Archivo por meses: septiembre 2013

Residentes enajenados

El hilo se corta por lo mas delgado. En el sistema de Salud de la Ciudad, los jóvenes que arrancan en la profesión son los más vulnerables y los mismos que, involuntarios reproducen su propia enfermedad. 

Albert Camus escribió en su novela más célebre, El extranjero, la historia de un hombre apático, Mersault, distante de su familia, incapaz de entregarse al amor, que no reconoce las instituciones y descuida los límites entre la vida, la muerte y la libertad. Extrañado, indiferente, displicente, impasible, Mersault es un extranjero frente al mundo, no se adapta a los valores sociales ni la sociedad lo entiende; no encuentra apoyo en una mujer que lo quiere, en un amigo que lo busca, comete un asesinato indeseado y termina preso por una justicia que juzga, más que esa muerte, su vida extraña.

¿Qué tiene que ver El extranjero con esta nota?

La salud pública, como el estado moderno que describía Camus, es una gran productora de individuos extrañados: pone a los profesionales a funcionar en automático. Juego perverso: ¿Es más importante la salud del paciente que la salud de quien lo atiende?

Un error en la matrix, o un despertar fogoneado por los tiempos electorales, llevó el 7 de agosto a más de 4 mil médicos porteños a repudiar frente a la Legislatura el recorte presupuestario y el vaciamiento que, denuncian, está haciendo el Gobierno de la Ciudad en la salud pública. En aquella “marcha blanca”, paisaje de guardapolvos, el mundo desde los residentes se hizo sentir: a pesar de las amenazas con auditorías en los lugares de trabajo, de los horarios insómnicos, los jóvenes fueron mayoría entre los 4 mil.

Otra asociación literaria podría incluir, por ejemplo, alguna novela de Kafka: el hombre enfrentado – ínfimo- a la burocracia del estado.

Una más: en la película Las 12 pruebas de Asterix, este galo y su compañero Óbelix tienen que sortear una serie de pruebas que, según César, romano, los pondrán en ridículo. Pelean con maestros de las artes marciales, ganan carreras a velocistas, burlan a un hipnotizador egipcio, escapan de los placeres hipnotizantes de unas sacerdotisas… y al final, ya superadas las otras, se les depara la decimosegunda y última: entregar un papel en un edificio público. Asterix y Óbelix suben y bajan escaleras, la gente los manda para cualquier lado, los pasillos se duplican, nunca está la persona indicada… Finalmente, exhaustos, al borde de la locura, logran entregar el papel, no sin antes confesar que fue la prueba más difícil de toda la cruzada.

Los residentes de los hospitales hacen algo mucho más difícil que todo esto: lidian con la sensibilidad de la vida.

Pero no cobran el sueldo o lo cobran tarde, trabajan muchas más horas de las que deberían, hacen trabajos que no les corresponden, son maltratados, ninguneados, su trabajo en la salud es insalubre.

Los personajes de esas historias ficticias que trazaban un perfil del individuo moderno son, hoy, en Argentina, los trabajadores precarizados atrapados entre el estado, las empresas y los sindicatos que, en teoría, debieran discutir esas condiciones, pero que en esto y sólo en esto parecieran hacer tablas.

En teoría, la teoría y la práctica siempre coinciden; en la práctica, no.

Son los más jóvenes del sistema de salud pública, son los más comprometidos y son el futuro.

Al mismo tiempo que trabajan están aprendiendo una especialización: y la están aprendiendo como el culo.

Son estudiantes recibidos de la carrera de medicina o especialidades como psicología, bioquímica, psiquiatría y hasta trabajadores sociales, que tienen que cumplir cuatro años de residencia en hospitales y centros de salud porteños.

Trabajan, no es que miran a los que trabajan: trabajan a la par que cualquier otro profesional del hospital y a veces hasta más.

El trabajo les requiere tiempo exclusivo: es decir, no llegan a trabajar de otra cosa. Aparte, no olvidemos: tienen que estudiar para especializarse.

Reclaman varias mejoras, pero una urgente y tan elemental como la propia ley lo impone:

 “Solicitamos al Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires el cumplimiento del pago a mes vencido de todos los residentes a cargo”, piden en una solicitada que busca firmas.

Traducción: que les paguen a fin de mes.

Todavía hoy, residentes que ingresaron a la salud el 1 de julio, no cobraron un peso.

En otro volante que repartieron el día de la marcha frente a la Legislatura, completan:

-Ampliación de los cargos de residencias

-Pago a los concurrentes de acuerdo a carga horaria

-Pago extra de las guardias

-Eliminación de las guardias para las residencias no médicas

-Franco postguardia

-Supervisión permanente y efectiva

-Seguro de mala praxis a cargo del empleador

-Estabilidad laboral post residencia

-Por una ley de Residencias para todas las disciplinas en Salud

¿Qué quiere decir todo esto?

Algunos residentes han logrado curarse del síndrome de El extranjero y, aunque su vida resulte kafkiana, están acostumbrados a sortear las 12 pruebas de Asterix.

Si la historia de Mersault era la de un hombre solo, soltero y solitario, esta no.

Hablando en serio: desde hace meses un grupo de residentes se viene juntando y organizando. Lograron condensar en esas consignas un sinfín de anécdotas diarias, que ponen al margen la pasión con que hacen el trabajo.

O quizá es esa la cuestión central: la pasión de estos jóvenes residentes que apuestan a la salud pública y la discuten y la defienden y la quieren mejorar.

