Archivo por meses: marzo 2012

Crónicas de la vida misma

Los alumnos de un Bachillerato Popular de Constitución no pueden comenzar su año lectivo porque perdieron el espacio donde cursaban. Al introducirse en la historia, hablando con los protagonistas, reflexionando en cada implicancia; el periodista atravesará por distintas reflexiones individuales y colectivas al tomar una nota que aparentaba ser una más del montón. La vida parece ser así. Los extremos son difíciles de ser racionalizados, la conclusión es tuya.

 I.
Hasta el 23 de diciembre de 2011, en la sede de la FLA (Federación Libertaria Argentina), Brasil 1551 de la Ciudad de Buenos Aires, funcionaban un Bachillerato Popular y un merendero. También se daban clases de apoyo y diversos grupos de pensamiento anarquista se juntaban en la biblioteca y en sus salones. Ese día, a la tardecita, alguien, no se sabe quién cambió la cerradura del lugar y se atrincheró allí. Lo okupó. Nadie más pudo entrar.
Yo, de todas formas, no tenía idea de lo que estaba pasando.
II.
Me enteré el 16 de febrero, casi dos meses después de la toma, cuando, pasado lo más caluroso del verano, apareció un comunicado en un blog llamado Ciesol. Este es un fragmento:
Debido al cierre autoritario del local de la Federación Libertaria Argentina, la ELC se encuentra sin lugar donde funcionar y los estudiantes corren serio riesgo de perder el año lectivo. La solidaridad se puede ejercer:
–         – Comunicándose con los ocupantes autoritarios para “convencerlos” que depongan su actitud al (054) (011) 4305-0307 o fla2@radar.com.ar
–         – Comunicándonos algún dato sobre un espacio que se pueda utilizar en forma momentánea, hasta solucionar el conflicto.
–         – Aportando solidariamente ya que todos los útiles quedaron dentro del local: pizarrones, computadoras, etc.
–         – Aportándonos ideas para solucionar este conflicto.


La ELC es la Escuela Libre de Constitución, el Bachillerato. Cuenta con 20 estudiantes y más de 50 profesores y profesoras. Según ellos la describen, “funciona mediante asamblea de estudiantes y profesores, que trabajan mediante parejas y equipos pedagógicos y construyen una instancia de enseñanza-aprendizaje personalizada y asamblearia”. OK.
La pregunta, entonces, es: ¿quiénes son los “ocupantes autoritarios”?
Ese fue el interrogante que dio origen a esta nota, y, a la vez, el convencimiento de que en su respuesta había una interesante historia.
La seguridad en ello me llevó a investigar y, en Indymedia, encontré un documento fechado el 25 de diciembre y firmado por “nunca obediencia”. Su título es: “La FLA cae bajo la tiranía conservadora”. Dice más o menos lo mismo que el primer párrafo de esta historia, aunque con más precisiones:
 El viernes 23 de diciembre un grupo minoritario ocupó la Casa de los Libertarios de la Federación Libertaria Argentina, cambió la cerradura e impidió el paso de los que hacían sus actividades regulares. Ante el pedido de explicaciones, por toda respuesta pasaron un “documento” sin firma por debajo de la puerta, mal argumentado, donde “explicaban” las razones de la medida “que se vieron obligados a tomar”. 
El documento sin firma, pasado por debajo de la puerta, es el siguiente:
COMUNICADO DE CRUZ NEGRA ANARQUISTA (CNA) 
¡Acá estamos! 
Porque tenemos que estar. Apoyando la recuperación de un espacio para el movimiento Anarquista. 
Acá están en primer lugar los/as compañeros/as de la Federación Libertaria Argentina (FLA), y codo a codo nosotros. 
