Archivo por meses: agosto 2011

Que cambie la mirada

El documental Inseguros… ¿quiénes son? de Ariel Darder y Mauro Cámera, del grupo autogestionado de cine Gesta Films, busca una nueva forma de mirar la inseguridad. Se detiene a observar cómo funciona la ley, el crimen y los menores. Se sienta a reflexionar el papel de los medios de comunicación en eso. Se dispone a cambiar los ojos con los que se mira la violencia.
Hay una vez una realidad: pibes de bajos recursos salen a robar en pos de status, en pos de unas zapatillas como las de la tele, en pos de aguante, en pos de un plato de comida. Ya en esa frase hay una complejidad enorme: ¿cómo prefirió salir a robar antes que otra cosa? ¿Cuántas injusticias sufrió? Etcétera. Un ínfimo porcentaje de esos robos termina en delitos graves, según el juez de la Corte Suprema de Justicia Eugenio Zaffaroni. Ahora, ¿qué hacemos?
Hay –también- una vez un debate que plantea el documental Inseguros… ¿Quiénes son? próximo a estrenarse. ¿Se puede hablar de penas o hay que primero asegurar justicia social? Ariel Darder y Mauro Cámera, del grupo autogestionado de cine Gesta Films, se enroscaron en la discusión y contrastaron lo que dicen los medios de comunicación con la palabra de expertos como Zaffaroni, Alfredo Moffat, el psicólogo social, la diputada nacional Claudia Bernazza, el encargado de casos de menores en el INADI, Federico Montero, el historiador especializado en la pobreza, José Luis Moreno, Mary Beloff, y Orlando Barone, por su análisis de medios de comunicación.
Algunos planteos:
Zaffaroni: a los menores hay que insertarlos en el sistema penal no para castigarlos, sino para evitar la arbitrariedad de la que son víctimas hoy. Los jueces deciden sobre ellos sin ley de por medio. Los chicos terminan presos de facto, aunque según el Código, no tengan responsabilidad penal. Y sin ni siquiera ser juzgados.
Montero coincide en que hay que pensar la justicia penal y titula: “No alcanza con hacer una sociología del delito”.
Bernazza, en cambio, deja entrever que primero hay que solucionar los problemas de injusticia social, asegurar una infancia y adolescencia digna para todos y después pensar en la responsabilidad penal. “Encerrarlos es excluirlos más”.
En 2009, cuando Susana Giménez salió en los medios a decir “El que mata tiene que morir”, y días después agregó “en la cárcel”, también hubo otros casos paradigmáticos como el del arquitecto Barrenechea en Zona Norte, y el caso Capristo, en Lanús. La aparición de personajes mediáticos como Cacho Castaña y la conductora diciendo barbaridades como que hay que fusilar en la Plaza de Mayo a quienes cometan homicidios solo empeora las cosas. ¿Cómo enfrentaron esa coyuntura en el documental?
Ariel Darder: Buscamos mostrar cómo se trata la problemática de los menores de edad en conflicto con la ley. En la mayoría de los medios veíamos estigmatización de los pibes que delinquen que se estaba transformando en un discurso único: hay que poner penas más dudas, libertad de acción a la policía, bajar la edad de imputabilidad… Nosotros buscamos mostrar la mirada alternativa que pocos medios encaran que es atacar la problemática social de esos pibes. Los chicos que roban, claramente son emergentes sociales, pero tampoco se puede caer en que, por la historia que vivió, no puede tener pena. El Estado se tiene que hacer cargo porque seguir así no es bueno para él, para la sociedad ni para nadie. Lo tiene que reinsertar y darle las herramientas para que no vuelva a caer. No puede volver a la casa así nomás.
Mauro Cámera: El discurso hegemónico estaba armado sin especialistas sobre el tema, excepto un puñado que decían lo que ellos buscaban. Santo Biasatti te dice “lo que hay que saber antes de salir de casa”. Presuponen lo que sus espectadores quieren saber.
Barone dice que todos los medios son de derecha, aunque uno se rebele. ¿Qué quiere decir?
AD: Los medios, a través del marketing, son de derecha y tienden a no cambiar lo establecido. Si lo hacen, se exponen a perder espectadores, anunciantes y, en definitiva, plata. Siempre van a tratar de mantener el status quo.
¿A qué quisieron darle importancia desde lo artístico?
AD: Más que de lo artístico, nosotros de lo que nos preocupamos fue de llegar. Intentamos hacer algo clásico y claro que provocara algo en quienes lo vean.
MC: Quisimos que quien lo vea se pusiera a favor o en contra, pero no quedara en la nada. El material de archivo pone en blanco sobre negro lo que dicen los medios, e impacta.
AD: Si ves a Eduardo Feinmann diciendo que los chicos que roban son unos reverendos hijos de puta que le hace mal a la sociedad, que no tiene la culpa de nada, y lo contrastás con la mirada de un juez de la Corte Suprema…
También hay un muchacho que habla del nido de ratas que tiene cerca, refiriéndose a una villa.
AD: Ése es un ex funcionario del PRO en Santa Fe. Fue tan aberrante lo que dijo que Mauricio Macri lo echó. Algo está mejorando si Macri expulsa a alguien de su partido por decir algo tan de derecha y fascistoide.
Otro eje del documental es el medio dándole el micrófono a quien acaba de padecer el asesinato de alguien cercano.
AD: Si un medio de comunicación no tiene la responsabilidad de filtrar eso que dijo alguien emocionalmente shockeado, que le acaba de dar un vuelco la vida. Muchos de quienes dicen eso, después se arrepienten, o al menos, no lo harían. Los medios bajan una línea social y política a partir de esos comentarios
MC: Barone dice que eso genera una bola de nieve que no pudo pararse porque después vinieron las marchas y, como dice la jueza de la Corte Suprema Carmen Argibay, después viene el linchamiento y la justicia por mano propia.
AD: Esas marchas no son multitudinarias, o no tanto como la del plaf no-ingeniero Juan Carlos Blumberg hace siete años, pero hay que reconocerlas como parte de ese fenómeno mediático.
¿Cuál fue su conclusión después de hacer el documental?
AD: Creo que nos acercamos a lo que dice Montero: si un menor se mandó una cagada, su vida no puede seguir así. Si no hacemos nada con los menores que delinquen, le abrís el terreno a la derecha para que diga. El Estado tiene que intervenir. No un castigo por el castigo mismo, pero que tampoco vuelva a la casa y nada.
MC: La clave es la que dice Barone: no hay que seguirle el juego a la derecha de matar al mosquito y no ver al pantano.
AD: La idea es que a quien vea Inseguros… le cambie la mirada. Es muy difícil porque los medios taladran todo el tiempo, pero el intento está dado.