Paula y Nacho son dos personas. Son jóvenes de veintipico. Son médicos. Trabajan de residentes.

Para ellos es fácil volcar los pedidos en anécdotas. Basta memorar una situación de horas, a lo sumo día atrás. Pero eligen dar una discusión profunda y molesta, no conformista, una discusión y un pedido que involucra la vida de sus pacientes y la de ellos. La de todos.

¿No es eso la salud pública?

Nacho arranca sin vueltas: “Estas situaciones de exposición ignorada de manera adrede por nuestros representantes evidencian el atentado en nuestra formación sanitaria, estimula la preferencia por el servicio privado para nuestro desarrollo. Siguiendo este camino, si las raíces crecen en macetas elitistas ¿no terminan floreciendo sólo para algunos?, si los médicos son «obligados» a invadir el servicio sanitario privado, ¿te imaginas la estructura de salud dentro de 20 años? Aquello que debe ser un derecho, como lo es la salud, explotado como una empresa donde los pacientes sean clientes, el mejor hospital pase a ser aquel que brinde wi-fi con enfermeras mucamas y médicos especialistas en relaciones públicas”.

Nacho y Paula son parte de las voces que hacen frente al modelo neoliberal de salud pública, que quedó en bolas con la Metropolitana en el Hospital Borda, pero que viene trabajando menos ruidosamente – pero no menos violenta- desde hace seis años atrás. Y que hace que la situación de residentes y concurrentes hoy toque un límite.

Paula Osorio lleva más de 3 años haciendo la residencia en el hospital Pedro de Elizalde. Además, trabaja en una clínica privada. Es decir: su vida es prácticamente trabajar.

¿Alguien podría decir que esta joven no está dispuesta a hacer su trabajo? O peor, ¿decir que no trabaja?

La Ley de Residencia permite que los concurrentes, que son los no rankeados en los cargos de residencia, ni siquiera cobren. Sobre la residencia también plantea un confuso límite entre el trabajo, el estudio y la combinación en la especialización: confusión usada siempre a favor del empleador. Así hay normativas que abarcan a todos los profesionales del hospital, menos a los residentes, como si no fueran trabajadores: “Además de las vacaciones se plantearon 10 días por stress para todos los profesionales. Después dijeron que en realidad era para todos menos los residentes. Y a residentes que se los habían dado, les dijeron: no, no te correspondía”, cuenta Paula. Estas diferencias también toman la forma de maltratos o chicanas por parte del personal de planta y directivos de los hospitales.

Según una encuesta realizada por la Subcomisión de residentes de 2011, el 64% de los residentes que participaron dijeron haber sufrido maltratos, “identificando a los responsables principalmente al personal de Laboratorio, Enfermería y de Guardia. Además un 26% refirió recibir maltrato por parte de residentes de otros servicios y un 26% por parte de residentes superiores”.

Estos resultados -que para nada pretenden buchonear a sus colegas, sino al contrario: reclamarle que no sean ellos tan buchones- surgen de la primera encuesta realizada a residentes y concurrentes sobre su trabajo y el proceso de formación. Encuestadores y encuestados eran los mismos, los residentes, en otro ejemplo de extranjerización del modelo.

Ignacio Prieto, residente del Argerich, integró aquella Subcomisión que promovió la encuesta. Cuenta: “Iniciamos haciendo un diagnóstico de situación. Debido a la carga laboral propia de cada residencia, nos demoramos unos meses… Incluso las conclusiones están sesgadas, ya que la mayoría de las residencias más sometidas no pudieron participar”.

La encuesta logró sin embargo la participación del 66% de los residentes y concurrentes, es decir 172 de un total de 267, de 28 especialidades destinadas a la salud.

Eran 28 preguntas que interrogaban sobre la formación, las guardias, la integración a la institución, los maltratos y la participación y organización. Algunos resultados que acerca Ignacio y retratan el lado más oscuro de las residencias:

-La mayoría de los encuestados sostiene que su formación puede mejorar con la participación de otros profesionales;jefes de residentes, profesionales de planta y otros residentes.

– El 78% considera necesario el día post-guardia.

– Más de la mitad de los encuestados refiere no conocer a los directivos del hospital.

– El 40% realizó traslados en ambulancia en algún momento de la Residencia/Concurrencia, y el 56% no lo hizo. En relación a ello, el 74% manifiesta que no fueron preparados para realizar dichos traslados.

– Al ser consultados sobre la posibilidad de contar con un espacio para mejorar las condiciones de la Residencia/Concurrencia, una amplia mayoría (97% de los participantes), refirió que lo utilizaría.

Sobre este último tema, referido a la participación y la organización, Ignacio mete la autocrítica: “¿De quién es la responsabilidad de crear estos espacios? ¿Nos apropiamos y sostenemos los espacios que actualmente existen (Subcomisión de RyC, asambleas, jornadas) para problematizar y buscar soluciones conjuntas a las dificultades que se pudieran presentar en el trabajo?”.

La respuesta parece ser que no.

La pregunta parece demostrar que, algunos, sí.

Un edificio del hospital Durand. Un aula. Diez residentes, una concurrente. Asamblea.

A veces son más y a veces menos, depende de los relevos en las guardias y de los horarios mismos: muchos no pueden acercarse porque están trabajando. El nivel de participación también depende del “momento”: en junio cuando entran residentes, en agosto cuando todavía no cobraron un peso, y así.

