Archivo por meses: mayo 2014

Decime clown es tu nombre

Martín Pons recorrió el mundo como clown del Cirque du Soleil. Ahora renunció al trabajo soñado y a su familia circense para reencontrarse con la que lo esperaba en Mataderos. 

En un escenario de Sudáfrica hay un baño imaginario. De pantomima. Pero Eddy está atrapado allí. No puede salir. Acaba de apretar el ilusorio botón de la cadena, que no funciona bien. El inodoro ficticio empieza a rebalsar, y el agua simulada de a poco va subiendo en ese baño imaginario. Eddy se empieza a desesperar. Golpea las inexistentes paredes, trata de forzar la supuesta manija para escapar de ahí antes de que lo tape el agua. Pide ayuda aunque no pueda gritar. Tan enardecido está Eddy por escapar de ese baño imaginario que una persona de las miles del público salta al escenario para romper esa supuesta puerta y dejarlo en libertad.

Eddy es el clown del espectáculo Saltimbanqui del Cirque du Soleil que durante dos años y medio interpretó Martín Pons, un argentino que nació en el 70 en el Oeste del Gran Buenos Aires. Haber animado la misma escena siete veces por semana durante tanto tiempo y en puntos diferentes del planeta no fue una excusa para que Martín no transmitiera con su mímica sus sensaciones, para comprobar que lo imaginario puede tener efectos reales. Un sudafricano rompió la distancia entre espectador y protagonista para sacarlo de ese encierro que ni siquiera era físico, aunque luego el muchacho no haya podido terminar de ver el show porque un «seguridad» lo echó de la sala. Martín cuenta la anécdota en un bar de Caballito, en el que disfruta de la cotidianidad porteña de un café con leche con medialunas.

Este 2014 es el primer año que arranca en sus pagos, luego de andar girando por los cinco continentes con el Cirque du Soliel desde 2008. Revive ese instante porque acaso sea el momento de su vida en que se sintió realizado a nivel profesional. “Mi sueño siempre fue viajar por el mundo y dejar mi arte plasmado para que esté colgado en un museo para la posteridad. Ese era el sueño del artista”, cuenta para explicar que su relación con el circo y la mímica es muy posterior a su desarrollo en las artes plásticas. No fue con el dibujo, como él lo había pensado desde su infancia, pero sí logró plasmar su arte en un país que él nunca hubiese pensado que iba a conocer. Sin palabras, sin idioma, logró tener una total comunicación a través del lenguaje corporal con un sudafricano con el que no compartía mucho más que ser habitante de este mundo. “Yo sé que en el dibujo soy Gardel, pero en el escenario no estoy seguro de que soy Gardel. Sin embargo mi experiencia me fue demostrando que hago bien las cosas. Haber llegado al Circo de Soleil –define- fue un premio a mi carrera. Me sentía Messi en el Barcelona. Bueno: sin la Ferrari, sin las minas”.IMG_2786

-¿Vos sos clown?

-No soy del palo del circo: soy clown. En realidad, mi palo es el de la ilustración: estudié gráfica y sigo haciendo eso por gusto. Fui al secundario en el Fader, en Flores, salí bien entrenado del colegio. Cuando terminé la escuela, a mí ya me gustaba la del mimo, pero era un bicho de escritorio. No me animaba, era muy tímido. Y un compañero me recomendó ir a la escuela de Roberto e Igon, que son mis maestros de mimo. Fui a preguntar y ahí mismo me invitaron a participar y no me fui más.  No sólo que aprendí la técnica y el arte del escenario, sino que fue un cambio de vida para mí porque fue conectarme con el lenguaje físico. La no palabra fue lo que me hizo comunicarme con el mundo, dentro de mi timidez. Uno es artista desde lo plástico, tiene una comunicación, pero yo no soy un bicho social.

El clown, que quiere decir payaso en inglés, aunque tenga una técnica más cuidada que la del payaso, basa su gracia en la pantomima. Y la pantomima, para la RAE, es la farsa, fingir algo que en verdad no es. Algo de eso tuvo la vida para Martín mientras duró su vínculo con el Circo. No porque por protagonizar un personaje sufriera un desdoblamiento de su ego: “El personaje termina siendo uno mismo, es parte de uno. No es que soy un esquizofrénico. Yo ya creé mi clown, que lo considero como mi personaje. Me pongo una nariz y ya estoy”. Pero sí porque cada lunes cambiaba de ciudad como protagonista de una gira desenfrenada y en ese trajín casi nada era suyo: “Llevás tus dos valijas y lo demás es del Circo. En un momento me llevaba una valijita con trucos de magia, o un set de pintura medio a escondidas, para pintar adentro de los hoteles”. Por eso las 100 personas que formaban parte de la gira –además del elenco, catering, médicos, masajistas, etcétera – pasaron a ser su familia, por más que tenía a sus tres hijos y su mujer esperándolo en su casa de Mataderos. El imaginario de que el circo es una familia itinerante, casi una comunidad hippie que arma su propia ciudad en cada lugar donde vaya, esta vez no corría, porque el espectáculo del que él participó no era con funciones en carpa, sino en estadios y eso hizo que la gira fuese más vertiginosa. “A mí se me fueron volando, pero para mi familia fue duro”, explica.

Esa familia era como un Arca de Noé de nacionalidades – de cada pueblo un paisano, dirían en nuestra Pampa – en la que se hablaba el inglés como idioma universal, aunque casi nadie lo comprendiese del todo. “Al principio yo pensaba que era el único que no entendía nada, pero después te das cuenta que los rusos no entienden una goma, que los coreanos no entienden una goma, que están todos perdidos igual que vos. Decían ahora vamos a hacer esto: y todos decíamos “sí, sí” sin saber que estábamos diciendo. Yo creo que eso – repasa, moviendo las manos de un lado para el otro como para demostrar que es mimo – funciona porque nadie se entiende entonces siempre había que decir `sí, vamos, dale´. No hay lugar a diferencias radicales. A mí me vino bien lo del inglés porque soy medio vueltero para hablar, entonces como mi inglés era limitado no podía decir muchas más cosas de las que hacían falta: era directo. Como podía, lo decía concreto. `Yo-estar-contento´. ¿Entendés? Yo me encontraba charlando como quien se pone a nadar, he tenido charlas donde el 50% me lo perdía, pero trataba de seguir a quien me hablaba”.

Fueron cinco años de recorrer el mundo. De aprender, por ejemplo, que en casi cualquier punto de la Tierra se extrañan con el mate menos en Beirut, porque allí también se toma mate, aunque nunca logró entender cómo llegó esa infusión a Medio Oriente. O de mamar durante un año la cultura yanqui y caer con naturalidad en el consumismo. “El mall se volvía como una iglesia”, explica Martín, que describe a muchas de las ciudades norteamericanas donde se presentó como dos autopistas que se cruzan, un shopping, una estación de servicio, un McDonald, el hotel donde dormían y el estadio donde se presentaban. Del hotel al shopping tal vez había 200 metros, pero no se podía ir caminando: había que agarrar el auto. “El hobby era comprar, terminabas entrando en el sistema americano –analiza luego de haber pasado su primer año de gira en ese país – con gran placer sin darte cuenta. Era muy difícil escaparle al sistema ese. Ser border en Estados Unidos es ser el loco de la esquina, no se puede estar afuera más o menos de una manera normal. Y también los vimos a los locos. Por eso creo que después van y matan gente en cantidades”.

-¿Cómo llevaste esa vida tan itinerante?