Contamos con la solidaridad activa e inclaudicable de lxs compañerxs de la Biblioteca Anarquista Mauricio Morales; de la Red de Apoyo a Freddy, Marcelo y Juan; de la Biblioteca Guliay-Polie de La Plata; de la Biblioteca Ghiraldo de Rosario; de la Sociedad de Resistencia de Zona Sur; de la Sociedad de Resistencia de Rosario; como así también de tantos otros compañeras y compañeros sinceros de corazón y de voluntad inquebrantable. 
Hoy mas que nunca seguimos siendo ingobernables. 
¡Fuego al Estado, su pluralidad y sus cárceles! 
¡Viva la Anarquía! 
Cruz Negra Anarquista de Bs As 
Diciembre 2011 
Ya había más información.
Y un trasfondo: en la página de Indymedia en la que aparece el comunicado se puede leer un largo debate, protagonizado por lxs foristas. El quid de la cuestión parece ser el conflicto entre “Anarquistas y hippies”. Ahí está el problema.
III.
Los que tomaron formaban parte de las actividades de antes. Hubo rispideces a nivel individual y aparecieron posiciones individualistas. ‘Comer carne es fascista’, decían. ‘Fumarse un porro es un vicio burgués”. Si no tenés cresta y no usás banderita negra, para ellos sos el enemigo”.
No sabemos si están armados. Ellos niegan toda instancia de diálogo. No tenemos idea de lo que hay adentro, dicen que está todo tapiado, blindado, fortificado. Tienen una retórica antifascista y son de diversos grupos: Cruz Negra Anarquista, Semilla de Liberación, no sé cuántos más”.
Del lugar sale y entra gente, a escondidas. Sin contacto con el barrio. Ellos celebran lo que hacen: ‘echamos a los burgueses’, dicen. Pero no les interesa hacer política social; para lo que ellos quieren el espacio, para sus charlas sectarias, pueden estar metidos dos años adentro”.
No sabemos qué hacer, no queremos una escalada de violencia. Es una cagada terrible lo que pasó, porque, además, mucha gente de nuestro grupo se desilusiona, se va pinchando”.
El problema más grande son las actividades. No necesitamos el local para reunirnos en los grupos de estudio. Pero, ¿el Bachi?, ¿el merendero? Se están viendo lugares para proseguir con estas actividades, pero es complicado”.
IV.
Después de esa charla, probablemente hubiese reescrito así la Parte I del artículo:
“Hasta el 23 de diciembre de 2011, en la sede de la FLA (Federación Libertaria Argentina) funcionaban un Bachillerato Popular y un merendero. También se daban clases de apoyo y diversos grupos de pensamiento anarquista se juntaban en la biblioteca y en sus salones. Ese día, a la tardecita, un grupo anarquista sectario, en desacuerdo con ciertas formas con que se conducía el lugar, cambió la cerradura y se atrincheró allí. Lo tomó. Hasta hoy, nadie pudo entrar”.
V.
Unos días después, sin embargo, pensé en que lo mínimo que tiene que hacer un periodista que está averiguando sobre un conflicto es escuchar las dos voces. “Voy a llamar a la FLA, donde están los okupas –pensé-, y decir que me quiero inscribir en el Bachi. A ver qué me dicen…”. Estaba apretando los botones del teléfono cuando me arrepentí.
” ¿Y por qué voy a mentir? Voy a decirles que voy a escribir una nota sobre la situación de la ELC, que me contaron algunas cosas, y que si me quieren transmitir ellos su versión….”
-¿Hola?
-Eh, sí, hola, mirá, te llamo de la revista NosDigital, me llegaron algunos rumores sobre la FLA y quería saber si está tomado…
-Bueno, te cuento…
 VI.
Hablé media hora con Sebastián (el nombre es falso). Me dio su versión de los hechos. Para él, los que se “quedaron afuera” del espacio son “posmos”. Me contó todo, pero, cuando estaba terminando la charla, y cuando le pregunté cuántas personas había ahí adentro, me dijo:
-No te puedo decir. De hecho, de lo que te conté te voy a pedir que tampoco pongas nada. Manejate con los comunicados que emitimos.
