Archivo por meses: septiembre 2011

La destrucción de la civilización por la barbarie inglesa

Campos de concentración, torturas, castración a detenidos, desapariciones, ejecuciones sumarias, violaciones, relocalización de población. Estos fueron los métodos usados por uno de los paladines del “mundo libre”, Gran Bretaña, durante 1952-1960 para acabar con uno de los más importantes movimientos de descolonización africanos: el movimiento Mau-Mau de Kenia. La destrucción de civilización por la barbarie inglesa.

 

 

Algunas palabras sobre el colonialismo: Acercamiento al movimiento Mau-Mau

Para fines del siglo XIX, las potencias europeas habían logrado subyugar la casi totalidad de África. La implantación de relaciones capitalistas y del Estado moderno al interior de las colonias permitió, no solo la transferencia ininterrumpida de una exorbitante riqueza del territorio conquistado a las metrópolis, sino también el despliegue de una dominación y legitimidad casi total por sobre la población colonizada. Esto fue posible gracias al perfeccionamiento del Estado colonial, como también gracias a la alianza –desigual- entre los conquistadores y los jefes y élites africanas, en lo que se conocería como gobierno indirecto, donde estos últimos, a cambio de mantener ciertos privilegios, eran el nexo que permitía la explotación de la masa de la población.

Sin embargo, el proceso no puede ser solo visto en clave política y económica. El manto del colonialismo se desplegó sobre sociedades, sobre hombres. Así, la opresión tendría su doble cara: como ya vimos, económica, pero también social y cultural. Los africanos serán subsumidos a ciudadanos de segunda, sin derechos políticos, dependientes de la arbitrariedad despótica de los administradores coloniales –ya sean los jefes locales, como los administradores blancos-, relegados de la educación, salud, derechos laborales. Resumiendo, eran víctimas de una doble subalternidad: desde el punto de vista económico fueron convertidos en obreros, peones, mineros, es decir, en explotados; desde el punto de vista social, eran miembros inferiores, rebajados al nivel de animales o de “primitivos”.

El movimiento Mau-Mau nace en 1950 en Kenia, proclamando dos máximos objetivos: la independencia y la recuperación de tierras en manos de colonos europeos. Junto a estos pedidos modernos coexistían elementos que podríamos llamar tradicionales, como eran las ceremonias de iniciación de los adherentes, por el cual cada uno se comprometía a luchar contra el gobierno y sus colaboradores. Así, como ancestralmente los jóvenes debían realizar su iniciación para la vida adulta, este concepto se resignificó para darle un contenido político de resistencia.

Inmediatamente, el movimiento adquirió gran respeto y popularidad en las regiones rurales, como en las reservas –no olvidarse que los locales vivían en reservas, espacios urbanos exclusivos para ellos, para alejarlos de la vida blanca, simil-guettos -, éxito obtenido por la amplitud de sus demandas, como por la inclusión de elementos comunitarios incorporados en sus discursos y métodos.

La violencia, sin dudas, era el medio para lograr los fines. Pero ésta no era destinada a cualquiera, iba orientada a los individuos ligados a los distintos niveles a la administración colonial. Para 1953, el número de asesinados por los Mau Mau era de 549 africanos colaboracionistas, y 29 europeos[i].

Como era de esperar, la represión inglesa se mostraría salvaje, despiadada, no solo contra los militantes que pudieran apresar, sino frente a la población civil en general. Así se divisaban los inicios de lo que posteriormente sería la llamada “Guerra contra-insurgente”, cuyas torturas y desapariciones también abarcaron sufrimientos vietnamitas, argelinos, latinoamericanos…

Aniquilación, neutralización de los simpatizantes, reeducación poblacional

Ndiku Mutua, Jane Muthoni Mara and Wambugu Wa Nyingi y Paulo Nzili lograron que recién en el 2011, la Justicia inglesa aceptase llevar a cabo los juicios contra el Estado por lo sufrido durante esos años oscuros del ’52 al ‘60 durante la represión en Kenia. Las marcas que hoy llevan estos octogenarios, son las marcas que hoy mismo deben lucir otros tantos keniatas anónimos, las mismas marcas que se deben haber llevado a la tumba millares a lo largo de estas cinco décadas que han transitado sin justicia.

Veamos lo que la “civilización inglesa” le hizo a cada uno de los demandantes: Nyingi cuenta haber sido suspendido por los pies, a la vez que era severamente golpeado por los militares que lo rodeaban. Nzili y Mutua fueron castrados, Jane Mara abusada sexualmente…[ii]

El Estado Colonial se amparó en aquella declaración de Estado de Emergencia promulgada en octubre de 1852, que duraría hasta 1960, para en esos ocho años a los referimos, 11 mil rebeldes fueran muertos, una décima parte, estando prisioneros.

Según la Comisión de Derechos Humanos de Kenia, 90 mil keniatas fueron torturados, ejecutados o mutilados, 160 mil fueron detenidos en condiciones infrahumanas. 100 mil miembros de la etnia Kikuyu –grupo que los ingleses asociaban a los Mau-Mau- fueron detenidos durante 3 a 7 años sin juicio previo[iii].

En los últimos años fueron desclasificados más de 17 mil documentos secretos sobre el Estado de Emergencia, en el que se cuentan todas las atrocidades cometidas. En un documento del 9 de mayo de 1959, enviado por el Secretario de Estado al Ministro de Defensa, se explicita cómo el Gobierno  “autorizó el uso de violencia ilegal contra los detenidos”. Léase, torturas[iv].

Fin del movimiento. Independencia nacional

Luego de todo lo que hizo el gobierno colonial contra los habitantes locales, el movimiento Mau-Mau termina destruido. Desde el ´52 pasa a la clandestinidad y se refugia en los montes y selvas locales, mientras progresivamente el gobierno colonial logra aislarlos, alejarlos de las poblaciones que los apoyaban, al mismo tiempo que el cerco se cerraba año a año con cada incursión militar. En 1960 el movimiento desaparece.

