Archivo por meses: septiembre 2014

«Me la gasté viajando»

Rodolfo robaba casas de cambio. Era su trabajo. En 1990, ya estaba salvado económicamente, pero no pudo parar y terminó cayendo preso. Pensó que la mejor manera de fugarse era hacerlo desde donde funcionaba el Centro Universitario de Devoto y se anotó, pero terminó recibiéndose de sociólogo. Ahora es docente y esa es su militancia. Desde ese lugar, asegura: «La idea de reinserción social es una fantochada».
Cada vez que salí a la calle, que recuperé la libertad ambulatoria, sentí una sensación de plenitud muy fuerte. Después de un tiempo prolongado de no poder avanzar más de algunos metros en linea recta porque te chocás con una pared -si tenés ganas de caminar tener que ir diez metros para acá, diez para allá. Podés caminar mil metros, pero así-.
Después de un tiempo de no ver más que canas patibularias.
De vivir en un ambiente en que tu vida depende de las herramientas que desarrolles para evitar conflictos o resolverlos de manera violenta.
Pasado un tiempo largo en un lugar sin ley en donde uno tiene que ser su propio guardaespaldas, no solo cuidarte de los presos sino de los propios carceleros.
Cuando salís a la calle después de la prisión es una explosión de plenitud que no la puedo comparar con otra cosa, salvo con llegar al mar.
Esa inmensidad: solo lo puedo comparar con eso. Es una plenitud muy impresionante.
Aunque veas a la gente con cara de orto, preocupados, aún en las peores condiciones, salir me ha generado alegría incontenible.
Por un instante junta las manos extendidas en forma de T. Me dice que lo espere un rato en el pasillo del centro cultural donde da clases. Lo miro desde la ventana de esas aulas nuevas, que son más bien una pared completa de vidrio. El alumnado pasa cómodo las seis décadas. Rodolfo es profesor de computación. Saluda a cada una de las señoras y algún que otro hombre mayor también. Y arrancamos a caminar juntos.
-¿A qué te dedicabas?
-Robaba entidades financieras, básicamente casas de cambio. Sobre todo las cajas negras de las casas de cambio en los fines de los ochenta con Alfonsín. Eran muy redituables. Situación parecida a la actual con el dólar negro, pero con la diferencia de la aplicación de la tecnología a la vigilancia. Estamos bastante más vigilados hoy. Durante una época que fue muy redituable me dediqué también a robar autos importados y camiones.

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Rodolfo


 
-¿Cómo se elige a quién robar?
-La moral aparece ahí no tanto en la decisión de robarle al que tiene más, sino en la de no robarle al que tiene poco o casi nada. En eso hay una decisión ética que tuve siempre. El riesgo es el mismo si robás un kiosco o un banco, la pena y las posibilidad de que te maten van a ser las mismas. A partir de ahí apuntas a quien más tiene.
-¿Cuándo se dice: “Hay que parar, es suficiente”?
-No hay modo. En teoría debería haber una forma, pero no. Cuando se llega al nivel de las cosas en el cual ya no se necesita en términos económicos meterse en más líos, la verdad sea dicha: no pasa solamente por la cuestión del dinero.
-¿Llegaste al momento de decir “estoy bien parado, ya no necesito”?
-La mayoría del rédito económico que tuve me la gaste viajando. Pero en 1990, no necesitaba seguir con lo que hacía.
-¿Eso te da más bronca o lo entendés?
-Cuando lo podés mirar en perspectiva, entendés que no es sólo la cuestión económica. Así como no se puede explicar en un esquema sencillo las causas que llevan a una persona a delinquir, tampoco se puede explicar fácil por qué no deja de hacerlo cuando económicamente está bien. La bronca la pude transformar en otra cosa. Obviamente sí pienso: tenía todo, no necesitaba hacerlo, pero seguí y tuve ocho años de prisión. Qué pelotudo. Qué infeliz. Qué hijo de puta. Pero además qué puedo analizar: hay repeticiones que tienen que ver con la estructura mental. Se me hacía difícil tener un ejercicio diferente. Siempre que salí en libertad tuve la intención de dejar de delinquir, pero sostener en la práctica una vida dentro de la legalidad se me hacía muy difícil, incluso cuando pude en los primeros tiempos laburar como docente. Había cuestiones que no tenía resueltas en la cabeza.
-¿Qué se vuelve complejo de asumir?
-Es difícil salir del círculo delictivo, pero más difícil es armarse otro escenario y sostenerlo. Hay un cierto prejuicio en cuanto a cómo uno tiene que mantenerse. Convengamos en que ni hoy ni nunca fue fácil vivir con un sueldo, y menos si es de docente. Cuando dejás de estar preso tenés que enfrentarte a un montón de cuestiones que no hacías en condición de encierro. Tenés que pagar la luz, el gas, el teléfono, los impuestos. Subir a un bondi y pagar. Mientras estás encerrado todas esas cosas desaparecen de tu vida. Cuando salís, ya ese día tenés que ver cómo ganarte el mango. Y muchas veces significa, hasta que cobres el primer sueldo, que alguien te la preste. Que alguien te sostenga. En términos económicos y en términos anímicos. Y aceptar eso implica todo un laburo mental. Cuando uno fue siempre autosustentable e incluso proveedor de todo su círculo familiar y afectivo. Cuando las personas salen, vuelven de una situación de infantilización carcelaria a responsabilidades de adulto de nuevo, donde muchos esperan que uno vuelva a ocupar aquél lugar determinante. Y uno no está en condiciones de hacerlo, pero querés ocupar ese lugar. Por vos y por lo que esperan los demás. Se genera un quilombo muy fuerte. Es una cuestión de poder.
-¿Cómo se le explica a una familia la chance de caer preso?
-No hay modo. Aunque puede haber diferentes condiciones. Me tocó caer cuando mi familia sabía a qué me dedicaba. En otra ocasión, que formé otra familia, mantenía oculta esta vida. Y el día en que caí fue un quilombo terrible. Irrecuperable. El golpe fue muy duro y se desarmó todo. Cuando la cosa está asumida, la casa es parte del asunto. Las cosas se soportan. De alguna manera se tiene previsto que puede pasar eso, entonces hay un fondito. Pero para explicarle a mi piba que yo no iba a estar por un tiempo porque había caído en cana, tuve que armar una historia. Y dije que estaba en Punta Cana, que es un lugar del caribe también, viste. Imaginate los comentarios en el colegio: ¿en Punta Cana tanto tiempo? De ahí tuve que pasar a la versión de que estaba en Cuba, era más creíble.
Revuelve con la mano rodeada por una cicatriz ingente para mezclar el par de sobres de azúcar en el té con limón. Responde tranquilo Rodolfo. Tiene sus formas bien claras. Arranca cada respuesta con una negación, a la que después proseguirá una explicación desarrollada donde el vocablo posibilidad va a tener su protagonismo. Bien parecido a su vida.
-¿Cómo fue estudiar dentro de la cárcel, en el Centro Universitario de Devoto (CUD)? ¿Por qué elegiste sociología?
-En realidad no tenía intención de estudiar. Cuando arranqué, estaba en una situación compleja en términos procesales. A esta altura, año 1990, volvía a tener conflicto con la Justicia. Entonces ya era reincidente: o sea que era una persona que, por lo menos dos veces, se expone a una condena. La figura de la reincidencia para esos tiempos implicaba que cualquier condena que se dictara tenía que ser cumplida de punta a punta hasta el último día. Venía con un expediente bastante denso en esa ocasión: tenía armas de guerra, automotores, toda clase de delitos que sumaban una posibilidad de condena de 15 a 20 años. Así que la situación era negra. Ante esa perspectiva, el horizonte de uno se va trastocando. Mi pensamiento era, bueno, de acá de alguna manera me tengo que ir antes. La única perspectiva en esos momentos era la fuga, no había posibilidades legales. Me enteré que había empezado a funcionar el Centro Universitario en un sector de la cárcel que quedaba en un subsuelo y bastante cerca del muro. Hacer un túnel desde allí, implicaba la mitad del esfuerzo. Me intereso por el CUD en aras de ese proyecto. Esa fue la primera motivación. Cuando empiezo a bajar todos los días al CUD y empiezo inevitablemente a meterme en la vida política del lugar, y a ver de cerca cuál era la utilidad del conocimiento en cuanto a herramienta de autoayuda y ayuda a los demás en términos de asesoramiento jurídico, las cosas cambiaron.
-¿Tenías el secundario completo?
-Ni a gancho, pero ya existía el sistema de UBAXXI. A la par que hago cuarto y quinto año, empiezo a hacer el CBC. Me pasaba de 9 a 18 todos los días de la semana ahí. Eso fue generando un proceso que fue reemplazando la idea de la fuga por la idea del estudio. En definitiva, creo que existió una variable que desconozco, que estuvo relacionada con la posibilidad de cambiar de vida. La reincidencia es un segundo cachetazo, y uno tiene la tentación de reflexionar sobre eso. En principio por supuesto que me interesaba Derecho como a la mayoría de las personas en esa situación. Pero con 25 años, cuando arranqué las materias Sociología y Antropología en el CBC, se me dio vuelta la cabeza. Conocía de pibe la teoría del valor de Marx, pero cuando pude acceder a Foucault, Weber, definitivamente poder hacer un análisis de la realidad social desde otro lugar me atrapó. Me abrió la cabeza de un modo que no pude retroceder y me abracé a la sociología.
-¿Y saliste antes?
-Para fines del 97, logré una libertad anticipada. Frente a los 18 años que tenía, a los 7 años y poco pude salir. Vino por el lado de la modificación de las leyes contra los reincidentes, no por el buen comportamiento, que en la cárcel es todo un tema. La gente es calificada como en el colegio con una especie de boletín. Las calificaciones tienen que ver con conducta, con que una persona no cometa infracciones, que no tenga sustancias prohibidas, que no se pelee; y con el concepto que determinan la autoridad penitenciaria -los carceleros- que manejan un criterio de subjetividad muy fuerte, de acuerdo a si usás barba, si tu ropa está limpia, si te manejás con amabilidad. Entonces tenés que desarrollar toda una cintura política para mantener tus principios y la nota esté acomodada sin transar con los carceleros. Es todo un laburo de astucia. Logré mantener eso, y como toda la militancia que generó esa primera generación que estudió de forma orgánica en el CUD tenía la senda libertaria, no la de buscar quilombos estúpidos adentro, nos habíamos ganado el respeto y hasta nos temían un poco, tanto los muchachos como los guardias. Al haber adquirido herramientas, podíamos manejarnos con recursos y a la policía eso le asustaba, por desconocido.
-¿La reinserción en vos tuvo éxito?
-No. En realidad, siempre es un fracaso. La idea de reinserción social es una fantochada. Genera la posibilidad de que puedas salir a la calle antes e intentes un cambio en tu vida, pero ese cambio depende completamente de uno. No hay posibilidad de que una persona sea sometida a un tratamiento en condiciones de encierro que pueda generar algo bueno. El encierro en sí es un escollo imposible de salvar para cualquier tipo de tratamiento, pero esto es una cuestión más profunda. La estructura del trabajo por la reinserción social es solo una farsa para sostener puestos laborales para psicólogos, asistentes sociales y demás.
-¿Hubieses estudiado igual?
-No creo. Al paso que venía no creo que hubiese estudiado. El estudio académico en sí no te libera, lo que puede hacer es generar un contexto de posibilidad. Cuando se suman a condiciones internas por ahí podés hacer el click y cambiar, pero por ahí también fracasás. A mí me pasó, lo intenté y fracasé, y volví a caer en cana. Hasta ahora vengo manteniendo una línea de acción en la cual no entra como posibilidad el delito. No porque entienda que está mal delinquir en esta sociedad, ni porque entienda que las leyes tal como son deberían ser respetadas todas. Sencillamente porque sé que mi vida por ese camino estaría terminada, en breve. Pero además entendí a través del estudio y la práctica pedagógica la posibilidad de ser el otro actor: el docente. Ahí encontré una especie de sentido a trabajar. Estar frente a un aula no es simplemente vender tu fuerza de trabajo. Es un plafón que me permite militar.
Interrumpe. Un llamado al celular. Habla del mecánico y del equipo de gas de la Kangoo roja que lo hace renegar. De un viaje a Entre Rios para el día siguiente. Es que hace algunos viajes -me explica después- cada vez que puede, para sumar al sueldo docente.
-¿Cómo lo llamabas vos? -Un trabajo. -Bueno, ¿cuándo se dice que terminó un trabajo?
-El trabajo no terminó hasta que uno no está en su casa o en el lugar que quedaste donde vos sabés que ya estás seguro. Ahí terminó el trabajo y ahí estallás. Si el objetivo consiste en apropiarse de guita, el momento en que vos tenés el montón de dinero arriba de la mesa contándola, ese es el momento de culminación feliz de todo un proceso que es muy angustioso, muy peligroso, muy desgastante que te deteriora mucho la cabeza.
-¿En qué te deteriora la cabeza?
-Escuchame, no tiene nada de natural que vos dediques días y meses a vigilar un lugar, a establecer posibilidades de escape, ritmos de los semáforos, frecuencia de las rondas de los policías. A ver la realidad de otro modo. Yo no nací para eso, nadie nació para eso. La dinámica puede llevar a una persona un tiempo a mirar unas cosas precisas, cuando podría dedicarlo a mirar otras cosas: las minas que pasan o las texturas de las paredes. O la explotación. Pero todo eso se borra de la escena, porque te convertís en una máquina de observar el escenario del crimen. Y después vas y lo cometés. Por lo cuál estás sometiendo a otras personas, aunque no les pegues, no las insultes, no las maltrates. En ese sentido siempre fui muy cuidadoso, porque soy consiente que si acá hay un montón de dinero no es mío ni de nadie que esté ahí, es del dueño del lugar. Pero entran los ladrones y tienen que apretar a quienes estén. El dueño no está. Nunca se me fue de la cabeza que a las personas que tuve que interpelar para hacer un trabajo sufrieron con gran probabilidad un trauma de por vida y no merecen pasar por eso. Que van a tener pesadillas con eso, que van a tener temores. Que la policía después va a ir a apretarlos creyendo que hay un entregador. Siempre lo pensé. Es mucho mayor esa culpa que la de haber infligido la ley o haberme llevado algo.
-¿Qué pasa por la cabeza cuando sabés que ya estás al horno, que se pudrió todo?
-Fueron muchas veces. Pasé por situaciones diferentes. Uno dice, bueno se pudrió. Puede significar que están viniendo o que ya están acá. Hay una diferencia importante. Si están viniendo, por ahí te vas. Si ya están acá tenés que irte por la fuerza. Pero si ya están acá y además están atrás ya el problema es mucho más grave: no tenés salida que no sea salir tirando. De esas situaciones tuve algunas. De algunas me fui, de otras no.
La adrenalina te vuela la peluca, sos más animal que otra cosa, puro instinto de supervivencia. A veces logré mantener la cabeza fría. Eso te ayuda a calcular los movimientos con mayor precisión.
Tirar. Agacharte. Ahí opera mucho el miedo. El miedo a morir es muy paralizante. Cuando llegás a la situación de poder manejarlo tenés muchas probabilidades de irte. En esos momentos no pude establecer la diferencia si era miedo a morir o a caer en cana. En el fondo creo que tenia más miedo a caer preso.
-¿Hoy podrías volver a aquella vida?
-En estos años lo que más operó en el sentido de no volver tiene que ver con el paso del tiempo, la edad, con la seguridad de que si hoy me pasara algo, no soportaría una cantidad de años detenido. No lo soportaría. De algún modo preferiría morirme. Creo.
-Además de ese pequeño o gran trauma que le pueda generar a la gente que se cruzó con vos trabajando. ¿Hay algo que te incomode con lo que hiciste?
-Más que nada las consecuencias en las personas que querés y que te quieren. Eso se siente. Yo he generado mucho daño en mi círculo íntimo. He sido un tipo bastante hijo de puta, de generar malestar. Por consecuencia de mis cagadas. La onda expansiva de mis quilombos ha afectado a mucha gente muy querida y muy valiosa. Es un peso imposible de resolver.
-¿Esto sí es libertad?
-De ninguna manera. Nadie está en libertad. Todos estamos en libertad condicional. Desde el psicoanálisis, desde el marxismo, desde donde lo quieras mirar, hay un imperativo social que implica la represión de tus deseos. Hay diferentes tipos de prisiones. Hay hogares que parecen cárceles, infiernos. Nos acostumbramos a ciertas condiciones de vida y las naturalizamos, y no queremos ver mayormente que estamos en pelotas en términos de libertad. Desde este punto de vista, nadie está en libertad. Pero además, estamos en el capitalismo.