-Me empezó a cansar cuando llegamos a Asia. Porque salvo que te gusten los chinos o tengas especial ansiedad por conocer su cultura, es difícil. En Turquía, por ejemplo, que es un lugar que tiene mucha historia, que tiene el Bósforo y es mitad Europa mitad Asia, para mí era el Once. En Shangai estuvo bueno conocer los edificios, pero conocí la polución sonora: tenía la cabeza así (abre las manos). Conocer los países árabes también fue fuerte, es otro planeta. Te puede gustar o no, pero existe otro planeta: ves en carne propia lo de la mujer tapada, la religión fuerte, es muy chocante. Me tocó ir a Beirut, también, y fue un problema porque tenía compañeros israelíes que no pudieron ir a laburar. Se tomaron unas vacaciones pagas, porque no podían tener el pasaporte israelí sellado con un ingreso a Beirut. Además, te decían «yo no voy a ir ahí porque te matan». Pero nunca había visto tanta gente por la calle que al llegar a Beirut.

Martín Pons no es antropólogo ni sociólogo, aprovechó haber quedado seleccionado en un casting que armó el Cirque du Soleil en Buenos Aires. Su vida se transformó en la de un nómade y sacó las conclusiones de cada cultura que visitó. Eddy – el clown, el mismo del baño imaginario – terminaba su acto tomando a un espectador de la mano y subiéndolo al escenario para batirlo a un duelo imaginario de cowboy, con una pistola que la formaban sólo sus manos. El juego era que el que subiese del público le disparara antes que sus manos, pero casi siempre costaba que el espectador comprendiese que lo estaba batiendo a duelo. En Estados Unidos, en cambio, enseguida desenfundaban el revolver ilusorio y le disparaban, sin dudarlo. “Porque es parte de la cultura yanqui. No lo dudaban casi. Fuimos a pueblos que eran el Far West posta. Hemos ido a ciudades en las que los yanquis chupados que eran de la compañía se agarraban a piñas con gente en un bar, como algo cultural. Te partían la silla en la cabeza. Beirut fue tranquilo al lado de eso”.

Antes de recorrer el mundo, pateó los sótanos, las varietés y las calles de Buenos Aires con su arte. Martín cita a Enrique Pinti para explicar cómo hace uno para chocarse con la idea de ser un mimo: “uno va al potrero a jugar al fútbol, pero acá no existe el potrero del teatro”. Buenos Aires, explica, es de todos modos una ciudad con una oferta de teatros, circos, danzas que – él puede asegurar con total conocimiento – se envidia en cualquier rincón de la Tierra. Mientras se formaba como artísta plástico y disfrutaba del hobby de ser mimo, abrió el Parque de la Costa. Y le pasó algo parecido a lo que 11 años después le pasaría en el Circo: un casting que a la larga se transformó en un trabajo soñado. “Soy un privilegiado dentro de los artistas por haber tenido laburo. Es muy difícil vivir de esto. No soy alguien que esté muy expuesto mediáticamente, pero pude vivir de esto. Todos tratamos de hacerlo: hacemos malabares para vivir. O hacemos malabares en el semáforo, ja, es una buena metáfora que salió sola. Pero es complejo porque al mismo tiempo somos muchos: es como que haya 100 torneros y cada uno tenga que abrir su tornería en la misma cuadra”, cuenta y recuerda que en términos capitalistas su mejor laburo fue con Susana Giménez: “cobraba un montón de plata por ser un punto en una platea”.

Mientras veía pasar los cumpleaños de sus hijos, las fiestas escolares y prometerse que ese iba a ser su último año itinerante, también le llegaba la bola de que el clown se volvía uno de los berretines porteños. Eso, y la ilusión de que la compañía luego lo pudiese convocar para un show de carpa en el que podía viajar con su familia, le dieron fuerzas para renunciar a esa vida que ya se le había vuelto natural. Volvió, lleno de aprendizajes y de temores: cómo sería pasar de vivir comunicándose en un inglés que no entendía a despertarse cada día con su esposa y sus tres hijos. “Me tomé un año casi sabático. Cuando llegué acá me senté a disfrutar. Pensé que me iba a quemar el bocho y la verdad que desde que inauguró el Parque hasta que bajé del Circo no había parado nunca. Entonces fue ufff… – suspira, todo en él es muy gestual: es mimo –. Yo nunca había pensando en un proyecto propio, independiente. No es tan fácil, pero mientras doy un taller de clown. En Italia, en Mar del Plata. De a poco voy entrando a nadar en el mar, pero todavía estoy paciente”, cuenta su vida actual, mucho más terrenal que la que vivió mientras formó parte del Circo du Soleil, del que ahora le queda el recuerdo de la campera que luce con orgullo en la Línea A del subte. La rutina que va tratando de armar ahora es una vida más corriente, pero quizá más tangible que la del mimo del Soleil: “Aprovecho lo que me perdí. Voy a buscar y los llevo siempre a los chicos a la escuela. Trato de no ponerme nada en esos horarios. Puedo disfrutar de la familia. No lo hice nunca: siempre laburé los fines de semana, durante 15 años me iba de vacaciones con los jubilados. Es algo que me cuesta porque pienso: uy, yo tendría que estar haciendo funciones. Ahora me di el lujo de irme diez días en verano a Mar del Plata”.IMG_2859-3

Amar, comer y resistir

Un nuevo restorán, quebrado por su antiguo dueño, está a punto de ser recuperado y puesto a funcionar por sus trabajadores. Se inspiraron en Alé Alé y otras experiencias gastronómicas cooperativas.

Al 355 de la calle Montevideo, en pleno centro porteño, un hombre y una mujer se paran delante de la puerta del restorán Lalo de Buenos Aires, leen los carteles blancos pegados en la fachada, y se miran entre extrañados y alarmados: se están enterando que el dueño decidió vaciar el comercio. «¿Y los trabajadores?», le pregunta la mujer al señor, con los ojos abiertos y preocupados, pidiendo explicaciones.

Los trabajadores están a pocos metros de la pareja, adentro del local y en asamblea permanente. Están a la espera, pero nada quietos.

Alquiler y denuncia

Hernán Bianchi, abogado de los trabajadores recita alto y de corrido la situación legal: “El lunes tuvimos una audiencia en el juzgado civil 63, con el juez Pablo Torterolo, dos diputados que nos acompañaron (Juan Cabandié y José Cruz Campagnoli) y los 4 propietarios del restaurante”. El lunes que viene tienen que volver al juzgado para comprobar si aceptaron su propuesta, que consiste en pagarles seis meses por adelantado para quedarse en el lugar. “Se ratificó en el juzgado penal de instrucción número 9 a cargo del Doctor Rappa la denuncia por defraudación contra Juan Eduardo Costa González (“Lalo”), la sociedad, su contador y demás integrantes de este delito orquestado. Hemos presentado las pruebas y ahora está en manos de la fiscal Graciela Gils Carbó”, sigue el abogado, y sin tomar aliento cuenta que el viernes pasado fueron a una tercera audiencia en el Ministerio de Trabajo por el juicio laboral contra el ex dueño Lalo: “No se presentó nadie de la firma, ni Costa González, por lo que le pedimos al Ministerio que lo haga comparecer mediante la fuerza pública, o sea que, la próxima, la policía lo vaya a buscar a la casa”.