Pero el camino hacia la independencia ya estaba marcado, ya no de la mano de estos militantes, sino por el partido Unión Africana Keniata (KAU por sus siglas en inglés), bajo el liderazgo de quien fuese luego su presidente por largos años, Jommo Kenyatta.

Más allá del resultado, los Mau-Mau han dejado al desnudo dos cuestiones: primero, que los africanos no se quedaron pasivos frente al horror, miseria y discriminación que sufrían a diario. Que tanto por vías pacíficas como por la armada resistieron y buscaron su independencia. Por otra parte, mostró el despliegue de miedo y terror que eran capaces de ofrecer aquellos mismos que una década antes se sorprendían por los crímenes del nazismo, pero que sin ningún cargo de conciencia exportaron a sus colonias.


[i] SANTORU, Marina “La visión colonial del nacionalismo kikuyu: el movimiento mau-mau” en Africa, LXVII-IV, 1993.

[ii] British Government for torture, 59 years after uprising ‘atrocities’ http://www.dailymail.co.uk/news/article-2017194/Mau-Mau-uprising-Kenyans-sue-British-Government-59-years-atrocities.html#ixzz1XwDyFPhB Fecha de Consulta: 16/9/2011

[iii] Mau Mau uprising: Bloody history of Kenya conflict, http://www.bbc.co.uk/news/uk-12997138 Fecha de Consulta: 16/9/2011

[iv] http://es.scribd.com/doc/52818584/Hola-Incident-Telegram Fecha de Consulta: 16/9/2011

Progrese, construya un Shopping en su barrio

Haciendo frente a todas esas lógicas que quieren imponernos sobre que un centro comercial puede resignificar positivamente la vida en un barrio, que la implantación de un megaedificio conlleva avance y progreso, contamos lo que hace varios años viene ocurriendo en Caballito. El proyecto inmobiliario de IRSA, los vecinos que lo apoyan, lo que dicen, y esos que se unen para resistirlo.

 

Un proyecto que el gobierno porteño apuró a través de “normas especiales” y prevé construir shopping en un predio de Caballito está generando un poco de alboroto entre algunos vecinos del barrio. Reclaman la realización de estudios de impacto ambiental a cargo de algún organismo que no se venda al mejor postor, en este caso la constructora IRSA, el mayor grupo inmobiliario del país, cuyo gerente de relaciones institucionales es, casualmente, Augusto Rodriguez Larreta, hermano de Horacio, actual jefe de gabinete del gobierno porteño. Esta misma hermandad ya lleva encima un juicio por “negociaciones incompatibles con la función pública”, vinculado a otro proyecto de la misma constructora, que planea el levantamiento de un nuevo Puerto Madero en Retiro.

El polémico shopping tendría lugar en Avellaneda al 1500, en un predio contiguo a las vías del Ferrocarril Sarmiento, abarcaría un espacio de dos manzanas y media, y 40 metros de altura. Una organización vecinal, Protocomuna Caballito, viene desde hace tiempo levantándose en contra de las irregularidades en los permisos para construir en la zona. Su reclamo no es estrambótico: “No consideramos que seamos nosotros mismos los que podamos decir si esto es positivo o negativo, pero sí tenemos el derecho a que se realicen estudios que sean absolutamente imparciales y serios”, dice Gustavo Desplats, su coordinador. La constructora IRSA actuó según la ley: el único estudio de impacto ambiental hecho fue encargada a una empresa privada, Desplats interpreta: “No desconfiamos de ese estudio, pero sí creemos que los resultados siempre son para satisfacer al cliente”. Protocomuna Caballito propone a la Universidad de Buenos Aires como garante imparcial.

En 2009, el proyecto del shopping había sido desactivado por la propia Legislatura quien lo consideró “inviable”. Este 2011 tuvo rápido tratamiento legislativo, gracias al motus de “normas especiales” que sugirió el gobierno porteño, y se estima su resolución llegará antes del 2012. En un mes, calcula Desplats, la Legislatura comenzará a rever los archivos y “allí iremos a presentar pruebas, discutir, y pedir que se hagan los estudios pertinentes”, asegura.

 

Foto de elargentino.com


No sólo Desplats y Protocomuna Caballito son parte de este reclamo: a principios de septiembre, más de 150 personas cortaron Acoyte y Rivadavia a puro megáfono y volanteada para difundir lo que está pasando. Otros vecinos no ven con malos ojos la construcción del shopping. El debate se disparó incluso en foros de internet de distintas organizaciones barriales, donde Alejandra, por ejemplo, opinaba:

Alejandra: ME PARECE EXCELENTE LA CONSTRUCCION DEL SHOPING, TERRENO QUE NO SE OCUPA, SERA OCUPADO, CON LO CUAL SI NO QUIEREN TENER A CORTO PLAZO, UNA MINI 11/14, O 31, QUE SE CONTRUYA UN SHOPING CON VERDE CON PLAZA Y CON TODO LO QUE TIENE QUE TENER, HOY POR HOY SOLO ES UN TERRENO EN DESCUIDADO, HORRIBLE, OSCURO, Y QUE NO APORTA ABSOLUTAMENTE NADA

 

El boom de construcciones que afecta al barrio desde hace ya varios años causó algunos problemas estructurales, como la saturación de los servicios y embotellamientos infernales. En este contexto, quienes se oponen al proyecto aducen que, además de potenciar estos conflictos, el shopping podría generar daños a las construcciones aledañas y atentar contra la venta minorista de los locales de la zona.

Desde la vereda de enfrente, IRSA, la reina de los negocios inmobiliarios del país, argumenta que el shopping “unirá los dos caballitos” separados por la vía, transformándose en un punto de encuentro del barrio”.

Macri, ansioso por lograr que los vecinos de Caballito tengan un espacio para juntarse, es al mismo tiempo líder del único partido político de los trece bloques legislativos que se opuso a la realización del Parque del Bicentenario, que incluía 12 manzanas de espacios verdes en la misma zona.