Paula es residente hace 3 años y contando: “Una vez por año tenés un montón de gente nueva que hay que darle toda la discusión de vuelta. Es un trabajo de hormiga y de formar todo el tiempo la discusión y el espacio”.

Se elabora un temario y se establecen prioridades: el cobro del sueldo es el tema más urgente.

Luego lo que ya están acostumbrados a llamar “la situación laboral en general”. Algunos puntos: especialidades que no precisan guardias (“hay especialidades como trabajo social o bioquímica que no precisan guardias, pero está naturalizado”, cuenta Paula), los maltratos, los traslados en ambulancias. “No nos corresponden, y menos sin una supervisión”.

Los concurrentes, un paso atrás, dicen: seguro de mala praxis a cargo del empleador, ART, obra social.

Se habla de tratar un nuevo proyecto de Ley de Residencias. Se mantuvieron reuniones con asesores de legisladores. Disconformidad: “Se planteó una hora menos de trabajo, no se cubre ni un reclamo de los que estamos haciendo”.

Se pasan las firmas reclamándole al Gobierno de la Ciudad que “pague a mes vencido”.

Se van anotando los pedidos más urgentes y las formas de darles cauce. Se acuerda una reunión con Kumiko Euguchi, la coordinadora de capacitación del Ministerio de Salud del gobierno porteño.

Se desliza una frase: “Mejorar el sistema de salud para los que vienen”.

Paula no está acá por otra cosa: transita el último año de residencia. “No sé si voy a seguir en el sector público porque en el Gobierno de la Ciudad es muy difícil, hay muy pocos concursos de planta permanente”. Otro juego perverso: en vez de abrir cargos de planta, que formalicen el trabajo contratado de los residentes, se abren más residencias precarizadas.

La estabilidad laboral post-residencia es otro de los pendientes: en general los médicos se quedan sin trabajo tras la residencia y encaran un camino de competencia entre muchos para pocos cargos, con las clínicas privadas siempre mirándolos con ojos sugerentes. “Pero en las clínicas en general se trabaja en negro o facturando, no es trabajo estable tampoco. En general es por hora, como monotributista, y a veces terciarizado”, desidealiza Paula.

Entonces la asamblea: “El sistema de residencias esta injerto en un sistema de salud. Queremos un sistema de salud que sea más justo, para los que trabajan y para los que lo usan. Luchar dentro de la residencia es algo más en el camino de construir un mejor sistema de salud. El día que no seamos más residentes lucharemos desde otro lado”.

En esos otros lados: psiquiatras, bioquímicos, neurólogos. Abogados, periodistas, anestesiólogos. Canillitas, kioskeros y amas de casa.

El día que tengamos un accidente o una fatalidad, no va a aparecer un helicóptero a llevarnos a la clínica Los Arcos. Va a venir Paula y nos va a atender Nacho.

Hospitales

«Escribir es un acto erótico»

Tununa Mercado no niega los recuerdos de Córdoba en los 50, del exilio a Francia con Onganía, del Mayo del 68, del regreso a Argentina, del segundo exilio a México en el 76 y del regreso definitivo a Buenos Aires. Trabajó en La Opinión, se casó con Noé Jitrik y recibió el Premio Boris Vian. Con más de 70 años, abre las puertas del libro de su vida.

En la calle Viamonte, a la altura de Callao, se esconde un paréntesis de la ciudad. Pocos han subido, pero dicen que en lo alto de un edificio, testigo diario del vaivén sincronizado de la rutina céntrica, hay una mujer. No es sencillo llegar. Tras cruzar algunas puertas y avanzar por un pasillo solemne, se toma un ascensor de hierro, que parece no caber en el hueco por el cual debe ascender. Pero antes de llegar, el recorrido se detiene. Los escalones anuncian que ese último trayecto deberá hacerse a pie. Del otro lado de la puerta que ya logramos vislumbrar, se adivina ella, sentada al piano, improvisando alguna melodía sobre una partitura de Bach.

No nos espera, pero tampoco se sorprende al vernos.

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Nos invita a pasar y al cruzar el marco de la puerta, la percepción del tiempo y el espacio se trastoca. Lleva los labios rojos, el pelo de un negro imposible y la vivacidad en cada destello de luz que refracta en sus ojos. La casa rebosa expresiones de vida: paredes-bibliotecas cubiertas de libros que parecen a punto de caerse a cada paso; cuadros, adornos, muebles con anécdotas escondidas en cada pliegue; objetos que acusan más recuerdos de los que el cuerpo puede llevar sobre sí; en la cama, algo de ropa desordenada que espera por ser guardada; dos patios de plantas frondosas que hacen confundir Buenos Aires con… ¿quién sabe dónde?; una gata gorda que se presta al mimo. Pero sobre todo esta mujer. Que en sus setentas, no acusa noticias de cansancio ni aburrimiento alguno.

Vinimos a hacerle una nota. Antes de empezar, se calza unos zapatos acordonados y se sienta al sillón. Pero la primera pregunta la hace ella: ¿Cómo se les ocurrió entrevistarme?

