Archivo por meses: mayo 2012

Ni de barro ni de las marcas, ídolos

A propósito del estreno del documental El Garrafa, una película de fulbo sobre José Luis Sanchez, surgió la pregunta de qué es lo que se necesita para ser un ídolo. ¿Hace falta ganar un título, publicitar unos botines? Sergio Mercurio, director del documental, lo responde con una anécdota del ex 10 de Banfield: «Unos pibes de Banfield lo invitaron a comer un asadito. ‘Sí, voy’, dijo Garrafa. Nadie lo esperaba, realmente. Garrafa cayó con pantalones cortos y botines y preguntó: `¿Vamos a jugar a la pelota también, no?´».
Si te levantás pensando todos los días en como están tus colores. Si dentro de esos colores hay un tipo que te apasiona, que te obsesiona. Si no podés dejar de pensar en la última jugada que hizo el fin de semana, que si juega con otra camiseta lo llorás y que cuando hace un gol lo gritas el doble. Si en serio pensás que tenés un ídolo. Si de verdad sentís que por tener a un ser humano, ni más ni menos, en frente te pondrías a llorar de la emoción. Entonces, si te pasa todo eso, pensá también de dónde salen eso personajes. ¿Qué es un ídolo? ¿Quién es ese muchacho al que le das devoción todos los fines de semana? Vos, hincha de las pasiones del fútbol, ¿a quién estás amando?
En el camino sinuoso y apasionado del deporte nos metemos. En el camino irregular y turbulento de los ídolos también. Hasta dónde son nuestros y hasta dónde los diarios, las marcas, el marketing y los balones de oro nos dijeron quiénes deben ser nuestros jugadores más queridos. Por qué aceptamos como propios los héroes de las grandes marcas. Dónde quedaron aquellos ídolos de barrio, a los cuales soñábamos encontrar en cada esquina de nuestras propias calles. Cómo un jugador que vive en una mansión en España o Inglaterra puede ser tu pasión, que vivís en Almagro, Floresta, Villa Bosch o Burzaco.
Todo esto y un poco más lo charlamos con Sergio Mercurio, director del documental homenaje al genial, mítico y fenomenal Garrafa Sánchez. A ese hombre que nunca lo vimos en una publicidad, a ese que todos conocemos por “Garrafa”, a ese que nunca salió del barrio y en el barrió murió. La historia de un ídolo barrial que, como tantos otros no reconocidos y borrados de los y por los medios, surgió de abajo, lo impuso la gente, las masas, la hinchada y el propio hincha del fútbol y de sus colores.
Sergio, fanático de Banfield, lo entiende bien: “Hay ídolos que son funcionales a las empresas y a las marcas. Hay otros que no. Hay tipos que funcionan en términos de guita y otros que no. Garrafa era de los que no, sin duda”. Garrafa, también el Diego, el mismo Burro Ortega, un Chango Cardenas, un Bocha Bochini. Todos tipos de buen pie, todos ídolos de barrio, o por lo menos, de la gente, de clubes, de un país entero. Ninguno de los nombrados camina al lado de una marca, a ninguno le resaltan los botines por sobre los colores que llevó en el pecho.
Sergio mira la estatua de Garrafa, a un par de cuadras de la estación de Banfield, y reflexiona: “Hay jugadores que realmente son muy buenos, como Messi. Pero además, hacen todo tipo de publicidades, se portan bien, no putean. Evidentemente las marcas tienen un modelo de persona que hay que ser. Si no sos, fuiste: no sos ídolo o no sos el ídolo que ellos quieren mostrar”.
Marcados por la polémica y no por las marcas, recordados por sus otras pasiones y en tantísimos casos por sus excesos, se entiende que nada de esto es casualidad. Ellos rompieron el molde del ídolo perfecto. Lo desbordan. Además de eso, fueron hombres, pibes de barrio: “Garrafa no era para nada un modelo, naturalmente era otra cosa. Me da la sensación de que Garrafa era un tipo que te rompía las bolas, que no le importaba nada. Me acuerdo de un partido con Banfield en que si empataban se salvaban los dos del descenso y el tipo, faltando 5 minutos, le pega de mitad de cancha y la bocha pega en el travesaño. Todos lo puteaban. Hasta sus compañeros. Claro, el tipo se había olvidado. Le gustaba jugar al fútbol. Durante casi 90 minutos no hubo un tiro, pero el tipo se tentó, lo enamoró la pelota, se olvidó de todo y le pegó. Eso era Garrafa”.
Allí están los próceres del fútbol, parados en las vitrinas de nuestros clubes, pero sobre todas las cosas, tatuados en nuestras pieles. Los tatuajes de los trofeos no existen. Existen los tatuajes de las camisetas, los escudos, de los colores, de los jugadores que representaron esos escudos, esas camisetas y esos colores. Entonces, ¿Qué significa el éxito para el hincha a la hora de comprender y adoptar a un ídolo? “Lo curioso es que Garrafa es el típico tatuaje del hincha de Banfield. No se tatúan a Silva, Erviti o Falcioni que les dieron un título ¡Se tatúan a Garrafa! Debe ser que para el hincha el éxito no es tan importante al lado de un tipo que verdaderamente los representó en la cancha”, explica Sergio Mercurio.
Ningún hincha se tatúa un oro.
Sergio Mercurio, cineasta e hincha, hizo un homenaje a su ídolo: “El Garrafa, una película de fulbo sobre José Luis Sanchez”. Porque el fútbol es más lindo cuando es fulbo y los ídolos son más queridos cuando son de barrio. Así lo entiende Sergio: “El tipo es el máximo prócer de tres clubes de Argentina. Eso no existe con ningún otro jugador. Un ídolo auténtico. Es un personaje del estilo del Gauchito Gil. Vino para quedarse. Llegó a la gente de manera real. De Garrafa no te acordás que marca lo sponsoreaba. Tanto en el El Porvenir, La Ferrere y Banfield fue una gloria. Son tres clubes chicos y de barrio para el mismo jugador. Eso habla de un ídolo, necesariamente, de barrio”.
Entre caños y gambetas, Garrafa, además, regalaba anécdotas. Sergio cuenta una perla de su documental que sigue aclarando el concepto: “A una semana de haber ascendido a 1era Divisón con Banfield lo invitamos a comer un asado con 14 hinchas. La invitación fue la siguiente: `Hay unos pibes de Banfield que quieren comerse un asadito con vos´. “Sí, voy”, dijo Garrafa. Nadie lo esperaba, realmente. Garrafa cayó con pantalones cortos y botines y preguntó: ` ¿Vamos a jugar a la pelota también, no?´. ¿Qué tipo va un asado con hinchas desconocidos a una semana de haber alcanzado la gloria? ¿Qué futbolista se predispone a jugar un picado con gente que no conoce? Él accedía a ciertas cosas que te muestran que el marketing queda chiquito. Ese asado no lo transmitió nadie. Hay cosas que escapan a la TV. Garrafa era una de esas cosas inabarcables para cualquier marca”.
“Garrafa era un tipo muy raro. Nunca tuvo representante, no le gustaba ir al banco, pedía toda la guita en la mano. Así le iba también… El chabón empezó a vivir del fútbol en Banfield recién”, cierra Sergio Mercurio el retrato de su ídolo de barrio al que el dinero nunca lo desbordó, sino que fue al revés: Garrafa desbordó a la lógica del mercado futbolero.
Como Garrafa tantos otros ídolos sobrepasaron los negocios de las figuritas y los botines para poder ser comprendidos en su inmensidad sólo en el corazón de sus hinchas.
Porque un ídolo se comprende, sí o sí, desde abajo. Nunca se impone desde arriba.
Mejor dicho: un ídolo se eleva desde las tribunas al resto del mundo. Ni Adidas, ni Nike, ni nadie, pueden decirle a un hincha por quien deben apasionarse. Porque no lo entienden ni lo comprenden ni lo abarcan. Porque no pueden abrazarlo. Porque no pueden ovacionarlo. Porque jamás gritaron un gol de él y se abrazaron con los hinchas hermanos desconocidos de la tribuna.
Los ídolos, para serlo, aunque tengan fama mundial, son y serán de barrio. O no serán nada.