 

Viene al caso contar que Horacio Rodriguez Larreta enfrenta una denuncia realizada por el director ejecutivo de Tribuna de Periodistas, Christian Sanz, en la que se pide la investigación del delito de tráfico de influencias y negociaciones incompatibles con la función pública (Causa N° 21.024/10), luego de que el gobierno macrista haya enviado a la legislatura un convenio para la creación de un barrio selecto en Retiro: setenta hectáreas de parques, centros comerciales, zonas náuticas y comisaría propia. Dicha concesión fue otorgada a la misma constructora de la que forma parte Augusto Rodriguez Larreta, a la misma que ahora planea el shopping en Caballito. Según la ONG “S.O.S. Caballito” esa circunstancia probaría la cercanía de la empresa con el gobierno de la ciudad, y la celeridad y privilegio en la aprobación de sus proyectos.

 

¿Qué pasa, a todo esto, con el rol de las comunas como instrumentos de participación ciudadana y su rol mediador en el barrio? Según los vecinos que encabezan los reclamos, no hay voluntad de abrir un espacio de diálogo para debatir lo que pasa en el barrio. El propio Macri, según la ley, será el Director del Centro de Gestión y Participación Comunal. Desplats: “Sin lugar a dudas, por la metodología y la forma de entender la política que tiene la administración macrista tienden a no favorecer el real funcionamiento de las herramientas de participación ciudadana… Va a ser muy difícil con mayoría en la mayoría de las comunas del Pro, el régimen de las comunas no va a tener el funcionamiento ni la trascendencia que debería tener o que pensaban los constituyentes cuando la conformaron como herramienta de participación ciudadana cuyo proyecto distingue como democracia participativa”.

 

 

Foto de Clarín.


Ni Protocomuna Caballito ni quienes se oponen al proyecto del shopping nombran alguna vez la relación de Larreta con IRSA, la constructora de su hermano, ni sospechan de connivencias estatales para la construcción. Simplemente reclaman que se hagan los estudios pertinentes. Incluso si los resultados son favorables a la constructora, accederían a la construcción del shopping. Aunque Desplats, sin ser un experto, prevé algunas condiciones:“La garantía de que desde el mismo centro comercial haya una salida directa al puente nuevo a los efectos que todos los coches no tengan que salir por las calles interiores del barrio, y por supuesto la realización de alguna contra-prestación de la ciudad de Buenos Aires o al barrio de Caballito que amerite las normas especiales, que la empresa se garantice a realizar a los efectos de mejorar la calidad de vida de los vecinos”.

Los vecinos del barrio se preocupan por lo que consideran un “estilo” del gobierno porteño: pensar que el desarrollo inmobiliario es progreso. En marzo de este año, en Caballito estaban en construcción más de 82 edificios, 64 en obra y 18 terminados y a  la venta. Es el número más alto en los últimos cuatro años. El metro cuadrado subió un 15% también a principios de año y se cotiza en más de 2000 dólares.

Desplats aporta otros datos: “Èl viene de una familia de constructores… Su mejor amigo, Nicolás Caputo, es uno de los tres más grandes de la Argentina. Dentro de su círculo íntimo están los cinco principales constructores, todos sus amigos y empleados son ingenieros que se dedican a la construcción… Digamos, más allá que puede llegar a haber una idea de hacer a través del Estado algún tipo de beneficio personal –no puedo dar ninguna certeza-, lo que puedo decir es que al menos tienen un estilo facilitador para pensar que el desarrollo inmobiliario y el crecimiento edilicio es sinónimo de progreso. No entiende que el progreso es colectivo. No es individual. Y la sociedad progresa cuando tiene mejor salud pública, mejor educación pública, cuando universalmente todos los integrantes de la sociedad tienen accesos a sus derechos, que están antes que un shopping”.