En los secundarios se estudia y se piensa

Buscando su espacio en la sociedad argentina actual, atravesada por una creciente politización, los centros de estudiantiles de los principales colegios abren la boca para contar cómo se organizan, qué los divide, qué los une y cuánto tienen para dar.

 

Los secundarios siguen movilizados. Atentos a la coyuntura, al desguace que profundiza el gobierno de Mauricio Macri tanto en los edificios de las escuelas como en los sueldos docentes y en la cantidad de cupos, los estudiantes se mantienen en estado de alerta y movilización, cada cual según su estrategia. Mientras sería fácil atacarlos por sus diferencias, mejor es destacar que desde el Estudiantazo de agosto de 2010, cuando durante un mes estuvieron tomadas hasta 40 escuelas, no dejan de reunirse y hacer política para mejorar la calidad de la educación pública.

Desde el punto de vista del Frente de Estudiantes en Lucha, la militancia se multiplicó a partir del 2001. Matías Mlotek, estudiante del Nacional de Buenos Aires, referente del FEL y presidente de la Coordinadora Unificada de Estudiantes Secundarios, se para: “La juventud que toma los colegios y corta las calles es hija del Argentinazo, del movimiento piquetero y de la bancarrota capitalista mundial. A partir del desarrollo del movimiento piquetero, y luego de echar al gobierno de De La Rúa, se abrió una enorme lucha política en el movimiento estudiantil universitario y secundario gracias a la cual barrimos a la Franja Morada de los Centros de Estudiantes, conquistamos la Federación Universitaria de Buenos Aires para los luchadores y pusimos en pie la Coordinadora de Estudiantes Secundarios CES primero, y la CUES después”.

Su corriente, dice Mlotek, “estuvo a la cabeza del Estudiantazo de 2005 contra Ibarra, integró la lucha contra Sanguinetti en 2006 en el Buenos Aires para eliminar la resolución que prohibía tomar el colegio y echar al vicerrector derechista Siperman, encabezó la enorme lucha por la democratización en 2007 del Pellegrini para obtener el acta de compromiso a través de la cual se titularizaba a los docentes, se pasaba a planta a los no docentes y se otorgaba la gestión del bar a los estudiantes, dirigió la toma del Nacional de Buenos Aires de 2008 gracias a la cual se formaron los Consejos Resolutivos y las marchas de ese mismo año del movimiento secundario por la calefacción; enfrentó la ofensiva de las camarillas en los preuniversitarios y defendió la unidad del movimiento secundario en la CUES en 2009”.

Según su movimiento, los intereses de la Federación de Estudiantes Secundarios no son los reclamos estudiantiles, “si no, evitar que las tomas de colegios y la lucha de los secundarios pase a un nivel y denuncia nacional”. Leandro Ugo, presidente del Centro de Estudiantes del ILSE, que integra la FES, responde: “Creo que tomar los colegios antes de las elecciones del 10 de julio no fue lo mejor que se podría haber hecho. Si se intentó debilitar a Macri con las tomas, es claro que el objetivo no se logró. Además, creo que las tomas no son un hecho menor y pueden ser de gran utilidad, pero si no se sabe usar ese recurso y comienzan a tomarse colegios porque sí, la medida pierde fuerza y el movimiento estudiantil pierde credibilidad. Se le dan excusas a TN y a C5N para que digan: ‘son todos unos vagos y no quieren estudiar’. Las tomas hay que usarlas, pero bien”.

Macarena Kunkel, secretaria de prensa del Centro de Estudiantes del Nacional Buenos Aires, coincide en la línea de Ugo: “explica por qué creen que la toma de colegios durante junio de este año fue desacertada estratégicamente: “En vez de debilitar a Mauricio Macri, las tomas lo fortalecen. En este contexto, con un gran aparato de difusión y los medios hegemónicos que responden a los grupos concentrados de la economía de su lado, Macri viene instalando una demonización de las tomas a partir de explicar que ‘son solo electorales, no tienen problemas reales’. Particularmente, tomando el colegio solo nos encerramos creando una falsa ilusión de estar cambiando algo. Eso se consigue saliendo a la calle, hablando con los vecinos, que son quienes en las elecciones tienen el poder con su voto. Nosotros entendemos que otras medidas, incluso más efectivas para la sociedad, eran posibles: un escrache público a la legislatura, salir a volantear por Plaza de Mayo, por Florida”.