-Pero es muy valioso todo lo que me relataste. Además, te aclaré que soy periodista desde el principio…
-Sí, pero igual, te lo pido por favor. Te hablé para ponerte al tanto. No quiero que se difunda, no quiero perder energías en esto…
Me quedé pensando varios días qué hacer. El testimonio, realmente, era muy valioso. Además, él sabía que yo era periodista, y aun así me contó todo. Decidí no publicar lo que me dijo. No fue fácil. El otro testimonio, también muy interesante, sí lo publiqué, en la parte III, porque no hubo ninguna objeción.
Mientras tanto, a la vez que pensaba –y pienso- todo esto, el Bachillerato, ya a mediados de marzo, todavía no tiene un lugar para funcionar. Mucha gente se va a quedar sin su título y, lo que es mucho peor en este modo de educación, sin su cursada.
VII.
Lo que, en principio, iba a ser una especie de “informe de situación” terminó siendo una crónica, con mucho de primera persona y no tanto de reflexión. Es, de todas formas, una primera persona colectiva, porque no es importante quién escribió esto, pero sí es importante saber que el o la periodista se encuentra muchas veces con situaciones inesperadas, que puede resolver de manera individual, apoyado por un colectivo, o no resolver. Y esa “individualidad” abarca al total de la profesión, por eso no hacen falta ni aportan los nombres particulares. A los que les haya interesado la situación de la ELC, o quieran averiguar qué está pasando allá, y así poder sacar las conclusiones que aquí no se ofrecen, pueden averiguarlo. Incluso, en uno de los comunicados que aparece a lo largo de esta historia hay un teléfono, que es sólo de una de las partes en cuestión.
Si tuviese que reescribir esa Parte I, presentando la noticia, tal vez podría hacerlo, después de todo lo que pasó, de otra manera. Podría poner: “A partir de la toma de una institución anarquista, se plantean las diferentes alternativas que ofrece el periodismo y una forma –sólo eso- de manejarse con ellas”. Sin embargo, tampoco sería eso lo más importante. Más si se piensa en que hay un problema no resuelto, por el que muchas personas no van a poder seguir con su cursada secundaria. Podría poner, tal vez –y el “tal vez” es porque, definitivamente, no lo hice-: “Esta es una crónica, totalmente inacabada e inexacta de un conflicto, también inexacto e inacabado, que todavía sigue sin resolverse”. De un conflicto muy complejo. Ésa –tal vez- estaría un poquito mejor.

¿La alegría brasileña?

Buscando si la felicidad brasileña se traslada a los estadios, un corresponsal nuestro hizo una gira futbolística por San Pablo. De tanto mirar, nos quedamos con el relato sobre un Corinthians contra Botafogo. Un gran clásico.

Imagen: Nos Digital.

Desde el primer minuto en que pisé San Pablo me dieron ganas de ponerme el traje de los cazadores de mitos y averiguar si la alegría, en una cancha de fútbol, era sólo brasilera o no. Tanta manija le han metido al mundo entero con su pentacampeonato y su zamba carnavalera que, nadie sabe bien por qué, se han quedado con el concepto entero de lo que es una fiesta futbolera. Con más ganas de desmentirlo que de ratificarlo, nobleza obliga, un argentino, una vez más, se emprendía en la tarea de cuestionar la hegemonía brasilera sobre dos aspectos fundamentales de la vida: la fiesta y el fútbol.
Bajé del micro en la estación Barra Funda Paulista y de toque pregunté en defectuoso portugués: “Onde ta a estadio mais perto de aquim” (“Dónde esta la cancha más cerca de acá?”, quise decir). Recibí la respuesta por parte de una garotinha que poco había entendido: “Eu acho qui e Pacaeumbú ta perto, 40 minutinhos a pie”. La muchacha anonadada me había dado el dato: el famoso estadio municipal del Pacaeumbú estaba ahí nomás y como si eso fuera poco dentro de una horita había partido: Corintihans vs Botafogo. Era la mía, tómalo o déjalo, ese momento o nunca. Agarré viaje.