De cuando le vi la cara a Dios

Para tratar de mostrar qué es lo que genera Maradona en cada argentino, llega esta serie de crónicas sobre encuentros de gente común con el Diego, ese instante mágico que los que tuvieron la suerte de vivir recuerdan con precisión y lo cuentan en este espacio.
-¡Noo! ¿Perdón? ¿Cómo me vas a pedir perdón vos a mí? Yo te tengo que decir gracias. ¿Te puedo contar una historia?
El Gol gris dos puertas modelo 2004 recorre Parque Chas por la Avenida de Los Incas. Lo conduce Facundo -23 años, estudiante, trabajador, futbolero, clase media porteña- con la modorra a cuestas por el almuerzo reciente y por la resaca del festejo de su cumpleaños la noche anterior. La hora de la siesta y la calma que se adueña de la avenida también ayudan al estado letárgico del conductor del Gol. Hasta que una maniobra brusca, repentina de un Mini Cooper negro que quiere doblar a la izquierda en el próximo semáforo con giro rompe con toda la tranquilidad.
Es el Diego, piensa.
¿Es el Diego?, duda.
Los pocos segundos que tardará en transitar los metros que quedan hasta el semáforo que se ve ahí adelante le alcanzan para analizar todas las posibilidades. Puede ser que sea Maradona por varios motivos: por el barrio en el que anda, cerca de donde vive el Diez; porque sabe que el auto de Diego es un Mini Cooper negro; porque aunque no se lo vea al hombre que está al volante sí se ve la caballera rubia en el asiento del acompañante, que perfectamente puede ser la de Verónica, la novia de Diego. Y acelera el auto al mismo ritmo que su corazón apura los latidos.
Sólo dos veces había visto en persona a Maradona. La primera fue en 17/11/93, rodeado por unas 60 mil personas, en el Monumental, cuando Argentina sacó pasaje ante Australia para el Mundial de Estados Unidos, donde quedaron las piernas del Diez. La otra fue más acá en el tiempo, en Ravignani 1493, en un estudio de televisión, donde se grababa el Equipo de Primera. Ahora, la historia es otra. Es mano a mano.
¿Es el Diego?, se alarma.
El semáforo está en rojo y quedan a la par. El Mini Cooper a la izquierda, el Gol a la derecha. Los dos tienen las ventanillas bajas, pero Facundo sigue sin poder verle la cara al que conduce el auto negro. Sólo puede ver una mano derecha que se levanta inclinada, de canto, como pidiendo disculpas. Piensa que así es como pide perdón el Diego. No le llega a ver la cara, pero ya no tiene dudas: Es el Diego.
Es Maradona.
“Perdoná, flaco”, escucha que le dice Diego, aunque tampoco está seguro de que le haya dicho eso pero sí sabe que le está pidiendo perdón por la maniobra brusca de unos metros atrás.
Nervioso, perturbado, conmovido, intranquilo, estremecido, como sólo se puede estar cuando se tiene enfrente a Maradona, se manda un monólogo.
-Noo! ¿Perdón? ¿Cómo me vas a pedir perdón vos a mí? Yo te tengo que decir gracias. ¿Te puedo contar una historia?
Cree que Diego asiente.
-Vos sabes que mi papá tenía una foto con vos y no te das una idea lo mal que se puso cuando la perdió. Para pedirte una foto te dijo: “Dejame sacarme una foto con vos para que mis nietos sepan que vos exististe”.
Son quince segundos los que duran su monólogo. Cuando ya no tiene más nada para decir calla. Y cuando calla se da cuenta de todo. Empieza a pensar que lo tiene enfrente, a su izquierda, al tipo que para él representa a la argentinidad, porque ser argentino es querer a Maradona, piensa. Bah, no piensa porque en ese momento todo es como por impulsos. Está nervioso. No es consciente. Debe ser el aura que tiene, repasa. Algo energético, que sólo él crea por las cosas que hizo, que lo que hizo fue en algo tan noble como el fútbol, considera. Fue muy grosso en algo muy bueno como es jugar a la pelota, reflexiona. No es que tuvo poder como otros hijos de puta que tuvieron poder pero él ni los saludaría. Tiene al lado al tipo que él defendió, siempre, en cualquier discusión. Lo resume en su cabeza: es el más grande que existió, el que le hizo el gol a los ingleses, lo mejor que le pasó a la Argentina en el fútbol. Se acuerda del gol que hizo el último fin de semana el 10 del equipo en el que juega los sábados y de cuántas veces que le dijo que había sido un golazo. Ahora tiene a su izquierda al Dios del fútbol, el que hizo lo que quiso con la pelota en su zurda. Todo eso lo piensa en unos once segundos. Si a Diego le alcanzó ese tiempo para eludirse a seis ingleses y hacer el mejor gol de todos los tiempos, a cualquier mortal le puede bastar para repasar casi la vida entera.
Facundo llora. Se altera. Los pies en los pedales del Gol le empiezan a temblar. Pierde el sentido de ubicación. Se nubla.  Entonces pone primera y arranca, con el semáforo en rojo.
Atrás quedan Diego, el Mini Cooper, Verónica, la anécdota de su viejo y el papelón que acaba de hacer. Adelante está la casa de su chica y las mil veces que va contar ese minuto que acaba de vivir, a ella y a todos los que se le crucen.
Llega a destino y se baja del Gol, todavía acelerado, entre lágrimas. También sonríe. Le cuenta a su chica con la emoción con la que se cuenta un encuentro único. Ella, obvio, no se inmuta. Facundo empieza a tratar de hacerle entender quién es el tipo con el que se acaba de cruzar. Y nada. Entonces, explicando lo que ya debería ser explicado hasta en las escuelas, recurre a que el hombre con que recién se encontró en un semáforo de Avenida de Los Incas es el tipo que puso el mundo en su zurda y emocionó a millones jugando a la pelota.
Ella dice lo que nadie dijo nunca: que no vio el gol de Diego a los ingleses.
Entonces Facundo corre hacia una computadora, entra en youtube y lo busca. Aparece, inconfundible, el sol en el círculo central del Estadio Azteca, las camisetas azules, las blancas que quedan en el camino, la voz de Victor Hugo Morales de fondo.
Y ahí, otra vez, ya con la piel de gallina, se vuelve a encontrar con Diego.

“No te voy a ensuciar el auto si no querés. Esa es mi ley”

Una historia de la calle, esas que pasan volando y parecen esfumarse en la vorágine semanal. Un relato de barrio, de una esquina cualquiera de Almagro. Nos sentamos para hablar con Gabriel, con un trapo, el sacador y el balde, un laburante de todos los días.

A las 8 de la mañana sonó el despertador. Con los ojos aún entrecerrados, estiró el brazo y lo apagó. Desoyó el dolor sus músculos, no tenía tiempo que perder.  Desayunó a las apuradas unos mates con un pedazo de pan de ayer. Se vistió rápido, agarró el bolso con todas sus cosas, unas monedas que tenía sobre la mesada de la cocina y se tomó el colectivo.

Lo cruzo casi todos los días a cuatro o cinco cuadras de mi casa porque me suele agarrar el semáforo de la esquina. Lo tengo de vista. Hasta esta tarde no supe ni cómo se llamaba, aunque desde que lo conozco nos saludamos como si nos conociésemos de toda la vida. Supongo que él piensa lo mismo de mí. La verdad es que no lo sé. Y tampoco importa.

Hoy no fue como el resto de los días. No pasé. Hoy fui. No me paró el semáforo, estacioné y bajé. El tipo se mostró sorprendido, me puso cara de qué quiere este pibe. Le pedí hablar un rato. Quería conocerlo. Quería saber quién era ese loco de sonrisa constante.

Nos sentamos en la puerta de una lavandería o algo así. Me contó que se llama Gabriel y que nació en Asunción. A los 2 años lo trajo su mamá a Buenos Aires junto a sus hermanos.

Quilombos familiares terminaron por dejarlo solo, sin su vieja, viviendo junto con su padrastro. Desde los 9 años que labura, empezó repartiendo diarios y desde ahí, hizo de todo. Changas más que nada. Lo que ganaba el padrastro no alcanzaba para todos. Trabajaba para comer y para comprarse sus cosas. En cuarto año dejó el secundario.