Tununa Mercado nació en la ciudad de Córdoba en 1939, el año en que se desató la Segunda Guerra Mundial. Como tantos otros, dirá ella. Pero ella no será como tantos otros: cuenta que sus padres estaban en Buenos Aires ese septiembre y su madre quedó muy perturbada por la noticia de la guerra. “No sé si me quiso decir que yo nací perturbada”, reflexiona, seria. No cabe duda que la calma no predominó aquellos años. De padre abogado y político de las filas del Partido Demócrata – “que poco se parece al reaccionario de estos días, por aquel entonces era progresista, liberal en el buen sentido” – y madre escribana, la política fue algo presente desde muy temprana edad. Una presencia que atravesaría su vida: los recuerdos del peronismo y las convulsiones de Córdoba en la década del 50’, el primer exilio a Francia con el Golpe de Onganía, el seguimiento de los acontecimientos de Mayo del 68, el regreso a Argentina y la lucha por los derechos humanos, la solidaridad con Chile en el derrocamiento de Salvador Allende, el segundo exilio a México con el 76, y el regreso definitivo a Buenos Aires en el ocaso de los 80’. Y siguen… No más está decir que cuando terminara la práctica de piano que interrumpimos, Tununa planeaba ir a Tribunales, a defender la Ley de Medios. Aclara: “La posición es siempre estar alerta, en esa línea de denuncia, en verse implicado en lo que sucede en el país”.

El vínculo con las letras también se gestó desde chica. Recuerda la biblioteca de la casa familiar, la máquina de escribir de la madre, y también la “mini pinacoteca” que sus padres armaron con la obra de artistas cordobeses del momento. Una vida intensa, dice. Tras terminar el magisterio en la escuela donde cursó desde la primaria, se inscribió en la Universidad de Córdoba – donde conocería a su futuro y actual esposo, Noé Jitrik – para la carrera de Letras. “Una niña que quiere estudiar Letras… digamos que era una carrera para elegir, estaba en el horizonte de posibilidad”.

IMG_8035-2Desde ese entonces, ha trabajado en redacciones periodísticas en Argentina y en México, con amplio desarrollo en el periodismo cultural, la crítica de arte y las reseñas bibliográficas, y ha publicado siete libros que le valieron el reconocimiento de ser considerada una de las escritoras argentinas más destacadas de las letras contemporáneas. Ante todo, Tununa es una narradora que pareciera hincar la pluma en la experiencia propia, en lo vivencial, pero con una hondura poética que desborda cualquier noción mundana de “lo real”; quizás justamente sacude porque parece nombrar las cosas en su realidad más íntima, más real que lo real. Con un trabajo constante sobre la memoria, entendida como ese libro abierto, factible de ser rescrito y reactualizado a partir de cada perspectiva. Desde una sensorialidad abierta y suspicaz; desde su posición suelta, holgada; desde la risa franca, de las que no pueden posarse para la cámara; pero sobre todo desde el placer que atraviesa cada aventura en la que se embarca, Tununa se entusiasma en su imaginario reflexivo y comparte, nos regala palabras.

– Siempre hubo una inclinación a escribir, pero no era consciente de que podía ser escritora. Incluso, era una facilidad que yo no advertía, no me daba cuenta. Ya cursando en la Universidad, tenía raptos de escritura, de un carácter más literario. En los 60’ empecé a pensar y a escribir algunos cuentos. No como un designo claro de un oficio, mi relación con la literatura es una, que es haber estudiado, trabajado sobre libros, eso sería lo literario. Lo otro es una dimensión diferente, la de la escritura, que si lo hago, si escribo, no es en relación con la literatura como para sellar una carrera, es una facilidad como cualquier otra. Es una distinción reciente, la de literatura y escritura, porque me doy cuenta que no tengo lo que todo escritor tiene que es estar al día de lo que se publica, estar en el negocio de la literatura, no peyorativamente, sino estar en esa administración de un mundo, que es la carrera de un escritor. Yo no, no tengo esa inscripción… Lo he descubierto hace poco, yo creo que hace dos o tres días. Tengo faltas muy grandes, carencias, escritores importantes a los que no los he leído, no ha sido un mandato. Diría que soy una lectora ociosa, o si se quiere no estoy apremiada. Más bien leo en una marcha mía personal, y la literatura ha venido a partir de intereses de índole filosófica, política, a veces literaria. Suelo decir que estoy fuera del círculo, por eso me sorprende cuando soy incluida. Hasta con mi propia obra… No estoy en un canon literario específico, y sin embargo sé que mis libros despiertan interés en determinados lectores.

Una alteración sutil, pero persistente, se adivina en su mirada cuando empieza a contar sus recientes “descubrimientos” literarios, con ese fervor difícil de transmitir que surge a partir del contacto con las hojas de un libro que nos atrapó. “Ahora estoy verdaderamente encantada con unas poetas. Son libros pequeños… Uno de Mónica Sifrim, otro de Alejandra Correa, otro de María Malusardi. El último que leí es el primer libro de una escritora que se llama Flavia Soldano, es brevísimo, a veces es una sola línea en una página, pero es de un corte, de una profundidad, toca zonas muy fuertes, muy comprometidas con el ser, la persona, el cuerpo.” También se muestra apasionada cuando habla de sus lecturas sobre la historia de la Revolución Rusa y la Unión Soviética, al punto de que es un mundo que ya se le ha vuelto familiar, del cual reconoce los personajes, los lugares, los acontecimientos como si se tratara de recuerdos propios. “No soy trotskista, pero tengo una gran admiración por todo ese período, y la figura que rescato es la de León Trotsky, porque fue víctima del estalinismo. En México, íbamos mucho a su casa. Ahora se cumplió otro aniversario de su muerte y parece que hubo un homenaje. Todos los años se produce una evocación en torno a su figura. Además fue un escritor extraordinario, su autobiografía ‘Mi vida’ es también uno de los libros que he leído recientemente”.