Relatos salvajes

Jonathan intentó escapar y un vecino quiso ayudarlo, pero se desmayó por la sangre en los pulmones. Con él, estaba Matías, que está preso en José C. Paz porque lo acusan de matar a Brian, su hermano. También Maju, tiene cuatro tiros en el cuerpo y está internada. Las víctimas.

Jonathan saludó a su hermana Yoana, que estaba por comer, y salió 20.30 de su casa, éste último jueves 7 de agosto. Se compró un arroz con pollo y se sentó en un umbral. Maju, Matías y Brian pasaron en una Suran azul que los vecinos habían visto tirada y completamente abierta, con llave puesta, desde hacía dos días, frente a la escuela de Chilavert y Larraya, y la levantaron para dar una vuelta. Hicieron una cuadra, desde Larrazábal y Barros Pazos hasta Larraya, y la Brigada de Investigaciones los persiguió a los tiros limpios, sin prender sirena ni dar la voz de alto. Antes de las 21, se escuchó una balacera. El policía Rubén Solanes, Percha, de civil, igual que el Fluence que manejaba, entró al auto y fusiló a Matías, a Brian y a Maju. Matías quedó tendido en el asiento de adelante. Está preso en José C. Paz. Sin condena. Brian quedó agonizando. Murió más tarde. Jonathan bajó con las manos en alto. Percha lo hizo correr y le disparó. Cayó muerto a unas cuadras. Maju, herido y todo, salió corriendo. Le quedó un pulmón muy comprometido. Lo hizo aun sabiendo que los chicos no tenían armas, porque nunca respondieron los balazos. “Ahí está el arma”, dijo un policía, señalando una bolsa de arroz con pollo que había comprado Yoni.
Jonathan
Yoni se entregó. Estaba Matías tirado en el piso, mientras le estaban pisando la cabeza. “Corré”, le dijeron Percha y el Mario “Indio” Chaves. Yoni salió corriendo y le tiraron. Siguió corriendo. Le dieron en la espalda. Corrió dos cuadras, se metió en un pasillo. Un vecino sacó a los policías a los escopetazos. Logró que no avanzaran más hacia Yoni, que en el pasillo cayó desmayado por la sangre en los pulmones.
Media hora después lo encontró su mejor amigo, en ese pasillo oscuro. La madre de Yoni lo llevó al hospital. Cuando murió, la policía no quería que la familia entrara a la sala a verlo. “No querían que viéramos que también habían entrado otros tres chicos de Soldati asesinados por la policía en ese barrio”, dice Rosa.
“Es el jefe de la banda”, dijeron en la tele. La madre, cuando lo recuerda, no lo puede creer. Se agarra la cabeza. Cuenta cuando lo ponía en penitencia y Yoni se ponía a hablar con los amigos desde la ventana. Cuenta cuando se ponía a jugar con el perro, como un chico. Cuenta cuando iba a pescar pescaditos mínimos, que ni se podían comer. Cuenta que le tenía miedo a las armas. “Se subió al auto para hacerse ver. Es un adolescente”, se explica la hermana.
Brian y Matías
La policía culpa a Matías de matar a Brian. Eran hermanos. Se llevaban bien.
Brian quedó agonizando en el auto. Lo tiraron en los asientos de atrás. A Matías lo sacaron del auto, ya fusilado, herido. Le pisaron la cabeza contra el piso. Lo metieron en el auto de nuevo para que viera cómo estaba Brian. Desde entonces, no puede hablar más. Está herido, pero en la cárcel de José C. Paz. Aunque legalmente tiene que ir primero a una comisaría, después a una alcaidía y, recién con la orden del juez, a la cárcel. Pero ya está en la cárcel. Ahí, los presos decían que le iban a pegar. “No. A este no, que está reservado”, respondieron los guardias.
La familia teme que lo maten.
Maju
Con cuatro tiros, dos en los hombros y dos en las piernas, Maju corrió una cuadra y se metió en un pasillo. Se metió en la casa de un vecino, lo que le evitó que el Indio lo rematara. Está internado, con un pulmón comprometido.
-¿Por qué no retiraron antes la Surán?- le preguntó Rosa, hermana de Yoni, al comisario de la 52, porque sabe que en la 20 y en villas de Soldati, hay autos de alta gama, abiertos, como la Suran, con la llave puesta. “Son señuelos”, dice Rosa. “A los pibes que se suben, se sienten con derecho a matarlos”. También teme que mezclen esa Suran, con otra, robada a una señora dos días después, que apareció en el barrio y que la policía quemó. Si hacen pasar una por otra, limpiarían las pruebas. En la comisaría 36, la comisaria Carrizo le dijo al padre de Yoni que el coche era rojo. Le dijo también que Yoni tenía un arma en la cintura. Los médicos, cuando llegó al hospital, no la encontraron.
Los casquillos son todos de pistolas 9mm. Sin embargo, la policía intenta instalar que fue un problema entre bandas y armó una causa diferente para cada chico, para que las familias no pudieran trabajar juntas. Las familias saben que no.
Las pericias no dan cuenta de armas de los chicos, pero un vecino vio cómo el Indio o el Percha tiraba una remera adentro de la Suran, donde sospecha que había un arma.
En Cruz y Lafayate, los policías “armaron el espectáculo para Crónica” –dice Rosa-, mientras Brian moría. Hasta ahí, empujaron el auto, cuyo motor no respondía porque había sido acribillado por las balas policiales.
La familia de Brian cortó avenida Cruz. Cuando pasaban patrulleros, les tiraban piedras, de la bronca. La gendarmería respondía con balas de goma.
Los portavoces de la policía confunden todo. La comisaría 36 tiene un discurso. La de Robos y Hurtos, otro. Dan el apodo de un chico por otro.
Solanes pasó por el santuario que le armaron a Jonathan, bajó de su Fluence gris y pateó una de las sillas que cortaban la calle de Larraya y José Barros Pazos. Acostumbra pasar, pedirles fuego a los chicos, para marcar la cancha, y verles la cara de cerca.
El miércoles posterior, volvieron a pasar, como siempre. Eran cuatro. Se bajó uno a desafiar: “A ver quién viene. Tengo una bala para cada uno”.

Rock hasta las branquias

Nos colamos en el viaje de Pez y nos asomamos por su ventana: Dos décadas de escenarios, independencia y autogestión. Veinte años de puro rock.

Fósforo García acaba de bajar del 64. En pleno barrio de Palermo, saca del bolsillo tabaco y arma un cigarrillo. Un pibe sub20 pasa caminando por la misma vereda y lo mira con ojos de “será o no será”. Está acostumbrado a esa mirada, cada tanto alguien le dice “Aguante Pez”, pero no es algo que le quite el sueño “El término famoso nos parece una estupidez”. ¿Por qué? “Existe como una suerte de consenso general de que buscar la fama está bien. Yo no le encuentro mucho sentido, pero bueno. Absolutamente nada de lo que hacemos tiene que ver con eso, ni por asomo”.

 ¿Qué hacen? El viaje a la inversa

Estira el brazo con un pie ya apoyado en la calle y para el colectivo. La SUBE descuenta $3,50 después de gritar piiiiiip. Fósforo se sienta pasando la mitad del bondi casi vacío. Suena su celular: “Dale, hagámosla ahora”.

*

El viaje de Pez empezó cuando había que calcular los vueltos para conseguir monedas, mucho antes de la tarjeta magnética. La banda lleva más de veinte años de kilómetros recorridos, diecisiete materiales discográficos editados, algunos cambios de formaciones que terminaron de consolidarse en Ariel Minimal (voz y guitara), Fósforo García (bajo y coros) y Franco Salvador (batería y voz), centenares de shows y pocas fronteras que limiten el horizonte.

El camino los hizo coquetear con diferentes géneros musicales sin nunca correrse del rock: “A pesar de esos cambios estilísticos podemos mantener una identidad: como lo haría Pez”, dice Fósforo.

IMG_0130-2–          ¿Cómo es esa identidad?

–     Es la suma de nuestras personalidades. Es la suma siempre de los músicos que componemos cada formación. Lo que hacemos es un todo, está la música y está la palabra. La palabra en sí como medio es importantísima, adhiero a ese pensamiento de que la palabra incluso crea realidad.

En un asiento individual mira por la ventana que tiene a su izquierda. Del otro lado del vidrio, empieza la tarde. El recorrido es casi una excepción: no está leyendo un libro. La novela “El arcoíris de gravedad” de Thomas Pynchon interrumpió el hábito. “Soy un lector compulsivo. Estoy atascado, es gigante, la dejé y estuve uno de los períodos más grandes sin lectura. En general, no puedo soltar un libro hasta terminarlo”.

Las palabras en los libros y en las canciones, para él, crean realidades.

 *

Subirse al viaje de Pez es mucho más amplio que un recorrido musical. La banda da batalla en más de un frente. En el año 2000 crearon su propio sello discográfico “Azione Artigianale”, su nombre significa: acción artesanal. La descripción en su página web dice: “En Azione Artigianale no hay presidente ni ejecutivo de cuenta; no hay director artístico, no hay cadete, no hay dueño. Funciona como una cooperativa surrealista -o sello de goma- donde cada artista trabaja para mantener activo su proyecto”.

–          El sello es un sello de goma. Es un nombre y un logo. Lo pusimos como una cuestión formal. Nunca nos interesó realmente tener un sello discográfico ni por asomo. Otras bandas que han salido por nuestro sello, lo hacen como una forma de adherencia a una forma de laburo y han sido dueños exclusivos de su material. Cada artista que editó con nuestro sello se hizo cargo de absolutamente todo lo que tiene que ver con su propia edición. Nosotros apenas podemos hacerlo con los discos nuestros, no nos vamos a poner a hacerlo con los discos de los demás ni en pedo.

Entre los artistas se encuentran Flopa Manza Minimal, Flopa, Gabo Ferro, Ariel Minimal, Hernán, Sur Oculto, Juan Ravioli, Helecho Honduras, Franco Salvador, Compañero Asma, Tantra y Pez, claro.

Varios años más tarde surgió otra iniciativa: El FestiPez. “En el momento que surgió teníamos acceso a escenarios más o menos grandes con Pez y para no aburrirnos y variar un poco lo que hacíamos, decidimos armar una forma de darle al público de Pez algo más por fuera del show de Pez, de sumarle cosas. Aprovechar y mostrarle a nuestro público determinados artistas que a nosotros nos parecían que estaban buenísimos. Nos parecía que era una buena para nuestro público y también para esos artistas, la posibilidad de un público mayor al que estaban acostumbrados”.

 Abrir frentes.

Generar espacios.

Autogestionarlos.

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–        Siempre fuimos una banda independiente pero nunca nos interesó levantar la bandera de la independencia per se. Fuimos una banda independiente porque no nos quedó otro camino que ese. Nunca nos interesó estar esperando que determinada compañía nos dijera: bueno chicos vengan a grabar. Así arrancamos, luego en algún momento nos han tentado para pasar a trabajar de otro modo y no nos interesó porque ya estábamos acostumbrados a hacer en la forma que lo hacemos, en la que solamente respondemos a las ganas de hacer y no a otra cosa.

–   ¿A qué creés que se debe el surgimiento de bandas independientes en los últimos años?

–        Básicamente los cambios tecnológicos oficiaron por un lado a que la difusión cambie el eje. Internet le pasó por arriba a la manera de comunicar lo que hacés, en nuestro caso: música. Si no figurabas en una radio no existías y si no tenías una compañía que te banque detrás y pague para que te pasen en una radio no existías. Internet democratizó muchísimo el acceso a la información. Luego también cambiaron las condiciones de grabación porque la tecnología hizo que sea muchísimo más accesible para un músico poder plasmar lo suyo y grabarlo. Bajaron los costos de edición de los discos. Todo eso fue configurando una situación en que es mucho más fácil hoy que hace veinte años editar un disco de forma independiente.

–          ¿Y en todos esos terrenos ganados creés que hay alguno que no se haya conquistado?

–       De alguna manera por más que estas cosas hayan cambiado, si vos venís con una bola infernal de plata y le apostás a un proyecto para sacarle rédito y fabricás una banda y la ponés en súper rotación, obviamente vas a tener más posibilidades de éxito comercial que cualquier pibe que edita por las suyas. Eso no cambió todo. Lo que cambió más es cierta costumbre en el público de no esperar que le den todo procesado y encontrarse en la tapa de espectáculos del diario con lo que tiene que ir a escuchar. Moverse más de forma independiente cada uno, desde donde ir a buscar información, donde buscar cosas nuevas. Ese es para mí el principal cambio pero tampoco nos engañemos que para todos es igual de fácil ir y conseguir tales cosas. Tenés que tener los medios, tener computadora, tiempo libre para escuchar música, que es un placer que no se puede dar todo el mundo.