Un Mariano Acosta para el recuerdo

Esas baldosas que dan color en medio de la monotonía grisácea de cada vereda, esas que recuerdan desde el lugar mismo de donde fueron arrancados los detenidos, desaparecidos o asesinados. Fue el turno para la comunidad del colegio Mariano Acosta de pleno corazón porteño. Allí estuvimos para contártelo.

El lunes 14 de mayo pasado la organización “Barrios por la memoria y la justicia” dejó una nueva huella en el camino que transitan por mantener vivos a aquellos hombres y mujeres, jóvenes también, desaparecidos por el terrorismo de Estado de la última dictadura. Se trata de un grupo de vecinos que se juntan semanalmente en representación de cada uno de sus barrios. Se reúnen después de sus trabajos, laburan apoyados en un compañerismo sentido y se manejan a pulmón. Su tarea y objetivo es colocar baldosas a lo largo y ancho de todala Capital Federal en aquellos lugares específicos donde fueron secuestradas, para luego ser asesinadas, personas durante la década del ´70. En este caso fue el turno de la  Escuela Normal Superior N°2 Mariano Acosta, uno de los establecimientos educacionales que más víctimas tiene en manos de la A.A.A. y los militares. 35 jóvenes, cada uno con su nombre, hoy son parte de las veredas del lugar que los vio estudiar, militar y crecer.

Nora es una de las integrantes del grupo de Balvanera, junto con sus compañeros nos explicaron la importancia de su trabajo. Ellos mismos diseñan y consiguen los materiales para hacer las baldosas, tienen un objetivo y una razón muy claros: “Tratamos de salirnos del concepto global de treinta mil desaparecidos. Entendemos que cada uno de esos miles era una persona, con sus nombres y con sus historias. Nosotros reconstruimos esas historias, identificándolos, conociendo sus apodos. La baldosa es poner nuevamente en la calle, presentes y caminando, a todos los compañeros que durante o antes de la dictadura fueron secuestrados y desaparecidos. Volver a tener en la Ciudad sus pasos, para que la memoria esté fresca, quienes pasen los van a ver ahí.”

El acto se reprodujo en las puertas del Mariano Acosta, los oradores se repartieron entre profesores actuales y autoridades. Los saludos y las adhesiones llegaban desde todas las organizaciones de derechos humanos, incluso varias Madres de Línea Fundadora se acercaron en persona a presenciarlo, entre ellas Nora Cortiñas. Luego llegó la hora de los integrantes del Centro de Estudiantes quienes dijeron estar orgullosos por el crecimiento de su escuela y aseguraron que la mejor forma de reivindicar a los desaparecidos es a través de la lucha activa: pedir becas, mejoras edilicias, inaugurar nuevos espacios.

Por último fue el turno de las palabras de un ex compañero de algunas de las víctimas: “Muchas veces nos preguntábamos qué pasaría el día de mañana, qué dirán los chicos de seis años que vengan a cursar a la escuela y encuentren las baldosas con los nombres de nuestros queridos compañeros. Sabrán que fueron quienes lucharon por la educación publica, conviviendo con el terror y la ignorancia de aquellos tiempos, que lucharon para que de este colegio hayan podido salir grandes maestros y profesores comprometidos con la enseñanza”.

 

«Hicieron desaparecer el cuerpo»

La voz de una jueza que sacaron de la causa lo dice todo: habla de la desaparición, habla del río, habla de la Policía y, sobre todo, habla de Daniel Solano, un aborigen que nadie encuentra en Choele Choel. Por ahora, una sola pregunta de fondo: ¿dónde está?

Daniel Solano era aborigen, de la comunidad guaraní Misión Cherenta en Tartagal, Salta. “Un ejemplo de persona, responsable… Se lo decían hasta los patrones”, convence Sara García, amiga. “Como había escasez de trabajo y a él le había gustado ir a Río Negro los dos años anteriores a la poda y cosecha de manzanas, volvió”, cuenta.

Fue a Choel Choel, con más o menos 60 compañeros, desde su provincia natal. Ante cada frontera provincial, la empresa los hacía pasar como turistas, en vez de obreros, ante la Policía. Agrocosecha fue la empresa que los contrató, tercerizando trabajo para Expo Fruit, una multinacional que está en Lamarque. Le prometieron “1800 pesos mensuales”, nos dice Sergio Heredia, el abogado de la familia, también denunciante de Sergio Shocklender. Pero en el contrato, había una cláusula extraña.

El 4 de noviembre fue a cobrar su primer sueldo. Le dieron 876 pesos. “Eso multiplicado por 400 trabajadores…”, nos interpela el abogado. Y no le convenció. Daniel se reunió con otros trabajadores para ver si hacían un paro el domingo en repudio de la estafa. “Siempre había habido engaños, pero esta vez fue el más vil… no solo con él, con todos. Siempre había sido así, pero como él era un chico de conformidad, no había pasado nada”, explica Sara.

-¿Era como un líder del grupo?

-Nunca quiso ser líder de nada ni de nadie. Se lo habían propuesto… Ser puntero de un grupo de gente. Él no quiso para no tener problemas con los compañeros. Nunca le interesó ser más que otro ni cobrar más si trabajaba lo mismo. Uno de los compañeros, que está acusado, lo invitó a bailar. Él no quería, pero lo convencieron. Ahí se involucra la Policía y todo eso. Son ellos los que lo desaparecieron a Daniel. Fueron los últimos en tenerlo con vida.