Juan Eduardo Costa González envió al Ministerio por escrito las causas de sus faltazos: “(…)por razones de evitar posibles agresiones verbales y físicas de quienes me despojaron de la posesión y bienes de mi propiedad, no he de concurrir a la audiencia(…) sorprende y causa estupor, la conducta de los trabajadores en cuestión, cuando la firma que represento, se encontraba en avanzadas conversaciones con los mismos a los fines de asegurarles la continuidad laboral en otro establecimiento gastronómico de la ciudad, posibilidad que los mismos frustraron, con la adopción de la medida de fuerza ilegal(…)”. Los trabajadores se tomaron la molestia de explicar que eso no sucedió de ninguna manera así, y que la “continuidad laboral” consistía en no respetarles los sueldos atrasados, no aceptarles la antigüedad, pagarles la mitad en negro y afectarles la jubilación, todo eso en un lindo restorán en San Telmo.

Mientras que Lalo, el dueño de la firma, no se presenta a las audiencias y que los dueños del local donde se aloja el restaurante decidan si aceptan la propuesta, los trabajadores no pueden empezar a trabajar. Por el juicio por usurpación que les inició Eduardo Costa tienen custodia policial las 24 horas de día, lo que les impide bajo cualquier punto de vista activar la cocina. Para que levanten esa orden policial “dependemos de la buena voluntad del fiscal de la Ciudad de Buenos Aires en el juicio por usurpación. Pero, aparentemente, está de vacaciones”, señala el abogado. Finalmente hace una pausa y, mientras se despide de los trabajadores de Lalo, asegura: “Estamos bien, estamos bien”._MG_7239

Trabajar sin patrón

Otro doctor, éste de la salud, aparece en escena. “Viene el médico en solidaridad porque es una situación difícil para nosotros, nos toma la presión, la glucosa”, explica Miguel Soriano, mozo y futuro tesorero de la Cooperativa de Trabajadores de Lalo de Buenos Aires que está en formación. “La cooperativa hay que firmarla nomás, ya casi está. Si levantan la custodia policial ya podemos trabajar. Estamos esperando para empezar a hacer un poco de plata porque ni para el colectivo tenemos”, profundiza. Luego de ofrecer agua y café, con la vocación de servicio a flor de piel, Miguel explica que él es un mozo de profesión, que no necesita papel ni lápiz para recordar el pedido y que tiene 34 años en gastronomía: “La mayoría de las veces que nosotros trabajamos para el patrón él estaría durmiendo y nosotros manejábamos el negocio”.

Qué hacer: “El mecanismo lo sabemos, a lo mejor ellos daban la directiva pero la tarea la hacíamos nosotros. Tenemos que aprender mucho, porque sabemos la parte operativa y no la administrativa, esa parte hay que ir aprendiéndola”, describe Luciano García, quien sería el presidente de la Cooperativa, y agrega que los trabajadores de Alé Alé les están enseñando a interiorizarse sobre esos temas.

“Seguro que el servicio va a mejorar, la calidad de las comidas. Por ejemplo, hasta ahora estábamos vendiendo pastas compradas, ahora las vamos a hacer acá, entonces por ese lado ya sabemos que va a ser otra cosa”, sigue Luciano sobre los cambios que se vienen y, mientras señala las estanterías de vino vacías, cuenta que el último tiempo no tenían platos para ofrecerles a los clientes: “No se podía trabajar, yo sufrí un ACV porque tenía muchos nervios. Venía a mi turno y había 5 bifes de lomo, 2 tiras de asado y vos decías ´a las 12 voy a tener mínimo 100 personas, ¿cómo hago?’ Trabajar en esas condiciones es muy difícil. Ahora aprendimos de esos errores y sabemos qué hacer”.

Este cachetazo, lejos de entristecerlo, a Miguel le enciende los ojos: “Nos hace ilusión porque sabemos que somos todos dueños”.

Los trabajadores de Lalo de Buenos Aires están esperanzados con que los dueños del local les den el alquiler por los próximos seis meses y en que pronto la custodia policial se levante para empezar a trabajar. El resto no les preocupa demasiado: ya saben, mejor que nadie, cómo es el trabajo. Miguel ejemplifica esa situación: cuenta que hay empleados que conocen cómo manejarse con los proveedores. Pero se frena en seco: “Empleados no, compañeros”.

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“Vos, de acá no te movés”

A Mariana Llamazare la encontraron unos chicos que jugaban al fútbol, sin vida y desnuda. Un prófugo y su grito, un policía y una vecina representan en esta historia la naturalización de la violencia del hombre sobre la mujer. 

Era domingo 9 de marzo, estaban reunidas en la casa de una amiga de Mariana Llamazare y el plan era salir.

Ella se había vestido para la ocasión: camisa gris rayada, jeans, zapatillas negras y rosas.  Pero como la llovizna no paraba, la previa se transformó en la noche casi entera.

Cerca de las 4, tomó la decisión: se iba. Pasaría por lo de Gastón, que le quedaba de paso a su casa, en Paisano al 2200, del barrio San José, de Florencio Varela. Dos, tres cuadras.

La lluvia ya era poca. Salió.

Al otro día

Mariana no llegó el lunes 10 a la casa y la madre se empezó a preocupar. La buscaron en la casa de los amigos y nadie la había visto después.

Recién horas después una vecina dijo que la recordaba a media cuadra de la casa de Mariana, en la calle Agrelo, forcejeando con un tipo como queriendo sacárselo de encima. Pero pensó que era el novio y le pareció «natural».

Escuchó que él decía: “Vos, de acá no te movés”. No lo vio bien porque estaba de espalda. Gastón – su amigo- sí lo vio. Desde la casa lo reconoció. Y dio el nombre, o el apodo, de El Carrero.

La madre fue a hacer la denuncia al otro día, el martes, a la comisaría 2° de Florencio Varela.

– Averiguación de paradero –dijo el policía que le tomó la denuncia, y siguió aunque Mariana fuera menor de edad, mujer, aunque el novio también la estuviera buscando, aunque solo hubiera que averiguar el paradero. «Seguro que Mariana se fue con algún machito, con algún pibito por ahí. Así hacen las pibitas de hoy», sugirió además.

– «Mariana nunca fue de faltar tantos días a la casa, avisa dónde está». Tuvo que explicarle Mercedes, la mamá, a ver si conseguía que se investigara la desaparición de su hija después del forcejeo con un desconocido.

El miércoles volvieron a hacer la denuncia. Empezaron a investigar la policía y el tío de Mariana, y a hacer rastrillaje sin orden de la fiscalía. Encontraron un bolso con ropa y el DNI de El Carrero en la casa de su familia.

El Carrero

A una cuadra de lo de Gastón, se sabe, está la casa del transa. A esa altura la vio el que hoy es el principal sospechoso de la muerte de Mariana, “El Carrero”. Le dicen así porque cartonea, pero parece que no anda con carro. “Le pusieron así nomás”, dice Sandra, la tía de Mariana.

El barrio cuenta que, en sus 32 años, El Carrero mató a su cuñado, violó a una mujer, prendió fuego a un vecino. “Ni la familia lo quiere”, dice Sandra. “Pero quizás lo protejan igual”, se cuida.

“Si lo matan y lo entierran bajo cinco metros de tierra, hacen bien porque se manda sus cagadas”, llegó a declarar la propia hermana.

Pero desde la evidencia del forcejeo con Mariana, no se supo nada más de él.

-Vamos a investigar por qué está suelto- prometió la fiscal Clarisa Antonini, titular de la UFIJ Nº 2 Florencio Varela, que se enteró recién el día 17 y solo porque el tío de Mariana, abogado penalista, la llamó. Fue entonces y sólo entonces que la policía llevó los expedientes a la fiscalía.

El cuerpo

El 20 de marzo, diez días después de la desaparición, convocaron a una marcha. Romina, hermana de Mariana, tuvo que insistir: “No se fue por sus propios medios”. Todavía había que convencer a policías, fiscales, medios, vecinos.