De más grande, trabajó en un par de lugares como ayudante de cocina; su mamá era cocinera y de verla algo aprendió. Ganaba bien pero trabajaba más de doce horas por día y terminaba muerto.

Hoy Gabriel tiene 32 años y tres hijos: una nena de 10, un nene de 6 y uno, bebé, de 7 meses. Para algunos días en la calle y otros, como esta mañana, en la casa de su abuela. Buscó trabajo por todos lados, pero se le complicaron las cosas: perdió los documentos y está esperando terminar el trámite para hacer el duplicado. Trabaja en la esquina de Díaz Vélez y Boedo limpiando vidrios. Dice que esa esquina es una mina de oro y que laburando de nueve a nueve levanta más o menos 120.

Con eso, le alcanza para juntar algo de plata, pero no suficiente como para cubrir lo que comen él y sus hijos. Por eso ellos viven con su mamá. Cuenta que aprovecha las monedas que junta para ir a la carnicería. Ahí le dan alitas, carne con hueso y menudos para cenar y al mediodía come por ahí lo que puede.

No tiene obra social, vacaciones, ni regulación de ningún tipo. Está bastante claro. Se la rebusca todos los días, con su mejor cara. Sin feriados, trabajando sábados y domingos. Llueva, nieve o truene, ahí está. Dice que aunque le molesta la gente que lo ve venir y sube la ventanilla, reconoce que no todos lo ponen en la misma bolsa. Él no cambia. Se maneja con respeto y códigos: “No te voy a ensuciar el auto si no querés. Esa es mi ley.”

Igual, la policía no lo deja trabajar ahí. Avisa que si ve el patrullero se tiene que tomar el palo.

Ahora tiene que seguir trabajando. Espera el rojo del semáforo, me da la mano, se levanta y sale corriendo para la esquina.

Yo también, me paro y encaro de vuelta para el auto. Me quedo mirándolo, mientras intenta que algún tipo lo deje trabajar. No tuvo suerte, la fila entera de autos le dice que no.

Se sonríe, me saluda de lejos levantando una mano y tira una frase: “Agradezco a Argentina que me da de comer”.

¿Y con qué te enrollaste hoy vos?

Los imparables

NOS Digital visitó el IMPA, la fábrica de aluminio recuperada por sus trabajadores. Con varios intentos de desalojo encima, sus dueños logran día a día llenar la inmensidad física del edificio con otra clase de inmensidad, de la que no se logra con dinero, si no con corazón. Se logra con centro cultural, Universidad de los Trabajadores, bachillerato popular, cursos y teatro. El IMPA resiste con armas poderosas: arte, educación y trabajo.

“Prefiero escribir sobre el Gran Buenos Aires que sobre Suiza”

Sergio Olguín forma parte de una camada de narradores que le da a la cultura popular un valor preponderante. Eligen las historias con vínculos sociales antes que a la alta cultura. Prefieren el cuerpo ante todo. Aquí, una charla con un narrador que incorpora en sus páginas temas como el barrio, el sexo, la violencia y el fútbol.