Ese goce que destila su expresión cuando habla de los mundos que abren las letras es una constante en el modo de estar y de ser de Tununa. Y sobre todo en el modo de escribir. Uno de sus libros que ha provocado mayor eco, por el cual recibió el Premio Boris Vian, es “Canon de Alcoba”, publicado por Ada Korn Editora y reeditado por Seix Barral y Planeta. La obra parece erigir un templo de lo sensorial, a partir de la cotidiana relación sensual con las cosas.  “Ya a esta altura creo que se ha ido decantando que yo considero que escribir es un acto erótico, porque es un compromiso total, la palabra no es algo ajeno al cuerpo, a las emociones, a la vida en su totalidad. En ese sentido, pienso que el acto de la escritura es un acto de eros. También es cierto que hay textos con una temática más vinculada a la cuestión erótica, pero también a las relaciones humanas vinculadas al encuentro amoroso. En ese sentido, algunos de mis textos podríamos llamarlos eróticos… En tanto producen una excitación en el otro, una perturbación amorosa, de los sentidos”.

IMG_7996-2En el compromiso de “puro placer” que mantiene con su escritura, Tununa se ha movido sin distinción entre lo periodístico y lo narrativo. “Me considero periodista, ahí me formé. Fue mi ganapan durante muchísimo tiempo”. En la Argentina, antes del exilio, trabajó en La Opinión de Timerman, y una vez en México, colaboró con distintos medios. Entre ellos, un semanario de actualidad política mexicana, fundado por Martín Luis Guzmán, en el cual Tununa se ocupaba de la sección de política internacional. Otra de las experiencias fundamentales de esos años fue su participación en Fem, la primera revista feminista en México, integrada por referentes como Alaíde Foppa, Elena Urrutia, Marta Lamas y Elena Poniatowska, entre otras. “Era una dirección colectiva, un trabajo muy interesante, significó entrar en México de una manera más viva, más real, con la problemática del feminismo mexicano. Participábamos mujeres de distintos campos y tenía un carácter monográfico. Al comprometerme con ese grupo, a pesar de ser extranjera, me sentía parte de un proyecto que tenía una serie de líneas, la despenalización del aborto fundamentalmente, y acompañar las luchas políticas del país de aquel momento. Una experiencia interesante, para mí fue un aprendizaje”. Su compromiso con la liberación de las mujeres se escurre de sus renglones y desborda los márgenes. Ha dicho, alguna vez, que la literatura es el camino de la verdadera libertad. También ha sido invitada a reflexionar en distintas ocasiones sobre la situación de las escritoras y, una vez más, analiza: “Hay como una especie de agremiación de las escritoras en la medida en que no siempre fueron bien tratadas por la crítica. No quiere decir que no se las considera, pero pienso que se les exige ser lo máximo para darles un lugar, y no es fácil terminar con esa discriminación. Hace 30 años era más radical, ahora siento que cada cual hace lo que puede, mi tendencia es a estar muy presente en la literatura de mis amigas y de las mujeres en las que creo”.

Por la comisura derecha de nuestros ojos, se cuela una vez más el piano, súbitamente silenciado con nuestra inesperada aparición. Tununa empezó a tomar clases hace poco, aunque está vinculada al fenómeno de la música desde el regreso a la Argentina, cuando la oferta de conciertos abundaba. Hace un tiempo, se tomó con sorna la propuesta de un músico conocido de tomar clases con él. “Por qué no venís a verme” / “Pero yo ya no puedo ponerme a estudiar música”. Pero fue. Y fue bárbaro, dice. “Es una experiencia que no creo que muchos la hagan, porque todo lo que se emprende es con un rédito, uno estudia-para… y ahora no se trata de eso, a los 73 años no se puede sentarse al piano por primera vez, es como una audacia. Pero empecé a tener una experiencia personal, con el sonido, con las notas, no es un método, es más espontáneo. Trabajamos con tres partituras, a partir de las cuales aprendo a colocar los dedos, independizar las manos. Ya en esa exploración yo puedo improvisar, hice un pequeño fragmento, que el maestro le puso ‘Invenciones 1’, y ahora esto haciendo ‘Invenciones 2’. Hay como una coherencia en lo que yo invento”.

Antes de finalizar el encuentro ya nos preguntamos si salir no será aún más difícil de lo que fue entrar. O más bien, si es que no nos queremos quedar. Mientras nos levantamos y nos sacudimos algún escalofrío perezoso del cuerpo, Tununa nos mira curiosa:

–  ¿Qué vas a hacer con todo esto?

El viaje que los parió

El Viejo inventó un colegio para irse a un viaje de egresados, se emocionó cuando en Paraná la gente sabía sus canciones, armó un acústico por twitter en la playa y fue a Malvinas para recorrer con excombatientes sus puestos de combate. “Ni tan tarde (no por mucho madrugar)” es el nuevo disco de La Perra que los Parió. Acá hay un viaje: ponete la mochila.

En bondi. En Tren. En subte. En lo que se pueda. Con monedas. Llegando al -10 de la tarjeta. Chamuyando un $1,60. Sólo con la cabeza. Volando. También con la cabeza. Todos viajamos. Todo el tiempo. Apretados. Cómodos. Muy apretados. En dirección opuesta. En furgón. En bici. Caminando. A veces, solamente con pasaje de ida. Esos viajes, cambian todo. Te calzas la mochila y te subís a tu propio camino.