Por fuera del mundo de puertas a nuevas posibilidades que abren los cambios tecnológicos, el sentido práctico del hacer limita muchas veces los procesos. En el año 2000, cuando el auge de internet florecía, Pez grabó “Frágilinvencible” ¿Cómo? “En una grabadora de cinta abierta de ocho canales. No se graba así desde fines de los 80’ ponele. Fue una cosa súper casera porque era lo que había. En ese momento grabamos como pudimos”. El 14 de agosto de este año, más de una docena de años después de la grabadora, en sus redes sociales publicaban: «Siendo las 20:41hs, estamos en condiciones de decir que tenemos disco nuevo». Su reciente material discográfico «El manto eléctrico» se anunciaba por el Facebook y Twitter de la banda, internet colándose en el proceso de comunicar y acortando distancias: “Gracias a la tecnología lo pudimos mandar a masterizar a Estados Unidos”.

–          ¿Internet modificó también la forma de componer?

–        Solo muy lateralmente, lo madre de la música es la persona que está haciéndola. Ahí no hay un plugin para componer.

 *

 –       ¿Lo que hacen tiene que ver con un proyecto musical o un proyecto de vida?

–         Para nosotros es las dos cosas. Ninguno concibe la vida sin Pez porque salvo que nos agarre una artrosis que no nos deje tocar, nadie se imagina la vida sin estar tocando. Para nosotros es una necesidad hacerlo. Es un proyecto al que le metimos y le metemos muchísima energía y hemos postergado montones de cosas y lo seguimos haciendo constantemente. Pez es nuestro proyecto de vida en tanto hacer de tu propia vida lo que querés hacer. Y nos sabemos afortunados por el hecho de toda esta continuidad que hemos tenido y de poder seguir haciéndolo cada vez en mejores condiciones. El enganche con la música es algo totalmente subjetivo y de cada uno. Pero en determinado momento de tu vida te das cuenta de que es lo que querés hacer y no podés hacer otra cosa, ni podés postergarlo al menos que quieras vivir frustrado. Es una necesidad nuestra hacer lo que hacemos, no lo hacemos por cuestiones de fama, ni por el billete, ni nada. Hacemos lo que hacemos porque queremos gustarnos nosotros, de ahí en más si le gusta a los demás está todo bien y si no le gusta también. No es una variable que nos importe mucho y nunca nos importó el hecho de agradar hacia afuera más allá de nosotros mismos, de estar nosotros contentos con lo que hacemos y sentir que hacemos un laburo digno dentro de las posibilidades, y punto.

*

Llegamos.

Fósforo va a bajar del colectivo, las calles colmadas de bares y mesas con cervezas artesanales en las veredas lo van a recibir. Va a armar un cigarrillo y se va a ir caminando tranquilo, mientras quizás un pibe en la misma vereda escuche en sus auriculares algún tema de Pez.

El viaje sigue.

Lucha de clases

Más allá del parecido de Berni con un editor de Clarín y de la despiadada represión de Gendarmería y la Metropolitana, el conflicto en Lugano desnuda el problema de la vivienda en la Ciudad. La acción del Estado a pesar de lo que dice la Constitución.

IMG_2576-3No mezclar y confundir las incontables aristas de los últimos hechos ocurridos en el barrio Papa Francisco de Lugano -bien al sur de la Ciudad de Buenos Aires- puede resultar un gran esfuerzo. Primero porque muchos factores confluyen y pueden nublar que ante todo acá se está hablando de vivienda. Luego, porque donde existe confusión -creada- debemos saber que siempre hay quien sale muy beneficiado.

La Ley 1.770 de urbanización sancionada en agosto de 2005 que “afecta a la urbanización de la villa 20, el polígono comprendido por la Av. F. F. de la Cruz, eje de la calle Pola y línea de deslinde con el Distrito U8”.

Las drogas y los narcos que circulan cómodos en asociación con cualquier fuerza represiva del Estado.

El asesinato de Melina Lopez de 18.

Las palabras de Berni: «Este asentamiento se cobró la vida de tres personas”, que hasta al más perezoso hará recordar al titular clarinesco, ya desenmascarado: “La crisis causó dos nuevas muertes”.

El Plan Unidad Cinturón Sur que desde julio de 2011 despliega tres mil efectivos de Gendarmería Nacional y Prefectura Naval en el sur de la ciudad.

De la misma ciudad que está siendo sede de la conferencia internacional “El futuro de la ciudades“, organizada entre otros por la ONU.

La resistencia armada narco -desalojados una semana después- y los siete heridos de la Metropolitana.

La contaminación del suelo con metales pesados.

Y quién carajo son los punteros que iniciaron la toma del predio.

Todo. Ocurre. Pero acá se está hablando de vivienda. Y de cómo fue la represión aplicada para dejar a gente sin su casa ni otra solución viable.

Desde el Observatorio Urbano Local, dependiente de la Facultad de Arquitectura de la UBA, aseguran un notorio aumento de la población que vive en villas y asentamientos precarios en las últimas décadas: “Ha pasado del 1,2 al 5,7 % entre 1960 y el 2010, con la única alteración de la trayectoria marcada por la erradicación forzada de las villas durante la dictadura militar entre 1976 y 1983. La tendencia en los últimos 50 años indica que, mientras la población de la ciudad ha permanecido casi constante, la población viviendo en condiciones extremas de precariedad habitacional se multiplica casi por cinco”.

Mientras, el Instituto de Vivienda de la Ciudad (IVC), organismo que puede pasar años sin construir una sola vivienda, ejecutó solo el 11,5% en el primer trimestre del presupuesto 2014 de 957.270.900 pesos.

Articulo 14bis. En especial, la ley establecerá: el seguro social obligatorio, que estará a cargo de entidades nacionales o provinciales con autonomía financiera y económica, administradas por los interesados con participación del Estado, sin que pueda existir superposición de aportes; jubilaciones y pensiones móviles; la protección integral de la familia; la defensa del bien de familia; la compensación económica familiar y el acceso a una vivienda digna[i].

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Dicen que dicen:

Dice Guillermo, vecino desalojado: “El sábado pasado eran las ocho menos cuarto de la mañana cuando tocaron la puerta. Pensé que eran chorros que andan por ahí siempre. Así que no contesté rápido. Los de la Metropolitana entraron a la fuerza, me pegaron un culatazo acá –se señala el hombro izquierdo inflamado por demás-, me gritaban `salí de acá, tomátelas, salí´, solo con la mochila que pude agarrar, sin documentos, ni plata, dejé mi casa con mi familia”.

Dice la jueza María Gabriela López Iñíguez: “En la madrugada del sábado se dio inicio al allanamiento oportunamente dispuesto, cuyo resultado fue exitoso en tanto la actuación coordinada y profesional de la Policía Metropolitana y de la Gendarmería Nacional lograron que a las 8.45 horas del sábado el 98% del terreno se encontrara desocupado de moradores. Es decir que a las 9.15 horas todas las personas habían abandonado, sin pérdidas humanas que lamentar ni heridos de consideración, el terreno ocupado. A partir de las 9.15 horas comenzó la tarea ardua e ingrata de vaciar el predio de objetos y pertenencias varias, con el objetivo de preservar en toda la medida posible las cosas muebles de los habitantes (…) El objetivo primordial fue el de evitar, para los habitantes de ese lugar, pérdidas materiales que hubieran podido agravar sensiblemente su situación, por evidentes y ostensibles razones de humanidad”.

Dice María, vecina desalojada: “Si Berni y Macri tenían planeado un desalojo, lo básico era pensar dónde ubicar a tanta gente. Lo único que nos ofrecieron fueron palazos y nos dejaron tirados en el bulevar mientras veíamos a las topadoras que nos rompían todo: heladeras, documentos, materiales de construcción. Nos dijeron que venían por un allanamiento, pero era mentira”.

 Vuelve a decir la jueza López Iñíguez: “Sin perjuicio de algún mínimo y ulterior incidente que haya podido registrarse con el curso de las horas, definitivamente de envergadura menor frente a la enorme tarea realizada, corresponde declarar oficialmente que estos hechos deberán ser abordados y resueltos por las autoridades del Poder Ejecutivo porteño en uso de sus legítimas facultades. Las autoridades locales, en sus diversos roles, hemos dado cumplimiento a nuestro deber. Por ende, sólo resta hacer público en lo personal mi enorme agradecimiento a la solícita colaboración de la Gendarmería Nacional, en la persona del Sr. Comandante Mayor Claudio Brilloni, Jefe del Cinturón Sur de esa fuerza; al Sr. Secretario a cargo de la Subsecretaría de Articulación con los Poderes Judiciales y los Ministerios Públicos dependiente del Ministerio de Seguridad de la Nación Rodrigo Luchinsky y muy especialmente a la Sra. Ministra de Seguridad de la Nación, Sra. Cecilia Rodríguez, por el gigantesco compromiso y dedicación funcional que exhibieron, para posibilitar que esta manda judicial fuera ejecutada de un modo humano, racional, proporcionado, y en definitiva constitucional”.[ii]

Dice Luis Duacastella, defensor general adjunto de la Ciudad de Buenos Aires: «La Metropolitana no cumplió con los pasos que establecía la orden de la jueza López Iñíguez, que eran intimarlos a retirarse voluntariamente primero, y en ese caso brindarles asistencia de movilidad, sanitaria, alimentaria y habitacional, y si había resistencia, usar la fuerza. (…) en el tiempo que duró el desalojo, que empezó a las 7 y terminó a las 9, no se pudo haber cumplido con eso; se hizo todo por la fuerza, que era el segundo paso».

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Estratagema

La estrategia oficial post desalojo fue la cesareana-napoleónica divide et impera. La táctica fue orientada a separar a los vecinos de sus vecinos, de sus casas, de sus familias. El objetivo: debilitar el poder popular, dividir a los desalojados e imperar sobre ellos.

Algo más de quinientas familias desalojadas quedaron en la calle y fueron impulsadas a arreglárselas por su cuenta. Los que pudieron están aún hoy resistiendo en el bulevar de la Avenida Fernández De La Cruz rodeados por efectivos de la Metropolitana. Los que no tenían familiares o amigos a quien acudir por un rincón donde tirar su colchón fueron distribuidos entre hoteles y entre los paradores nocturnos para personas en situación de calle del Gobierno de la Ciudad, en Barracas, en Parque Chacabuco y en Parque Avellaneda.

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A Guillermo, luego de desalojarlo a los golpes, lo invitaron a ir al de Parque Avellaneda: “La mitad de mi familia se fue a casa de familiares, y el resto nos fuimos al parador. Al segundo día ya faltaba comida, mesas, los padres y los hijos dormían en una sola cama. Son pabellones divididos entre mujeres y hombres con cincuenta cuchetas cada uno, muy parecido a estar detenido en la cárcel. Ir allá no es solución. Hay gente que vive en la calle y duermen en esos paradores que se quejan porque la comida la tienen que compartir con nosotros ahora. Y a mí, que vengo de Santa Cruz de la Sierra, me gritan que me vaya por boliviano. Pero hoy a la noche probablemente vaya a dormir allí de nuevo”.

De lejos, se lo escucha a Franco pedir una y otra vez por baños químicos. Hay que entender que los que están resistiendo en el bulevar -dentro del enrejado policial, y fuera- no tienen siquiera donde cagar. “Hubiese preferido que los uniformados agarren y nos maten, y no esto de dejarnos muertos en vida”. Es de Alianza Lima, el equipo de su ciudad natal, 36 y una familia disgregada a partir del desalojo masivo: “La mayoría éramos inquilinos, no tenemos nada, y acá algo tuvimos. Pero ya no. La dictadura acabó pero ellos la siguen aplicando”. Entre medio de una oración y otra, vuelve a consultar por los baños, y continua explicando hasta dónde llega la bronca: ”Nos presionan para que firmemos el subsidio habitacional de 1800 pesos por 10 meses con cláusulas que no te permiten reclamar después; es que eso no soluciona nada para una familia. No lo vamos a hacer. El pueblo por más que sea pobre se va a levantar, el pobre se va a cansar de ser pisoteado. Si lo único que te van a poder sacar es la vida, porque el resto ya te sacaron todo, hay que entregarla”.

IMG_3557La estructura estructural

La crisis habitacional de las -al menos- 163587 personas que, según el Censo 2010, viven en las villas de la ciudad es estructural, pero no necesaria ni menos irreversible. Es estructural porque la estructura político-social indica que así sea. Lo estructural aquí es la estructura funcional a sostener los status quo relacionados con la criminalidad civil, la corrupción política y la permanencia de la supremacía del poder establecido, para no ofrecerle todas las culpas simplemente al capitalismo que las suyas no deja de tener.

María de unos cincuenta y pocos, se calza como automática al nieto que todavía no camina en el brazo derecho. Canchera con los bebés, de un solo movimiento le deja el hombro libre para que el chiquito apoye cómodo la cabeza. “Desde que llegué a Buenos Aires siempre estuve en villa 20, en casas de familiares de mi esposo, comedores y alguna piecita prestada por ahí. Nací en Villa Minetti, un pueblo santafecino pegado a Santiago del Estero, pero de chica ya me fui a Santa Fe capital. De allá vengo. Pero allá es mucho lo que se da de prostitución. -descuelga al nieto para dárselo a la madre- y yo tengo muchas nenas y mientras ellas fuesen creciendo iban a ser llevadas por los cafiolos, y ahí, ya no ves más a tu hija. Por eso me quise venir acá. A Buenos Aires la ves desde la tele y es Nueva York -estira los brazos Maria, separando en horizontal todo lo que puede la yema de los dedos medios de cada mano-, estando acá ya es otra cosa”.

Apenas llegué de Bolivia alquilaba una casa con otras familias cerca de la cancha de Vélez  y trabajaba en la costura -cuenta Guillermo-. Cuando vi que podía conseguir algo más barato, alquilé dos piezas de 3×3 en la 1-11-14, que ahora valen unos mil pesos cada una. Pero hace unos meses con mis ahorros pude comprar por veinte mil pesos un terreno de 8×4.5 en la Papa Francisco. Quién me lo vendió, uno del barrio que no se cómo se llama, me decía: `ya es seguro, llevan más de tres meses acá. No te lo van a sacar´. En otros lados, los terrenos valían de 40 a 100 mil pesos. Al otro día de comprarlo armé una casa precaria con unas chapas y a partir de ahí me puse a construirla con material y todas las mañanas trabajaba en la obra para mi casa”.