Quizás, el escenario en sí sea una contradicción: a un escritor que construye novelas que se desarrollan en el Sur del Gran Buenos Aires y que tienen tramas en las que los suburbios y la marginalidad tiene un fuerte protagonismo, se lo invita a tomar un café a un bar paquete y porteño del Norte de la Capital Federal para hablar, justamente, de cómo y por qué sus libros tienen esa específica intención de hablar de los barrios, del contacto entre vecinos y de todos esos vínculos que no tienen existencia en el lugar donde se hace la nota.
Cosa rara, tal vez.
“Es así, los vínculos sociales se han metido para adentro”, aclara él, que resuelve todas las contradicciones que se juntan en ese escenario demostrando en cada respuesta una simpatía repleta de gentilezas. Él es Sergio Olguín (44 años), escritor de los libros Las griegas, Lanús, Filo, El equipo de los sueños, Springfield y Oscura monótona sangre, un periodista que trabajó en los diarios Página 12 y en Crítica de la Argentina, y, actualmente, editor en la revista El Guardián. Pero es, sobre todo, un narrador que aparece como parte de un nueva generación de escritores que retoman algunos conceptos de los años sesenta y setenta y que ponen en eje dentro de sus textos una cantidad de temáticas que se desprenden desde la propia cultura popular argentina: el barrio, el fútbol, la violencia, los amigos y el sexo.
–         ¿Por qué tiene una importancia tan grande la ciudad dentro de tus libros?
–         El primer libro que yo saqué era uno de cuentos. Yo lo miraba y sentía que le faltaba algo, una carencia. Me di cuenta que lo que sucedía es que no aparecía la ciudad. Entonces, cuando escribí Lanús, me preocupé porque el espacio donde se desarrollaba tuviera un lugar de especial importancia. Después, toda mi narrativa se desarrolló en espacios donde la ciudad se volvía definitorio.
–         Y en esto, ¿qué tiene Buenos Aires como ciudad que la vuelve interesante como para volverla escenario de un relato?
–         En general, a mí me gustan las novelas que se dan en lugares abiertos. Cuando yo me aburro como escritor lo que hago es sacar al personaje a la calle donde hay acción, donde está la aventura. La ciudad es el espacio social donde uno se mueve: un lugar que está cargado de ideología, de cultura, de lucha, de un montón de oponentes que hacen a la riqueza narrativa. Si vos a una novela la podés ubicar territorialmente, vas a poder establecer los vínculos sociales posibles que a ellos los rodean. No sería lo mismo una historia en la Argentina de 1990, menemista,  o en la Alemania del 40. Todo establece vínculos que se vuelven importantes. En mis textos, trato de que esa ciudad se vuelva un personaje más. En Oscuro monótona sangre está la villa, el departamento en Palermo, la fábrica en Lanús, que componen escenarios que marcan muchas cosas. Todo eso cabe solamente en Buenos Aires.
–         ¿Y el Sur del Gran Buenos Aires?
–         Tiene que ver con mi propia biografía. Yo me crié en Lanús. Pero como todos lo que vivimos ahí, siempre tuve contacto con la Capital, con el cine, con la facultad. Al punto de que yo terminé viniéndome a vivir acá. El Sur es muy importante. Desde el punto de vista narrativo, son zonas donde yo me siento cómodo, aunque ya no viva más ahí.
–         ¿Escribir sobre el lugar donde naciste no es en parte un sentimiento de querer volver ahí?
–         Siempre hay una cuestión de pensar el lugar de origen como un lugar mítico donde uno quiere volver. Pero, en realidad, no es tan así. No se quiere volver al lugar, sino volver al tiempo atrás, a la infancia, a la felicidad plena, a la no conciencia de la muerte, a esos momentos donde todo era futuro. Pero tu infancia ya no existe. Yo nunca más volví a Lanús. A mis amigos de ahí, nunca los volví a ver. No volví a pasar la vereda por ahí hasta que en el 2007 fui con el traductor de Lanús al alemán, que quería conocer la zona. Ahí me di cuenta que no es que el barrio hubiera cambiado especialmente, sino que lo que cambia es uno.
–         De todas formas, esas historias que aparecen en esa vida barrial que describen tus libros, en los momentos de tu infancia, ¿se siguen dando?
–         No, no se pueden dar historias parecidas. Lo veo en mis hijos. Ellos ya no tienen amigos del barrio, tienen de la escuela y tener amigos de la escuela es algo muy restrictivo. Porque todos son de tu misma categoría, todos son del mismo año. En el barrio la construcción de los grupos de amigos era distinta: uno era más grande, otro más chico, uno sabía todo de sexo, uno nada, uno era gigante y te pegaba en los potrero y te hacía aprender a saltar la pierna cuando venía. Hoy hay otro tipo de experiencia. Hoy todo es mucho más limitado. Es otra época, los vínculos sociales se han metido para adentro. Hay un temor creciente. Hay vínculos sociales que se han perdido.
–         ¿Pero eso se vuelve perjudicial para un escritor?
–         No, para un escritor no hay nada perjudicial. Un escritor puede escribir en cualquier contexto social, pero los contextos conflictivos siempre son mucho más interesantes. Cuanto más conflicto haya, cuanto más haya para discutir es más interesante. Es más interesante escribir sobre los problemas del Gran Buenos Aires que sobre Suiza.
–         Es curioso que en tus libros el fútbol tiene un papel mucho más que importante, ¿por qué se da así?
–         Siempre se puede escribir por fuera del fútbol, pero creo que lo bueno es que hemos podido naturalizar al fútbol como parte de la cultura. Eso a mí me gusta. Yo meto el tema naturalmente. Es algo que llama mucho la atención. Nadie notaría si yo hablara de libros: si mis personajes invitaran a leer a García Márquez no sería raro porque se supone que forma parte del mismo campo cultural. El deporte también se volvió parte de ese mundo cultural.
–         Pero no es casualidad que en tus libros aparezcan temas como el fútbol, el sexo, la violencia. Todos son parte de la cultura popular argentina y es curioso que no sean muchos los escritores que los tengan en cuenta.
–         Mirá, en este país, la Dictadura Militar rompió los vínculos de una manera tremenda y salvaje. Esa literatura de los sesenta y los setenta, esa literatura de lo social, de la cultura popular, se perdió. Cuando volvió la democracia, esa generación de escritores jóvenes que nacía estaban preocupados por otras cosas. Más por la teoría literaria. No le interesaba lo política. Ni el fútbol. Ni el sexo, ni el cuerpo. Había como una especie de vuelta a una literatura idealista que a mí me parecía horrible. Y lo que pasó, a partir del 2000, con los tipos que teníamos treinta y pico fue tratar de establecer puentes y vínculos con otra época. Con escritores como Abelardo Castillo, como Miguel Briante. Más cerca de nuestra época con David Viñas, con Osvaldo Soriano. Me acuerdo que la revista Babel una vez había escrito una crítica contra Soriano que decía: “No se puede hacer literatura con el banderín de San Lorenzo colgado al lado”. ¿Por qué? ¿Tenés que tener la foto de Jean Paul Sartre para escribir?
–         Termina siendo una cuestión ideológica…
–         Pude ser. Ellos quizás buscan una alta cultura. Ponen el valor de las cosas en la alta cultura que tengan las palabras. Yo pienso distinto. Creo que la valoración tiene que estar dada por los vínculos con experiencias sociales, con la cultura popular. No sé, a mí me interesa más que me pueda leer una tía o una vecina antes que un profesor de facultad.

Gascón 123: el derecho a la resistencia

Les tiran, y los quieren bajar. Ya pasaron las elecciones en la Ciudad y las autoridades del gobierno porteño vuelven a la carga por el desalojo de una propiedad en pleno Almagro donde cincuenta familias viven hace décadas. Formaron una cooperativa, un comedor y cada una de sus vidas con esas paredes. Ahora no piensan claudicar.

La puerta de Gascón 123.


En el barrio de Almagro, cincuenta familias luchan por seguir viviendo en el edificio que habitan y mantienen, desde hace más de veinticinco años. Están amenazadas por un nuevo intento de desalojo encabezado, también de nuevo, por el jefe de gobierno porteño, Mauricio Macri. En la construcción tiene lugar la Cooperativa de Vivienda Nuevo Horizonte que, integrada por la mayoría de los habitantes del edificio, empuja el merendero y comedor “Casita de Belén”, para llenar las panzas de cuarenta futuros entre sol y sol. Sus manos, de todos los colores, quieren seguir decorando las paredes del lugar que es su hogar.

Sobre la calle Gascón al 123, al lado del puente que cruza el ferrocarril Sarmiento, se emplaza este edificio de seis pisos, ladrillo y revoque a la vista, evidentemente sin terminar. Una pequeña puerta se abrió para que preguntemos por Flavio, habitante y presidente de la cooperativa, que nos esperaba ansioso para que su voz también se haga escuchar.