La historia oficial dice que fue a bailar a un boliche adonde había ido con veinte compañeros más. De ahí lo sacaron tres policías a los veinte minutos de ingresar por hacer lío. Marisa Bosco, la primera jueza, les dijo a testigos que Solano había sido visto en la terminal, yéndose para Neuquén por voluntad propia.

Hoy está sometida a juicio político e inhibida de la causa.

Heredia: “La comunidad me pidió que viniera a investigar. Me instalé y di vuelta todo eso. Hay 22 policías imputados, más encubridores como compañeros de él y testigos falsos. Va a haber más de 40. Una barbaridad impensable fuera de un juicio de Derechos Humanos”.

Uno de los que sacó a Solano era el propio investigador designado por la justicia.

En el boliche no había tres policías, sino siete.

La cláusula dice que si un trabajador tiene problemas con la Policía, será despedido. “Todo se trató de un plan empresarial para contratar a estos policías para darle una paliza para echarlo. Entonces es fácil darse cuenta que ahí hay trata de personas. Por eso hicieron desaparecer el cuerpo. Lo estamos buscando en el río porque los perros olieron que ahí se tiró el cuerpo, pero ya pasaron seis meses. Pero ese lugar ya había sido rastrillado por los que están imputados. Acá hubo todo un encubrimiento empresarial, policial y judicial. Tuve que conseguir 150 testigos que me dijeron qué había pasado: cómo lo sacaron, cómo lo golpearon, cómo lo subieron al auto, a qué auto, cómo le sacaron las zapatillas. Hoy estamos esperando la última prueba que es el entrecruzamiento de llamadas de su teléfono post-asesinato porque estos tontos lo siguieron usando cambiándole el chip”, sigue Heredia.

-¿Quién está haciendo ese entrecruzamiento?

-La Policía de Santa Rosa, La Pampa.

-¿Confían en ellos?

-Y si n… -se interrumpe-. Es que es tanta la presión de la gente y el apoyo del gobierno… porque acá hubo un cambio de gobierno. Solano desapareció cuando había un gobierno desde hacía 25 años. El 10 de diciembre cambió y empezó a ver este caso como un emblema de esta impunidad policial, asique estamos muy satisfechos. Yo pedí tres sumariantes, porque no se habían hecho, y vinieron. Hace minutos acaba de venir a comer con nosotros la defensora del Pueblo de Río Negro. Es un caso bisagra. Lo que falta es encontrar el cuerpo.

Los buzos lo buscan. La familia mientras tanto, acampa frente a la fiscalía y hace huelga de hambre hasta que haya detenidos y lleguen los entrecruzamientos. El hermano y el padre se tuvieron que internar, por problemas de glucosa e hipotermia, respectivamente. Estamos hablando de una corporación. No es lo mismo un día nuestro que un día de ellos.

Ni la policía ni nadie demostró lo que te estoy diciendo: Nosotros, y en cinco meses. Sin esta investigación, hubiera salido que mataron a un negrito de Tartagal. Hoy está claro que la Policía y la justicia están encubriendo a la empresa.

Nos siguen pegando abajo

Que quede claro: insecticidas, herbicidas, fungicidas no distinguen entre humanos y soja. Mucho menos, si a estos los tiran desde una avioneta. Por eso, en el barrio Intuzaingó Anexo de Córdoba, aparecieron 200 casos de cáncer en 5 mil habitantes. Aquí, una cara más del riesgo que significa anteponer un modelo económico por sobre la calidad de vida de la gente. Aquí, una vez más, el juego macabro de Monsanto, Roundup y los gobiernos.

La primera avioneta o máquina mosquito pulverizó en 1996, cuando la Comisión Nacional Asesora de Biotecnología Agropecuaria (Conabia) permitió la introducción de la soja transgénica de Monsanto, Roundup Ready, que resiste los plaguicidas que empezó a recibir el suelo. Ya no hizo falta pagar un sueldo a quien separara las malezas de la soja. Se pudo sembrar directamente encima. La Ex-Secretaría de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentación esa introducción sin estudios de impacto ambiental independientes, consulta pública, discusión parlamentaria ni legislación.
Insecticidas, herbicidas, fungicidas no distinguen entre humanos y soja. Tampoco distinguieron dos de los productores sojeros y uno de los pilotos que están siendo juzgados por pulverizar con agroquímicos como endosulfán y glifosato en el barrio Ituzaingó Anexo, Córdoba. El biólogo Raúl Montenegro, Premio Nóbel Alternativo, Presidente de Fundación para la Defensa del Ambiente y Profesor Titular de Biología Evolutiva en la Universidad Nacional de Córdoba, nos explica: “El sistema de plaguicidas de Ituzaingó Anexo no es una excepción, es una muestra de lo que pasa en mera parte del país. Sí hubo una fuerte protesta que mantuvo el tema a la vista. Sin embargo, ese barrio no es un lugar donde la enfermedad y la muerte pueda ser solamente atribuida a los plaguicidas”.
Por derivación, o sea directamente de la pulverización, por el viento, por inhalación, por la piel en contacto con la tierra, por depositarse en napas subterráneas o tanques de donde después el agua es consumida, o a través de la placenta de una mujer embarazada al feto o lactancia, muchos sedimentos terminaron circulando en cuerpos humanos. Las Madres de Ituzaingó descubrieron 200 casos de cáncer entre 5 mil habitantes. El Ministerio de Salud de la Nación lo confirmó. El 33 por ciento de las muertes en ese barrio se debe a tumores. “Muchos plaguicidas rompen el sistema hormonal, lo que desencadena en un número muy grande de enfermedades”, expone Montenegro, pero también pone paños fríos a las simplificaciones: “Hay, en Ituzaingó, dos metales, cromo y plomo, y un metaloide, arsénico, que también son contaminantes naturales del suelo y los tanques de agua. De arsénico hay 44 partes por millón en tanques de agua, cuando lo máximo que permite el código alimentario es 0,05. Los factores de riesgo no son sólo los plaguicidas. Sí es un problema su uso indiscriminado y masivo, tanto en Ituzaingó Anexo, como en una línea del ferrocarril de Buenos Aires, un barrio urbano o zonas estrictamente rurales. Obviamente el mayor impacto se da donde haya coexistencia de viviendas y lugares dedicados a agricultura industrial porque la aplicación es intensa y permanente”.
Otra avioneta pasó por Ituzaingó y sumó sus tóxicos a los que ya había en el suelo. Y otra. Y miles de otras. Y otras más que siguen hoy, pero en zonas limitadas porque en febrero de 2008, el fiscal Carlos Matheu ordenó estudios que encontraron endosulfán y glifosato en patios de viviendas. El 30 de diciembre siguiente, la justicia cordobesa prohibió las fumigaciones terrestres a menos de 500 metros de zonas urbanas y 1500 si la aspersión es por avioneta.
Naturalmente, aparecieron también nuevas malezas. Empresarialmente, se multiplicaron entonces las avionetas. Montenegro: “Cualquier organismo vivo puede, por la derivación genética, comenzar a resistir a los herbicidas. La respuesta que dan los pulverizadores es aumentar las dosis. Mientras tanto, quedan plaguicidas en suelos por décadas. Cada año, cuando se empieza a pulverizar, no se empieza de cero, sino que se suma a lo de otras temporadas”.
Hay múltiples proyectos de leyes nacionales para prohibir su aplicación que duermen en distintos cajones. Montenegro establecer franjas para evitar su aplicación. La soja transgénica, esta que resiste a los herbicidas y permite la posterior siembra directa, ocupa más del 50 por ciento de la superficie agrícola del país. Hoy, con suerte, están desapareciendo los de aquella primera avioneta de 1996.