Lola Urquiaga, del Normal 1 y miembro del Partido de los Trabajadores Socialistas, explica por qué cree que tomar los colegios sí fue una buena medida para ir contra Macri: “El año pasado, cuando tomamos los colegios, logramos concientizar y que la gente se pusiera del lado de la educación pública. Este año, nadie hablaba de eso. La CUES lo logró imponer en la agenda, por eso estuvo bien tomar las escuelas. Desde el Estudiantazo, la gente sabe cómo están las escuelas públicas”. Mlotek agrega: “Las agrupaciones K (Encuentro por la Democracia y la Equidad, La Jauretche y La Cámpora), por el contrario, han demostrado su carácter anti-tomas y anti-lucha tanto en 2010 como en 2011, cuando militaron para levantar las tomas y evitar que se desarrollaran. Los militantes piqueteros del movimiento secundario tenemos la tarea de defender la independencia del movimiento estudiantil y derrotar el intento del kirchnerismo de cerrar el proceso abierto por el Argentinazo”.

Urquiaga nos cuenta ahora por qué cree que es importante militar en un partido político: “Cuando pasó lo de Kraft, me di cuenta que era importante nuclear todas las luchas. El trabajador que se queda sin laburo y yo, que estudio en una escuela pública desfinanciada, tenemos el mismo enemigo. Así como defiendo la participación de pibes que quieren que el centro organice torneos de fútbol y proyecciones de películas, defiendo a los que quieren hacer política y organizarse a conciencia de lo que quieran construir. Desde la juventud del PTS, impulsamos escenarios y debates para politizar, para darnos cuenta que matan un pibe cada 28 horas, que hay trabajo precario, que se mueren 500 mujeres al año por abortos clandestinos, Es importante discutirlo en los colegios porque con la información se hacen las mentes críticas”.

Leandro Ugo empezó a militar para luchar por sus ideas e intentar cambiar lo que no le gustaba. Eligió la izquierda independiente porque “por un lado, veía las contradicciones enormes del gobierno kirchnerista y, por otro, veía la falta de una estrategia política por parte de la izquierda”. Buscó un espacio “donde no todo sea salir a decir que el capitalismo es una mierda, sino donde a través de la militancia cotidiana uno se gane el respeto y la confianza de la gente del barrio, y a partir de ahí empiece a construir”.

Para Macarena Kunkel, secretaria de prensa del Centro de Estudiantes del Nacional de Buenos Aires, pero militante del kirchnerismo, la militancia reverdeció después de la muerte de Kirchner: “Ese fue, sin duda, el principal hecho movilizador que abrió los ojos, e hizo que explotara en un sector importante de la juventud la necesidad de formar parte, de expresarse políticamente y de militar de forma más activa a favor de este proyecto de país”. Ugo, la desdice: “Se dice que a partir del conflicto del campo y la ley de medios hubo una mayor politización de la juventud, pero creo que esta politización tuvo que ver mucho con una estrategia del gobierno para ganar el apoyo que había perdido en las elecciones del 2009. Sin esa estrategia no hubiese llegado a tener el apoyo que tiene hoy”.

Pero a Kunkel la desalienta la forma en la que se dividió la CUES: “Por un lado, veo que es un espacio que supo el año pasado organizar el Estudiantazo que consiguió 40 colegios tomados en el marco de una movilización importantísima contra la política educativa macrista. Por otro, veo que era insostenible el funcionamiento de un espacio productivo que tuviera tantas diferencias no solo ideológicas sino también en lo organizativo y en las formas que cada uno creía mejores. La formación de la FES y su funcionamiento, será bueno siempre y cuando no se comentan ahí los mismos errores que en la CUES, de manejo por peleas de aparatos, en vez de basarse en mandatos de base de cada colegio”. Cabe aclarar, sin embargo, que tanto la CUES como la FES adhirieron en este tiempo a varias actividades una de la otra, cruzándose tras un mismo objetivo.

 

Votame que te boto

Elecciones a Jefe de Gobierno en la Ciudad de Buenos Aires. Primera vuelta y ballotaje: la misma historia. Los votantes descartables cooptados por un «te llevo en remise a votar», que son moneda corriente en la política partidaria en los barrios marginados. El PRO y el FpV compartiendo esa lógica de manipulación y descarte que da asco.

Tradicionalmente, la forma de hacer política dentro de las villas responde a una lógica diferente a la del resto de los barrios no-villas que integran la Ciudad de Buenos Aires. En el lugar donde el Estado se vuelve menos presente, ignorando necesidades tan básicas como urgentes, es donde se maneja un código distinto –o casi se impone por ser única opción- y presenta a la política no como herramienta de transformación, sino como un artilugio de engaño y manipulación. Política del descarte: servís únicamente para votar. Y después arreglátelas.

Al Sur, en el bajo Flores, en el barrio Fátima, estuvimos para no quedarnos con Julio Chávez como El Puntero, con intención de acercarnos un poco más a un mundo que nos intriga por  desconocido y que, a pesar de que en la televisión se nos lo presente como ficción, nos indigna por su cualidad fundamental de realidad.

“Hoy no voté”, nos cuenta Jorge, vecino de Fátima que vive en la calle como puede y confiesa: “Una vez voté. Me llevaron y me dieron 10 pesos a cambio. También fui fiscal de mesa por 30”.

El tipo tiene unos cincuenta años, la cara curtida de haber soportado unos cuantos fríos y las manos sucias de revolver y revolver entre la basura buscando cartón. “Yo no voto por ningún partido. Lo que me da de comer es esto”,  mientras señala una pila de basura entre la que se pueden ver unos pedazos de cartón. “Tenía un plan social que se me cortó y, de eso, el que me lo daba se llevaba una parte”.

Jorge cuenta que vivía en pleno Barrio Norte en una piecita de un conventillo y que lo trajeron junto a su madre a unos monoblocks cercanos a Fátima hace 40 años, “el único gobierno que me dio algo fue el de Perón, y de eso ya pasó mucho tiempo”. “De este lado del barrio no lo queremos a Macri. Pero, acá no más, en Los Piletones están todos con él. Lo que pasa es que allá está el comedor de Margarita Barrientos que apadrinan Macri y Mirtha Legrand. Ahí no les falta nada: dan desayuno, almuerzo, merienda y cena. Es el único al que no le falta nada”.