El Viejo llega en auto. Hace tiempo que no le dicen muy seguido Nahuel Cruz Amarilla al cantante de La Perra que los Parió. No encuentra lugar para estacionar y lo deja en un lavadero, no importa que al otro día este pronosticado lluvia. En la mano trae las llaves, un dvd y varios folletos que anuncian el lanzamiento del nuevo disco de la banda: “Ni tan tarde (no por mucho madrugar)”, faltan algunos días para el 15 de Septiembre pero ya se palpita la fecha en Vorterix. “El Viajero” fue el tema adelanto de lo que se viene. El viejo, que hoy llega en auto, ya se subió a muchos medios transitando su camino.

IMG_9055¿Cuál fue el primer viaje que recordas?
– El primer lugar que me acuerdo fue Córdoba, con mi familia, no con amigos. En general, cuando yo era chico, no nos íbamos mucho de vacaciones hasta que tuve diez años más o menos que fuimos y me quedó por ser algo nuevo, por viajar, por irme de vacaciones.

– ¿Cuándo hiciste vacaciones sólo, volviste a Córdoba?
– No, ¿sabes qué? En un viaje de egresados mentiroso me fui a Bariloche. Me fui de vacaciones con todas chicas, eran dos colegios de chicas y tres amigos.

– ¿Fueron como coordinadores?
– No, teníamos un amigo que vendía viaje de egresados y se lo compramos como un favor. Yo tenía 20 años, creo. Compramos el viaje de egresados entre todos los amigos que éramos como diez como un favor para que empezara a vender. Inventamos un nombre de un colegio, no sé si hoy se podría hacer, no sé la verdad cómo se hizo eso. De diez fuimos tres al final, porque todos fueron abandonando. Tres amigos de viaje de egresados, bajo un nombre de un colegio inexistente, a Bariloche, con dos colegios de mujeres.

Al colegio le pusieron un nombre que terminaba con High School. No lo recuerda completo, pero sí recuerda que fue tremendo. Era un comienzo, de esos viajes para el recuerdo. Iban a llegar muchos más. La primera gira costera con la banda, en el año 2009, tuvo la misma magia, pero fue mucho más bisagra en su vida. De ahí salió “La suerte la fabricas vos”, tercer disco de la banda, mientras recorrían de punta a punta la costa Argentina en un micro. Marcaba un viaje que empezaba a no tener retorno.

– Si la banda es un viaje en si misma, ¿qué no puede faltar en la valija?
– Obviamente no puede faltar ni la guitarra, ni música. No puede faltar mate. Estoy intentando conectarme un poco más profundo, pero pasa que cuando yo me voy de viaje lo que me importa es música, guitarra y nada más.

– ¿Usás mochila diariamente?
– Sí.

– ¿Y en la mochila qué tenés?
– En la mochila tengo cualquier porquería. Tengo libros, bueno, un libro tampoco puede faltar. Tengo anotaciones de canciones, yo tengo un cuaderno con apuntes, con cosas. Se me llena de eso la mochila siempre, algo para leer, música que tengo siempre en el celular o en algún pendrive. Igual la mochila siempre se hace una carga, después digo: «¿Qué tengo acá adentro?». Termina siendo pesada, empezás a revisar y sacas cualquier porquería, lo indispensable por ahí te entra en una bolsa, en una bolsita chiquita.

– ¿El cuaderno de las anotaciones lo llevas a todos lados?
– Generalmente, sí. Cuando salen cosas escribo, anoto, todo lo que se me ocurre está ahí. Después cuando estás haciendo una canción, estás escribiendo, vas ahí, encontrás recursos, releés. Son cosas que por ahí vos escribís y decís: «Esto es una porquería», pero lo dejas ahí y queda. Al tiempo lo volvés a leer y está bueno.

– ¿Esta valija que armás hoy es la misma que armabas cuando arrancaron?
– No, ni a palos. Cambió la música que escuchamos. Se sumó, mejor dicho. En el momento que arrancó la banda estaba abocado a escuchar más candombe, estaba a pleno con la música uruguaya vieja. Hoy tendría discos más rock, más bandas de rock. Por ahí, si bien los escuchaba en ese momento, habría más Redondos, más Soda, más bandas de afuera.

– Aparte de la música, ¿qué más cambió de la valija?
– La ropa también cambió a full. El peinado. En la valija no puede faltar la maquinita para cortarme el pelo porque una vez por semana le tengo que dar. Es contraproducente, pero una notebook tampoco podría faltar porque hoy día con las redes sociales y todas las movidas uno está como enviciado.

IMG_9014-¿Contraproducente por qué?
– Porque estás todo el tiempo metido en esa garcha de internet. Yo le doy mucho uso, le quiero dar menos. A la banda le sirve, pero a mí no me sirve tanto. A veces, me sumerjo demasiado en todo eso. Me limo un poco. Definitivamente no llevaría el celular, lo dejaría.

– En un principio, ¿lo llevabas?
– Lo llevo siempre, pero pasa que estoy queriendo despojarme de las cosas que te tienen atado a la tecnología porque a mí me lima bastante.

– ¿Entonces sacamos el celular y dejamos la computadora?
– La computadora porque no suena, no te está llamando. El celular te suena a cada rato, también lo podes apagar pero es como que estás tentado a agarrarlo. Cuando me fui a Malvinas, que no tenía señal en el teléfono, fueron los mejores ocho días de mi vida. Te conectás otra vez con la gente, vivís más.