Instantes y momentos

Por Lourdes Landeira
I
Hay un instante.
El preciso instante en que el sol ocupa el lugar más alto. Entonces, la laguna,  justo a mis pies, se ilumina por completo en la vastedad de su universo.
Lo veo.
Sin embargo, el escarabajo que arrastra una hoja robada al pasto, me distrae y, cuando vuelvo a mirar, ya se divisa un pequeño espacio de sombra.
¿Alguien más lo vio? ¿Volveré  a verlo?
Ese momento de plena claridad es también, dicen los que dicen saber, el más dañino. Y por eso hay que protegerse.
Los  cuerpos a mi alrededor se cubren bajo un ala de sombra artificial, bajo una pared que los aúna.
Comparten el bloqueador de rayos y ríen.
Yo no me muevo, no hago más que contemplar el escarabajo y  la laguna; ahora ya es sombra pareja y lo será por varias horas más.
Hasta que salga el sol. Y la invada y la altere y la vuelva a dejar, como otra.
Ya no hay nadie cerca.
La sombra es tan irresistible como la luz.
 
II
 
Hay momentos.
Múltiples, únicos y repetidos.
Se encadenarán entre ramas sueltas, hojas perdidas al viento, insectos y risas, lágrimas y amores.
Algunos se fundirán en acuarela mientras otros, por leves o por irresistibles, desaparecerán en blanco o negro, sin dejar de ser.
Habré de atravesarlos, a todos. Y dejarme teñir, con o sin protector.
Sólo para poder estar ahí, en ese instante.  Cuando la humedad de la laguna arrasa y devora la aridez del desierto y la soledad.
Entonces, trataré de ver mi arcoiris.

La utopía del poder general de contención del sueño

Elegir sobre qué escribir. Elegir sobre qué se va a leer. El tema del día. De la semana. Qué sencillez rondaría las noches de cada uno si pudiésemos elegir qué soñar, qué recuerdos traer a la mente, deshacernos en tranquilidad para descansar como en realidad lo necesitamos. Vicios modernos, acabados. Farmacéuticas enteras perdidas en su catástrofe, nunca imaginada, del poder general de contención del sueño.
Nos queda pendiente, irresuelto, postergado el asunto del sueño, quizás quede esperando uno de esos deseos que sabemos que solo se pueden cumplir, indefectiblemente. Pero mientras, las historias del día pasan, así como las historia de la vida. Más rápido, menos. Potentes, o silbando bien bajo. Pasan. Y ahí aparece la cuestión de elegir. Cómo, dónde y cuándo. Elegir sobre qué escribir siempre va a plantear elegir sobre qué no escribir, y siempre que aparezca una preferencia sistematizada, entenderemos que no todas las historias tienen una voz que las cuenten.
Los temas pasan, la gente queda. La cuestión nacional del retorno de YPF al Estado argentino colmó en las últimas semanas hasta cada recóndito agujero, con todas esas palabras que tienen las voces de hegemonía mediática actual tan efectivas en su labor. Ya Pagina 12 puede titular con el textual de Cristina Kirchner: «Lo que es agraviante es depredar los recursos naturales», y que parezca pisado Famatina. Ya Jorge Lanata puede desenmascarar una red twitera K falsa  como si se tratara de un hallazgo clave, con tal de pasar a otro tema.
Y así, sin mayor complejidad analítica, aparecemos nosotros, los que formamos el espacio de comunicación Nos. Los que elegimos sobre qué escribir y sobre qué hablar, esos mismos que aún soñamos algún día poder elegir qué soñar de noche.