20 días después de la manifestación, no fueron los perros, los caballos, los policías, los fiscales quienes encontraron el cuerpo. Fue un grupo de chicos que estaba jugando al fútbol y se le fue la pelota al descampado de la calle El Gringo, entre El Indio y Santos Vega. Estaba semienterrado, muy descompuesto y con una bolsa con la ropa de Mariana al lado.

La causa hoy la tiene la fiscalía N°4, a cargo de Nuria Gutiérrez y se están haciendo las pericias del cuerpo desnudo.

Ilustración: Facundo Olivares

El tiempo pasa, nos vamos poniendo tecnos

El Taricco de la Paternal es un símbolo de la cultura barrial de los 40. Hoy, un litigio legal por su recuperación – que incluye dueños fantasma y rechazos PRO en la Legislatura- pone en discusión el desplazamiento de los lugares de encuentro y la apropiación del mercado.

Barrio La Paternal. Año 1941. Casas bajas, pocos autos y muchas carpinterías, por la gran cantidad de nuevos inmigrantes que se habían ubicado en la zona. Mujeres vestidas con polleras o vestidos largos que combinaban con los colores de los guantes para mostrarse a la moda, bastante tiempo antes de la llegada de los jeans al país. Una vida menos acelerada, de mucha coquetería y salidas que se daban entre las confiterías y los cines.IMG_2396

Mismo barrio. Año 2014. Altos edificios, pocos espacios verdes y muchos estacionamientos, por la gran cantidad de nuevos vecinos que se ubicaron en la zona. Donde antes había siete cines, hoy seis edificios tapan un sol que no miramos, porque está por encima de nuestro celular, la nueva moda. De esos cines en pie solo queda uno, y sin funciones desde hace 23 años. El Cine Teatro Taricco, un ícono dormido de un barrio que empieza a despertarse para recuperarlo.

Luis Taricco, el dueño de una heladería en la esquina de “El camino a San Martín” y “Cayena” (hoy avenida San Martín y Nicasio Oroño), decidió en 1917 empezar a proyectar películas como si fuera una “heladería concert”. Como le funcionó compró el tercer lote de la cuadra, que era en forma de “L” y tenía una entrada más por la otra calle, ideal para meter escenografías o transformarlo en bambalinas.

En 1920 abría los ojos un cine-teatro que llevaba el apellido de Luis como nombre, con 1000 butacas, pullman, platea, dos palcos y un escenario bastante grande que podía funcionar como tal, o servir para separar la primera fila de la pantalla.

Por esa sala pasó una noche Carlitos Gardel, que tuvo que salir a cantar algunas canciones para satisfacer a la enorme cantidad de gente que había quedado en la calle. Engalanaron el teatro alguna vez Tita Merello y Mirtha Legrand cuando era actriz, poco tiempo después de haber cursado en la primaria pública “Mendoza”, a cuatro cuadras del Taricco.

Por los pasillos y butacas también pasó Víctor Fierro, que tiene minutos en tevé como los otros, pero es dueño de una de las pocas golosinerías que quedan todavía en la ciudad: galletitas por peso, bombones en serio y peluches enormes para completar el combo de galán de aquella época. Fierro, tan ícono del barrio como atento con sus clientes, fue a ver en el ‘41 un par de cintas traídas de afuera, y lo cuenta: “Lo que pasa es que al Taricco iba la muchachada, y yo de pibe iba. Me gustaba, pero cuando crecimos con mis amigos queríamos ver películas con mejores diálogos, con tramas más adultas. Y me tenía que ir al Cine Oeste, pero ahí ya tenías que ir bien empilchado, con un saco y zapatos”.

IMG_2405Siete cines, diez cuadras

El detalle de contar con un teatro y un techo corredizo que todavía existe y que servía para renovar el vaho que se condensaba durante las funciones, lo hacía al Taricco destacarse por encima de los otros seis que había a lo largo de diez cuadras sobre Avenida San Martín. Siete en total. Siete cines en diez cuadras. Donde hoy está la concesionaria de Fiat, Taraborelli, antes estaba el Cine Sena; a la cuadra siguiente del Taricco estaba el Cine Oeste, donde hoy se puede jugar al bowling; sobre Donato Álvarez, el Lorena; pasando Juan B. Justo estaba el Florencio Parravicini; en Gaona y Pujol el Carlos Pellegrini; y en el Cid Campeador abría sus puertas el Río de la Plata.

Bethy Ayerra, de 88 años, vivió en Chivilcoy, en La Plata y en el pasaje Tacuara del barrio de Floresta. Como pueblerina devenida en vecina de una gran ciudad siempre le sorprendió la cantidad de cines que había: “Es que estaba de moda. No existía la televisión, y la salida del fin de semana era ir a dejarse los ojos cuadrados mirando las series que mostraban domingo tras domingo”.

Bethy iba poco al cine con su marido, porque no compartían los géneros preferidos: “Mi marido me llevó a ver una película de terror, pero yo estaba embarazada y era muy terrible para mí. Era la de ese director conocido, la de la mujer en la bañadera”, recuerda sin recordar que vio “Psicosis” en su estreno de 1960.

Hubo un día que la carne y la leche fueron protagonistas de una obra de teatro. Es que si bien el Taricco es el único que mantiene su estructura externa, las reglas del mercado levantaron todas las butacas, desguazaron el Pullman dejando unas vigas enormes, y del escenario hicieron una cámara frigorífica. Lo convirtieron en un supermercado Minimax, la cadena de Nelson Rockefeller.  El Taricco, ya sin mística ni energía, se echaba a dormir.

La recuperación

La pelea por la recuperación comenzó en plena época de crisis en el 2001, no casualmente. “La Ciudad empezó a tomar conciencia de que el habitante tenía alguna influencia en lo que se podía hacer, entonces empezamos a juntarnos porque queríamos intervenir en diferentes cuestiones. Entre ellas, el Taricco”, dice Norberto Zanzi, miembro del Grupo Taricco que lleva adelante la lucha, quien admite que ese cine en la actualidad quizás estaría en el circuito comercial (tipo Village), y que era diferente simplemente por las circunstancias de la época.

Entonces, surgen preguntas que van quedando en el aire: ¿Qué significaría ese cine hoy? ¿Qué ganaríamos y qué perderíamos teniendo un cine nuevo, y en qué se diferenciaría? ¿Iría el mismo tipo de público que cuando funcionaba? ¿Hacia dónde se fueron corriendo esos espacios de encuentro? ¿Mejoraron o empeoraron?

Mientras construimos las respuestas, los miembros del Grupo Taricco lograron que en 2004 se declare “sitio de interés cultural” y de “protección cautelar”, para que no pueda ser modificado estructuralmente.

La Defensoría del pueblo de la Ciudad de Buenos Aires hizo una resolución diciendo que el edificio estaba en perfectas condiciones para reactivarlo. Por el lugar, por el terreno y por las circunstancias era importante que el Gobierno de la Ciudad lo recuperara y lo pusiera en funcionamiento. Concretamente, comprarlo a sus dueños y reinaugurarlo como Cine Teatro.

Incluso llegaron a tener una Ley de expropiación para el cine en 2005. Como toda ley era obligatoria, aunque contaba con una vigencia de 3 años. Pasó el tiempo y los Jefes de Gobierno: Ibarra, Macri y Telerman, que siendo el dueño de La Trastienda y conociendo las utilidades que puede dar un espacio así, no ejecutó una partida presupuestaria asignada de 800.000 pesos. En el 2008 caducó la ley y tuvieron que empezar de nuevo.

