados de la farándula como la economía, y mucho más allá – o acá- de esos recintos extraños llamados universidades públicas.
Pero el 8 de agosto, día en que los calendarios indican como Día del Ingeniero Agrónomo, la Facultad de Ciencias Agropecuarias de la Universidad Nacional de Córdoba organizó una jornada de campo en la que ocurrió un homenaje impensado: su decano Marcelo Conrero firmó un “convenio específico de cooperación” (eufemismo que pronto desenmascaremos) de la Facultad que representa con la multinacional Monsanto Argentina S.A.I.C., por tres años y bajo cláusulas de confidencialidad.
La escena no sólo tiene un gran sentido de metáfora para el oficio del ingeniero agrónomo hoy, sino que el convenio se firmó junto a otros contratos mientras se almorzaba un asado y distintos números artísticos hacían lo suyo.
El récord que aumenta la lisergia de esta historia es el tiempo que el decano Conrero llevaba en su cargo al momento del contrato: dos meses.
Sumemos el parentesco directo por el cual se reclama la restitución de la palabra “escándalo”: el secretario general de la Facultad de Agronomía, Jorge Omar Dutto, miembro del equipo del decano Conrero, es también dueño de la asesoría Agroambiente, la que realizó el primer estudio de impacto ambiental de la planta de semillas que Monsanto pretende seguir construyendo en Malvinas Argentinas, Córdoba.
Ese estudio fue rechazado en febrero de este año.
La primera actividad que pactaba el nuevo convenio entre la Facultad y Monsanto, fechada ya para agosto y septiembre del 2014, era esta:
facultad monsanto
Revisión del Estudio de Impacto Ambiental de la Planta de Procesamiento de Semillas de Maíz en Malvinas Argentinas.
Lo que está en juego
La autonomía de una facultad pública, su independencia del mercado, el valor del conocimiento genuino pueden ser consignas vacías pronunciadas en un contexto espacial y temporal en el que se están librando batallas urgentes.
Córdoba es una provincia sacudida por discusiones sobre el modelo agroproductivo, básicamente desde el monocultivo de la soja transgénica, su aplicación nociva para las poblaciones, y por el avance de las multinacionales del agronegocio sobre esferas de incidencia pública, política, económica y académica.
Su ejemplo permite ver en escala provincial la configuración de fuerzas, el avance de las corporaciones y, al mismo tiempo, la creciente organización, movilización y maduración ya no solamente de asambleas de vecinos locales, sino de un movimiento social conformado por amas de casa, abogados, psicólogas, docentes, científicos, colectivos periodísticos, personas, que emerge con objetivos, propuestas y métodos claros.
Algunos medios de comunicación los llaman, misteriosa y homónimamente, “ecologistas”, pero ellos han decidido rehusar a ese mote, planteando más complejamente que lo que defienden no es –solo- el ambiente, sino su vida, que no es que no quieren ver enfermos a los árboles, sino tampoco a sus hijos, que no piensan en exclusivo en la sustentabilidad, sino en sus nietos, y que al fin y al cabo no van a dejar que las empresas – a veces disfrazadas de ingenieros agrónomos, otrora de políticos, pero hoy identificadas claramente con un enemigo: Monsanto- hagan lo quieran donde están ellos.
El caso actual, que se ha transformado en un símbolo internacional de la lucha contra Monsanto, resume esta disputa territorial y es el de los vecinos de Malvinas Argentinas, una de las localidades más pobres de Córdoba donde la multinacional pretende construir una planta productora de maíz transgénico.
Organizados como asamblea Malvinas Lucha por la Vida, y apuntalados por las Madres de Ituzaingo que libraron y ganaron una batalla similar, al día de hoy mantienen un bloqueo en la planta que impidió su construcción y motivó la revisión de los estudios de impacto ambiental rechazados por la Justicia que llegó a paralizar la planta.
La denuncia apunta a cómo semejante estructura de silos podría seguir enfermando a los malvinenses, entre quienes 25 de cada 100 mujeres pierden sus embarazos, donde en algunos barrios la posibilidad de contraer cáncer es ocho veces mayor a la media nacional, y la de tener hijos con malformaciones, más del doble. Todo, según estudios de la propia Universidad Nacional de Córdoba hoy en cuestión.
Estos son los resultados silenciosos para Malvinas por ser durante años una localidad sojera por excelencia, que conoce bien a Monsanto: la empresa es la principal proveedora de semillas transgénicas a los productores, de ahí y del país. Y del mundo. Semillas que a su vez demandan una serie de agroquímicos nocivos para la salud. Y la lógica de producción que aplica poca mano de obra, poco tiempo, destrucción de suelos y ecosistemas, y mucho, mucho dinero.