Malvinas fue una parada estratégica en este recorrido. Para la banda, pero principalmente para El Viejo que fue quien viajó. Desde hacía quince años tenía la canción “Trae el viento la voz”, que también forma parte del nuevo disco, bocetada seguramente en algún cuaderno de anotaciones como los que sigue usando. Estaba inconclusa hasta que la resucitó y la terminaron con la banda. Después surgió el viaje. Allá conoció excombatientes con los que compartió la filmación del video del tema y a quienes acompañó en la búsqueda de sus puestos de combate. “Tomo como enseñanza que cualquier cosa vieja que tengas ahí guardada sirve para adaptar a la banda”, dice. Unos renglones atrás decía “Vivís más”, la clave parece ser seguir dándole vida al motor que empuja el camino.

– ¿Pensaste que con la banda sacaban boleto hasta Malvinas?
– Nunca se me ocurrió llegar a hacer esa movida, ni a palos. Cuando arrancamos yo no pensaba ni siquiera llegar hasta Santa Fe, pero hoy en día se están generando un montón de cosas que están buenas y hacen que la música llegue a todos lados. A mí siempre me flasheó el tema de llevar la música a otro lado, a otras ciudades. Pero como que uno al principio no sé si no cree que pueda suceder, pero lo ve lejano. Después cuando se empieza a dar como que empezás a flashear y a decir ‘qué bueno que esto llegue acá’. El año pasado fuimos a Tierra del Fuego, por ejemplo, a tocar y había gente que conocía la banda. Está buenísimo, tan lejos. Esos viajes uno no espera que vengan gracias a la banda.

– ¿Te acordas la primera vez que viajaste y la gente se sabía los temas en algún lugar donde nunca habían estado?
– Paraná fue uno de los primeros lugares que fuimos fuera de Buenos Aires y me impactó bastante. Paraná y Mar del Plata, por ejemplo, son dos ciudades que hay mucha movida de la banda, que llegamos y hay gente que conoce las canciones, las canta, vive ahí y las fue conociendo por boca a boca. A mí me impactó mucho. Una vez en Mar del Plata, el mismo año que fuimos a Paraná, yo estaba de vacaciones, haciendo notas a la vez, y se me ocurrió tirar por twitter hacer una juntada en la playa, para hinchar las pelotas, un acústico. Yo pensé que iban a venir cinco personas y vinieron cuarenta personas por la movida de twitter. Fue algo que se me ocurrió una hora antes y esas cosas a mí me impactan. Que haya tanta movida a través de las redes y sin haber hecho casi nada a nivel difusión masiva y que haya gente que conozca la banda por el boca a boca está bueno.

Un tweet, la letra de un tema, la presencia en un festival, todo toma dimensiones cada vez más grandes. “Tenés que tener cuidado con lo que decís porque a veces tenes que ser consciente de que tenes pibes adelante que muchos son de 16, 17 años que están formando sus ideas. Si vos tiras pelotudeces hay muchos que toman como referentes a los músicos de rock y a veces puede ser peligroso lo que decís”.

El micro de La Perra Que los Parió se sigue agigantando, ya no son sólo El Viejo junto a Juanchi en guitarra, Mati en bajo y coros y “El vos” en batería. En el viaje compartido el nombre de la banda se multiplica en banderas, remeras, gritos, redes sociales y hasta tatuajes.

– Esas cosas como los tatuajes a mí me dejan sin palabras, uno no toma magnitud de algunas cosas o de la responsabilidad que te carga que hay gente que se tatúa una frase escrita por vos o por cualquiera de los chicos en cualquier parte del cuerpo y está zarpado. Son cosas nuevas a pesar de todo para nosotros, está bueno y te sentís en deuda eterna con esas personas. Es una responsabilidad para cualquier banda a la que le pase eso porque no querés fallar en nada, querés seguir siempre la línea que esas personas idealizan de lo que tiene que ser la banda

“Con ese par de zapatillas que si hablaran, de los kilómetros que tuvo que correr…”
(El Viajero)

«Así golpeará nuestro puño nuevamente»

A Víctor Jara lo torturaron hasta que murió unos días después del Golpe a Salvador Allende. A 40 años del comienzo de la dictadura de Augusto Pinochet, el recuerdo de aquel día, en el que el poeta y cantante fue visto en libertad por última vez, en el festival «Por la vida, contra el fascismo», que terminó en una masacre en el Estadio Nacional. 

Otro Ejército Nacional que se subleva al mandato popular alegando defenderlo de algunas cuestiones que encuentran inusuales y les repelen. La Historia de América Latina. Otro Ejército Nacional que no responde a la Nación como conjunto, sino que tan solo a la oligarquía nacional, como su fiel instrumento de represión violento.

O habrá sido el miedo.

Salvador Allende triunfó en las urnas y el 4 de noviembre de 1970 asumió como presidente de la Republica de Chile. Seis años antes, el socialista había perdido en los mismos comicios contra Eduardo Frei, del Partido Demócrata Cristiano Eran los impulsos de reformas y medidas de corte socialista en una sociedad chilena desigual como todas las del resto de América Latina, continente donde es más amplia la distancia entre los más ricos y los más pobres. Era una victoria democrática que no pudo haber esquivado al apoyo popular, y, de hecho, nunca lo hizo. Era un cambio de lógica de la realidad en más de un sentido. Era un cambio de ética social. Y todo, todo eso molestaba a muchos que no querían ceder sus privilegios. La molestia -le confesó el agente de la CIA en Montevideo Philip Agee al periodista Gabriel García Márquez en 1974- contra las transformaciones en Chile no habían arrancado en aquel noviembre: sino seis años antes, en aquella elección que ganó Frei, en la que la CIA financió directamente al Partido triunfante.