¿Por qué no se puede convencer a los dueños?Lo que ocurre es que ahora son siete dueños con distintos porcentajes de los que se saben los nombres, pero no han llegado a ninguno por la falta de datos en el Registro de la Propiedad Inmueble…

IMG_2371Estado y mercado

¿Por qué recuperar un espacio que corre el riesgo de volver a ser manejado según las reglas del mercado? ¿Cómo hacer para que esto no pase, si se lo entregan al Gobierno de la Ciudad? ¿Cuál es el proyecto? Los Taricco propusieron una forma particular de gobernarlo: que tenga un representante del GCBA, un representante de la Comuna, y 5 de las organizaciones barriales (que se agrupen todos los medios de comunicación del barrio, todas las cooperadoras escolares, y todas las asociaciones culturales), para evitar la experiencia del Teatro 25 de Mayo, hoy subsede del Centro Cultural San Martín.

“Los únicos que están oficialmente en contra del proyecto son los del PRO, por la plata que representaría ponerlo en valor y en funcionamiento. La presidenta de la Comisión de Cultura se opuso por el dinero, en vez de tener en cuenta si es viable o no”, cuenta Norberto, que además se junta con la comisión una vez por mes en la biblioteca popular Becciú para seguir soñando con recuperarlo.

El último proyecto, igual al anterior, fue presentado en agosto de 2013. Hablaron con diputados de todo el arco político y empezaron a firmarlo, llegando a un total de 17 firmas, entre actuales y los que ya terminaron su mandato. Pero el cine, como el trámite, sigue esperando que le den un cachetazo para despertarse, mientras los viejos sueñan con viejas épocas y los jóvenes se desvelan por recuperarlo.

«Yo soy un rockstar. No, mentira.»

Cielo Razzo pisó el freno y estacionó en Groove para dar una fiesta. Antes de arrancar, su cantante Pablo Pino cuenta cómo es vivir con un pie en la ruta, con la música de combustible. El día a día de la banda que llena estadios y no se la cree. 

Pablo Pino no está enamorado de dar entrevistas, tampoco las padece, en realidad las define como “ni fu, ni fa”, mientras se acomoda en el sillón de cuero y empieza a relajarse. Hace unas horas llegaba al camarín de Groove, en pleno barrio de Palermo para la prueba de sonido frente al local prácticamente vacío. Más tarde nos enteramos que a la noche, cuando suba al escenario y la Fiesta Groovestock que aguarda por Cielo Razzo encienda las luces, va a estar repleto.

La banda llegó desde su ciudad natal: Rosario, una rutina a la que Pablo Pino (voz), Diego Almirón (guitarra y coros), Fernando Aime (guitarra), Cristian Narváez (bajo), Javier Robledo (bateria y coros), Marcelo Vizzarri (teclados) y Carlo Seminara (percusión) están acostumbrados.  Desde hace dos décadas, arman la mochila y salen a la ruta para llevar su música adonde quieran escucharlos. Así llegaron hasta Uruguay y recorrieron gran parte del país colmando lugares míticos como el Luna Park, Cosquín Rock, el Estadio Obras Sanitarias, Willie Dixon en Rosario, Teatro Opera en La Plata, ND Ateneo, entre otros. Una charla con el cantante de la banda que pone primera y sale a girar.

¿Cómo te llevas con la situación de vivir en tránsito?

-Bien. Me gusta mucho

En promedio, ¿cuánto tiempo pasan viajando?

-Es por etapas. Normalmente nosotros tocamos dos veces por semana. Sería lo natural. O sea de siete días de la semana estamos tres días afuera.

En esas dos veces por semana ¿un porcentaje muy grande es por fuera de Rosario?

-Sí. Creo que te estoy verseando quizás con dos veces por semana. Yo sí estoy saliendo mucho porque estoy con Los Bardos que es otro grupo, también salgo con ellos. Soy de los que viene a las reuniones, a hacer notas. A lo mejor tengo un poco más de trajín. Pero me gusta, antes pataleaba por eso, desde hace un tiempito, no. Ahora me gusta más que antes el hecho de viajar y estar por todos lados.

¿Y la ruta en sí misma te gusta?

-Desde siempre. Como dice Pipo Pescador: el viajar es un placer. Hay algunos que son muy placenteros, otros que son una hinchada de pelotas a lo mejor. No sé, por el calor, por el transporte que tenés. Nosotros tenemos un transporte que por lo general cuando hace frio tenemos la calefacción rota y cuando hace calor, el aire roto. Pero normalmente, yo por lo menos, disfruto todos los viajes, me gusta viajar, me gusta mucho levantarme, ir a la sala y ver cuando salimos. Es como un picnic de sexto grado.

IMG_2068¿Como banda se viven muchos tiempos muertos similares a los del viaje?

-Tiempo muerto, exactamente, lo llamamos así. Ahora tenemos un tiempo muerto también, pero el más divertido es el viaje. Tenemos un colectivo con una mesita, camas. El que quiere dormir se va a dormir, uno se va abajo con el chofer o nos quedamos timbeando ahí. Vamos, venimos, no es que tenemos que estar ocho horas sentados. Es una casa rodante, es una casa, cuando hace mucho tiempo que no subimos se extraña.

-¿A qué se juega?

-Como hace tanto que viajamos se juega de todo. El más jugado fue en su momento el Mao, en otra época se le decía Jodete. Poker hemos jugado, blackjack, playstation, películas. La sensación fue un proyector chiquitito en un viaje a Tucumán. Viajamos de noche y se veía alucinante. Hemos llevado hasta pistolas, ¿viste las pistolitas de balines? Yo llevé una y generó que compráramos un par. Se armaban batallas hasta que un momento dijimos: bueno, basta, nos vamos a sacar un ojo.

¿Las bandas toman un cariño especial por el chofer del micro?

-Cariño y odio. El chofer es uno de los tipos en el que más tenés que confiar. Yo me puedo emborrachar, hacer lo que se me antoja el ojete pero su responsabilidad es llevarnos y traernos vivos. Hemos tenido muchos choferes, con algunos estuvo todo bien y con otros hemos terminado…  Uno amenazó que nos iba a matar en la ruta. Imaginate a las cuatro de la mañana, los mutantes arriba, el tipo manejando, me acuerdo que quería bajar y darle con una botella de champagne. Decía: este tipo nos va a matar, hay que pararlo. Después obviamente fue una amenaza de un momento de calentura y quedó ahí. Llegamos bien.

¿Recordás giras largas?

– El sur, el norte también. Esas son las giras que te vas una semana, dormís en el bondi. Termina siendo tu casa, una casa pequeña con mucha gente, pero cada uno tiene su cama y no tenemos nada más. Las almohadas se van robando, un día llegás y no tenés almohada, ni frazada y te tocó. Es una bronca. Yo compré dos, una para mí y una para el pájaro (Diego Almirón) y desaparecieron las dos. Las leyes del colectivo son medias raras.

¿La casa rodante es de la banda?

-Sí, para nosotros es una herramienta de trabajo, más siendo de Rosario que no hay micro de gira, entonces cuando teníamos que alquilar un bondi teníamos que llamar a uno de Buenos Aires y te cobra el doble. Entonces la compramos, durante dos años estuvimos garpando.

¿Nunca pensaron hacer viajes por fuera de la música?

-La hemos pensado siempre pero nunca la hicimos. Muchos somos padres y siempre está la idea de viajar con los chicos. Queríamos ir a Brasil por el tema del Mundial, pero después dijimos no, un quilombo, la verdad que no daba.