Margarita Barrientos es la referente del comedor que lleva su nombre. Almorzó en septiembre del año pasado en lo de Mirtha y Mauricio le ofreció en junio una candidatura a diputada. Padrinos ejemplares si los hay.

Tres pibes con remeras del PRO (Macri-Ritondo 2011) se nos acercan: “¿Chicos, ya votaron? ¿No quieren ir a votar? Hay asado y chori. Te llevan y te traen”. Un combo completo de oferta.

Sobre la avenida Mariano Acosta está el local del PRO. Tiene un cartel bien amarillo en la puerta de Mauricio 2011 y, entre el humo de la parrilla, se ve una cartulina un poco más casera que dice: “Te llevamos a votar”. Hay mucha gente en la puerta dando vueltas y unos cuantos autos a disposición para los viajes al sufragio.

Más de lo mismo. A cinco cuadras de ahí, más metido en el barrio, funciona el local de La Cámpora que responde al candidato del FpV, Filmus. En la puerta nos cruzamos con Rosa, una de las encargadas de la logística de este domingo, que nos cuenta que ellos también acompañan a votar a los vecinos. Pero que ellos no hacen firmar nada, aludiendo a que los “militantes” del PRO supuestamente obligan a los votantes que cooptan a dejar por sentado que pasaron por allí. Tiene un par de remises trabajando en el local, ofreciendo el mismo servicio. Dice que la puja en el barrio se divide básicamente entre los que quieren que se quede la gendarmería y votan a Filmus, y los que quieren que se vaya y entonces apoyan a Macri.

Se repite y se repite. En la primera vuelta, el domingo 10 de julio, sobre Iriarte, avenida que atraviesa las villas Zavaleta y 21-24, en la parada del 70 y el 46 de la calle Lavardén, una camioneta F-100 de patente SRT 033 sube gente a eso de las tres de la tarde. Sentados, con un cigarrillo en la mano y caras de aburridos, tres pibes, de las diez personas que estaban en la desordenada fila, conversan entre ellos: “¿Te anotaste ayer?” “Sí. A la vuelta me pagan”.

Una hora después, frente al colegio Sagrado Corazón, a cuatro cuadras de aquella parada, la misma camioneta pone balizas y estaciona. De a uno se bajan y cruzan la Avenida Vélez Sársfield para ahora sí votar. ¿Quién les pagaba y para qué? ¿por qué tenían que anotarse y en dónde?, ¿qué pasa con los que no están en la lista, qué implica?

En el número anterior de Nos, una entrevista al periodista uruguayo Raúl Zibechi arrojó algunas conclusiones a repetir ahora: para las lógicas dominantes, “los de abajo no son sujetos, es una suerte de ´sentido común´ de los de arriba que sólo pueden ser sujetos los que forman parte del sistema. O sea los integrados, los que hablan, visten y se comportan de modo similar a los de arriba. La figura del puntero aparece como intermediario, porque el pobre no puede actuar en política como tal sin alguien que le diga o le indique lo que debe hacer. Las derechas pueden hablar de punteros, y los progresistas suelen hacerlo a través de las políticas sociales que de alguna manera reproducen ese lugar de inferioridad del pobre. Y en ese sentido es que ambas lógicas comparten la misma mirada sobre los de abajo”.

Naturalizar esta lógica de hacer política -la que conocemos y no sorprende-, fabricante de votantes descartables, implica asumir al ciudadano como un simple elemento electoral; enajenándolo, volviéndolo contra sí mismo. ¿Qué pasa con el pibe que vivé ahí y se calza la remera del PRO o defiende a Filmus?, o ¿será que no cambia la vida en el barrio la victoria de uno u otro?

Los amigos de la sangre y sus juegos en Rwanda

El silencio es cómplice. La inacción es culpa. La descripción del desenvolvimiento de las potencias internacionales en el genocidio rwandés de 1994 sólo puede embarrarlos de responsabilidades desatendidas a sabiendas. Bélgica, la ONU y Estados Unidos con responsabilidades grandes en la consumación del último gran genocidio.

Lo que este artículo propone no es describir ni analizar las causas que motivaron al exterminio en 1994 de aproximadamente 1/6 parte de la población rwandesa en tan solo 100 días, sino observar y determinar la culpabilidad de Francia, Bélgica, la ONU y principalmente de los Estados Unidos, que sabiendo plenamente lo que estaba sucediendo en aquel pequeño país africano, limitaron el accionar de sus escasas fuerzas de paz en el territorio o simplemente evitaron cualquier tipo de intervención.

El genocidio comenzó oficialmente en los primeros días del mes de abril de 1994, cuando el avión del presidente de facto Juvenal Habyarimana fue destruido en el aire. Ataque que el gobierno achacó al grupo rebelde Frente Patriótico Rwandés –FPR-, que había puesto en jaque por medio de una avanzada militar la perpetuación de este poder autoritario, y que gracias a diferentes acuerdos de paz, habían logrado la conformación de una democracia multipartidaria.

Cuando las matanzas incentivadas por el Estado se hicieron extensivas, el discurso estuvo plagado de connotación étnica: la motivación no era política, parecían decir. De este modo lograron convencer que todos los problemas económico-sociales que sufría el país eran causados por la minoría étnica tutsi. Así, la mayoría hutu debía deshacerse de los tutsis para lograr vivir en paz, armonía y progreso.