Flavio llegó al edificio en el ’90, cuando tenía dieciséis años. Allí estaba viviendo su prima y unas cuantas familias más desde hacía diez años. Debido a que muchos vecinos estaban sin trabajo, en ese entonces fundaron a pulmón el comedor “Casita de Belén”,  para sacarle el hambre a unos cuántos. Pero por diferentes motivos tuvieron que cerrarlo un año después.

En el 2001, Aguas Argentinas, ya en manos privadas, notificó a los habitantes del edificio la existencia de una deuda de 23 mil pesos, amenazándolos con cerrar las cloacas en caso de que no la paguen en 15 días. Ante esta situación, los vecinos se agruparon bajo la forma jurídica Cooperativa de Vivienda Nuevo Horizonte, que mantienen hoy día, con el fin de negociar dicha deuda y juntar fuerza bien agarrados de las manos. La propuesta que presentaron consistía en pagar la deuda en dos cuotas quincenales. La empresa accedió. Y al poco tiempo, en el lapso de la peor crisis económico-social de la historia de nuestro país, el comedor y merendero “Casita de Belén” reabrió sus puertas, que aún siguen abiertas para las bocas que lo necesitan.

El desalojo

En el 2006, durante la gestión de Aníbal Ibarra en el ejecutivo de la ciudad, las familias comenzaron a gestionar un proyecto de ley que desafectaba al Gobierno de la Ciudad de la propiedad del edificio, para ser registrada como vivienda social y dar prioridad a sus actuales habitantes. Flavio explica un poco esto: “La idea de la vivienda social es que el gobierno arregle el edificio, y el costo de ese arreglo lo podamos pagar desde la cooperativa por medio de algún plan de financiamiento que nos faciliten. No queremos que nos regalen nada, queremos comprar la vivienda”. No es obvio aclarar que hay fondos estatales destinados a ese fin a través del Instituto de Vivienda de la Ciudad (IVC).

Después de incansables idas y vueltas, la ley se trató en la Legislatura porteña en junio de 2008, sesión en que la legisladora Pedreira pidió la palabra:“Este proyecto que hoy tratamos en segunda lectura tiene como propósito mejorar las condiciones de habitabilidad y de seguridad al conjunto de sus ocupantes –los del edificio–, ya que permitirá la realización de las obras necesarias para su puesta en valor que hoy, al estar estos predios dentro de un área afectada a zona ferroviaria, no es posible.”. “Esta propuesta no se contradice ni entorpece el futuro proyecto del Corredor del Oeste, sino que, el día que se concrete, deberá contemplar esta situación social como preexistente. Ambos predios pertenecen al Gobierno de la Ciudad, por lo que la solución habitacional propuesta sería viable.”

Finalmente, la ley Nº2.740 se aprobó el 5 de junio con el voto afirmativo de 37 diputados, incluyendo 17 del PRO.

La justicia duró un mes. A pocos días de asumir, Macri, apelando a la arbitrariedad de un decreto, vetó la ley. Sus argumentos: “Las franjas afectadas por la Ordenanza N° 24802, se encuentran dentro de los Programas propuestos por el Plan Urbano Ambiental destinadas al «Corredor Verde del Oeste» que implica el soterramiento del ex Ferrocarril Sarmiento en algunos tramos y son las únicas reservas de tipo lineal con que cuenta la Ciudad”.

Había que empezar todo de vuelta, desde el principio.

Y Gobierno de la Ciudad todavía no estaba satisfecho.

No quedar en la calle

– ¿Qué pasó después del veto?

–A los 30 días nos enteramos, por medio del Boletín Oficial, que nos iban a desalojar – responde Flavio.

El desalojo se pudo parar porque cortamos la calle –agrega Santiago, habitante del edificio y socio de la cooperativa- cuando vinieron los medios se armó ruido, y desde la misma Legislatura lo frenaron firmando una solicitada.

De esta forma, lograron eludir el primer intento de desalojo en 2008.  Pero el gobierno, insaciable, volvió a arremeter contra las cincuenta familias luego de haber ganado las elecciones locales en este 2011.

Flavio: “Después de que Macri ganó las elecciones, empezó a venir gente de Desarrollo Social y de Promoción Social a hacer relevamientos habitacionales del edificio. Ellos van preparando el panorama para el desalojo —nos revela, con la experiencia que nadie quiere tener—Cuando fuimos al gobierno a averiguar qué pasaba no nos dejaron ver el expediente, pero nos dijeron que había un desalojo notificado desde hacía dos meses, aunque la cédula –el aviso– nunca nos llegó”.

Desde entonces, en Gascón 123 reina la incertidumbre: “No nos llamaría la atención que una noche bajen del camión y nos digan ustedes se tienen que ir. Con el corazón en la boca todos los días no podemos vivir, queremos una solución definitiva”.

Ante el miedo, lejos de paralizarse, las familias organizaron una red de llamadas. Eso que motivó que se acercaran vecinos del barrio y distintas organizaciones culturales y políticas para ver de qué forma podían ayudarlos. Este es nuestro aporte para que aquellas manos pintadas en las paredes sigan teniendo un techo y la panza llena.