[i]  Constitución Nacional Argentina.
[ii] Comunicado oficial de la titular del Juzgado Nº 14 en lo Penal, Contravencional y de Faltas de la Ciudad de Buenos Aires, María Gabriela López Iñíguez, en relación a los hechos de público conocimiento en el marco de la orden de allanamiento y liberación ejecutada el sábado 23 de agosto.

Violencia de nacimiento

Puja, el documental sobre violencia obstétrica, se presenta este viernes 12 de septiembre en La Tribu. Sus realizadoras lo definen como «una herramienta para las mujeres» y promueven que se hable de esta verdad incómoda.

Derecho a la privacidad e intimidad.

Derecho a la integridad personal (física, psíquica y moral).

Derecho a la información y a la toma de decisiones libres sobre la propia salud.

Derecho a no recibir tratos crueles, inhumanos y degradantes.

Derecho a estar libre de discriminación. .

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Éstos son, entre otros, los derechos que son violados a mujeres embarazadas por medio de prácticas rutinarias de preparto, parto y posparto en hospitales públicos y clínicas privadas del país. Configuran el fenómeno conocido como violencia obstétrica. La constante, más allá del grado de violencia, son las mujeres como objetos de intervención y no como sujetas de derecho. En el ordenamiento jurídico argentino está definido por la Ley 26.485 de Protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres en los ámbitos en que desarrollen sus relaciones interpersonales como “aquella que ejerce el personal de salud sobre el cuerpo y los procesos reproductivos de las mujeres, expresada en un trato deshumanizado, un abuso de medicalización y patologización de los procesos naturales, de conformidad con la Ley 25.929”. Esta otra ley es la de Parto Humanizado y establece los derechos de las mujeres en relación al embarazo y los del niño y la niña recién nacidos. Se sancionó en el 2004 y aún no fue reglamentada, lo que para muchas instituciones de la salud es argumento suficiente para no cumplirla.

***

Ana Luz Sanz y Valeria Álvarez son fotógrafas. Ana, además es mamá de dos. Se conocieron en un taller de Sub Cooperativa de fotógrafos, sobre “Fotografía y compromiso”. Para el ensayo final, eligieron con otros dos compañeros la problemática de la violencia obstétrica. Así nació el proyecto y se inició un camino de investigación, entrevistas y registro. Finalizada esa instancia, quedaron con ganas de más y realizaron el documental Puja, que presentan este viernes 12/9 a las 20 hs. en La Tribu:

Ana: – Sentimos que quizás en las fotos era más difícil de comunicar la causa y los procedimientos de rutina a los que se somete a las mujeres. Pensamos en un video muy cortito, pero se nos extendió. Quedó de alrededor de 30 minutos y muestra las prácticas violentas en torno al parto. La idea es ahora hacer un capítulo dos para hablar del parto respetado. Hay un poco más de material sobre esto y muy poco que muestre la parte dura.

14Valeria: – Nos pasó que fuimos descubriendo lo amplio que era el tema y lo poco que se habla, la poca información que circula. Hay muchas resistencias.

Ana: – Queríamos que fuera una fuerza de choque. Sin querer asustar a nadie, pero esto está pasando, hay que hacerse cargo. Estamos trabajando sobre la parte dos y queremos hacer una plataforma web, que sería un formato web-documental, adonde subiríamos estos dos videos y también interacciones con otros formatos donde se explique cada rutina, para que también haya intercambio con la gente. Un ida y vuelta. Porque lo que nos interesa es construir un herramienta para las mujeres. Con este tema, muchas se quieren acercar, contar su testimonio, porque no se habla de esto. Que sea un espacio de denuncia.

***

“Primero me drogaron y cada tanto aumentaban la dosis y así quedé frágil y vulnerable a merced de ellxs. Me abrieron las piernas, me ataron, acostada e inmóvil no fui más que un cacho de carne, cada segundo era peor que el anterior (…) Creí que me moría, me rompieron por dentro, Tuvieron que coserme luego la vagina y quedé con la panza llena de moretones, durante días el cuerpo entero me dolía, me costaba caminar, ir al baño, hace meses que la sola idea de tener relaciones me estremece por dentro. Luego, durante horas estuve tirada en la mitad de un pasillo, sola, desnuda, vacía, temblando de frío y miedo, no tenía fuerzas ni para llorar, mi mente en blanco solo trataba de huir, de contarme que era mentira, que no había pasado, que eso no me había pasado a mi. Durante mucho tiempo he querido hablar, denunciar, contar lo que me pasó pero nadie quiere escuchar, parece que de ESTO no se habla y que incluso por alguna extraña razón debería estar contenta, agradecida porque podría haber sido mucho peor, total estamos sanos y bien”.

Este es el testimonio que Violeta Osorio compartió en su facebook. Probablemente un nacimiento no es lo primero que se nos viene a la cabeza. Pero sí: es la historia de su parto. Fue compartida casi 200 veces y tuvo comentarios como: “Yo pasé por esa experiencia hace 12 años, y fui consciente de ese maltrato recién unos 8 años después… es tremendamente triste que esto se viva como algo naturalizado, algo que jamás tendría que pasar”; “y si se arma algún grupo de mujeres que hayamos pasado por algo así, por favor avisen!”; “Es realmente así. A mi me pasó dos veces. Es terrible. Pero lo peor es que lo naturalizamos”. Violeta estará presente en la proyección del viernes y sumará desde su experiencia al debate.

A partir de la organización y la lucha de mujeres, comienza a pensarse la violencia obstétrica como una forma de violencia de género y de violación a los derechos humanos. Apuntan de lleno a la situación de desigualdad de las mujeres respecto de los profesionales de la salud y de la industria biomédica y farmacológica que impide el ejercicio pleno de sus derechos.

19Ana: – Las mujeres son sometidas, aniñadas. En los mejores casos, la mujer puede procesarlo y entenderlo. Pero hay mujeres que fueron víctimas de violencia y se sienten de alguna forma salvadas ellas y su hijo o hija, entonces minimizan lo otro. Creemos que el material está apuntado sobre todo a mujeres que pasaron por un parto y no saben bien qué pasó pero algo no les cierra. Y así reflexionar e intercambiar experiencias para poder enfrentarse socialmente, porque hoy en día ¿cuántas madres pueden decir que quieren que las respeten y que estas cosas no las hagan? La mayoría dice que tiene que confiar en el médico.

Vale: – Entre las prácticas más reiteradas vimos maltrato verbal, episiotomías compulsivas – un corte quirúrgico en el perineo, la zona entre la vagina y el ano –, cesáreas innecesarias. Esto es sobre todo muy alevoso en las clínicas privadas, porque es un negocio, es menos tiempo y libera la sala o la camilla. Se lo piensa como el parto “rápido y seguro”.

Ana: – Toman la cesárea como una solución para la salud, como si fuera el medio más efectivo y dentro de todo estéril. El corto desmitifica la situación de esterilidad, porque todos nacemos en un ambiente lleno de bacterias, y eso también entrena nuestro sistema inmunológico. Y si llegás a tener la suerte de tener lo que ellos llaman un parto “natural”, porque es super intervenido, te hacen una maraña de cosas, que prácticamente tener una cirugía o no ya ni importa porque no podés decidir nada, estás atada de piernas, acostada – que es muy difícil parir acostada – con oxitocina que te genera contracciones más fuerte y si no querés epidural te dicen que la vas a pedir a gritos.

Vale: – Otra constante son las intervenciones sobre lxs recién nacidxs, que están completamente naturalizadas.

Ana: – Son súper cruentas. Lo que necesita el bebé es a su mamá, el contacto con ella le va a ayudar a respirar mejor, si cortan el cordón umbilical más tarde va a hacer que el oxígeno ingrese de forma más natural. En cambio, lo primero que hacen bañarlo, pesarlo, medirlo y recién después llevárselo a la madre. Si te lo traen. Porque en un montón de clínicas privadas te dicen “no, mami, vos descansá, te lo traigo más tarde”. En el medio el bebé está solo, en un lugar que no conoce, sin escuchar los latidos de la mamá, le dan leche de vaca que tampoco le viene bien para empezar la lactancia. Un montón de cosas gratuitamente y nadie habla de eso y a la gente no le gusta hablar de eso. Hay una industria atrás. Es la verdad incómoda.

***

Para la realización del documental, ingresaron a distintos hospitales públicos en los que por un acuerdo de palabra pudieron registrar el material. Es ahí donde el proyecto cobró espesor: “Entrar a los hospitales te da otra perspectiva, otro fuego en la sangre”. Sin embargo, una vez que colgaron el trailer en la web, para compartirlo en un principio con sus profesorxs y compañerxs, empezaron a recibir llamadas:

Ana: – Las instituciones no están muy contentas. Estamos esperando a ver qué pasa. En principio habíamos colgado una primera versión del trailer que no tenía ningún tipo de tapa en las caras y ahí les llegó al personal de uno de los hospitales. Es que la circulación del video nos excedió: en tres días tuvo 3 mil o 4 mil visitas, ahora está en casi 90 mil. Ni bien les llegó nos llamaron, nos dijeron que iban a poner abogados, que tuviéramos cuidado. Primero, nos asustamos y bajamos el material. Después, nos asesoramos y nos dijeron que sí, que nos podían hacer algo, que estábamos complicadas. Pero volvimos a subir el material, esta vez con la caras tapadas, aunque eso no soluciona el problema. Es que no hay ninguna manera legal de ingresar a esos lugares tampoco. Intentamos por esa vía y nos dieron la espalda.

Vale: – Vamos a ver qué pasa ahora cuando proyectemos el documental completo. Lo bueno que sucedió en ese momento es que hubo apoyo, mucha gente se sumó. Creemos que en un punto estamos todas juntas para aguantar. Hay muchas mujeres que se están interesando en la temática, en saber cuáles sos sus derechos…

Ana: – El cambio viene de ahí. La OMS ya hace bastante que desrecomienda muchas de las prácticas rutinarias del parto. Y hay una ley, pero tampoco tiene tanto impacto. Obviamente la legitimación del Estado suma. Pero la conciencia colectiva es lo que de verdad puede cambiar la situación. Si no, vamos a seguir sometidas. No hubiera pasado todo lo que pasó con Puja si no hubiera esa necesidad de hablar del tema. En ningún momento pusimos energía en la prensa, sino que la gente se fue acercando, compartiendo, entonces también está construida desde ese lugar, colectivamente. De alguna forma en el proceso de registro y ahora con la circulación, se fue formando una comunidad.

Puja – El documental (trailer) from Max Boniface on Vimeo.

Fotos, cortesía Colectivo Puja.

 

Que parezca un accidente

Carlos Belloso es un nombre fundamental del teatro argentino e inseparable de los memorables personajes que ha encarnado. Del mítico Parakultural a sus funciones en la «patafísica», continúa sorprendiendo con una mirada penetrante y atípica de la realidad.

Carlos Belloso es el Director del Subgabinete de Histrionicidad Científica, dependiente del Gabinete de Indisciplinas Exhaustivas del Colegio de Patafísica. Es, también y al mismo tiempo, el artista que pasó a la popularidad por sus “personajes pegadizos” de la tele, como el Vasquito de Campeones, Willy Marmotta de Tumberos, Lito de Sol Negro o Quique Ferretti de Sos mi Vida. Es, además y entre otras tantas cosas más, un tipo que se dedica pensar la realidad y sus accidentes a diario y a elaborar teorías sobre el tiempo y los circuitos repetitivos de la existencia. Es, además de demases, el protagonista no ficcional de este encuentro improbable y diverso, que plantea que los artistas lo son a pesar de su locura y no gracias a ella.

En el Teatro Gargantúa, como ayer en el mítico Parakultural, Carlos Belloso hace su arte, el que más le gusta, el que le permite “decir las cosas de la realidad que lo sensibilizan”. Llega a ese lugar de zona  confusa, entre Palermo y Colegiales, y se dispone sin peros a realizar las fotos, antes de decir una sola palabra. Interpreta cada imagen y le importa cómo sale, como toda expresión artística. Pero del Parakultural de los 80, cuando había terminado por fin la colimba y su participación en la Guerra de Malvinas y cuando decidió dedicarse al arte exclusivamente, a este 2014 en el teatro Gargantúa, el arte y las cosas cambiaron mucho.

– Está redistribuido lo paracultural, con menos fronteras. Con menos imposibilidades de decir cosas. El Parakultural más allá de que era un lugar mítico, donde sucedían cosas extrañas, era un varieté, si te ponés a pensar, un número al lado del otro a ver qué pasaba. Y yo en este lugar creo conservar ese espíritu, porque sigo dirigiendo varieté. Porque es una forma de posibilitar trabajos y de subirse al escenario sin tener todo acabado, como un work in progress con la gente. En aquella época, en cambio, existió un marcado circuito under. Eran lugares donde se probaban cosas: fue un destape artístico del lenguaje. Se abrió el arte a nuevas formas, no tan institucionalizadas. Un lenguaje alternativo a los años de solemnidad y acartonamiento. Nos expresábamos de formas nuevas o frescas, repentinas, cosa que antes tenían que pasar por una serie de vallas que fiscalizaba el gobierno. Podíamos decir cualquier cosa.

Sin embargo, los tiempos en donde Belloso hacía “Los Melli” en el Parakultural y luego tocaban Luca Prodan o los Redondos devinieron, justamente, en el mercado del arte, en mayor  o menor medida; abandonaron cierta religiosidad que regalan los galpones y desembarcaron en los grandes públicos y escenarios. Belloso, desde entonces, tiene larga y diversa experiencia en televisión y, sobre todo, en teatro.

¿Se puede mantener lo paracultural en los circuitos comerciales clásicos?

– Sí, porque en realidad los lenguajes nuevos tenían que ver con decir algo que no se podía. Pero después se fue haciendo más natural ese mercado y los medios, la televisión, el teatro y el cine oficial fueron tomando ciertas cosas. En la TV, yo nunca me lo hubiera imaginado a Urdapilleta o Tortonese.. Como todo, el establishment empieza a absorber lo que es emergente, y esos nuevos lenguajes que son más frescos y más genuinos, no tan pasado por procesadores y acartonamientos, se absorben porque hacen falta lenguajes más verdaderos, espontáneos, nuevos. Todo absorbe. Lo establecido no funciona si vas con lo viejo hasta la eternidad.