La nueva jugada de Monsanto sobre la Facultad de Ciencias Agropecuarias no parece novedosa, menos en el contexto cordobés, menos si suponemos la incidencia de las corporaciones en ámbitos académicos en general, pero sí se trata de un gesto que promete ir hasta las últimas consecuencias en la pulseada del “sí” o el “no” en Malvinas Argentinas, lo que es igual a ganar o perder el talón de Aquiles de su credibilidad (llámese vigencia, llámese poder, llámese negocio) en Argentina, en la región y en el mundo.
Las pruebas lo remiten: la planta que Monsanto pretende construir en Malvinas sería la más grande del mundo.
Eso, ni más ni menos, es lo que está en juego.
Que no se entere nadie
La nueva trinchera es la Facultad de Ciencias Agropecuarias de la UNC, donde Monsanto pretende desembarcar formalmente “a fin de promover y desarrollar actividades conjuntas de investigación científica, ensayos, capacitación, divulgación, inserción laboral u otras”, según reza en el convenio al que pudo acceder NosDigital. En él, además de estos escándalos que suponen la vinculación académica directamente con una empresa que tiene intereses en la región, figura un cronograma que estipula actividades conjuntas incluso desde agosto de este año -cuando el convenio fue firmado el día ocho- hasta julio del 2017. Las actividades más urgentes según el contrato son, precisamente, las vinculadas a estudios (agosto y septiembre de 2014) y auditorías (enero y diciembre 2015) de la planta de procesamiento de semillas de maíz en Malvinas Argentinas.
A cambio, la empresa ofrece ensayos de campo, capacitación de docentes, cooperación en la enseñanza de alumnos de grado y posgrado, viajes de aprendizaje, pasantías e inserción laboral. La pregunta es si la Facultad se beneficia con esto, o sigue ganando Monsanto. La cooperación más contundente, claro, es la económica: “La ejecución del proyecto no demandará compromisos económicos para La Facultad y los gastos que demande la realización del presente convenio y el desarrollo de las actividades previstas serán cubiertos por La Empresa”. No se habla sin embargo de presupuestos, sino de la ejecución de fondos de acuerdo a las actividades concretas a determinar.
Por lo demás, el convenio está repleto de eufemismos y tecnicidades que disfrazan estas actividades bien prácticas. Sin embargo, otro de los puntos inquietantes a simple vista es el artículo noveno, cuyo título es “confidencialidad”. En él hay cuatro especificaciones que regulan la comunicación de las informaciones que se pretenden hacer circular entre la Facultad y Monsanto: la información que se entregue es propiedad de la Parte suministrante y es confidencial. Las Partes “se obligan a no copiar, comunicar, distribuir, diseminar o exponer o, de cualquier modo, revelar la información confidencial”, y la obligación de confidencialidad “no tendrá plazo de extensión ni vencimiento”, ni siquiera ante la extinción del convenio.
Confidencial resultó ser además el propio convenio, a cuyas copias ni los estudiantes – ni a partir del centro de estudiantes-, ni docentes ni integrantes del concejo académico pudieron acceder hasta 28 días después de que se firmó: el decano Conrero lo firmó por “resolución decanal”, es decir sin debate ni participación de otros claustros de la Facultad ni de la Universidad.
El hermetismo sólo hizo aumentar la alerta de los pasillos de la Facultad, que habían quedado mareados de aquella jornada campera de asado, música y Monsanto, pero no desprevenidos: “Ese día se montó un circo, un acto poco serio en el que se firmaron 13 convenios con distintas empresas. Además de Monsanto, otro fue con la Asociación de Aeroaplicadores de Córdoba…”, relata Cynthia Garay, Consejera Directiva por el Claustro estudiantil. “Sabíamos que los contratos venían por un lado perverso. Las faltas de prácticas son un reclamo estudiantil de hace años, nos quisieron hacer creer que los convenios venían a solucionar ese reclamo”.
El lugar donde se hacen estas prácticas es el propio campo que tiene la Facultad, en las afueras de Córdoba, mismo sitio donde se firmó el asado con Monsanto: “El 80% del campo está alquilado, está tercerizado a productores”, relata Cynthia, dando una de las razones por la que no pueden desplegar sus prácticas de manera libre y genuina. Otra no-metáfora de esta Facultad: “Y cuando vamos al campo, nos dan clases en aulas”.