La soja desalojada

El periodista Darío Aranda leyó un día que llamar tierra al territorio es vaciarlo de su cultura y de sus costumbres. También aprendió que para llenar los campos del grano que más se exporta en Argentina y que más destruye el suelo, había que sacar a los aborígenes de sus lugares. Variadas, violentas y con muertes: las formas de echar a alguien de su espacio son muchas con tal de seguir plantando.
No sé si Darío Aranda será del 60 por ciento de los argentinos con antecedentes indígenas, pero desde que trabaja junto a comunidades campesinas e indigenas en talleres de periodismo y comunicación social, seguro que le indigna cómo el “modelo económico extractivo” perjudica a las poblaciones rurales.
Sabe que la Constitución, en su artículo 75, inciso 17, reconoce la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas, garantiza el respeto a su identidad y el derecho a una educación bilingüe e intercultural, reconoce la posesión y propiedad comunitarias de las tierras que tradicionalmente ocupan y asegura la participación en la gestión refeida a sus recursos naturales y a los intereses que los afecten.
Sabe que el modelo sojero, no.
Leyó un día que llamar tierra al territorio es quitarle la carga de costumbres, cultura e historia para dejarle solo la consideración de “bien económico”.
Y entendió.
Esos suelos ricos en gas, en petróleo, en tierra fértil, son el piso de comunidades pobres. Eran. La falta de trabajo remunerado, los contaminantes, las represiones, las golpizas, la insalubridad de las viviendas, la falta de agua potable domiciliaria, de cloacas, de gas, el analfabetismo, los asesinatos, el genocidio los deshabitan.
Los relevamientos catastrales que ordenan leyes como la 26.160, de “Reparación Histórica”, que suspendía los desalojos y comprometía al Estado a hacer un relevamiento catastral para entregar la tenencia definitiva a las poblaciones que ocuparon tierras ancestralmente. Suspendido está el acatamiento de esa ley, que tres años después de sancionada necesitó prorrogar el plazo de estudios por 4 años más, hasta 2013.
¿Qué hay con la soja?
En Argentina Originaria. Genocidios, saqueos y resistencias, Darío Aranda lo investigó y lo relacionó con esta continuidad de lo que llama genocidio. “Las elites del agro lo promocionan como un modelo muy desarrollado y eficiente, sin embargo la otra cara de esta forma de producir es la represión para desalojar campesinos e indígenas, una gran contaminación del medio ambiente, la alta degradación de los suelos, alta dependencia externa por los insumos, y una gran deuda social ya que la producción de alimentos para los argentinos queda relegada y se prioriza la exportación, logrando una escasa distribución de los ingresos”, le dijeron en el Movimiento Nacional Campesino Indígena que, luego de desalojos, practica las “retomas”, ahora sí, como reparación histórica.
En el país, desde 1970 a 2007, la cosecha de soja creció en toneladas anueles, de 27.000a 43.000.000.
En Salta, los Guaraní, Wichi, Kolla, Qom y Chané sufren el robo de territorios. No más montes, todo es soja. Dice la propia Secretaría de Medio Ambiente de la Nación en su “Inventario Nacional de Bosques Nativos que” que en esa provincia dejaron de existir 414.934 hectáreas entre 2002 y 2006. Se duplicó el desmonte respecto del mismo período de años anterior.
Poca cosa. En Santiago del Estero, se demontaron 515.228 hectáreas en cuatro años.
¿Será por eso que el Movimiento Campesino de Santiago del Estero defiende a los indígenas y campesinos ante las denuncias de usurpación de propiedad privada, resistencia a la autoridad, desobediencia, daños y hurto forestal? Los argumentos sobran: balazo de escopeta para Cristian Ferreyra por resistir un desalojo de su propia tierra, ahí a 60 kilómetros del Monte Quemado. Llevaba dos años denunciando el acoso de empresarios sojeros. Habían cerrado caminos vecinales, amenazado a chicos y matado animales.
Darío Aranda supo recolectar otros casos de violencia:
-El 21 de julio de 2010, hombres armados ingresaron a tierras campesinas del paraje Agua Amarga (en el norte provincial) y golpearon a familias campesinas. La Policía dejó libre a los agresores y detuvo a las víctimas.
-En agosto de 2010, en el paraje santiagueño de Pozo del Castaño, guardias privados armados amenazaron a familias rurales y dispararon frente a la escuela de la comunidad. La policía no tomó la denuncia de las familias del Mocase.
-El 22 de octubre de 2010 la comunidad mapuche Enrique Sepúlveda sufrió el incendio de una vivienda y balearon a su lonko, Abelardo Sepúlveda. La comunidad habita desde inicios del siglo pasado en el paraje Buenos Aires Chico (Chubut). Cuatro días después, en la localidad Tecka, la policía hirió al mapuche Gustavo Pallalef. No se detuvo a los agresores.
-En noviembre de 2010, campesinos santiagueños cortaron la ruta 34 durante un mes. Exigieron una ley que frene los desalojos y pidieron detener la represión que padecen en el campo. También, que se ponga en marcha el acuerdo firmado con el gobierno provincial (luego de dos años de diálogo) y firmado el 15 de julio. El Gobernador se había comprometido a solucionar casos urgentes de conflictos por tierras. El Mocase denunció que nada se cumplió.
-En Pampa del Indio, Chaco, la comunidad qom Adriani-Berdún habita el mismo lugar desde hace cincuenta años, pero la acusan de “usurpadora”. El 30 de marzo de 2011 fueron desalojados, reprimidos, destruida parte de su humilde vivienda y encarcelados.
-El Observatorio de Derechos Humanos de Pueblos Indígenas (Odhpi) alertó que sólo en Neuquén hay al menos 250 mapuches imputados por defender el territorio. El Mocase contabilizó “al menos 500 procesados”.
-El referente del Mocase-VC Ricardo Cuellar fue detenido e incomunicado el 2 de agosto. Estuvo una semana en prisión. El delito fue negarse a dejar la tierra donde nació. El 10 de septiembre atacaron con bombas molotov la radio FM Paj Sachama del Mocase.
-El martes 8 de noviembre último dispararon contra el hijo y el nieto de Félix Diaz, referentes qom de Formosa.
-Dos niños guaraníes, de 3 y 7 años, fueron atacados a balazos cuando se refrescaban en un arroyo dentro del territorio de la comunidad Ysyry, localidad de Colonia Delicia, Misiones. Fue el viernes 4 de noviembre y se enmarca en una avanzada de empresarios forestales sobre la comunidad guaraní.
-Campesinos de la comunidad La Verde (departamento mendocino de San Martín) se enfrentaron el lunes pasado con empleados de la empresa coreana Nuevo Cosmos, que pretende instalarse en tierras comunitarias. Los campesinos, junto con la Unión de Trabajadores Rurales Sin Tierra (UST), fueron atacados por el personal de la empresa.
Costos que no son contabilizados en los debates sobre el modelo, recordaría Miguel Teubal, coautor de Democracia y neoliberalismo en el campo argentino. Una convivencia difícil.
Probablemente, mientras conductores de radio van al baño, alguien te deje resonando “Bunge, Cargill, Monsanto, DuPont… “ y nadie te cuente, ni siquiera en mil palabras por segundo que mientras crece la soja de siembra directa, gracias a los agrotóxicos y las semillas transgénicas, las familias campesinas van siendo arrinconadas y privadas de agua. Ni que esas pooles de siembra sí comparten los venenos que matan todas las malezas y nutrientes que la soja no precisa, y contamina poblaciones cercanas.
Tampoco deben decir lo mismo que Norma Giarraca, docente de sociología del Instituto Gino Germani: “Los inversores llegaron y contrataron guardas privadas de seguridad para expulsar los campesinos. El movimiento indígena fue tratado de la misma forma. Los productores de soja llegaron acompañados de guardias de seguridad, la policía provincial e incluso algunos funcionarios judiciales (el sistema judicial argentino es una vergüenza, sobre todo en Salta y Santiago del Estero). Deshicieron las comunidades, destrozaron sus tierras sagradas, sus cementerios y sus escuelas”.
Ni recordará la tanda publicitaria que el alud de tierra, agua y troncos en Tartagal, que mató a dos personas y destrozó un pueblo en 2009, había sido advertido posible la Universidad Nacional de Salta, por la fragilidad del ambiente ante el desmonte para cultivar soja. “Cuesta decirlo. Son empresas con mucho poder, que decidenla vida del lugar”, le dijo Alfredo Molina, de la Comunidad Guaraní Cherenta a Aranda. La Defensoría del Pueblo de la Nación sí: “El modelo económico impuesto supone la sustitución de bosques centenarios de alta complejidad biológica, cuyo aprovechamiento bien planificado puede alcanzar altos niveles de sostenibilidad, pormonocultivos anuales de estructura simple que, en el mejor de los casos, provocan el agotamiento del suelo entre cinco y cincuenta años dando paso a un desierto yermo”.
Las formas de desalojo sojero son variadas e incluyen la muerte.

Ghettos

Africanos, negros, árabes, argelinos, tunecinos: magrebíes. La marginalidad pisa fuerte en una París de la que nadie habla: una en la que hay desde 34 mil casos por año de mujeres a las que les quitan el clítoris hasta armas de la ex Unión Soviética que circulan comúnmente. Desde Francia, un recorrido por la París del tercer mundo

Enviado especial a París

Tan sólo hace falta alejarse diez estaciones de la iglesia más literaria de la historia para llegar a los olores: mugre, transpiración, frito, tabaco, kebab, shawarma, hashís y pis.