– ¿Y esa absorción la vivís como una buena noticia o como una cooptación?

–      Es un proceso. A veces me pasa que yo no voy hacia lo que necesita la tele o lo establecido y  voy a lo que me conmueve, pero sí seguramente lo establecido va a bajar a brevar de ahí, pero no como una cooptación, sino porque no tiene otros lenguajes que no sean esos. Fue así. Le debo a esa apropiación del lenguaje que yo haya terminado trabajando en tv, en cine o en teatro oficial, como lo hice. El tema es que el mercado lo va a cooptar en la medida de que es necesario para regresar a un discurso que se va cayendo y necesita cosas nuevas.

– ¿Qué cosas te conmueven?

– Por ejemplo, ahora estoy muy fijado en una realidad que tiene que ver con las casualidades. Como que hay una línea de cadenas causales, en donde después de esto viene lo otro. Lo que estoy viendo es una cadena de casualidades que tiene que ver con las excepciones y no la regla, con lo accidental más que con lo programado. El accidente en términos de aleatorio, de acontecimiento inesperado. Mi soporte artístico es lo accidental, lo que no está regulado ni estructurado. A mí me agarra algo con las estructuras… Cuando me empiezo a estructurar me siento muy incómodo. No es una rebeldía tampoco, pero como que quiero torcer el punto de vista y ver las situaciones que están en otros lugares.

– ¿Y en algún momento te sentiste estructurado?

– Sí, claro. Pero, al mismo tiempo estudié plástica y dibujo, y es cierto que aprender las estructuras te sirven para salir de ellas. Suele pasar con el modelo vivo o la copia en el dibujo: tenés que copiar muchas cosas para vos saber que existen otras posibilidades y llevarlas a cabo.  

– ¿Pensás que el arte tiene que ser violento?

– No necesariamente. Hay arte violento y arte no violento. Tiene distintas formas, como el peronismo.

Carlos Belloso hace enormes personajes. Pero, Carlos Belloso no es, ni por un segundo, un personaje, aunque a veces se nombre en tercera persona. Sus palabras son verdades. No se copia de sí. Sin embargo, por alguna extraña razón que escapa o constituye su gran talento , todos sus personajes dejaron una huella en la memoria emotiva y afectiva de los públicos más diversos. Es, evidentemente, un experto en la caracterización: sus personajes se comen las escenas y los escenarios.

– Yo nunca me sentí Carlos Belloso actuando, porque siempre la actuación tiene que ver con yo verme haciendo algo, con un laburo interno de observación. La actuación es un desdoblamiento. Si vos no te podés desdoblar de la actuación sos un esquizofrénico. Eso es patológico. Y no hay artistas patológicos: hay artistas a pesar de su patología.

¿Y por qué tus personajes son tan memorables?

– Hay algo raro en eso. Me pasa lo mismo con la música. Yo tengo algunos temas míos, que pueden ser buenos o malos. Pero vos sabés que son muy pegadizos. Y tiene que ver con eso, con la construcción de personajes. Mis personajes son pegadizos como un tema de Palito Ortega. Es como que el Vasquito tenía sus latiguillos, sus formas, los pibes de esa época lo imitaban mucho. Y tampoco era tan difícil componer al Vasquito, hacías así con la mandíbula y listo. Te ponías unos anteojos, una boina y chau. Era como un disfraz de carnaval, si querés.  Me pasa lo mismo con las canciones: yo no soy un virtuoso musical, pero tengo 3 o 4 temas con ciertos tonos en guitarra y los combino para que se peguen. Yo creo que es para que se me pegue a mí y pueda decirlo sin una hoja. Lo trato de memorizar. Es una cosa rara.

¿Lo vivís como karma o como virtud?

– Es como una virtud de alguien que quiere dejar algo. De la definición de artista lo que más me gusta es que es una persona sensible que quiere dejar algo con la gente, no solamente temas musicales o personajes, quiere que se lo recuerde por las cosas que tenía para decir.

– Se puede trazar una línea de personajes más disruptivos como Willy de Tumberos o Lito de Sol negro, o  el mismo Vasquito en Campeones, representando minorías, y después otro personajes como el que hiciste en Los Únicos que pueden resultar más triviales. ¿Cómo te bancas la trivialidad de ciertos trabajos?

– No lo veo trivial, lo que veo son géneros, soportes donde yo me monto. En el personaje de Livio Muzak de Los Únicos, como también en el Duende Verde del Hombre Araña, el género es el cómic, la historieta. Si bien era un formato medio de serie, tira novelesca, tenía un poco lo de villano de 007 o del Hombre Araña. Y en teatro me di el lujo de hacer el Duende Verde, para mi era genial: venir volando, tirar bombas, calabazas. Pelearme con el Hombre Araña en una pelea final y todos los pibes mirando, eso para mí era tremendo. Me meto en la historieta, soy el Duende Verde y voy a fondo. Lo trabajo y trato de ver qué me pasa con el género, estudiarlo, investigarlo y tratar de ser lo más fiel posible,  no solo al personaje, sino a los que consumen ese personaje, que son más fanáticos que yo a la hora de trabajar. Fanáticos del Hombre Araña veían la obra y muchos me felicitaban y a otros les parecía una porquería. Obviamente, porque los fanáticos son así.

De sus personajes pegadizos, quizás el que menos pegue con una canción de Palito Ortega sea Willy Marmotta, esa bestia bruta de Tumberos que vivía en la cárcel voluntariamente, que denigraba a cualquiera en el pabellón que lo tenía como el poronga y se encargaba de repartir sus miserias cada dos palabras.

“Willy era el peor hijo de puta, pero me encariñé”, admite.

¿Se hizo un culto de esa serie?

– Sí, puede ser. Pero también fue un género, eh. Era un género que Caetano quiso armar y que también había que investigar ese lugar. Fue un género raro, porque en realidad lo que hizo Caetano, impulsado por la idea de Sebastián Ortega de retratar una cárcel desde adentro, con un tema tan profundo como son las cárceles, el encierro, fue hacer reír a la gente. Tocaba la comedia desde un lugar negrísimo. Superaba el humor negro. Realmente era escalofriante. Porque algunos capítulos eran tremendos y no dejabas de reírte, porque no podías dejar de vincularlo con la risa ese drama. Fue una cosa rara. Y la cabeza fue Caetano, que me iba marcando por donde iba. El género carcelario se respiraba en Tumberos, pero lo que más me impresionaba era esa visión de Caetano.

– ¿Y te sentías cómodo con la violencia de ese personaje?

– Muy cómodo. Con todos los personajes te encariñas desde la complejidad, desde la comprensión. El tipo era evidentemente un tipo ignorante que buscaba poder y se iba para el lado de lo más desopilante. No salía de la cárcel porque lo respetaban más ahíy tenía su negocio adentro y no afuera. Suele pasar en la cárcel, que hacen sus negocios. Pero un tipo que no se quiera ir…. Y lo comprendés desde ese lugar y comprendés los mecanismos de la ignorancia, la cobardía. Yo en Tumberos lo que me imaginé era un Ricardo III dentro de una cárcel con jerga gauchesca. Es la mezcla que hice.

Hace poco Max Berliner dio una entrevista…

– Ah, qué genial – parece oler algo -…

Dijo que la escena en la que Willy lo viola y después lo mata fue una de las mejores experiencias de su carrera artística…

– Qué bárbaro… Y, sí. Porque se entregó al personaje y al mismo tiempo eso era la cabeza de Caetano. Que profundizaba dentro de una temática muy fuerte, pero que no dejaba que todo eso se te grabara por el impacto o por el desagrado, por lo chocante. Max era un anciano violador, que violó a su nieta, y este Willy que era el peor hijo de puta que podía estar en ese pabellón lo ajusticiaba, y no solamente lo mataba, sino que antes lo violaba. Esa conjugación es de la cabeza de todos, pero con Caetano como director la ecuación era explosiva.

Carlos habla cortito, pero no breve. Muy amable. Las eses, las zetas y las erres le salen con un encanto especial, por ahí pegadizo también. Hila el relato desde lo más alto de esas letras sonando. Todo está expectante  Es extenso explicando y pensando, pero a sus palabras parecen faltarle a veces las últimas letras. Y va reformulando lo que dice a cada rato, como el que escribe, borra dos letras y retoma el cursor para encarar el blanco que quedó adelante. Atiende el teléfono mínimo 4 veces y los llamados no duran más que un minuto.

“Hol, sí. Sí. Buen, llamame en un rato. Besit -todavía se escucha la voz del otro lado-. Besi… -se sigue escuchando -. Besito -hace sonido de besito tres veces-. Chau, mi amor”. Logra cortar.

A veces se lo nota como esperando algo más.

– ¿Te gusta hablar de esto?

– Sí, sí, sí, sí, sí –metralleta de sís –… Me gusta pensar el arte porque es mi oficio. Me encanta mi oficio, mi trabajo, mi medio. La música, la escritura, todo eso me apasiona, porque veo también que es una zona casi te diría inexplorada. Si bien hay arte desde las Cuevas de Altamira hasta esta parte, yo creo que el arte es como el cerebro: todavía hay zonas de gran desconocimiento.

Alguna vez dijiste que en el teatro, en el arte de la repetición, se podía detener el tiempo…

– ¿Eso dije?

– ¿Vos decís que no?

– Hay algo que, y más me pasa con Le Prenóm, que la hago desde hace un año y medio de martes a domingo, es que vos entrás dentro de la repetición de acciones en una secuencia y no pensás que eso ya lo hiciste, lo que pensás es que lo vas a hacer, entonces ahí queda suspendido el tiempo. Hay diferencias entre pensar que una acción la hiciste o que la vas a hacer como si la supieras. Creo que eso es lo que te instala en la actuación: intuir que algo que vas a hacer ya lo hiciste, pero no como repetición, sino porque lo vas a hacer como nuevo. Es sutil, pero es eso lo que me pasa con el tiempo.

– ¿La cuestión de los accidentes tiene que ver con cómo entender el tiempo?

– Sí, sí, exactamente. Pasa que el patafísico – ya venía pronunciando esta palabra de modo natural para responder las preguntas más diversas – siempre está trabajando sobre los lineamientos de Alfred Jerry. Entonces siempre trabaja e investiga sobre esos lineamientos: sobre el tiempo, la duración, el arte, sobre la misma patafísica, sobre la ciencia de las ciencias. Y después está la colegiatura interna de la patafísica, que eso es otra cosa, que estoy lejos pero lo respeto. Respeto a los estatutos, los regentes, a los optimantes y a los sátrapas. Es todo un vocabulario patafísico. En lo que tiene que ver con eso siempre estoy experimentando algo nuevo que contribuya a ciertos lineamientos  y que al mismo tiempo lo haga al Gabinete que yo integro, que es el… Yo soy director del Subgabinete de Histrionicidad Científica que depende del Gabinete de Indiscplinas Exhaustivas. Todo eso es una funcionalidad dentro de mi lineamiento a la patafísica.

Carlos, disculpá, pero, ¿qué es la patafísica?

Es un movimiento que surge en los 40 a través de los escritos que fueron dejados por Alfred Jarry. Establece una ciencia que es un epítome, es un epifenómeno que rodea a un fenómeno. El epifenómeno es algo que se añade a un fenómeno. Al añadirse una cosa a otra es un accidente ya, como que es agregado. Se estudia la ciencia que tiene que ver con esa añadidura. La patafísica sería lo que rodea y envuelve a la metafísica, tanto más alejado de la metafísica como la metafísica de la física. Entonces, por ejemplo, estudia la excepción a la regla, los accidentes. Estudia un mundo que merecería ser visto y por lo tanto suplementario a este. A partir de ahí, 50 años después se crea el Colegio de Patafísica. Se reúne gente, organizada en gabinetes, a estudiar estos lineamientos. Un regente en este caso me indicó mi función y mi título nobiliario. Yo tengo un título nobiliario virreinal: soy Incrito Archipampa, que aparece en el Don Quijote.

– Son títulos un tanto ampulosos, Carlos…

– El patafísico engalana las nuevas soluciones a este mundo feo.

Y ahí todo queda más patafísicamente claro: Carlos Belloso engalana la escena artística. Es una solución siempre nueva al arte de lenguajes feos.

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Atención policía

Frente al proyecto de Diputados de poder calificar de ilegales protestas sociales que son bien legítimas, la represión se ha recrudecido en todo el país utilizando desde infiltrados a balas de plomo y accidentes simulados.

A la altura del kilómetro 30 de la ruta Panamericana, donde se encuentra uno de los centros industriales más grandes del país, se toma el pulso de una realidad que involucra a trabajadores, gendarmes, automovilistas y a todos: el de la llamada “protesta social”.

Allí y desde hace años se discute cuerpo a cuerpo el derecho, la legitimidad y los límites de los reclamos laborales y también la respuesta del Estado frente a estos conflictos. Últimamente, apareciendo en su faceta más terrible: la coerción por parte de las fuerzas de seguridad.

En el último año se sucedieron una serie de represiones a trabajadores que tienen nuevas características, trazan una tendencia y rebotan en la campaña mediática y en los recintos políticos.

Mientras se discute en comisiones de la Cámara de Diputados un proyecto de ley -impulsado por  Diana Conti, Carlos Kunkel, María Teresa García, Sandra Mendoza, entre otros, todos del Frente para la Victoria-  que busca regular la protesta, Sergio Berni -Secretario de Seguridad de la Nación- dice que con el código penal basta para garantizar la circulación en las rutas federales. Patea el conflicto laboral al Ministerio de Trabajo que genera cada vez menos instancias de mediación, ciertos diarios publican como noticia la preocupación de los empresarios ante la preeminencia de comisiones internas obreras “de izquierda”, se difunden videos donde se demuestra la presencia de infiltrados en las manifestaciones, la gendarmería usa balas de goma, muestran armas de fuego, van con perros sin bozal, detienen ilegalmente y abren causas penales contra trabajadores.

Los casos de Lear y Donelley

“Cada vez son mayores los operativos”, dice de primera mano Jorge Medina, delegado de la comisión interna de la gráfica Donelley -cuya quiebra mereció la atención de la presidenta- y uno de los reprimidos en distintas secuencias de los últimos meses. La primera: el 8 de julio en la Panamericana cuando se acoplaban a la protesta de la autopartista Lear. Aquel martes se mostró el quiebre o el comienzo de la escalada represiva que siguió: “Había como una norma implícita de que toda protesta era en horario temprano, duraba un rato, venía gendarmería y se levantaba”, dice la abogada del Centro de Profesionales por los Derechos Humanos y representante de algunos trabajadores, Myriam Bregman.  “El 8 de julio generó un cambio absoluto y es porque la gendarmería no vino a negociar y dijo: `se van ya mismo porque vamos a pasar por acá, por arriba de ustedes´”.