En el año 2003, volviendo de viaje tuvieron un accidente dónde fallecieron Claudio (escenógrafo) y Pablo (batería). ¿Cómo fue volver a salir a la ruta?  

-Fue uno de los primeros viajes que hicimos. Estábamos en Traffic en esa época, no teníamos colectivo. Después cuando tuvimos que volver a salir yo no sentía miedo a la ruta pero sí la situación que teníamos era nuestra gente que quedaba en Rosario. La muerte de Pablo y Claudio fue una situación familiar, nos conocíamos entre todos. Por dos o tres años no viajamos de noche, sea como sea viajábamos de día, era una manera de que nos quedáramos tranquilos y los familiares también. Después va pasando la vida, las cosas van cambiando y tenés que viajar de noche.

¿Cómo juega la dinámica de ser una familia dentro de una banda de rock?

-Muy extraño pero juega. Yo a las mujeres de los chicos las conozco hace veinte años prácticamente. Entre ellas se conocen, generaron sus relaciones. El Pájaro es el padrino de mi hijo. Hemos viajado familias a Mar del Plata. Ensayamos mucho tiempo en mi casa. Termina siendo una gran familia, una comunidad más que una familia.

Decías que antes de tener el micro recurrían a Buenos Aires para alquilarlo. ¿Pasó en muchos momentos tener que recurrir a Buenos Aires?

-Obviamente, siempre, sacábamos nuestro primer disco y el manager se venía para acá a repartirlo. ¡Adoro Buenos Aires! Siempre se recurre por h o por b, hay que estar ahí.

– Igual mantienen la dualidad de, por ejemplo, grabar un disco acá pero presentarlo en Rosario.

– Si, por una cuestión de mantener algunas formas. Nos gusta, es nuestra ciudad, nos parece que es lo correcto. Tampoco me parece que si lo presentamos acá esté mal, pero fue una costumbre que nos tomamos. La última presentación la hicimos en la fecha de cumpleaños de Guevara. Tocamos en el monumento de la bandera y estuvo genial. A mí me gustó mucho, me encantó. También jugaba Newell’s y al otro día Central. Si uno ganaba salía campeón, el otro quedaba en la B, algo así. Una situación re fuerte. Cada vez que tocamos en Rosario hay una situación con el futbol.

¿Los músicos viven pasiones de manera intensa en general?

-Yo creo que los que estamos en la comunicación, en la expresión, tenemos cierta pasión y que es muy probable que se termine enredando con otras cosas. A mí, por ejemplo, me gusta mucho el baile y me gustaría bailar tango. Aprendí algunas cosas por ahí, los básicos. Soy muy caminador, medio chamuyero. Pero es eso: Nano (Fernando Aime) escribió un libro, Javi (Robledo) termina siendo productor, el Pájaro (Diego Almirón) está encargado de hacer un video clip, de la idea.

¿Escuchás tango?

-Ahora sí, hace mucho que no me siento a escuchar pero sí, me gusta. También me gusta mucho sorprenderme con bandas nacionales nuevas. La ultima que estuve escuchando y me gusta mucho es Guauchos. Los pibes de Científicos de Palo me encantan también. Me gusta más ir en búsqueda de ese tipo de artistas nuestros que escuchar Arctic Monkeys ponele.

En lugar de decir “nosotros que estamos en la música”, dijiste “nosotros que estamos en la comunicación”…

-Es una comunicación, de una. Cuando vos escribís una canción te estás comunicando, tiene que ir a algún lado.

¿Te sentís más comunicador que rockstar?

– Yo soy un rockstar. No, mentira, pero a veces jugamos a ser rockstar.

¿Cómo se juega?

-Te pones unos chupines como estos ponele. El pelo para el costado. A veces son situaciones, la situación es que traje dos pantalones, uno rojo y uno negro, y el negro lo voy a usar a la noche. Yo creo que el lugar nuestro es otro, lo de rockstar es una huevada.

¿Dónde te sentís más cómodo?

-Me gusta estar cerca de la gente que nos viene a escuchar, el rockstar tiene otra dimensión. Es un tipo que vive en hoteles, champagne, autos caros, vida extravagante, minas a lo loco, de todo eso tenemos muy poco, no somos rockstar. Pero nos gusta la actitud de rockstar, nos gusta ver bandas con esa actitud

¿Ustedes tienen actitud rockstar?

-No tanto. Hay que ver bien exactamente qué es rockstar, pero yo creo que nosotros como banda no somos eso.

¿Cuando empezaron tampoco te imaginabas dentro de ese estereotipo?

-No. A mí la música me gustó siempre pero me parece que en el momento en que entro a la banda, fue por pertenecer a una situación, a una comunidad.

Una de las primeras canciones que hiciste cuando entraste a la banda fue la de una mina que era una pesada, que te hubiese gustado que pase pero era solo imaginaria. ¿Aunque no seas un rockstar aparecieron estas situaciones?

-No solo minas imaginarias. Increíble, ¿no?

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De infiernos y otras verdades de pueblo

Selva Almada acaba de publicar Chicas muertas, un libro de no ficción sobre tres femicidios impunes en los 80′. Una vez más, se adentra en la vida de los pueblos del «interior salvaje». «Yo no me propongo escribir sobre violencia. La vida es violenta».

Dos chicas de veintitantos caminan por una calle poco transitada de Flores. Mientras hablan de cualquier cosa, a algunos metros, sobre la misma vereda, adivinan a un tipo meando al costado de un árbol y bajan la vista, discretas. Esperan pasarlo, como si nada, y seguir. Pero no. Cuando casi los tres pares de hombros se alinean, él tose y se la sacude, provocando una mirada en diagonal, en el propio deleite de su intimidad ostentada.

“Esta es una sociedad machista y está muy vigente un modelo de varón macho, que exacerba su virilidad como símbolo de poder. Eso en el interior es muy fuerte. La desigualdad entre los géneros, igual que la homofobia, es tremenda y es una de las expresiones más intensas de una serie de violencias cotidianas, naturalizadas”.

Tras la publicación de Ladrilleros (Mardulce editora, 2013), en el que Selva Almada explora los rincones de esta masculinidad exacerbada – de cuchillos, orgullo y muerte –, la escritora entrerriana presentará el 11 de mayo en la Feria del Libro su última obra de no-ficción, Chicas muertas (Literatura Random House), sobre tres femicidios ocurridos durante la década del 80’, en las provincias de Entre Ríos, Chaco y Córdoba.

Sobre aquella misma calle de Flores, a dos cuadras, hay una puerta y una ventana. Desde afuera no se ve, pero a pocos centímetros del único marco por donde entra luz a la habitación – e ilumina como en degradé todo el ambiente –, hay un escritorio de madera con una notebook blanca que desentona con la opacidad de los muebles. La pantalla está abierta y encendida. Frente a ella, una silla en la que está sentada Selva. Este es el living de su casa y ese escritorio, su mesa de trabajo. Muy cerca del teclado, un gato de la fortuna acompaña la charla. El escenario se completa con una mesa ratona, un órgano pequeño que hace de bar para algunas botellas, un sillón y algunos cuadros en las paredes.

El espacio ya está definido, pero a la hora de escribir, Selva no tiene otras recetas: “Soy muy desestructurada. No tengo rutinas, soy poco metódica. A parte acá mismo doy clases, entonces no es que puedo decir ‘todas las mañanas de tal a tal hora, escribo’. Y la verdad es que no necesito escribir. Si no estoy en algún proyecto concreto, no escribo todos los días”. Se acostumbró, en los últimos años, a que le pregunten cosas como esas. Cosas que ella quizás no se hubiera interesado en responder. El vuelco se dio con la publicación de su primera novela – y cuarto libro – El viento que arrasa (2012).