Allí estaba Víctor Jara, el músico, el cantante, el de las letras del compromiso. Por sus convicciones y su talento se volvió rápidamente el hombre que mejor expresaba al nuevo gobierno y sus ideales en cuanto a la cultura. Su apoyo a la causa era completo.

Las fuerzas al mando del general Augusto Pinochet irrumpieron la democracia para intentar reconstruir en el Estado chileno al gobierno oligárquico-burgués. No estamos hablando sobre quiénes ocupan los cargos dirigentes, sino qué intereses ellos defienden.

 

El martes 11 de septiembre de 1973, día del golpe, estaba planeada la inauguración de la exposición “Por la vida. Contra el fascismo” en la Universidad Técnica de Santiago, donde Salvador Allende y Víctor Jara iban a hacerse presentes. Los levantamientos militares cancelaron todo, justamente porque el fascismo atacó atentando contra la vida.

Pero Víctor pudo llegar a la Universidad. Mientras la voz de Allende resonaba a través de la emisora Magallanes cuando se encontraba sufriendo los bombardeos en La Moneda –palacio presidencial chileno-, mientras también se cercaba al edificio de la Universidad y las calles rebasaban de represión fascista, Allende iba a morir asesinado resistiendo en La Moneda.

Víctor se quedó animando a todos los estudiantes y compañeros que se encontraban en la Universidad. Hasta el momento en que los militares irrumpieron en el edificio haciendo lo que mejor saben hacer: golpear y golpear a gente desarmada hasta lograr el control de la situación. Al pasar unas cuantas horas, ya el miércoles 12, todos los prisioneros fueron trasladados al Estadio de Chile para reunirlos con  otros privados de la libertad en otros puntos de la ciudad. Ese estadio y el Nacional fueron ocupándose con el pasar de los días de detenidos.

Rápido,  fue separado del grupo, al ser reconocido. Le dieron con saña. Golpes, torturas, falta de comida, largos y profundos pisotones en las manos, sangre ya reseca por todo el cuerpo, de esas heridas que no llegan a sanar cuando le volvían a pegar. Danilo Barturín, medico personal de Allende hasta su asesinato, compartió esos últimos tres días con Víctor Jara en el Estadio de Chile, en ese mismo estadio donde tanto y tanto lo aplaudieron al cantor en el concurso de la Nueva Canción Chilena no mucho tiempo atrás. “…a Víctor y a mí nos separaron de otros prisioneros y nos metieron en un pasillo frío. Estuvieron pegándonos desde las siete de la tarde a las tres de la madrugada. Nos encontrábamos tumbados en el suelo sin poder movernos. (…) Víctor tenía la cara llena de moretones y un ojo cerrado por la hinchazón. A nosotros no nos daban de comer. Engañábamos el hambre con agua”.

Pasados los tres días de estancia tormentosa y aberrante allí, la orden fue trasladar a todos al Estadio Nacional. A casi todos. A Víctor lo mandaron a llamar, tenían que llevarlo “abajo”. Ese “abajo” eran algunos vestuarios reacondicionados para la ocasión, o sea: salas de tortura. El domingo 16 Víctor bajó junto con el médico Barturín atravesando cuerpos torturados y así muertos.

En noviembre de 2009 el Servicio Médico Legal de Chile y el Instituto Genético de Innsbruck, luego de estudios para precisar las causas de su muerte, afirmaron que Víctor Jara fue fusilado ya que murió a consecuencia de «múltiples fracturas por heridas de bala que provocaron un shock hemorrágico en un contexto de tipo homicida«.

Somos cinco mil
en esta pequeña parte de la ciudad.
Somos cinco mil
¿Cuántos seremos en total
en las ciudades y en todo el país?
Solo aquí
diez mil manos siembran
y hacen andar las fábricas.

¡Cuánta humanidad
con hambre, frio, pánico, dolor,
presión moral, terror y locura !

Seis de los nuestros se perdieron
en el espacio de las estrellas.

Un muerto, un golpeado como jamás creí
se podría golpear a un ser humano.
Los otros cuatro quisieron quitarse todos los temores
uno saltó al vacio,
otro golpeándose la cabeza contra el muro,
pero todos con la mirada fija de la muerte.

¡Qué espanto causa el rostro del fascismo!
Llevan a cabo sus planes con precisión artera
Sin importarles nada.
La sangre para ellos son medallas.
La matanza es acto de heroísmo
¿Es este el mundo que creaste, Dios mío?
¿Para esto tus siete días de asombro y trabajo?
En estas cuatro murallas solo existe un número
que no progresa,
que lentamente querrá más muerte.

Pero de pronto me golpea la conciencia
y veo esta marea sin latido,
pero con el pulso de las máquinas
y los militares mostrando su rostro de matrona
llena de dulzura.
¿Y México, Cuba y el mundo?
¡Que griten esta ignominia!
Somos diez mil manos menos
que no producen.

¿Cuántos somos en toda la Patria?
La sangre del compañero Presidente
golpea más fuerte que bombas y metrallas
Así golpeará nuestro puño nuevamente

¡Canto que mal me sales
Cuando tengo que cantar espanto!
Espanto como el que vivo
como el que muero, espanto.
De verme entre tanto y tantos
momentos del infinito
en que el silencio y el grito
son las metas de este canto.
Lo que veo nunca vi,
lo que he sentido y que siento
hará brotar el momento…

Víctor Jara, Estadio Chile, Septiembre 1973