De corazón cubano

Alejo Carpentier decidió que daría su vida en función de las ideas. Fue una de las grandes figuras de la literatura del siglo XX y lo hizo aclarando, siempre, que él no era un escritor, sino un pensador. Su vínculo con Cuba fue algo determinante en su cabeza. Aquí, la historia de un hombre que decidió cambiarlo todo desde las palabras. 
Él rompió su propia lógica. Se desdijo, se negó. Creó un tiempo lineal, uno circular, uno inverso, uno espiral para alcanzar el no-tiempo. Murió hace 31 años según la versión lineal. En nuestro realismo mágico, no murió porque estará siempre guardado en la memoria y en el papel. Como uno de los escritores más célebres del siglo XX, ya no está, es. Como el Che, después del triste pero eterno “Dispará, cagón, solo estás matando a un  hombre”. Quedó todo lo demás.
Alejo Carpentier mecha una frase en latín, una en italiano, una en francés, una en creole para hablarnos como el pequeñito anciano irritado de gorro rojo –así, superdetalladamente adjetivado como escribía- se comunicaba con el sabio Amaliwak, en “Los Advertidos”: “‘¿Qué? ¿No atamos cabos?’, gritó, en un idioma extraño, hecho a saltos de tonalidades de palabras a palabras, pero que Amaliwak entendió porque los hombres sabios, en aquellos días, entendían todos los idiomas, dialectos y jergas, de los seres humanos”, y así nomás naturaliza y lleva a palabras lo que no las tiene.
Y él, latinoamericano y cubano, pese a haber nacido y muerto en Europa, nos acerca a ese “viejo” continente. No para enseñarnos, para compartirlo, pero mirando “de acá hacia allá”. Trajo el mito del diluvio de Noé y a la Ilíada. Y ahí estuvo, en pleno París, con acento cortaziano, enrostrándoles que no tenían la única verdad, que su Dios es dios y, si es, es uno más: «`[las voces de los dioses] en suma, eran varias, y hablaban a sus hombres de idéntica manera». Y hay más, después de hacerles caso: “Ya tenía éste un ojo colgándole de la cara; ya venía el otro con el cráneo abierto por una piedra. ‘Creo que hemos perdido el tiempo’, dijo el anciano Amaliwak poniendo su Enorme-Canoa a flote”.
Y así, cubano y latinoamericano, nos recuerda en El reino de este mundo cómo se rebelaron los esclavos negros en Haití y el Caribe en general, qué relación tenían con la naturaleza, qué simbiotismo y qué mimetismo, porque al fin y al cabo, de ahí venimos y ahí vamos. “Viaje a la semilla” rompe los esquemas y crea otra modalidad de tiempo. De la muerte a la concepción. Las etapas de la vida se enlazan como si nada, de muertoaviejoadultojovenadolescenteniñobebéfetocélulanada.
Nada raro, entonces, que un soldado se disponga en “Semejante a la noche” a partir a seis guerras tan distantes en el tiempo lineal como Troya, colonización de América, guerras mundiales… Lo excepcional es la forma de unirlos o separarlos, según se interprete.
En El acoso saca a relucir su costado de musicólogo. Transcurre durante una pieza de Beethoven, nos enfrenta con párrafos a priori eternos llenos de tensión política cual dictadura de Gerardo Machado en Cuba –esa que lo hizo exiliar tras haber estado preso, nunca dejando de lado las relaciones cotidianas de los tres personajes principales.
Como militante del Partido Comunista Cubano y Diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular se eternizó a los 76 años, en 1980, si es que no lo había hecho al escribir cada una de sus novelas.

Elogio de la locura

La Legislatura porteña nombró como Personalidad Destacada al fundador del Frente de Artistas del Borda. Esta distinción entregada a Alberto Sava demuestra una señal positiva a la pelea que lleva

El centro cultural del Borda.


Más que una declaración, el acto que nombrará a Alberto Sava, fundador del Frente de Artistas del Borda, Personalidad Destacada de la Ciudad de Buenos Aires en el Campo de los Derechos Humanos, el 6 de septiembre es una oportunidad de presionar frente a la próxima reglamentación de la Ley de Salud Mental. La iniciativa fue de la diputada Diana Maffía en la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires.
Quizás el mayor reconocimiento haya sido escuchar la frase «El arte cambió mi vida, antes era todo medicación y gritos, ahora tengo esperanzas», de boca del tallerista M. Palavecino, o saber que entre el 4 y el 8 de octubre se realizará el décimo primer Festival y Congreso de Arte «Una puerta a la libertad» -No al Manicomio- en el Complejo Cultural Radio City Roxy de Mar del Plata.
Desde 1984, Sava y los pacientes, psicólogos y artistas del FAB luchan contra el encierro y las violaciones a algunos de sus derechos: pérdida de identidad, fragmentación de los lazos sociales y afectivos, arrasamiento de sus deseos, privación de su intimidad, menoscabo de sus derechos civiles y políticos. La desmanicomialización que proponen requiere al arte no como una terapia, sino como simplemente arte para que los internados no sean objetos sino sujetos. Para gustar y gustarse, divertir y divertirse, transformar y transformarse proyectando en el afuera para romper la exclusión social.

Alfano y quiénes más

Por Leonardo Sznaider para NosDigital.

Vimos, leímos, escuchamos en los últimos días por suficientes medios a Graciela Alfano replicar, argumentar, ignorar y contradecirse sobre su vida durante la dictadura. La importancia de la complicidad civil radica en haber sido una de las herramientas de mayor fuerza para permitir el control sobre la sociedad argentina.

Jamás  saldremos aquí a defender a personajes como Alfano, no es la idea. La condena social dada por sus vinculaciones con los altos mandos de las FF.AA. es fundamental para complementar la memoria de la sociedad argentina con los juicios a los represores de tal terrorismo estatal.

¿Pero a quién nos estamos refiriendo?  Hablamos de tan solo un gato del poder. La crítica va dirigida a quienes apuntan confiados de que se trata de un objetivo débil, si consideramos intelectual y analíticamente las capacidades del personaje, y se llenan la boca contentos con sentirse plenos defensores de los DD.HH. .  No se meten, o son más tibios, con esos más pesados, esos que aún hoy detentan poder mediático, político y económico. Esos que todos conocemos.

Franco Macri, Mauro Viale, Julio Humberto Grondona, Samuel Gelblung, Rosa Martinez – o sea Mirtha Legrand-, Nicolás Enrique Courard -presidente y representante legal de la compañía Ford Motor Argentina SA de 1973 a 1985-, la lista sigue, la podés completar vos.

Si estamos decididos como sociedad a impusar finalmente las condenas sociales sobre los complices civiles de la última dictadura, Alfano deberá responder por sus actos, propiedades y responsabilidades como todo el resto de estos personajes nefastos.