Pero como  describiese la profesora y especialista en asuntos africanos, Catharine Newbury, “El objetivo era liquidar a los tutsis y a los otros hutus moderados que eran vistos como opuestos al gobierno de Habyarimana. La carnicería resultó la muerte de entre 500mil y un millón de hombres, mujeres y niños. Probablemente nunca sepamos los números exactos. Fue organizado y dirigido por un pequeño grupo de gente dispuesta a mantener el poder. Además de la cadena normal de comando en el ejército, policía, administración y milicias, usaron la radio para emitir mensajes de odio, fomentando a los rwandeses a matar a sus conciudadanos. Los resultados horrorosos testifican en parte la penetración del poder estatal en esta sociedad.”[1].

Los primeros indicios

En 1993 el FPR y el gobierno firmaron el Acuerdo de Arusha, en el que se comprometieron a finalizar con la guerra civil y compartir el poder. Las potencias occidentales y la ONU estaban contentas con el resultado. Al fin podían desentenderse del tema. Pero, ¿realmente el gobierno estaba convencido de ceder el poder que había monopolizado durante tanto tiempo? No, y sus acciones lo demostraban, más allá de las sonrisas que podían desplegar ante cada firma, ante cada afirmación de compromiso con el acuerdo de paz.

Para 1992 las milicias hutus compraron y comenzaron a distribuir casi 85 millones de toneladas de municiones, además de 580 mil machetes, arma que sería la más utilizada durante los 100 días de aniquilación. Unos meses más tarde, una comisión internacional de organismos de derechos humanos, luego de un pedido local, comenzó a dar cuenta de cómo hasta ese mismo momento los extremistas hutus mataban por doquier a los tutsis, sin causa aparente. Tanta la era la complicidad del poder estatal, ¡que fueron encontrados, en la casa del alcalde de la capital del país, Kigali, restos de niños tutsis asesinados enterrados en el jardín!

Durante todo 1993 la CIA reveló en diferentes informes la posibilidad de que se desatase el genocidio: en enero de 1993 advertía la posibilidad de violencia a gran escala, 11 meses más tarde notificó el trasporte de armas pequeñas de Polonia, vía Bélgica, a Rwanda; para finalmente predecir en enero de 1994 que de reanudarse el conflicto armado, morirían medio millón de personas. Cifra que hoy en día hasta ha quedado corta. Estados Unidos, se mantuvo en silencio.

Para el general  Romeo Dellaire, al mando de las fuerzas de paz de la ONU desde el acuerdo del 93, su trabajo antes y durante el genocidio fue por demás traumática. Progresivamente se iban dando los sucesos más catastróficos que habría de presenciar en su vida, las Naciones Unidas estaban poco dispuestas a ayudarlo. Sea como fuere, una vez llegado al país, solo contó con la mitad de los 5mil hombres que había solicitado, además de tener fondos mínimos para la misión, desde marzo de 1994 se quedó sin suministros, pocas municiones, alimentos, baterías. Estaba a merced de los acontecimientos.

Pero no solo en el aspecto administrativo Dellaire fue víctima del desgano de la ONU, sino también cuando tuvo la suerte de realizar operaciones previas al genocidio, que hubiesen diezmado la actuación de las milicias extremistas, también fue ignorado. En enero de 1994 el General advirtió que se estaban haciendo un registro de todos los tutsis de la capital, y que la fuerza extremista era tal que “en 20 minutos, su personal podía matar hasta mil tutsis”[2]. Además, detalló que tenía la información precisa de varios arsenales de armas escondidos por las milicias hutus, a lo que se le respondió que su función no era esa…

Empieza el genocidio: negación estadounidense, el retiro de la ONU y Rwanda en soledad

El 6 de abril comenzarían las matanzas a una escala monumental, aproximadamente 8 mil personas por día perdían la vida.  100 llamados por hora recibían los teléfonos de la ONU pidiendo auxilio por el baño de sangre. Sin embargo, Bélgica, Estados Unidos y la ONU decidieron disminuir al cuerpo de paz al mando de Dellaire. Mientras éste trataba de sostener como podía la existencia de decenas de miles, y mientras escuchaba de fondo los gritos de aquellos que no habían podido correr hacia zonas aseguradas, el mundo había decidido darle la espalda a la población rwandesa.

El 14 de abril Bélgica abandonó Rwanda, luego de que 10 soldados suyos fuesen atacados y descuartizados a machetazos –misma suerte que corrían la mayoría de las víctimas del genocidio-. Unos días más tarde, Estados Unidos hacía lo mismo: la embajadora Albright de la ONU, había recibido del gobierno la indicación que Estados Unidos habia tomado “cabalmente” en cuenta las “razones humanitarias ofrecidas para retener a los elementos” de las fuerzas de paz en Rwanda y pero que… ”había insuficiente justificativo” para mantenerlas. Para ser más claros, había tomado en cuenta lo que estaba pasando, pero le pareció que lo más “humanitario”  era quitar del medio a las fuerzas de paz de las Naciones Unidas, únicas capaces de oponer resistencia a los asesinatos en masa.

Para el 25 de abril, las fuerzas de paz eran solo 503. Dellaire escribió: “Mi fuerza estaba hasta las rodillas de cuerpos mutilados, rodeada de quejidos guturales de moribundos, mirando los ojos de niños desangrándose, con las heridas abiertas al sol e invadidas de moscas y gusanos. Pasaba por aldeas en las que la única señal de vida era una cabra, una gallina, un pájaro, pues toda la gente estaba muerta, sus cuerpos devorados por hambrientas jaurías de perros hambrientos”[4].

Hasta el 21 de mayo, Estados Unidos había prohibido a cualquiera de sus miembros catalogar lo que estaba sucediendo frente a sus narices como “genocidio”. Un –siniestro- texto preparado por la Oficina del Secretario de Defensa del 1 de mayo resaltaba: “La investigación de genocidio: lenguaje que dad a lugar a una investigación internacional por abusos de derechos humanos y posibles violaciones del Convenio sobre Genocidio. Tener cuidado. El departamento legal de Estado estaba preocupado ayer por esto. Establecer genocidio obligaría al gobierno estadounidense a hacer algo[5].