-Creo que tuvo mucho que ver la crítica que hizo del libro Beatriz Sarlo. A partir de que la publicó, se dispararon las ventas y las entrevistas. Aunque a Ladrilleros también le fue muy bien, no se compara con el éxito que tuvo El viento... Es cierto que no comparten el mismo público, porque Ladrilleros tiene un lenguaje mucho más desbordado, mientras que la anterior es más mesurada. Para mí fue todo inesperado, porque mis otros libros pasaron medio desapercibidos. Y a dos años, El viento… se sigue vendiendo. Ya se tradujo al francés, con muchas ventas, y está por salir en portugués, italiano, holandés, entre otros idiomas.

En su artículo, Sarlo decía: “¿De dónde sale este libro sorprendente? Eso me preguntaba mientras leía El viento que arrasa, la novela de Selva Almada. No por curiosidad biográfica, sino porque es un objeto insólito en la literatura argentina”. Bastaron estas, entre otras palabras, para poner al libro y a su autora bajo la lupa de la crítica literaria. Fue elegida mejor ficción del año por Revista Ñ, agotó tres ediciones y va por la cuarta. Cuenta ese quiebre en su trayectoria, ese aluvión de miradas sobre sí, con una calma que podría pasar por apatía. Y tampoco, claro, se va a desvivir por caer en gracia. Es que Selva está más cómoda en este – su – mundo. No sale mucho y evita fundirse en el caos porteño que, a pesar de vivir en Capital desde hace veinte años, le sigue siendo ajeno.

Las actividades de la Feria del Libro que se salpicaron en su agenda de este mes le pesan un poco, aunque entiende que forman parte de las lógicas de publicación, circulación y difusión de los escritores. Años antes de recorrer los stands en el predio de La Rural, Selva fue una de las creadoras de la Editorial Carne Argentina, en donde editó su primer libro de poemas Mal de muñecas, en el 2003. Aunque la editorial no continuó, de esa experiencia surgió el Ciclo Carne Argentina, que dirige desde el 2006 junto a Julián López y Alejandra Zina. Se presenta así: “Se funda con la idea de generar un espacio en el que convivan los escritores editados y los inéditos, los consagrados y los nuevos; y promover encuentros en los que el público tome contacto con la variedad de estilos, lenguajes y formatos que propone la producción literaria actual”. Se hace los segundos viernes de cada mes en La Casona de Flores, “un poco con la idea de descentralizar los circuitos literarios que están muy concentrados en barrios como Almagro, Palermo. Fue un jugada que hicimos y funcionó, porque los encuentros de este año estuvieron llenos”.

Para sus libros, la inspiración viene de la mano de anécdotas o recuerdos anidados en los paisajes de su Villa Elisa natal. Como Ladrilleros, que se desata a partir de una historia de sobremesa que tenía por protagonistas a dos muchachos tirados en un parque de diversiones tras un enfrentamiento entre familias. O como los vínculos familiares complejos y tirantes que se entretejen en El viento que arrasa, sugeridos por su propia experiencia no estereotipada de familia. El recuerdo que desata la idea de Chicas muertas se remonta a la infancia de Selva:

-Cuando yo era chica, hubo un caso muy conocido en la zona, que a mí de alguna forma me marcó y siempre me quedó latente. En una localidad cerca de mi pueblo, mataron a una chica de 18 años, mientras dormía en su cama. Se llamaba Andrea Danne y la encontraron muerta con una puñalada en el corazón. Para mí fue una de las primeras experiencias cercanas a la muerte y me impresionó sobre todo porque era apenas más grande que yo. Me acuerdo que era el comentario de todos. Hace poco una amiga que conservo de allá se acordaba que a la noche hacía fuerza para no dormirse por miedo. Para nosotras significó que ni siquiera nuestra casa era un lugar seguro, que las cosas más terribles te pueden pasar bajo el techo de tu familia. A esta chica la mataron mientras los padres y el hermano dormían en la habitación de al lado. Además, es un caso que nunca se resolvió. Hubo muchas desprolijidades, porque todo el mundo pasaba a ver, entraba y tocaba todo. Incluso limpiaron la escena del crimen antes de analizarla. La policía no tenía idea sobre cómo actuar porque nunca había pasado algo así.

¿Y los otros dos casos?

-Una es María Luisa Quevedo, que fue encontrada en 1983 violada y asesinada en una zanja de Sáenz Pena, en el Chaco.Y la tercera es Sara Agustina Mundín. Desapareció en un auto en Villa María, Córdoba, en marzo de 1988, apareció en diciembre del mismo año convertida en una pila de huesos, pero después un análisis de ADN desestimó que se tratara de ella. Ninguno de los tres casos está resuelto y son anónimos, porque no trascendieron. Siempre me quedé pensando qué hubiera pasado en Entre Ríos si la gente se hubiera movilizado como en el caso de María Soledad Morales, en Catamara. Son casos de hace casi treinta años, que en ese momento no se denominaron femicidios, pero nos hablan de que la violencia de género siempre existió y que en general había una mirada indiferente. Sobre todo porque también estaba cruzado con una cuestión de clase.

¿Cómo fue embarcarte en un proyecto de no ficción?

-Fue difícil porque me costó encontrar el lugar desde el cual escribirlo. Para la etapa de investigación, pedí una beca en el Fondo Nacional de las Artes y viajé a los lugares donde ocurrieron los asesinatos, hablé con los diarios que los cubrieron en su momento, con familiares y con personas cercanas. Pero una vez que cerró esa etapa, me costó empezar a escribir y hacer el recorte. Entonces, al revés de las novelas, que las llevo a las editoriales cuando ya están terminadas, para este proyecto trabajé con una editora desde el principio, Ana Laura Pérez. Entonces nos largamos y fue un proceso de escritura corto, de tres meses más o menos, pero muy intenso.

Ese interior profundo, de pueblos que lejos están del ideal bucólico que se tiene desde la Capital, sigue siendo abono fértil en la escritura de Selva. “Sigo volviendo ahí, siento que todavía me da mucho material para escribir, quizás en otro momento haga una literatura más urbana, pero por ahora me resulta más rico ese paisaje, esas historias, esa vida”. Es que ella se sumerge en los pliegues de esas vidas que poco tienen que ver con las casas de puertas abiertas y niños jugando en la vereda en armonía imperturbable: “Una periodista de Entre Ríos se enojó cuando yo dije que el interior es salvaje, pero no lo planteo en términos de ‘civilización o barbarie’, sino para mostrar que hay otras formas de violencia en las provincias”. La violencia, esa constante en la escritura de Selva Almada. La más descarnada y escandalosa, la sutil y cotidiana, la inconsciente, la colectiva, la silenciosa y secreta, la que hiere y la que provoca. “Es que no es que yo me proponga escribir sobre la violencia. La vida es violenta. Este es un mundo violento. Está ahí y no puede dejar de aparecer en lo que escribo”.

La legalización de la precariedad

Avanza en la Legislatura porteña un proyecto de excepción para parcelar las villas del sur y dar títulos de propiedad, mientras las leyes de urbanización no se cumplen. Los bloques K y del Pro apoyan el proyecto y el mercado inmobiliario ya se prepara para entrar en juego.

El gobierno porteño tiene un plan, y un Plan para la Comuna 8: Villa Soldati, Villa Riachuelo y Villa Lugano. Lo llaman Plan Maestro, pero los vecinos lo conocen como Plan Nefasto.