Pis y, sobre todo, caca.

Son apenas veinte cuadras, pero incluso ahí, donde todo parece terminarse, el metro (conocido para los sudacas como subte) tiene una frecuencia armada para no caminar más de doscientos metros. Algo parecido al resto de la ciudad.

En un lugar que no es el resto de la ciudad.

Porque ahí, ahí donde nadie lo esperaba, veinte policías vestidos de Robocops, con armas que usaban los soldados norteamericanos para mutilar Bagdad, con trajes de combate de guerra, te avisan que estás entrando a la estación Barbès-Rochechouart donde la París elegante, la de la Torre de Eiffel, la del arco del Triunfo, la de los jardines, la de los palacios, la de la sombra de Napoelón, la del pensamiento de Voltaire y de Rosseau, la de la voz bonita de Edith Piaf, la de las plumas de Ernest Hemingway y de Scott Fitgerald, y la que le dio luz a la obra de Pablo Picasso, se termina.

Y arranca el preciso lugar donde la libertad, la igualdad y la fraternidad se van a la puta que lo parió. Nace lo que está asfixiado por debajo de la alfombra. Y comienza la pregunta: ¿qué de todo esto es el primer mundo?

Africanos, negros, árabes, argelinos, tunecinos: o, como también se los denomina por haber venido de la región del norte de África, magrebíes. Hombres y mujeres que, a diez cuadras de Notre Dam –la iglesia en la que se inspiró el escritor Víctor Hugo para escribir El Jorobado de Notre Dame, la historia de amor entre un deforme y una bonita, que Disney llevó al cine-, viven sin que nadie los imagine. Incluso llevando más de tres generaciones en París, a donde llegaron por los procesos de invasiones que hicieron los mismos franceses hacia África en otras épocas.

“Preparate porque acá hasta al más poronga de la villa 1-11-14 entra, se hace pis y pide por la mamá”, dice un amigo argentino que vive ahí, mientras nos preparamos para bajar de ese metro en el que hay militares, negros y dos sudacas. O sea: todos los demás, él y yo.

Una escalera mecánica en la que viajan hasta tres personas por escalón hace las veces de una manga por la que saldría un equipo de fútbol. El suspenso es el mismo: se escuchan gritos y hay un murmullo inacabable, pero nadie sabe qué pasa en el campo de juego. Y el misterio rompe con su propia lógica: en vez de achicarse, se agranda. Porque en cuanto avanzan los escalones latosos, comienzan a aparecer de las ventanas que rodean la estación una suma importante de brazos. Brazos sin caras. Brazos que se mueven ofreciendo cosas. Intentando tocarte.

“Tres euros, cuatro euros, cinco euros”, dicen, en francés, una cantidad de voces que se confunden. Los brazos ya no son la escenografía de una película de terror, sino que encuentran su razón en el mundo. Es que entre los nudillos de cada mano se sostienen cajas de Marlboro, de Camel y de cigarros con marcas que tienen sus nombres escritos en letras que parecen ser de la India. Pero no se trata de un drugstore tabaquero. Inexplicablemente, en una cuestión de segundos, en el final de la escalera, surge algo que nadie imaginaría para ese lugar: un bombardeo de palabras suenan en infinitos idiomas que lo único que ofrecen son cigarrillos, tarjetas de teléfonos y hashís –una variante del cannabis, bastante más nociva para la salud-.

Sí, definitivamente. Es algo pocas veces visto: la bienvenida a la París del tercer mundo.

Son muchas las ciudades de Europa que tienen un orden demográfico distinto a Buenos Aires y a otras grandes ciudades de Latinoamérica. En muchas, el sur es donde se acomodan los más ricos y el norte donde viven los pobres. París es una de ellas y es en su parte boreal donde comienza a existir la París del tercer mundo. El lugar donde viven los musulmanes. El planeta interno donde duermen aquellos se dedican a ser la mano de obra parisina. El espacio donde los edificios ya no responden a las categorías preciosas de la arquitectura francesa, y las casas se parecen mucho a los monoblocks de Lugano o a los barrios Fonavi que aparecen en todo Argentina.

Un recorte que la literatura graffitera decidió llamar Ghettos, que arrancan desde la estación Barbès-Rochechouart hasta la zona del Gran París, por fuera de la ciudad.

Salir de esa estación significa decir «no, gracias y perdón» un centenar de veces. Es escuchar en cada vendedor que se te acerca el: “Argentino, Messi, cigarrillos”. Es alejarse de un amontonamiento de cajas de las que salen cantidades de productos sin registro alguno. Es escapar de esa misma densidad que puede encontrarse en cualquier parada ferroviaria bonaerense. Es abrir bien grande los ojos y sentirte, al menos hasta que la memoria te lo recuerde, en los suburbios de una ciudad latinoamericana.

No es el mejor día para caminar por esas calles. Faltan apenas días para las elecciones presidenciales -que días después ganó el candidato socialista, Francois Hollande- y hace una semana el asfalto acusa fuertemente a este sector de la población, luego de que un chico entrara a una escuela y le volara la cabeza a cinco compañeros judíos. Tampoco es la mejor hora. Son las seis de la tarde, el sol comienza a esconderse en París, las luces de la ciudad no se prenden en esa zona y en las veredas sólo se ven hombres. Las mujeres musulmanas –quizás el eje más controversial de todo eso que se ve- ya no tienen derecho a posarse bajo el cielo: por obligación y por mandato deben estar en sus casas cuidando a sus hijos.

O cocinando.

O limpiando.

O haciendo cualquier cosa que no las junte con los hombres. Es decir: con los que tienen derecho a disfrutar ese momento.

Es raro. En ese pedazo de París, los esbozos de pobreza no son los que más asombran. La educación y la salud son una condición obligatoria, por lo que la marginalidad económica se le escapa a la demostración cotidiana. El Estado no se hace humo en eso. Aunque no puede resolver cómo y de qué manera reducir las paredes que separan, mientras el sol naranja y el cielo rosa se esconden por la espalda de la Torre de Eiffel, a una parte de las mujeres de la población que hacen un picnic en el Sena y otras se tengan que esconder en los suburbios de la ciudad.

En definitiva: cómo achicar las fracturas de una marginalidad cultural que divide a un sector que lee por amor a la intelectualidad y a otro que lee y estudia tan sólo para, algún día, escaparle al amor no elegido. Para armar una fuga con categoría que les permita evitar que sus padres las lleven un día de vacaciones a África y no las dejen volver por casarlas con sus tíos, sus primos, sus abuelos o, también, con ellos mismos. Para alejarse de ese destino de mierda en que alguien la hará pasar a las estadísticas de las 34 mil mujeres (en París y por año) que se quedan sin clítoris porque se los sacan para que no puedan sentir placer sexual.