Termina el genocidio. Palabras finales

Frente a la inacción de todo el bloque de la ONU, y Dellaire protegiendo aproximadamente a 25 mil personas con un contingente mínimo, fue el propio FPR quien entró a Kigali y se esparció por todo el territorio poniendo fin al infierno. Las tropas norteamericanas llegarían tarde, recién para fines de junio, cuando todo había sido relativamente controlado, y poco antes, Francia había hecho lo suyo, luego de apoyar el retiro de las fuerzas  de paz.

El genocidio no fue culpa de ni de la ONU, ni de Francia ni de Bélgica o Estados Unidos. Pero el primero hizo lo posible para dejar en soledad a los soldados que mantenían en el país, el segundo proveyó durante los primeros años de los 90 de armamento y municiones al gobierno de facto –además de socorrer a miembros extremistas hutus durante el genocidio, para escapar de la justicia-, el tercero hizo lo mismo que el anterior, además de huir cuando la situación nacional se endurecía; y finalmente el cuarto, no hizo más que negar y negar un genocidio que después terminó por aceptar. Entonces es incuestionable la complicidad, más aún, cuando sabían de primera mano y por sus propias agencias de inteligencia lo que estaba sucediendo antes que nadie.

Sin embargo, puede ser peligroso hoy en día hablar de necesidad de intervención extranjera, cuando el motivo “humanitario” suele ser la excusa para un fin económico o geopolítico.

Pero, en este caso en particular, un millón de hombres, mujeres y niños podrían haber escapado de una atroz muerte, ya sea a balazos o machetazos. Por eso, hay que saber cuándo negar una intervención te convierte en antiimperialista y cuando, por el contrario, te convierte en cómplice de la más vil masacre.


[1] Newbury, Catharine, “Backround del genocidio: Rwanda”, Issue. A Journal of Opinion, vol. XXIII/2, 1995.
[2] Power, Samantha, “El problema infernal”, FCE, USA, 2005, pp. 422.
[3] Power, Samantha, “El problema infernal”, FCE, USA, 2005, pp. 448.
[4] Power, Samantha, “El problema infernal”, FCE, USA, 2005, pp. 450.
[5] Power, Samantha, “El problema infernal”, FCE, USA, 2005, pp. 439.

Retórica y accionar de las revoluciones

Por la redacción de Historia

Todo el continente americano es atravesado durante agosto del 2011 por un sinnúmero de gobiernos llamados progresistas o populistas, y la discusión sobre sus posibilidades de profundización, radicalización, o mismo transformación, se ponen a debate constantemente en el ámbito político, académico e intelectual.

Frente a esta situación numerosos partidos, organizaciones y pensadores han visto a estos modelos como la oportunidad histórica para lograr por vía constitucional y republicana, la transformación hacia un sistema igualitario, es decir, el socialismo (por ejemplo, la denominada vía bolivariana hacia el socialismo del siglo XXI).

Es desde la sección de Historia donde nos preguntamos la viabilidad, y misma lógica de estos postulados. ¿Es posible la transformación pacífica de un sistema capitalista en uno socialista?

Para responderlo, primero tenemos que señalar que estos proyectos han ido existiendo en el pensamiento político desde casi la emergencia misma del capitalismo industrial: a finales del siglo XVIII y principios del XIX personajes del denominado socialismo utópico como Owen y Fourier, luego en la segunda mitad del período decimonónico, cuando Ferdinand Lasalle puso a discusión dentro del movimiento obrero europeo sobre la posibilidad de generar los cambios “desde adentro” del gobierno de Prusia. Finalmente, la 2da Internacional Comunista de los Trabajadores, en su intento por el revisionismo del marxismo bogó por la lucha democrática, teniendo su experiencia durante la década del 20 en la Alemania de pos-guerra, con la conformación de la República de Weimar, controlada por la socialdemocracia, que terminaría en un rotundo fracaso, con la emergencia de Hitler al poder.

Con esta breve descripción intentamos marcar que la idea de la revolución democrática no es ni nueva ni tampoco está desprovista de sus experiencias históricas.

Pero es en un plano más teórico donde también parece flaquear este ideal. El capitalismo no es “desigual” porque “unos tengan más que otros”, sino porque hay un sector de la sociedad que se ha visto desposeída de los medios de subsistencia y están obligados a vender su fuerza de trabajo por un salario. Así, la diferenciación está en la propia naturaleza del sistema, que en un nivel muy simple y abstracto, se puede dividir entre los que tienen medios de subsistencia y los que no.

De modo que si creyésemos como válido la posibilidad de la transformación por la vía democrática, se deduciría que los terratenientes, industriales, inversores; o los llamados “grupos de poder”, accederían de buena gana a ceder toda su riqueza, sus modos de vida para la conformación de un sistema económico donde la sociedad controle y distribuya equitativamente todo lo que ésta misma produce… ¿Es acaso posible pensar algo así? ¿Por qué la parte adinerada, y además con poder sobre el Estado, haría semejante sacrificio por el bien común? Contrariamente, ¿no harían todo lo posible para evitar perder sus privilegios? La experiencia demuestra que a nivel mundial, siempre que ha habido una iniciativa de cambio, se desplegó la más horrible represión: la América Latina de los 70’ es gran prueba de esto.

Con estas breves palabras ya se abre la posibilidad de reflexionar los discursos y mismo las limitaciones de los gobiernos que florecen en el continente. Porque un país no cambia de modelo por retórica, sino por los actos, porque la palabra “socialismo” o “revolución” solo cobra sentido cuando en la realidad hay por lo menos un esfuerzo, una lucha, por llegar a ese lugar.