El delegado Medina recuerda de la jornada: “La gendarmería avanza y nosotros retrocedemos, pero no nos dejan bajar de la ruta porque nos pusieron a la bonaerense al costado. Entonces empezó la represión y los disturbios, y en lugar de durar un rato la protesta duró todo el día. Hubo heridos, detenidos, ambulancias…”.

La siguiente represión ocurrió en Ciudad de Buenos Aires, cambiando también el actor represivo -esta vez la federal-: fue el jueves 26 de junio cuando trabajadores de Lear y Donelley marcharon desde Callao y Corrientes hasta la Cámara de Comercio Estadounidense, en contra de los despidos y suspensiones. Aquel día la policía tiró gases, rapartió palos y llevó detenidas  dos personas a la comisaría 5°.

En ambos casos, las represiones fueron respaldadas por declaraciones de Sergio Berni apelando a la “libre circulación” de rutas y calles, es decir planteando el viejo dilema del derecho a circular por sobre el derecho a la protesta. La nueva arista resultó ser la demonización de los sindicatos “de izquierda” como crítica a la forma de llevar adelante los reclamos.  “Es como que el foco de la criminalización lo están poniendo ahí, buscando el izquierdómetro y a partir de eso el origen de la protesta parece que no son los 200 despidos sino que es porque son de izquierda”. El delegado Medina opina  sobre los métodos de protesta: “Los cortes y los piquetes son los métodos tradicionales de la clase trabajadora que nos permitieron conquistas históricas, como las jornadas de ocho horas. Hay que tener en cuenta que, si llegamos a ese punto, es porque todas las otras instancias se agotaron”. Medina apunta al cerco entre la empresa, el gremio cómplice y el Ministerio de Trabajo. En los casos de estas empresas, luego de años de comisiones internas que respondían a la llamada “burocracia sindical”, y con el pulso de las explotaciones cotidianas, han ido ganando terrenos comisiones internas más combativas que no se quedan de brazos cruzados, cuestión que no implica que sean todas de izquierda: “De la comisión interna de Lear sólo uno se reivindica como `de izquierda´”, cuenta.

Con Berni al frente de las represiones, otra parte del oficialismo discutiendo la regulación de la protesta, la presidenta Cristina Fernández se encargó de ir contra las maniobras empresarias en Donelley al anunciar que se iba a aplicar  la Ley Antiterrorista a sus directivos: planteaba que la gráfica tenía accionistas de los fondos buitre y que la declaración de su quiebra era una maniobra especulativa en contra de los intereses del país. Medina interpreta: “Estamos a favor que se revise el accionar de la empresa, pero no apoyamos la Ley Antiterrorista, porque sabemos que se le aplica una vez a una empresa y cien veces a los trabajadores”. Actualmente Donelley se encuentra bajo control de los trabajadores mientras se resuelve su situación en una serie de audiencias en el Ministerio de Trabajo: “Nosotros planteamos la estatización de la planta con control obrero. Nos dijeron que sólo estatizaban servicios, pero nosotros podemos brindar un servicio de imprenta para el Estado”, dice Medina.

Denuncias y decreto

La abogada Bregman cuenta que, desde entonces, “estamos metiendo una denuncia por semana”, en referencia a las causas abiertas por el Estado contra los trabajadores y que éstos responden con denuncias a las propias fuerzas de seguridad. “Pedimos como medidas de prueba que gendarmería diga bajo qué protocolos de actuación intervinieron. Si fueron con perros sin bozal, tiraron balas de goma para dispersar, no dialogaron, ¿en qué protocolo está eso?”.

La pregunta apunta al decreto que la Secretaría de Seguridad, en 2011 a cargo de Nilda Garré, promovió para regular la actuación policial en manifestaciones sociales: entre otras medidas se prohibía la portación de armas de fuego, se restringía el de balas de goma únicamente al “uso defensivo” y obligaba al personal de la fuerza a portar una identificación advertible a simple vista. Estos estándares se habían fijado como resultados de la represión que terminó con muertos en la toma del Parque Indoamericano y del crimen de Mariano Ferreyra.

“Se había logrado una base de discusión importante que se pretendía que avance a contextos provinciales”, dice Paula Litvachky, responsable de Violencia institucional del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS). “Incluso provincias que acataron los 21 puntos del decreto mostraron practicas muy regresivas también: Jujuy, Chaco, Tucumán; esto no pasa sólo acá. Se vienen viendo situaciones complejas con respuestas policiales regresivas y ahora aparecen con más preocupación algunos retrocesos de las propias fuerzas federales”. Litvachky enumera: “Portación de armas de fuego de policías, uso de escopetas de balas de goma para disuadir, uso de perros, preponderancia del operativo policial y situaciones particulares como el gendarme al que se vio tirarse arriba del auto simulando un accidente o la persona que aparece de civil como infiltrada. Esos son elementos preocupantes”.

-¿Qué cambió? Las respuestan parecen ser dos:

-“La frecuencia con que se están dando las protestas, y en el modo en cómo se están respondiendo. Vemos con preocupación cómo posiciona el Estado en la mayoría de los casos con una respuesta policial antes que política. Sin una actitud ingenua, a veces estas mediaciones políticas son complejas, pero estamos planteando que si bien esto es complejo y no tiene una respuesta unívoca y hay distintas miradas que hay que entender, nuestra preocupación y alerta, sobre todo por la historia de nuestro país, es la respuesta policial que se está dando a las protestas y los hechos de mayor violencia que se están produciendo.

– En esos términos el rol del Ministerio de Seguridad es central en reafirmar esos criterios de actuación más allá de la discusión que pueda haber política sobre los conflictos, y entendiendo que no se puede admitir que se retroceda sobre esos avances para la protección de las personas que protestas y de todas en general”, asegura  Litvachky.

Cómo avanzar

“La discusión para nosotros es que tenga mejor rango normativo”. Litvachky aclara que refiere esto para volver a respetar los estándares planteados en 2011 y no a la ley que se discute presentada por un grupo de diputados del Frente para la Victoria en abril. En él, los puntos más polémicos giran en torno al planteo de declarar protestas como “legítimas” o “ilegítimas”. Para ser considerada “legítima” una protesta debe no impedir el funcionamiento de los servicios públicos -educación, salud, seguridad-, permitir la circulación parcial de personas y vehículos, especialmente la de grupos vulnerable, y establece que los organizadores deben informar de la manifestación ante la autoridad policial con 48 horas de anticipación: lugar, tiempo de duración, objeto de la protesta y manifestante delegado. Se crea la figura del “mediador” quien se contempla como “personal civil” del Ministerio de Seguridad y tendrá entre sus funciones pactar condiciones del “cese de la perturbación a derechos de terceros y canalizar las demandas al área correspondiente”.

Por parte del CELS Litvacky remarca sus diferencias con el proyecto: “Para nosotros es preocupante que se sostenga la separación entre protestas legítimas e ilegítimas, pacíficas y no pacíficas, pero sí sería muy importante que se le de rango legislativo a criterios de actuación policial en la línea que venimos charlando. La preocupación es que se quiera legislar en forma restrictiva y dando lugar a esta idea de que la protesta es abusiva o ilegítima. A partir de ahí hay que ver cuál es la propuesta que avanza, que no está clara la discusión ni dentro del propio bloque”.

Unas buenas

Las pocas buenas noticias en este sentido tienen que ver con dos decisiones  judiciales que ponen en jaque el accionar de las fuerzas de seguridad en dos casos relevantes: el de la represión por parte de la Metropolitana de la Sala Alberdi, y la que investiga a la Gendarmería por el llamado Proyecto X.

Por la primera,  el 13 de agosto fueron detenidos Miguel Antonio Ledesma y Gabriel Pereira de la Rosa, dos efectivos de la Metropolitana acusados de “tentativa de homicidio simple” de los periodistas Esteban Ruffa y Germán de los Santos, quienes recibieron impactos de bala de fuego aquella jornada. Analiza Litvachky: “Se sostiene que integrantes de la Metropolitana intervinieron de forma ilegitima en un procedimiento. Eso es muy importante por un lado porque rompe con las resistencias y las inercias judiciales que limitan los avances de los casos. Y por otro, porque el Gobierno de la Ciudad no ha condenado ni ha criticado la actuación policial cuando tienen este tipo de desenlaces. No ha habido un mensaje político manifestando que no está de acuerdo con este tipo de actuación policial. Y lo resuelto por la Justicia es muy claro: no se puede seguir admitiendo este tipo de prácticas. Lo que se debe exigir es una actuación administrativa, porque no son dos policías que se volvieron locos: acá hubo una seguidilla y aparece como una especie de patrón de intervención de la Metropolitana”.

La otra causa que apunta contra efectivos de la fuerza toca a gendarmes, en este caso investigados por su actuación en el llamado Proyecto X: un software de Gendarmería Nacional que reúne informes de todo el país desde, al menos, 2004 hasta 2012, referidos a movimientos sociales, gremios, partidos políticos, madres y abuelas de Plaza de Mayo, hijos de desaparecidos, padres y madres de las víctimas de Cromañón, referentes villeros y centros de estudiantes. La causa estudia si el recabado de esta información es legal o no, y de la forma en que se obtuvo: infiltraciones, seguimientos, espionaje. Por la misma estaban citados a indagatoria una serie de gendarmes el último 12 de agosto, pero ninguno se presentó. No sólo eso: recién ese día designaron un abogado defensor y pidieron sacar copias de la causa. Dice Bergman, la denunciante del caso: “Recién ahora los gendarmes se dieron cuenta que tienen que defenderse. Que ya no es, como dijeron, una causa inexistente, sino que es una cosa seria por la que deben dar respuestas. Llega en un momento en que la intervención de gendarmería se reagudiza con las mismas características que denunciamos en esta causa”.

Ser o ser otro

Ignacio Huang es un actor taiwanés, radicado en Argentina y formado en el IUNA. Aunque para muchos, es el chino de «Un Cuento Chino». Ignorado en su comunidad por bohemio y ajeno en Argentina por oriental, plantea: «Ese es mi gran desafío: defender y asumir mi identidad y luchar contra los estereotipos».
Ignacio Huang nació en Taipei, capital de Taiwán, a 19 mil kilómetros de Buenos Aires. Doce años después recorrería esa distancia arriba de un avión durante casi tres días. Su identidad quedaría perdida en el medio de esa larga ruta: en el mismo lugar donde la encontraría muchos años después.
Ya pasaron 24 años de ese viaje y ahora Nacho llega al Cementerio de la Recoleta, totalmente pálido, como si estuviese preparado para una de terror. “No se asusten, vengo de la prueba de maquillaje de la nueva obra”. Tiene la risa fácil y la expresión tierna. Su acento oriental envuelve su lenguaje de coloquio y lunfardo y le da a toda la escena un encanto que él siente propio, justo en ese lugar impreciso para las estructuras y los estereotipos: en lo complejo y lo particular de su vida, atravesada por dos culturas que no se reconocen entre sí y que construyen representaciones a groso modo de lo ajeno.
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Esta es la historia de Huang Sheng Huang, mal conocido como «el chino» de «Un Cuento Chino» o, actualmente, como el el chino gritón que tiene un supermercado en «Guapas». Bien conocido como Nacho, una persona que decidió hacerse cargo de sus deseos, ser actor y trabajar desde ese lugar para desterrar los estereotipos que lo separaron tanto tiempo de su identidad multicultural y -lo separan- del reconocimiento justo y desprejuiciado.
– ¿Alguna vez quisiste ser otro?
– Y, sí, claro. Un día soñé con despertarme negro y cantar como ellos, tener esa voz. ¡Quise ser estadounidense! ¡Ser rubio! ¡Tener ojos claros! Porque hay todo un estándar de belleza occidental del que justamente uno queda afuera. Y mi conclusión fue: aceptás lo que sos o seguís sufriendo. Pasé muchos subes y bajas hasta llegar a la conclusión de que tengo que aceptar lo que soy, mi historia, mi devenir, no puedo negar mi raíz. A partir de ahí nace toda mi búsqueda de cruzar culturas, de mestizaje. Viví doce años en Taiwán, nací ahí, tengo una cultura fuerte, de 5 mil años, un montón de conceptos, estéticas, reglamentos e impedimentos metidos en la cabeza. Consciente o inconsciente, está en mi sistema de pensamiento. Pero, te juro que hay un deseo tan grande en el fondo de pasar desapercibido que llegás a decir… yo quisiera ser…normal.
Sentado en un banco verde de Plaza Francia, alejado del ruido de los camiones de basura y los colectivos que pasan a lo lejos, se ríe aliviado de poder decirlo, después de una pausa larga, algo dramática, que representa tantos años. Ahora él lo puede poner en palabras, pero antes fue silencio y angustia. Cuando los Huang llegaron a Buenos Aires no sabían hablar ni una coma en español. En Taiwán sólo quedaban deudas así que todo era mejor. “Venir acá era la posibilidad de sobrevivir”, recuerda. Pero Nacho tenía más barreras que esas: tampoco podía expresarse con los que hablaban su mismo idioma.
-Ser actor no era bien visto por mi papá. Para él los actores eran gente vulgar, promiscua, de mala reputación. Pero hay cosas que uno siempre tiende a buscar. Así fue como empecé teatro. Sin ninguna esperanza de ser actor. Lo hice para hacer alguna changuita en fotografía. Todos necesitan alguna vez un modelo oriental para unas fotos, pensé. Pero no tenía ni la más mínima esperanza de hacer algo artístico. Me fui metiendo y fui encontrando que en el mercado hay cierto huequito donde puede existir y trabajar alguien diferente. Después me di cuenta que siempre tuve clara mi vocación, pero no me atrevía a realizarlo, a vivirlo, por mi cultura, por la represión propia cultural y familiar.
Sus decisiones lo transformaron en más de un sentido. Se convirtió de a poco y para muchos en una oveja negra: se metió en la actuación, no se casó y dejó su empleo de diseñador gráfico. “Para mi familia fue una cosa tremenda, llegó un punto en que mi mamá y mi papá no querían ni mencionarme cuando llamaban a los parientes en Taiwán, me salteaban, no querían dar ninguna información mía”. Nacho para algunos ojos era el hippie que no tenía trabajo ni había formado una familia. “Prácticamente una vergüenza.”
– ¿Sigue siendo así?
– No. Todo cambió cuando -hace otro silencio largo- me volví famoso -y se ríe expulsando mucho aire-. Antes de hacer “Un Cuento Chino” yo era la lacra social, era la oveja negra. Después, mi viejo empezó a verme desde otro ángulo – su mamá ya había fallecido -. Y lo gracioso es que toda la sociedad taiwanesa, mi colectividad, me empezó a mirar distinto. De pronto, me convertí en un modelo para la comunidad: el joven ascendente, emprendedor, artista. Toda una planfetería tremenda alrededor mío, por la película, que repercutió mucho en la sociedad oriental.
– ¿Vos cómo sentís que ahora te miren de esa manera?
– Si hubiera sido referente desde mis inicios lo sentiría como algo bueno. Pero como yo viví el otro lado de la moneda y sé lo que es ser tratado como la vergüenza social, no me siento así. Sé que es algo que no entienden en esencia, porque yo no hice esa película de casualidad. Cuando fui a la audición con Sebastián Borenstein, el director de la película, quedé para el personaje no porque tuviera cara de chino. Fue por mi experiencia. Ya había actuado en teatro, en películas de cine independiente, en publicidad, en tele, me había recibido en el IUNA, cosas que los otros 250 aspirantes orientales no tenían. Así gané el papel, con diez años de trabajo atrás. Por eso no me interesa ni me engancha todo lo que ahora empezaron a decir sobre mí en mi comunidad.
– ¿Qué te pidieron en la audición?
– El momento clave de la audición fue cuando me pidió que contara un relato a la cámara que conmoviera. Pero en mi idioma, en taiwanés. No se iba a entender nada, pero tenía que conmover. Fui con todo el relato de mi abuela, de alguien que perdió mucha gente. Hablé de cómo es perder a alguien, que es básicamente la historia de Jun, el personaje. O sea, la experiencia de vida también sumó.
– ¿Te molesta que solo te reconozcan por esa película?
– Y… “Un Cuento Chino” fue hace 3 años. La memoria emotiva de la gente es así. Pero qué suerte, en todo caso, que eso es positivo. La gente se acuerda de mí con cariño.
– ¿Tu personaje respondía a un estereotipo occidental?
– No, porque estuvo muy trabajado y me involucré mucho en la construcción del personaje. Cuando Sebastián vino con el primer borrador, escribió desde su punto de vista, como un autor occidental ve a un chino. Decía: “El chino le dice gracias”, “el chino cabecea mostrando agradecimiento”. Entonces, le empecé a dar mi punto de vista. Armé toda una historia para Jun. Sugerí que era dibujante, trabajaba en una fábrica y era huérfano. Y a Sebastián le encantó. Quizás ni aparece en la película, pero por lo menos yo lo sabía. Es importante desarrollar todo el aspecto oculto y particular de un personaje para no caer en estereotipos.