Decidido a postergar mi llegada al hostel me empeñé en resolver que carajo hacía con las valijas. Llevarlas a la cancha no era una opción. La terminal era monstruosamente grande, al estilo paulista, y razoné que debía haber de esos lockers para guardar equipaje por 24 horas. Dicho y hecho, señores, allí estaban. Por nueve reales la solución a mi primer problema estaba resuelta.
Salí de la terminal, empezó la odisea. Sin la más mínima idea sobre que calle agarrar, seguí preguntando en un constante y precario portugués. Que es para allá, que no sé, que es para acá, para la izquierda, la derecha. Mucha vuelta, me perdí 100 veces. Casi resignado decidí preguntarle a un muchacho pelirrojo, con doble arito en ambas orejas y que, sin ser prejuicioso y siendo algo egocéntrico, me miró con cariño. Me dijo que debía pasar por debajo de un puente y que cuando todo me haga pensar que tenía que salir de ahí, tenía que seguir. Polémico. Lo pensé varios minutos y entré por debajo del misterioso camino. Al toque nomás empecé a ver varias personas con la camiseta del Corinthians y, ahí sí, bajé un cambio.
Seguí caminando largo rato por el puente y noté miradas extrañas y reiteradas hacia mi persona. Tanto de los vendedores como los cuidacoches y hasta los mismísimos hinchas. Claro, tenía la camiseta de Uruguay. Un argentino en Brasil con la camiseta de Uruguay, qué mezcunje. Soy un fenómeno, pensé, como un boludazo les estoy haciendo acordar a medio Brasil la vieja historia del Maracanazo. No podía ser tan grave, habían pasado muchos años ya, pero el público futbolero me fulminaba con la mirada. La otra opción era la de tener mucha pinta de gringo extranjero, pero… si bien no soy un brasilero de pura cepa, tampoco la pavada. Así que con la duda de ser observado y con la certeza de estar exagerando seguí caminando al Pacaembú que ya estaba a unas pocas cuadras.
Antes de llegar me compré una lata de birra, por tres reales, una ganga. Fría y deliciosa me acompañó hasta donde entendí que mi día de cancha se terminaba. Pregunté bien simple: “¿Cade pra comprar os tickets?”. Un muchacho bastante fachero me contestó con cara burlona: “Fazendo issa cola” ¡Madre Santa! Daba tres vueltas a la manzana. Totalmente imposible comprar una entrada. Faltaban 10 minutos para que los tipos salieran a la cancha y yo tenía que hacer cuadras y cuadras de cola. Con la resignación a mis espaldas me fui asomando hasta el comienzo de la fila que, por gracia y obra de la desorganización futbolera, no estaba con vallado en ninguna de sus partes. Entonces, muy nervioso y con miedo de que me pesquen me fui asomando, como quien no quiere la cosa. Estaba ahí nomás, a un paso, pero no me animaba. Me daba un miedo tremendo que se aviven de atrás y que me lleve la paliza de vida a tan solo 30 minutos de haber arribado a San Pablo. Claro, decía yo, con la camiseta de Uruguay, me llego a colar y se dan cuenta que soy extranjero, y encima argentino, estoy listo, cobro para campeonato. Para colmo el muchachote que tenía atrás estaba sacado de las grandes ligas de lucha libre. Qué negro, mamita. Dos metros para arriba y uno para los costados, con una camiseta violeta pegada al cuerpo y con anillos en todos los dedos. No era el mejor candidato para entrar en conflicto. Dejé pasar al moreno y di el pasito al medio. Ya estaba en la fila, oficialmente. A tan solo unos pasos de entrar en la zona de las ventanillas. Qué duro que estaba, caminé lo que faltaba muy tenso, rogando que nadie rompa el silencio al grito: “El blanquito se coló”. Cuando me tranquilicé ya estaba comprando el ticket, el más barato, de 15 Reales en una zona apodada “El Tobogán”. Nunca supe el por qué del nombre, pero poco importaba porque ya estaba a pocos segundo de entrar y ver el partido.