Conventillos con olor a décadas

Recorrimos esos lugares que son los hogares de cada generación de inmigrantes que llegan a Buenos Aires. Los de principio de siglo XX, los de hoy y los de todos los días. La historia que se forja mientras se vive.

“Conventillo, eres dolor crudo, llaga viva; un día estallará tu humor, blasfemia del hombre rudo y mujeres que se reprimen, y mancharás la ciudad pedantesca con tu hálito de vicio y crimen y tu carcajada grotesca”, Raúl González Tuñón.

 

Orilla

La llegada de los inmigrantes, italianos y españoles en su mayoría, hizo que en 1914 la Ciudad de Buenos Aires se consolidara dentro de las quince ciudades más grandes del mundo, además de crecer cultural y comercialmente.

Los primeros extranjeros arribaban a las costas del Riachuelo con la intención de trabajar en diferentes actividades del puerto. Muchos levantaron sus casas con maderas y chapas, además de otros materiales más sólidos que manejaban quienes traían conocimientos en la construcción. Estructuras precarias coloreadas con restos de pintura de todos los tonos, antes destinada a los barcos. Se los llamó conventillos, y se reprodujeron a lo ancho de todo el sur porteño, en barrios como Monserrat, San Cristóbal, San Telmo, y principalmente, la Boca.

Cada baldosa, esos pisos de madera que crujen y crujen al pasar, esa escalera angosta a la terraza compartida donde se seca la ropa y las paredes ahogadas de humedad e historias, son las mismas. Los inmigrantes de principio de siglo XX, y los que llegaron en los últimos veinte atraviesan en su llegada por los mismos rincones de la ciudad, a veces para quedarse para siempre.

Los sueños se desdibujaban para muchos frente a la realidad del conventillo. No parecía ser la abundancia el destino de los cientos de vendedores ambulantes, barrenderos, empleados portuarios y lavanderas que recorrían las calles cada día. Sin embargo, pese a las frustraciones, el compartir obligados los baños y lavaderos comunes conducía a un compañerismo sólido entre los vecinos.

María Bártoli tiene 78 años, y hace más de seis décadas pasa sus días en un conventillo ubicado a pocas cuadras del Riachuelo, sobre la calle Olavarría. Esta abuela jubilada recuerda con nostalgia su llegada al barrio junto con sus padres. La trajeron escondida en un bolso y pasaron dos semanas hasta que el patrón encargado de cobrarles el alquiler la descubriera en la habitación. “No era común ver chicos en los conventillos, pero tampoco me podían echar. De más grande ya empecé a trabajar limpiando casas”, recuerda María mientras muestra fotos de su infancia junto a vecinos y familiares. Las guarda como su mayor tesoro. “Éramos como una gran familia, cocinábamos para todos, escuchábamos música hasta tarde. Ahora hay que luchar para limpiar”. Tiene su habitación perfecta y a base de esfuerzo pudo construirse su propio baño, y ahora con su jubilación le paga a una chica para que la ayude a ordenar.

La convivencia dentro de estas casonas de inquilinato incluía a personas de todas las nacionalidades, cada uno con sus distintas costumbres. Delineaban un sitio que fue caldo de cultivo para la cultura popular, expresada en el tango y los sainetes. De la conjunción de los diferentes idiomas y dialectos, muchos de ellos denominados “cocoliches” como objeto de burla por las clases altas, fue formándose el hablar porteño y argentino actual. El vocabulario que antes era marginado se integró socialmente en las calles de Buenos Aires.

Otro vecino del conventillo es Ernesto Aguilar. “Tito”, como pide que lo llamen, tiene 47 años y llegó de Bolivia en 1993. Tardó dos años en conseguir su documento argentino, vino solo desde La Paz en búsqueda de trabajo como obrero. A diferencia de María, abandonó su país siendo un adolescente, tuvo que dejar atrás a sus amigos y a su novia.  Su pieza da al patio principal, lugar donde, recuerda, acontecía la vida social hasta hace poco más de una década: “Todos los festejos eran excusa para un asado, ahora se perdió la costumbre de reunión”.

Hoy, en la Boca se respiran aires de solidaridad frustrada. Entre algunos chamamés y cumbias, poco tango, flotan olores rancios de ambientes compartidos, y a los malestares de la convivencia se les suma una alimentación básica generalizada. “El trabajo distrae de la ausencia”, lejos de sus familiares y de sus raíces, hombres que todavía llegan desde el interior de Argentina, y de países limítrofes, transitan el día a día esperando por nuevas oportunidades.

 

El mar que los trajo

 

Los movimientos migratorios hacia Argentina desde fines del siglo XIX fueron un elemento clave y constante en la constitución de la historia del país. Su construcción como nación y su desarrollo posterior contaron con el aporte poblacional primero de Europa y luego de connacionales latinoamericanos.

La primera y gran ola inmigratoria se produjo desde 1880. Bajo el lema que proclamaba Alberdi en la Constitución del 53 de “gobernar es poblar”, se planteaba que la escasez de población y las falencias en educación debían ser saldadas con la llegada de europeos dispuestos a trabajar y propagar su cultura. Argentina necesitaba mano de obra para su proyecto de expansión agropecuaria, mientras que Europa, en cambio, encarnaba la tecnificación del agro en plena Segunda Revolución Industrial.

Ante la conjunción de estos horizontes tan opuestos, y a la vez tan complementarios, la  inmigración de ultramar que llegaba masivamente al puerto de Buenos Aires en búsqueda de mejores salarios, se tradujo en el bastión esencial del poblamiento del país y en la famosa frase “hacer la América”.