Imagen: NosDigital

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– ¿Dónde está la frontera entre la identidad y el estereotipo?
– Ese es mi gran desafío: defender y asumir mi identidad y luchar contra los estereotipos. Uno no puede pelear contra su origen, contra su ser. Pero hay una ola muy grande que te pasa por arriba. Siempre trabajé para otra persona, hacía lo que otro proponía. En gran mayoría son directores argentinos. Claro, porque autor y productor chino no hay –se ríe-. Y me cansa hacer siempre lo que otro imagina que un chino debe hacer. Piensan en chinos cuando son personajes mafiosos, matones o torturadores. O piensan que tiene un supermercado o una tintorería. Es cierto que los chinos acá tienen supermercados, qué quieren, es un trabajo, pero no son solo supermercadistas. Además es como si todo lo oriental fuera igual. Hice de chino, koreano, japonés, todo lo que tenga ojos rasgados. Pero yo soy taiwanés. Existen diferencias finas pero complejas, distintas culturas. Por eso prefiero hacer cosas por mi propia cuenta.
– ¿Cuáles son las diferencias?
– Hay finas clasificaciones, es difícil establecerlas. Yo no puedo decir que un argentino es lo mismo que un uruguayo, pero creeme que para un chino están bastante cerca, aunque un uruguayo es un uruguayo y en los partidos de fútbol va a hinchar por Uruguay. Es lo mismo, pero allá. Japón tiene muchos problemas con China. En realidad, Japón tiene problemas con todos. Taiwán estuvo dominado por Japón toda una generación, la de mis abuelos. Mis abuelos hablan japonés. Dejó mucha influencia. Taiwán tiene toda una cuestión de la limpieza muy japonesa. Pero mis papás ya nacieron en la época de influencia china. A mí no me molesta que me confundan con koreano, japonés o chino. No tuve una historia penosa en donde me mataron mis parientes, no tuve esos conflictos. Actué como japonés, de hecho, sin problemas. Con China hay más afinidad todavía. Además, de raíz, un taiwanés es un chino. Hace 60 años Taiwán se separó políticamente de China y eso hizo que hoy por hoy los chinos y los taiwaneses piensen diferente. Los chinos son personas muy sufridas, salidas de catástrofes, más tensos. Los taiwaneses son más parecidos a la argentinos, más relajados.
Mientras las gárgolas del Cementerio contemplan las coquetas plazoletas, Nacho habla de su ópera prima, “China Pampa”: un crimen y entierro al estereotipo. Huang quería decir algo desde su extranjería, desde su experiencia como inmigrante: “La obra expresa cierta pena por habitar un mundo en el que la mayoría no es como uno, es diferente a uno. Como mi caso, que vivo en Argentina, donde casi todos occidentales”.
Al orientalismo, como se conoce a la representación que construye el mundo occidental del oriental, Ignacio lo choca en carne propia. Algo no encaja. Sin embargo, entiende que la clave está en quien ocupe el centro de la escena: “Ojo que si vas a China todos tienen una idea establecida de los occidentales: tienen nariz y ojos muy grandes. Así los identifican”.
– ¿Te sentís muy determinado por tu cuerpo en la actuación?
– Ahora se va estrenar La Salada, de Juan Martín Hsu, que es de origen oriental, pero nació en Argentina. Tiene toda una historia de inmigrante. En la película yo interpreto su alter ego casi, lo que él no puede expresar como actor, porque es director, lo hago yo. Hay un montón de situaciones rayadísimas que tienen que ver con esto. El personaje mira películas argentinas para ser más argentino, quiere tener una novia argentina, se cambia el color de pelo para ver si se ve más occidental. Una cosa que se torna ridícula. Esto mismo que le pasa a este muchacho le pasa a mucha personas, como yo, como otros orientales o por qué no simplemente gente de otras nacionalidades. El deseo de poder ser uno más y no estar marcado por la diferencia.
– ¿No es injusto que los papeles que te ofrezcan nunca excedan tu apariencia, independientemente de tu talento como actor?

– Sí, me duele pensar en eso. Cuando se estrenó “Un Cuento Chino”, aparecieron todas las nominaciones de premios. A mí no me gustan mucho, porque los premios son una demostración de poder. Digo, no es nada divertido ni interesante para mí como artista. Pero yo estaba nominado como revelación y como actor secundario de Darín. Y no gané ni uno, y la persona que ganó quizás hizo una película y un personaje menor. Y se llevaron el premio y ahora están en Polka o yo qué sé. Si hubiera sido argentino quizás me hubieran elegido. No es que quiera el premio, ¡quiero chances de trabajar!  Quiero que me den personajes que valgan la pena, no estereotipos. Y un premio te abre esas puertas. Y no se abrieron. Pero, la verdad, quiero dejar de perseguir toda la cuestión de que esto te lleva a lo otro, la escalera del éxito. Me quiero relajar, quiero estar tranquilo, porque hay un deseo muy fuerte de ser hijo legítimo, pero no me pasó, no es mi vida. Y tengo que convivir bien con eso porque se trata de mi sufrimiento, no del de los demás.
– ¿Qué cambiaste en tu forma de trabajar para evitar este sufrimiento?
– He dejado muchas cosas. Publicidad no hago más, que es lo más estereotipado de todo. Y es muy injusto porque es donde mejor te pagan. Es perverso: más te pagan cuando más te quieren someter, cuando más te exigen que seas lo que no sos. Todas publicidades horribles: un argentino es así y un chino de esta otra manera ¡No! ¡Un argentino no es de una manera! Un argentino varón no es el coche, la mujer y el partido. Me indigna que la sociedad esté diciéndote todo el tiempo cómo tenés que ser ¿A mí me querés decir quién tengo que ser? Me resisto a eso. Hago el personaje de Lucero en China Pampa, que es un chino gauchesco. Algo que uno no espera de un chino. Por eso es más fácil hacer tus propias cosas, autoproducirte, darte la chance a vos mismo de ser libre y de hacer otras cosas. En las producciones independientes y en la autogestión yo veo una salida a esta perversión.  No hay que dejar que el mundo te dicte como tenés que ser, porque  dentro de ese mundo se pierde. Te perdés.
– ¿Cambia esa representación según los ámbitos artísticos?
– El ámbito menos estereotipado es el teatral, es el más abierto. Tele y cine en Argentina son tiranía. La televisión en Argentina son tres productoras de tiras: Polka, Underground y Telefé. Casi que no podés elegir. Ahora estoy haciendo una participación especial en “Guapas”. Es un cliché hasta el extremo. Pero tampoco se puede pedir algo demasiado original en ese ámbito. Lo hago por los chances de poder conseguir más trabajos en el futuro, porque  si vos rechazás ya no te llaman. Elegís no hacer tele o tenés que someterte a esa lógica. Por ejemplo, el año pasado en Graduados estaba el actor Chang Kim Sung, que es koreano, y lo llamaron para hacer de chino. Hacía de un secretario chino homosexual. Funcionó ese personaje y se convirtió en un nuevo estereotipo. Este año me llamaron de una productora para hacer de un secretario chino homosexual. Siempre lo que tiene éxito se convierte en estereotipo.Y en cine tampoco tenés mucho para elegir: trabajás con Darín o hacés algo que van a ver 200 personas. Por eso el teatro es lo más libre: necesitás menos plata y podés decir algo.
– ¿Qué te interesa decir con esa libertad?
– Trato de empezar a ubicarme en un lugar intermedio entre mi comunidad y la sociedad argentina. Porque acá se sigue teniendo un misterio hacia mi comunidad, hacia lo chino, lo oriental. Está bien, no somos muy abiertos, pero hay una cuestión del misterio que genera distancia. Y yo me considero uno de los elementos menos misteriosos, más conocidos, porque hice una película con uno de sus actores más queridos. Entonces, trato de ponerme en el medio y de unir la dos cosas, una cultura con otra, de poder reconocernos entre sí. De eso se trata mi próximo espectáculo, “La Maquila”, que es de títeres tradicionales chinos ejecutados por titiriteros argentinos.
Ignacio, mientras se tapa hasta la nariz con todo el abrigo que trajo, admite que de vez en cuando considera la posibilidad de volver a Taiwán, donde quizás sea más reconocido o tenga más diversidad en las ofertas de trabajo. Pero, rápidamente dice que no, que no quiere volver a empezar de cero. Acá ya es alguien: es Nacho y es Huang, una química particular de culturas distintas que él buscó y encontró en un lugar que no es ni aquí ni allá. Es un lugar nuevo, inesperado y provocador. Entonces, descarta la ruta a Taipei y elige tomar el 110, de Recoleta a Villa Crespo, para llegar a tiempo al ensayo de “La Maquila”, su segunda obra de autogestión.
-Yo creo que se trata de búsquedas, cada uno desde su particularidad. Está buenísimo encontrarse y romper ese molde. Asumir lo incierto del futuro. Preguntarte cómo vas a seguir con esa tradición de tus raíces y cómo podés integrar esa tradición al mundo que te toca vivir. En el teatro inevitablemente vas a hablar de muchas cosas, vas a hablar de perversión, de todo. Y quizás mucha gente se va escandalizar, pero es parte del arte. Además uno no puede sumir sus deseos a las limitaciones de entendimiento y comprensión de los demás.
 

Constitución Argentina

Por La chica que corre el bondi.
Lo que usted debe saber antes de leer:
Constitución no queda en Buenos Aires.
Uno toma el colectivo 53, pide el boleto de $3,50, viaja sentado porque es sábado de mañana y madrugar tiene beneficios un fin de semana, toca el timbre y abre la puerta. El arco del pie derecho le hace honor a su nombre y se curva, los metatarsianos sienten el peso del cuerpo y lo trasladan al pie izquierdo que toca la vereda en la puerta de un supermercado lleno de rejas. En ese momento encapsulado con el pie suspendido en el aire, el espacio físico y el orden cronológico se transforman. Dicen que uno llega a percibir con los órganos sensoriales solo el 10% de la realidad que lo rodea. Cuando pie y vereda se unen, nuestros sentidos dicen que estamos en Constitución y que el viaje en colectivo terminó. Pero una vibración que no se explica grita que el tiempo y las formas se modificaron. Acá elegimos creer en ese 90%: Constitución es otra dimensión.
Elantitiempo – Elantiespacio
-Con papas, maestro.