Cada vez más lejos del centro, París se parece mucho menos a París. O, tal vez, se va volviendo cada vez más París. Porque ya todo es de piedra seca, porque ya no se ven vitreaux, ni edificios con cúpulas. Ya las calles carecen de semáforos, ya la policía no es policía sino que es militar y ya no hay vendedores de libros en las esquinas. Ya no.

Ya, ahora, las tierras son del barrio, del Ghetto y de bandadas de pibes que controlan cada manzana con los mismos códigos de Zé Pequeño en la película Ciudad de Dios.

“Te dije: acá se mea cualquiera. Vos entrás porque existen el fútbol, Messi, Maradona y tu cara de sudaca. Nada más”, me dice, de nuevo, mi amigo. Ya son las siete y en la calle ya no quedan ni mujeres ni hombres. Quedan los que mandan en el Ghetto. Quedan un conjunto de pibes que –según cuenta uno de ellos- pueden hacer que todo se dé vuelta en dos segundos. Que, si hace falta, pueden sacar sus Kalashnikov –un fusil de asalto muy común en la Unión Soviética y que, tras la caída del Muro del Berlín, se vendieron baratos e ilegalmente por todo Europa- y romper todo.

Los pibes pisan el centro de París solamente, y si hace falta, para robar. Ya no van a la Universidad, un poco por la falta de incentivación y otro poco por la discriminación que sienten de parte del parisino común. Un racismo que existió desde siempre, pero que se potenció en 2006, cuando los pibes de los Ghettos bajaron al centro de la ciudad para incendiar autos y generar disturbios. Desde esos días, algunas organizaciones políticas dispusieron una cantidad de negociantes (algo así como un “puntero” acá) para que los calmara constantemente, para que dieran vía libre de circulación a drogas y para que las aguas se mantuvieran calmas.

Turbiamente calmas.

Porque, con la crisis económica, la vida en los Ghettos cada día encuentra más y más densidades. Toman un clima que promete lluvias. Prometen –tal como lo anuncia un pibe de ahí que protesta vía el rap- que algún día se van a cansar y van a salir a dar vuelta todo.

Tan sólo hace falta viajar diez estaciones para volver a la iglesia más literaria de la historia. Para recuperar el aroma a perfume y para volver a la París de la que todos siempre cuentan. Para volver a pararse por encima de esa alfombra que señala fuerte con los dedos, pero que por debajo empieza a tener más y más grietas. Para escuchar que mi amigo, un argentino devenido en parisino, me lo diga con tono más porteño de todos: “¿Primer mundo? Primer mundo: las pelotas”.

Las dos carreteras de Bolivia

Hablamos con dos de los máximos representantes indígenas de Bolivia sobre el conflicto del TIPNIS y de la construcción de su carretera. Uno apoya a Evo y el otro, no. Ambos tienen buenos argumentos y utilizan diferentes lógicas. Ven el problema con distintos ojos. Reflejan, al cabo, lo que pasa en toda América: un continente hecho de luchas que, de tan lindo y multifacético, muchas veces confunde y siempre interroga.
América es muchas cosas y, entre todas esas muchas, es una tierra de lucha(s). Por eso es linda, y porque es linda es multifacética, y porque es multifacética es difícil de entender. Fue el ayllú y porque fue el ayllu,hoy es la milpa. Es lo que florece en la selva, lo que se siembra en el campo. Es la ciudad que se yergue en el Altiplano, es la Amazonía y es la Patagonia. Son varios continentes en uno, interconectados en un sinfín de nudos y músicas, cada uno con un sabor particular. Y a esos sabores no hay porquéintentarlos descifrar. En este inmenso jardín de senderos que se bifurcan, el secreto es degustar. Oler, preguntar y observar. Aguzar el oído. Son tantos los estímulos, tierra pasional y combativa, polvo que se levanta, que solamente haciendo eso uno podrá sumergirse en sus aguas. Que siempre serán un remolino. Caótico, incompleto, impreciso. Un cuaderno inacabado, con un montón de lápices al lado, en el que quedan muchas hojas para escribir.
Bolivia es América. Y por eso, son muchos países en uno. Muchos conflictos, muchas realidades. Una de ellas, una de tantas, pasa en el Territorio Indígena y Parque Nacional IsiboroSecuré, el TIPNIS. Es un área protegida, muy extensa, que queda en la parte oriental del país, en la parte que no sufre mal de altura, en la que en vez de montañas con plata y mineros hay sapos, orquídeas , mariposas y loros. Cerca de donde murió el Che. Allí, el gobierno de Evo Morales intenta, desde hace tiempo, infructuosamente, construir una carretera, una especie de trasamazónica del siglo 21, que llegue a Brasil y que abra al país, un país sin mar, al mundo. Se le oponen, al proyecto del presidente indígena, un grupo de indígenas. Ya van por su novena marcha. Viven allí, dicen que la ruta les va a traer muchos problemas. Que va arruinar el medio ambiente, que los dejará sin recursos, sin sus casas. Es un poco lo que pasa con la minería, con el desmonte, con las construcciones. Es, con muchísimos matices diferentes en cada lugar, el Progreso por un lado y los Usos y Costumbres por el otro. Empleo. Vida ancestral. Revindicaciones. Mercado. Protesta. Cortes. Integración regional…
Es America, decíamos. Es el continente de nubes bajas, en el que la niebla difumina también el contorno y significado de las palabras.
¿Cómo entender el conflicto del TIPNIS? Otra vez: degustando, palpando, oliendo. Leyendo. Hablando, por ejemplo, con dos de los máximos exponentes del conflicto, dos que salen todos los días en tapas de diarios, que aparecen por mil en Google. NosDigital lo hizo: se comunicó con Gumersindo Pradel , presidente de la CONISUR (Consejo indígena del Sur) y con Adolfo Chávez, que tiene el mismo cargo en la CIDOB (Confederación de pueblos Indígenas de Bolivia). El primero está a favor de la construcción de la ruta, y por eso a favor de Evo. El segundo, en contra y por eso en contra. ¿Es tan sencillo como eso? Bienvenidos a Bolivia. Bienvenidos, otra vez, a América.
GUMERSINDO PRADEL
La entrevista se realizó por teléfono. Fue breve, porque al dirigente lo había picado un insecto y estaba convaleciente. Dejó los siguientes conceptos:
“Aquí, en el TIPNIS, no hay tanto conflicto. Lo que pasa es que no hay entendimiento. Muchos de los que protestan no son del TIPNIS, ellos se oponen a la ley de consulta y al proyecto de comunidades, son del altiplano, de La Paz. Esos dirigentes vienen queriendo confundir, ellos viven en la ciudad, nada necesitan. Nosotros somos los dueños del territorio. Luchamos también, porque no tenemos buena salud, no tenemos educación, esos son nuestros motivos de lucha, trabajar en igualdad. Ellos son manejados políticamente, tienen intereses personales. Nosotros, en cambio, reclamamos, sí, pero por nuestros derechos”.
“En el TIPNIS viven 64 comunidades indígenas. De esas, 49 están a favor de la consulta. Ahí apuntamos. No nos convoca la marcha, pero sí vamos a defender lo conseguido”.
“Estamos a favor de la construcción de la ruta, decimos sí a la construcción porque decimos sí al progreso. Seguimos apoyando a Evo, ningún gobierno se acordó de nosotros, ellos sólo querían para ellos. ¿Y nosotros? Por eso yo peleo por el TIPNIS, porque aquí vivimos una lástima. La gente sufre mucho, los pican los insectos y mueren, es muy difícil entender cómo se vive aquí, los pocos recursos que hay. Por eso, desde la CONISUR, decimos: sí a la consulta y sí al progreso”.
ADOLFO CHÁVEZ
Atendió el teléfono mientras encabezaba la novena marcha de la CIDOB. De fondo, se escuchaba el andar de los indígenas. No había sido un gran día, porque los habitantes de un pueblito muy chiquito, llamado Fátima, de esos a los que los mochileros no van, no los habían dejado pasar. Habló, poco, hasta que se cortó la señal. Porque por los lugares que caminan no pasan los cables:
“El TIPNIS es un territorio indígena. Es un Parque Nacional y Área Protegida, es de todos los bolivianos. Somos una propiedad de derecho colectivo, no pueden construir una carretera así, sin consulta. Ellos, el Gobierno, ya pidieron un préstamo de financiamiento a un banco de Brasil. Y no nos dijeron nada”
“La octava marcha que hicimos derivó en la prohibición de la construcción. Pero ahora, con la Ley 222, quieren hacer una consulta previa, que está fuera del marco normativo, porque está fuera de tiempo ya. Así dice la Constitución de todos los bolivianos. Es como una ilegalidad jurídica”.
“Los del CONISUR son cocaleros, de allí viene el Presidente, ellos quieren la tierra para su coca. Nosotros queremos construir la carretera, pero por otro lado. No por el TIPNIS”.
“¿Qué va a pasar si construyen la carretera allí? Deforestación de bosque, extinción de fauna, nos van a quitar la tierra, el narco va a venir a sembrar coca, el narco se va a llevar a nuestros hijos…”
“Ahora ya no apoyamos a Evo. En su momento, estuvimos con él, pero ya no. ¿Si de esta acción puede surgir un nuevo líder político? Eso lo decidirá el pueblo boliviano.
¿Quién tiene razón? Muchos interrogantes. Muchas preguntas. Mucho por seguir investigando. Por tercera vez, y aunque sea una palabra de inicios y no de despedidas, bienvenidos. Fin.