El tobogán quedaba en la otra punta de la cancha, así que corrí para no perderme ni un minuto, pero fue imposible. A la mitad de la subida del morro, porque el Pacaembú está incrustado en el medio de un morro, la hinchada se hizo escuchar: había empezado. Le metí un sprint final tremendo para perderme lo menos posible, pero en el camino le pegué un derechazo con el dedo menique a una valla de metal que mi pie vestido de ojotas lloró con un sangrado permanente. Un garrón. Pasé el ticket por el molinete, subí las escaleras en estado de desesperación, hice contacto visual con el verde césped y gol de Adriano. Así nomás.
La gente festejaba a lo loco. La vaca del gol hacía saltar a grandes y chicos en el Pacaembú. Fue una linda imagen, hay que reconocerlo. Una banda de 4 pebetes se abrazaban y saltaban y reían sin parar. Y, sí, me sacaron una sonrisa, una emoción. La gente vitoreaba al “Emperador” cantando algo así como “Ohhh, ohhhh, ohhhh, Todopoderoso du Gol”. El viejo crack brasileño, que supo meter goles de todos los colores había metido un gol muuuy fácil de hacer, con el arco libre, al modesto Botafogo Paulista. Aquel tipo que fue un crack, no se puede mover en la cancha, está muy ancho, se mueve poco, pero si te pone el cuerpo, olvídate. Además, la técnica, dicen los que saben, nunca se olvida. Con la 10 bien ancha en la espalda, Adriano se llevó todas las ovaciones. Aunque tuvo dos más, casi tan fáciles como la del gol y las erró, pero siguió siendo para la hinchada el “Todopoderoso del gol”.
Lo demás no fue nada especial. La mayor parte del partido la gente reaccionaba a estímulos puntuales del juego. Si había falta gritaban “ehhhh”, si había un casi gol tiraban un “uhhhhh”, si había una buena jugada se escuchaba un “ohhhh”, si una buena idea terminaba mal venía un “ahhh”. La típica. Pero no hay un cantar constante. Para nada. Sólo se escuchaba desde la tribuna de enfrente a un pequeño grupo, que uno supone que es la barra, cantar seguido y muy de vez en cuando el resto de la cancha se sumaba. Y todas las canciones, perdonen garotos, eran poco producidas. Compuestas casi en su totalidad de onomatopeyas. Muy poca producción con respecto a lo que uno está acostumbrado domingo a domingo. Un ejemplo: “Ohhhh, ehhhhh, ahhhhh, valeu Corintianhs”. O: “Corintianhs, Corintianhs, Corintianhs”. Pero poca composición. ¿La zamba? No la vi, ni noticias. Banderas había, pero no muchas. Lo que sí impresiono fue un gran telón que cubrió mi cabeza por sorpresa. Copaba toda la tribuna en la que yo estaba. Realmente enorme. Pero era un telón negro, lo cual, acá, se sabe, está mal visto. O los hinchas del Corintianhs están muy verdes o allá no es semejante problema.
Tan interesado estaba en obtener mis conclusiones a cerca de la fiesta futbolera que había olvidado un punto fundamental. Por qué la gente me seguía mirando tan mal. Cuando me acordé, volví la mirada al campo de juego y vi la bruta realidad: Botafogo vestía con una camiseta completamente celeste. Mi movimiento fue automático: me saqué la remera uruguaya en un periquete.
El partido no tardó en finalizar y la gente seguía ovacionando al gordo Adriano. Por mi parte, con el torso desnudo y mojado, por la oportuna tormenta que se largó saliendo de la cancha, me quedé tranquilo: la alegría no es tan brasilera.