Fotos: NosDigital

Fotos: NosDigital


El pibe que pide el pancho lleva zapatillas negras, jean, pullover escote en V y mochila. Detrás del carrito con el agua burbujeante y las salchichas, otro hombre: zapatillas, jean, remera estampada y delantal blanco que también sirve para secarse las manos. Ninguno de los dos, ni siquiera el tercero que, muy cerca, da pitadas a un porro, se inmuta. “Ahí tenes la mayonesa”, dice mientras saca la salchicha del agua que sigue burbujeando y se la entrega en medio del pan. En ningún momento cruzan la mirada. Son exactamente las 10.31 AM.
Sesenta pasos después, algo así como media cuadra, la imponente estructura. Un bloque GIGANTE, que en fotos es beige pero ahí parece gris, se levanta: la estación. Sobre la fachada que da a la calle Brasil un local también gris, con luces bajas que ensombrecen el espacio, con dos muebles viejos y muchas cajas de cartón y cinta de embalar en el piso, ofrece alfajores a precios de súper oferta para que alguien los compre y revenda, caja en hombro, a precio simplemente de oferta. El tipo que llega al local con campera de jean y gorra asoma medio cuerpo por la puerta de vidrio entreabierta como esos corredores que se estiran cuando llegan a la meta, y saluda. Cierra la puerta, saca la llave del bolsillo y abre el puesto de diarios que queda en la misma vereda. Tarda varios largos minutos, lo último en acomodar es una banqueta de madera lastimada. Prende un pucho, se baja la gorra porque el sol sube, se sienta, estira la pierna derecha hasta cruzarla, la mano izquierda la apoya encima, la derecha sostiene el cigarro acodada sobre la rodilla, la columna se afloja y tiende a curvarse, los parpados acompañan hacia abajo: arranca su jornada laboral, no sabemos cuánto durará en este eterno no-tiempo.
Frente a él una puerta lateral conduce a la estación. En los metros que separan los alfajores de la entrada principal, una señora que promedia los cincuenta años (quizás, no es comprobable, acá las caras y los cuerpos duelen y pesan más, se quejan sin siquiera poder quejarse) intercepta a quienes caminan. Promete que el amuleto que lleva en sus manos y ofrece a cambio de cinco pe cambia la suerte. Podes llevarlo en la cartera, en la mochila, hasta en el bolsillo, dice mientras en automático, en modo no-mirada, un señor dice con la mano que no y sigue caminando. El tiempo se mide en velocidades, Constitución se acelera de a pasos. Cuando el hombre vuelve a mirar, la señora, que llevaba rodete y pollera hasta el piso, ya no está.
Fotos: NosDigital

Fotos: NosDigital


Tres escalones, un descanso, tres escalones. A la derecha: hamburguesas, panchos, gaseosas, bondiola, carteles coloridos con precios económicos. A la izquierda: como espejo, lo mismo. En el medio, en los costados, en el aire: cumbia sonando, adueñándose de los oídos. Unos pasos después el techo se levanta. Todo ese antiespacio tiene foco en el centro de la estación: un gran hall de mosaicos gigantes en el piso y ventanales que cuelan luz desde arriba. Escaleras con ácido olor a pis llevan al subsuelo plagado de todo tipo de locales. El “Centro de abaratamiento” recibe con promociones en cortes de carnes y productos de almacén. También hay perfumerías, fábricas de pastas, más almacenes y carnicerías y una librería dónde los primeros tres títulos que se ven en la vidriera hablan de Pablo Escobar y su imperio. O de los imperios narcos y en moda de Pablo Escobar.
El olor, caustico, fermenta en la nariz y se hace protagonista, escaleras mecánicas llevan a los andenes del subte que llega todavía más abajo. Arriba, los guardias junto a los molinetes controlan los pasajes para quienes pretendan tomar el tren. Un pibe camina con la mirada fija hacia delante, sale al andén sin que nadie le pida mostrar su mano, que nunca salió del bolsillo. A metros un grupo de policías habla en círculo y un nene duerme en el piso sobre un cartón que se parece al de las cajas de alfajores. Otra vez, nadie cruza miradas.
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Fotos: NosDigital


Volviendo al hall, al fondo a la derecha el cartel anticipa la entrada al paseo de compras. Dos pisos ofrecen de todo: ropa, accesorios, electrodomésticos, ¡autos! El centro de informes está vacío pero la barra al paso de la parrilla “Gauchito Grill” sobre la entrada que lleva nuevamente a la calle Brasil está repleta. El humo y la gente colman la vereda. Para llegar a la plaza hay que atravesar dos filas de paradas de colectivos y después ni siquiera hay plaza. Los parpados caen un poco más frente a la chapa que rodea el espacio verde. El metal gris que parece envolver y susurrar como quien te dice al oído: por acá no papi, incluyendo palmadita en la nuca. Este tiempo y espacio no escapa a sus propias reglas, a nadie parece importar el semáforo en verde cuando quiere cruzar. El pibe del delantal sigue sirviendo panchos, el hombre del puesto de diarios tiene otro pucho en su mano, la señora del rodete ofrece el amuleto a otra señora que se convence y lo pone en la cartera chiquita negra que cuelga cruzando su pecho que dice haber amamantado. Después de mucha chapa aparece la parada del 53. Estiro la mano, subo al colectivo, vuelvo a Buenos Aires.

Asociación de Trabajadores del Primer Beso

Por El tipo que escribe almanaques.
Los folletos turísticos de Buenos Aires dicen que el Palacio Barolo es el edificio más lindo de la ciudad y, cuando lo leo, me siento dos clases de pelotudo: el pelotudo que vive en una ciudad y no conoce el edificio más lindo, y el pelotudo que se siente un pelotudo por sentirse así sólo por algo que dice un puto folleto turístico.
Está ahí, enfrente de donde hacen la cola los hinchas de San Lorenzo para comprar entradas. Creo que es en la salida de la estación Saenz Peña de la línea A. Creo, no estoy seguro y no lo voy a buscar porque no viene al caso. Está medio en reforma así que quizás no se ve tanto la entrada, pero apréndanse Avenida de Mayo 1370 –repítanlo: avenida de mayo 1370- y abran la puerta, y cierren los ojos, y fírmense un autocontrato para ser un rato un personaje de un gran cuento, y expandan las pupilas, y siéntanse parte de otra Buenos Aires, de una que ya no se construye, de otra arquitectura, no un monoambiente de durlock, con marcos bonitos de madera y con un techo que hace honores a la Divina comedia de Dante Aligheri.
Perdón.
Perdón si desordené mi discurso y me fui, sobre todo con lo de la clasificación de pelotudos. Entiéndanme, son los nervios que genera el asunto. Ahí, donde les cuento, señores, sucedió lo que hoy me trae acá.
Que se siente como un desgarro en el estómago. Un ardor: un tsunami de gastritis. Pero pasó y acá estoy. Nunca pensé que iba a venir al vestíbulo de la Casa Central de la Asociación de Trabajadores del Primer Beso, frente a todos ustedes, para confesar que debo renunciar a mi cargo de vicepresidente porque violé el Artículo 33 de nuestra gloriosa Constitución Fundacional.
Dícese: “Art. 33: cuando se encontrare un lugar perfecto para un primer beso, sea como sea, se debe besar antes de que transcurran diez segundos”.
Diez segundos es un montón y, en la era del twitter, es el tiempo que se demora en tocar los labios, tener una erección y subirla al vomitero de los inseguros. Una era: así, aceptémoslo. Una era que no hubiera tolerado el gol de Diego a los ingleses: sacale algunos jugadores, ponelo en video, que el relato se hace muy largo y la gente se aburre y entretenimiento, entretenimiento y entretenimiento.
Perdón, otra vez, pero es que el dolor interno no me saca la indignación ideológica.
Será el último caso que les cuente y ojalá alguno pueda aprender por qué ese lugar era, desde lo teórico, el lugar perfecto. Antes, quiero decirles que me voy porque perdí. Pero, por favor, no piensen mal: yo llevo grabada en la piel la filosofía de esta casa y la seguiré llevando, aunque renuncie. Aunque renuncien todos a esto. Perder no quiere decir que lo intenté y me lo rechazaron. No nos vamos a rebajar a pensar como piensan esos resultadistas del primer beso. Esos que llevan a alguien al cine, sin importar específicamente qué película dan, pero que sea un drama sensible, con buena música final, y aprovechan que la luz se apaga, que la historia tiene melancolía, y se lanzan a besar. Beso fácil. Bilardismo sexual. Conseguir el resultado como sea y yo nunca voy a negociar eso. Eso es utilizar al arte y nosotros no somos utilitaristas de la vida. No, señor. No, yo perdí porque no lo intenté. No lo intenté sabiendo que era el momento para intentarlo.
Fui un cagón y esa razón ya alcanza para que mi renuncia sea aceptada.
Pero tomándome el derecho de explicar algo más, derecho que me gané con mis más de veintiocho años como miembro de esta Asociación, quiero que entiendan por qué era el lugar perfecto. Que eso se vuelva un legado.
Como muchos habrán leído, los papiros para volverme vicepresidente de esta Asociación los conseguí el 25 de julio de 1997, en la Exposición Internacional del Fluido Lingual, en el Auditorio principal de la Casa de Gobierno de Tempere, en la región de Pirkanmaa, en el interior de Finlandia.  Esa noche presenté mi tesis: “Contexto espacial y temporal para el Beso Perfecto”. Gané. Gané todo: prestigio, 27,6 millones de dólares –que se volvieron 23,4 por la cuestión impositiva-, un whisky con el basquetbolista Denis Rodman, el honor de conocer a Macaulay Culkin en su mejor época y todo el sexo que quise, incluido un affaire con una de las actrices fetiches de Martin Scorsese. Pero un día me aburrí de mi propio éxito y dejé atrás la tesis. Empecé a odiarla, se volvió mi héroe y mi antihéroe, me enloqueció y decidí no terminar el café de ninguna mesa donde se la mencionara. Hace trece años que no hablo de esa teoría, pero brevemente, por ser esta vez la última vez, la volveré a explicar.
En pasado.
El beso perfecto tenía que ser en una bocacalle, apenas después de que el semáforo que estaba rojo se volviera verde y permitiera, ahora sí, cruzar. Había que calcular bien la relación entre colores y tiempo, cosa de llegar en el mismísimo momento en que no se pudiera cruzar y hubiera que esperar. La situación tendría que ser que ustedes estuvieran acompañando a alguien a su casa, después de haber hecho algo que implicara hablarse. Hablarse mucho, qué sé yo: ir a cenar. De ese modo, esa espera se convertiría en un silencio nervioso. Tenía que ser que caminaran y tuvieran que frenarse y mirarse y saber que es el momento justo para el beso. Y ahí: no besar. Al menos en ese momento. Esperar diez, veinte, treinta o hasta cuarenta segundos, dependiendo de la esquina, aunque sugería una más bien barrial, con poco movimiento, para que el semáforo se pusiera verde y, apenas ese alguien pisara la bocacalle, agarrarlo del brazo, darlo vuelta y besarlo. Besarlo o besarla aunque pasen alrededor los autos. Besarlo o besarla, en ese momento, para que supiera que es bien importante ese beso porque no importa siquiera el tránsito. Besarlo o besarla para que suponga que la espera te dolió y que esos segundos parados en la esquina se te volvieron tortuosos por la batalla interna de tu cabeza entre las ganas y el cagazo.
Dados los parámetros normales, ese me parecía el beso perfecto. Claro que mejor sería que apareciera Spinetta tocando Seguir viviendo sin tu amor. O Benedetti leyendo un poema. O Julia Roberts diciéndole a Hugh Grant que es sólo una chica pidiéndole a un chico que la quiera. Pero hace años hemos decidido que los buenos besos son los que desafían a la realidad y no los que se dejan vencer por la fantasía. Así que ese de la bocacalle era mi mejor plan.
Hasta que entré al Palacio Barolo. Supongo que le debe pasar a más gente. Yo, cuando tengo que arquear la cabeza para mirar un techo, abro la boca. El mentón se estanca y el labio superior sube solo. Como si quedara eternizado en la vida diciendo oooooo. Cuando entramos, se lo advertí a ella y ella se rió. Ahora que lo pienso, cómo puede ser que no me di cuenta. Se reía de mi boca, era una señal de que quería un beso. Esa señal, la que describió Aristóteles en “Primer beso”, ese glorioso ejemplar de filosofía griega del que hay una sola copia en el mundo y que tenemos nosotros en nuestra biblioteca. Nuestra gloriosa biblioteca. Pero no la vi. Y ahora ustedes ven que les digo que tengo que renunciar. No encontré el momento, la posición, la manera. Ni ahí, ni cuando unos minutos después nos apoyamos sobre un mostrador donde nuestras caras quedaron pegadas y nos hicimos tres chistes sobre las raras oficinas de este edificio.
Pero tamaña derrota no termina ahí. Después ella, que es un ella que es un cuento mucho más cuento que el Barolo, un cuento que cualquiera quisiera abrazar y besar y desayunar, se tomó un colectivo y me escribió un mensaje por el celular que decía: “Me da nostalgia no haberte besado”.
Eso fue el último viernes y les pido perdón porque me tomé todo el fin de semana para esperar a darles la noticia. Encontré la pertenencia a esta gloriosa institución una tarde de hace veintiocho años en la que, caminando por la estación de Haedo, mientras iba a visitar a un tío segundo, en una mítica confitería que queda al lado del tren, vi a un muchacho repartiendo volantes en los que invitaba a una reunión de esta Asociación. Para ese entonces, yo andaba perdido y no me importaba seguir perdiéndome. Vine y desde ese día me sentí más querido imposible. Aprendí todo y dejé todos mis conceptos. Me duele en el alma haber violado la Constitución y tener que dejar mi cargo y abandonar las dos sesiones que hacemos por semana, pero ese viernes pasó algo más que me impide seguir hasta como simple socio. Porque esa noche, la que vino después del mensaje del colectivo, después del error, algo se destrabó y perdí contra todas las teorías que tan bien clasificamos en el Diccionario de Besos en el Debut, recientemente reeditado en Viena, en 2013.
Yo, esa noche, di mi mejor primer beso. No, perdón, di mi mejor beso.
No comenté, además, que el día del Palacio Barolo almorzamos juntos en Guerrín y, aunque fuera un poco más vulgar, en el momento en que terminó su fugazzeta hubiera valido la pena besarla por el propio orgullo de ese relleno de jamón y queso. Tampoco les dije que habíamos visto una muestra de Los Beatles, que habíamos tomado un café en un bar donde pasaron algunas canciones del Álbum Blanco, y que en I Will, cuando dice “who knows how long I’ve loved you” (“quién sabe hace cuánto te amo), hubiera sido un gran beso. Pero, quiero decirles, que el que sí fue, todavía, fue mucho pero mucho mejor.
A la noche, después del Palacio Barolo, del mensaje, del colectivo, de mi temor por haber fallado, de mi dolor por tener que irme de esta gran Asociación, me crucé toda la Capital Federal para verla, tiré a la mierda todo tipo de concepto prefijado de lo estético y me emocioné cursimente al ver una bandera colgada de un balcón con un escudo de All Boys que decía “en las buenas te quiero y en las malas te amo”. Saqué el celular, le escribí diciéndole que estaba a tres cuadras de su casa, a dos, a una, le pedí que me abriera y, cuando apareció, como una princesita, una de barrio a la que seguro espiaron los vecinos desde sus casas, bajó unos escalones y nos besamos en la puerta de su edificio. El que, desde ahora, me parece el más lindo de Buenos Aires, a pesar de todo eso que dicen esos putos folletos turísticos.
Y después de ese beso, señores, ya no quiero estar acá. No por haber violado el artículo 33. Tampoco porque he decidido para con mi vida que, por un tiempo, ya no quiero primeros besos. Ya no quiero estar acá por una simple razón. No hay dos clases de pelotudos. Hay una sola: nosotros, los especuladores del amor.