El sommelier de la muerte

En la discusión sobre qué carajo hacer con nuestras vidas, caímos en la duda de qué hacer cuando se acaben. Empezamos a planear el futuro y caímos en una búsqueda precisa de nichos y de sarcófagos. Pero el destino lo encontramos donde menos lo esperábamos: velatorios online, la experiencia del futuro.
Ya lo dije, la muerte es empleo. No descubrimos nada: desde tiempos inmemoriales existen personas que ocupan su tiempo en distintas etapas del deceso de un ser humano, viven y trabajan de eso. Pero ésta es una experiencia capitalista. Digamos: lucrar con la muerte.
La mayoría de los servicios fúnebres en Capital se ofrecen entre Villa Crespo, Paternal y Chacarita. El cementerio de este barrio es el más grande del país, siendo ampliado en más de una oportunidad (muy antigua) por pestes y epidemias. Hoy sigue ampliándose, claro, la gente va a continuar muriéndose hasta el fin de los días, pero la diferencia entre el lugar, la forma, la estética tiene su precio.
Tanto las cenizas como los “restos” pueden quedar en Chacarita. El jardín se divide por filas, primera, segunda, tercera y hasta la sexta, y sus aranceles varían: no sé por qué las del medio son las mejores valuadas.
Luego hay “nichos para urnas de varios restos”, en caso de compartir. Con familiares o extraños (ay!). Los precios son parecidos, la diferencia, no sé.
Pero hay también variedad en cruces (eucarística o simple), que hacen a los monumentos de cada sepultura. O puede ser “lápida” o “tipo capilla”, a gusto del consumidor. El cementerio se reserva también una especie de “seguro” en caso de “reconstrucción o traslado de monumentos” y ¡también! por aquellas construcciones “no encuadradadas en los tipos descriptos precedentemente”. O sea, por cualquier inconveniente te cobran.
El servicio puede contratarse directo al cementerio o, generalmente, intermediando una empresa de servicios fúnebres. Ofrecen desde ese nicho y sus variedades hasta el remís que te lleva hasta el cementerio. La ambulancia, el ataúd, el traslado del ataúd, tu traslado hasta el ataúd. El trámite del registro civil y hasta opción de “retocar” el cuerpo (ay!).
Salas velatorias, ese lugar donde se vela al muerto por horas o hasta días, las hay más coquetas y menos, más cómodas y más ligeras, más cerca y más lejos de tu casa, o de Chacarita. Se cobra por horas, medio día, día. Y el horario se cumple a rajatabla: ¡la gente no para de morir!
Pero esto sigue. Todavía no hablamos del número final. Todo el circuito mortal se ofrece “tipo pack” en estas empresas fúnebres, teniendo una modalidad más estándar, y escalando en tarifas.
Comparando, alrededor de 4800 pesos sale el “nicho simple” + la ambulancia “para retirarlo” (sic el recepcionista de Servicios Fúnebres Guadalupe) + el ataúd + traslados e impuestos al cementerio. Si va a “nicho anual” los impuestos se pagan directo en Chacarita, sino el servicio de Gaudalupe incluye el compartido por cuatro años (andá a saber el número de fila). O puede ser la “cremación”, un poquito más barata porque no están las cuotas. Si además querés velarlo un tiempo, 900 pesos más.
Todavía, todavía no leíste lo mejor. La frutillita del postre. El más célebre servicio fúnebre de Rosario (así se proclama, no soy –todavía – un sommelier de la muerte) ofrece el VELATORIO ONLINE.
Sí.
“Con cámaras estratégicas ubicadas en la sala”, un pariente lejano puede llorar del otro lado del monitor. Y hasta emitir mensajes “privados” de condolencia a los familiares.
Todo esto es real, más real que la muerte: http://www.caramuto.com.ar/velatorioonline.html
Hemos llegado lejos. No sé si cobran por este velatorio online, no quiero saber.
Caramuto supera mis expectativas: en su página tiene un foro, y los registrados debaten sobre “Mi experiencia con la muerte”.
No hay chiste para esto, no hay chiste en esta nota.