El proyecto ya está aprobado por la Legislatura porteña -con los bloques kichneristas y del Pro a favor- en una primera lectura y fue sometido a una audiencia pública. Ahora debe recorrer una serie de comisiones y luego está a sólo una segunda revisión, con votación, para ser aprobada.

El Plan Maestro – nombre colonizado de los Master Plan que denomina a las obras públicas de envergadura-, luego de ser modificado y achicado en diciembre del año pasado, tiene tres ejes: la instalación de una Villa Olímpica, la conformación de un Distrito del Deporte (zona libre de impuestos para las empresas relacionadas con ese rubro) y el parcelamiento de las villas en la zona sur.

Este tercer eje conlleva la entrega de títulos de propiedad a los dueños de casas en las villas lo que, a la ligera, parece positivo, pero que en las entrañas del proyecto tiene olor a cloaca sin urbanizar.  Lo cuenta el abogado Jonatan Baldiviezo, abogado especialista en temas inmobiliarios e integrante del Colectivo por la Igualdad. «Para parcelar, la ley actual exige muchos requisitos; entre ellos que las casas tengan permiso de obra por ejemplo. Como las que están fueron construidas de forma informal, no cumplen con nada de eso. Entonces como el gobierno para entregar títulos de propiedad primero tiene que parcelar, necesita una ley que le de excepciones para hacerlo».

Esta es esa ley. Las casas de las villas no cumplen con ningún requisito necesario para existir legalmente dentro de una parcela determinada. No tienen las condiciones de ventilación o luz, en el mejor de los casos, para que el Estado permita un permiso de obra.  Esta ley garantiza esa excepción, dice que los planos de obra sólo deben mantener el contorno perimetral y no interno. «Esta ley da tantas excepciones que el gobierno ahora sí puede ir a parcelar y por ende entregar títulos de propiedad. Antes no lo podía hacer porque tenía que realizar todos los pasos de urbanización e infraestructura que permitan llegar al título de propiedad», aclara Baldiviezo y profundiza: «El Plan hace que se salteen esos pasos y al saltearlos se desliga de la responsabilidad de urbanizar, ya que ninguna cláusula de la ley indica que el estado se hace cargo de los servicios públicos».

lugano (4 de 8)Precariedad legalizada

Con las escrituras y títulos de propiedad la situación de precariedad en los barrios quedaría legalizada. «Este proyecto no va a garantizar una solución habitacional para todos, solamente a los propietarios, no resuelve el hacinamiento porque no van a dar más casas y deja de garantizar toda la cuestión de infraestructura, lo que es servicios públicos», resume el abogado y se acomoda para desenmascarar la metodología del gobierno porteño: «El procedimiento que hace es más lento, a tiempo del mercado, que es este: si urbanizamos estos terrenos los perdemos definitivamente; para no perderlos, no urbanizamos, entregamos títulos de propiedad y de acá a muchos años vamos a terminar siendo propietarios de esas tierras. Si el Estado urbanizara, al prestar servicios públicos, la tierra valdría mucho más».

El proyecto tuvo dos etapas. En la primera, un proyecto original era muy grande y tocaba todas las áreas de la Comuna 8. De todo eso sólo quedaron los tres ejes – Villa Olímpica, Distrito del Deporte y villas-, y  se agregó la venta de 70 hectáreas de la Comuna 8 para crear un fondo destinado a la urbanización de las villas. Sin embargo, los proyectos ya vigentes no tienen curso y, en el caso particular del Plan, no existe ninguna cláusula concreta sobre cómo urbanizar ni mencionaba costos. En resumen, se perdía tierra que podía ser utilizada para urbanización y se perdían espacios verdes y tierras públicas. Ese fondo, se plantea, era manejado por la Corporación Buenos Aires Sur, que el Estado creó en el 2001. Es decir: al ser del Estado la corporación, una vez que tiene los inmuebles puede venderlos sin pasar por la Legislatura. El proyecto nuevo elimina todo lo que es venta de tierras, deja de hablar de urbanización en cualquier término y habilita la entrega de títulos.

Ya hay antecedentes de esta política. En la villa 6, cerca, y la villa 19 en Dellepiane y General Paz, que tienen sus leyes particulares, se entregaron títulos de propiedad y a las familias hacinadas se les entregó el título en condominio: «Con el proceso de urbanización tendrían que entregarle una a cada una. A los inquilinos no se les entrega ningún título y se deja de invertir en infraestructura», puntualiza Baldiviezo y coloca la frutilla de la torta: «La única obra grande que van a hacer es la Villa Olímpica donde hay espacios verdes funcionando como humedales. Si construyen ahí, se corre riesgo de que se inunden los alrededores”. Es decir, las villas.

Los vecinos

Diosnel y Gisela viven en la Villa 20 pero ahora están en puntos muy distantes de la ciudad. Diosnel camina los pasillos estrechos del barrio donde vive hace 30 años. Gisela está sentada en una silla de plástico, abajo de la “Carpa Villera” montada al lado del obelisco para reclamar, entre otras banderas, la urbanización definitiva de todas las villas de la Ciudad. Su reclamo está amparado, desde el 2005, en las leyes Nº 148, Nº 403 (Villa 1-11-14), Nº 1333 (Barrio Ramón Carrillo),  Nº 1770 (Villa 20),  Nº 1868 (Villa 21-24), Nº 3343 (Barrio Carlos Mugica, ex villa 31-31bis).

«Cloacas, luz, vereda, vivienda, la verdad que faltan muchas cosas en el barrio», enumera Gisela mientras se acomoda en su asiento. Al mismo tiempo Diosnel señala hasta dónde le entra el agua en su casa cuando llueve: «Nos inundamos con agua sucia». Rato antes de llegar a su casa, Diosnel cruzó por un puente sobre las vías que construyeron luego de la muerte de varios nenes atropellados por el tren. Ese paso les costó una semana de huelga de hambre a él y al padre de uno de los chicos.

«Acá hay una ley que dice que se tienen que hacer 1600 viviendas solamente para la gente de la villa 20, y eso no va a cubrir ni una cuarta parte de la necesidad de los inquilinos, y ni siquiera eso hicieron», dice Diosnel y esa es su explicación de por qué la gente ocupó el predio pegado a la villa 20: porque desde el 11 de agosto del 2005 que salió esa ley hasta ahora “no pusieron un sólo ladrillo en el barrio, y la gente necesita la vivienda ahora».

Diosnel y Gisela tienen bronca: «Al gobierno no le interesa como vive un villero, apuesta en invertir en otros lados antes que en una villa. El Plan Maestro no soluciona nada, le puede solucionar al gobierno para facturar ellos, pero al barrio no le soluciona nada», redondea la mujer, se levanta y recorre la carpa que alberga desde hace dos semanas a seis personas en huelga de hambre. Diosnel: “no les conviene urbanizar las villas, porque así como nos tienen nos pueden usar como ellos quieren, por la necesidad».

La figura de Diosnel se recorta en la puerta corrediza que separa a su casa del pasillo; no se escucha lo que habla porque un torneo de voley y los nenes jugando completan al silencio. A medida que se acerca, sus palabras se aclaran y está diciendo – repitiendo- que desde el 2005 en que salió la ley, no se hizo nada. Que por eso le llaman el Plan Nefasto del gobierno nacional y provincial, “porque los dos bloques le dieron la primera aprobación”. Diosnel hace una pausa y su sentencia se escucha ahora clarita: «Es el plan que nos quiere dejar excluidos totalmente de tener una vivienda digna».

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