Lo que reclaman los estudiantes es todo lo contrario: “Imaginate -propone Lucas, estudiante de Ingeniería Agrónoma de la Facultad – en la provincia más sojera del país, todas las actividades curriculares que se hacen apuntan a salir lo antes posible vendiendo agroquímicos y trabajando para cualquier empresa agropecuaria”.
Ingenieros del agronegocio
Lucas tiene dos particularidades: está a punto de recibirse, por lo que tiene la mirada larga del asunto; y vive en Malvinas Argentinas y es integrante de la Asamblea que resiste la instalación de la planta de Monsanto.
Desde su lugar informa que la Facultad viene siendo copada no por Monsanto, que al fin y al cabo es una empresa de nombre y apellido, sino por algo peor, que es la lógica Monsanto, que tiene que ver con la ingeniería pensada desde el agronegocio, los transgénicos y los pooles de soja: “En el 2006 nos cambiaron el plan de estudios: perdimos materias como reproducción y sanidad animal, de ganadería, que fue el fuerte de Córdoba toda la vida; también nos sacaron `manejo de ecosistemas marginales´ y la tesis. Es como mucho más sencillito para recibirse y vincularlo al trabajo de una empresa”.
Otra encarnación de lo que Lucas relata es la docente de la Facultad Alicia Cavallo.
Al otro día de la firma del convenio, 9 de agosto, en el marco de los festejos por el Día del Agrónomo, la docente Cavallo junto al decano Conrero dieron una charla en Malvinas Argentinas. La jornada fue llamada “cambiemos temor por conocimiento” y, según el portal agroverdad.com.ar, fue iniciativa y requerimiento de la FM Chaty de Malvinas, una radio que se jacta de ser comunitaria pero que la Asamblea viene denunciando como cooptada por la empresa Monsanto, en otra de sus estrategias de comunicación y confusión.
La ingeniera Cavallo es docente en la Facultad en la materia “uso seguro de agroquímicos”: “Invita a Monsanto, directamente, o a semilleras como Cargill o Nidera. No tiene ningún problema: está segura que este modelo productivo es el que va”, cuenta Lucas, alumno suyo.
Vanesa Sartori, psicóloga integrante de la Asamblea Malvinas lucha por la Vida, denuncia sobre las conexiones que explican esta historia, más allá de los convencimientos: “El marido de Alicia Cavallo tiene una estación de GNC en Malvinas Argentinas, y en ella se pretendía construir el estacionamiento de camiones en caso que la planta de Monsanto se instale. Es decir que Cavallo tiene intereses creados en Malvinas”.
La docente Cavallo, el decano Conrero y el secretario Dotto son los nombres propios de este entramado que se concreta con el convenio firmado, pero resultan anecdóticos si entendemos el marco de la lucha que proponen los estudiantes: “Es parte de una lucha histórica que viene de la ley de educación superior, una ley menemista que le abre la puerta a las empresas, que dejan a las universidades con muy poco presupuesto. La lucha es porque la Universidad no esté condicionada, que no deje de estar a disposición del pueblo, de la sociedad, de los que más la necesitan, que son inclusive los que están bancando la Universidad, para estar a disposición de privados”, plantea Cynthia, del claustro estudiantil.
Pasado y futuros
Ni los contratos confidenciales entre empresas y universidades ni la soja tienen buen prontuario en Córdoba: la Universidad de Río Cuarto y la empresa Smet, apoyada por la Aceitera General Deheza (ADG), contrajeron un convenio que terminó de manera fatal el 5 de diciembre del 2007, con seis docentes y un estudiante muertos, 24 heridos, cuando en los laboratorios de la facultad se experimentaba para acelerar los tiempos de extracción y elaboración del aceite de soja y estallaron barriles de hexano. Enseñanza de esa triste experiencia, la Universidad de Río Cuarto se convirtió luego en la primera en rechazar los fondos de las regalías mineras; participó como un integrante más de la Asamblea Río Cuarto sin Agrotóxicos; creó el observatorio de Conflictos Socio Ambientales; impulsa proyectos agroecológicos en la región; y cuestiona seriamente el modelo de agronegocios.
Semejante transformación fue producto de un escándalo como el que ahora protagoniza la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad de Córdoba, y gracias a los estudiantes y docentes que encaran cambios evidentes que parecen imposibles.
Así, con movilizaciones e irrupciones en los recintos de decisión, lograron que el rector de la Universidad Nacional de Córdoba se pronunciara en contra del reciente convenio entre Agrarias y Monsanto, que el decano Conrero suspendiera la vigencia del mismo y pateara su determinación para una jornada de debate prometida para octubre aún sin fecha.
El escándalo está garantizado.
Sintonicemos.
 
Descargar el convenio de cooperación.