Actualmente, y a partir de mediados de la década del 90, la migración europea ha sido reemplazada por la inmigración desde países limítrofes. Muchos de los bolivianos, paraguayos, brasileños y chilenos que ingresaron al país eran de bajo nivel socioeconómico. No encontraron un territorio a colonizar, como los europeos en su momento, pero por su condición de extranjeros y su escasa calificación laboral, enfrentan trabajos duros a cambio de bajos salarios.

Todo el territorio argentino y aún más la Ciudad de Buenos Aires han sido y son escenario de múltiples culturas y costumbres, que todas juntas, hacen a una identidad nacional cada vez más dinámica, indoamericana y a la vez universal.

 

Fe con fines de lucro

Otro multimedia de Nos Digital, como siempre a mitad de cada número. Esta vez sobre una ceremonia religiosa. Todos los siete de agosto se celebra el día de San Cayetano, santo protector del pan y del trabajo. Miles de personas año tras año están días haciendo fila, como en los recitales de rock, para pasar frente a la estatua del santo y pedirle laburo y protección a sus casas y autos. Muchos vendedores ambulantes trabajan día y noche para venderle chucherias a los creyentes, y la situación se torna bizarra. Gente pidiendo monedas; otros trabajando; otros rezando y comprando; otros con las llaves de sus casas en alto para pedir protección a su, siempre su, propiedad privada; urnas de la iglesia para depositar la ¿propina?. Una ceremonia que, si se la mira desde afuera, parece un culto al bien personal, propia de nuestro sistema, capaz de transformar la fe, en negocio.

Lo tecnológico y lo campestre

El mes pasado se inauguraron en Buenos Aires (y sus inmediaciones) Tecnópolis y La Rural, de las exposiciones más concurrentes del año. Pisamos las dos para ver con qué nos cruzábamos. Un relato bien en primera persona de las sensaciones que levantan estos dos eventos que algunos quieren llegar a ver como la simplificación de la polarización actual de la Argentina.
En las dos muestras tuve que estar atento: en Tecnópolis si no mira hacia adelante me llevaba puesta una familia, en la Rural si no miraba para abajo podía tener el desatino de embarrarme en mierda de toro. Las dos compartieron el 14 de julio como día de inauguración y, desde allí, trece días de muestra, hasta el 26 pasado en el que la Rural se despidió hasta el año entrante. Tecnópolis seguirá abierto durante agosto. Ambas plantean una visión interesante, caricaturizada por Pati en Sátira/12 de una manera muy ocurrente: “Mi papá me va a llevar a Tecnópolis para que vea cómo vamos a vivir dentro de 200 años y a La Rural para que vea cómo se vivía hace 200”.
Dicen que la primera impresión es la más importante. En Tecnópolis me recibieron a mi y al millón de personas que lo visitaron el pasado fin de semana, con una murga bailando al ritmo techno acompañado con bombos y redoblantes. Por su parte, en la Rural ingresé escoltado por un guardia hasta la oficina de prensa y allí, lo primero que me recibió fue un grotesco olor a bosta; al lado estaban los bovinos cagando y comiendo en iguales proporciones. Decididamente fue lo primero que fui a ver apenas salí de la oficina de prensa, y allí estaban tiradas, paradas, rumiando, mugiendo, una cantidad de vacas embobadas mientras un batallón de peones las peinaban recurrentemente, dejándolas más presentables que algunas Mirthas y Susanas de abrigos de piel que yiraban por afuera de los galpones de muestra (por adentro no porque el piso era de paja y, allí, de tacos ni hablar).
La Exposición Rural Argentina se realiza históricamente en el Predio Ferial de Buenos Aires, el mismo donde se hizo la 37ª Feria del Libro en abril pasado. Es organizada por la Sociedad Rural, presidida por Hugo Biolcati y fundada por José Alfredo Martínez de Hoz padre. Tecnópolis está emplazado en Villa Martelli, en Vicente López, en el predio donde funcionó el Batallón 601 durante la dictadura militar. En un principio iba a desarrollarse en la avenida Figueroa Alcorta, en Capital Federal, pero por decisión del Jefe de Gobierno porteño Mauricio Macri no se pudo seguir adelante bajo la excusa de que complicaría el tránsito. En uno de los espacios de la muestra, hay un sector dedicado a la Verdad, la Justicia y la Memoria en el que se muestran fotografías del terrorismo de Estado, como pequeña reseña.
Traté como pude: me cagué de frío igual. Después de atravesar las puertas de Tecnópolis pasé por un arco del que colgaban una Constitución, unas urnas, un hombre rompiendo cadenas, hechos de metal y de gran tamaño. Son las imágenes que Fuerza Bruta usó, prendidas fuego, para representar el terrorismo de Estado en el show del Bicentenario. En las antípodas, recordé la visión del palco de la Rural, con el ruralista de los lock-out Biolcati en el centro rodeado de la fuerza bruta de Eduardo Duhalde (la que demostró con Maxi y Darío) y el Mauricio Macri de Abel Posse, el Fino Palacios y las escuchas ilegales.
Tomo la calle principal del enorme predio de Martelli y, desde la entrada, pude ver una marea inmensa de gente de principio hasta el final de la exposición. Había colas en todos lados: cola en los glaciares, cola en el reciclaje, cola en biodiversidad, cola en los puestos de comida, cola en los baños, cola para sacar el nuevo DNI, cola para cargar las tarjeta SUBE, cola de las promotoras, cola para sentarse en los banquitos. Pensé que era lógico esto de llegar al futuro esperando en la fila.
En la Rural, mientras veo cómo un señor, con bata blanca, le mete la mano en el culito a una pobre oveja, me pongo a pensar en la enorme proporción de tipos con alpargatas, bombacha y boina. Matesito bajo el brazo y la pierna apoyada en una de las rejas, como el buen peón paisano, que, en la abismal mayoría, no son. Mientras, las ovejas, una al lado de la otra, posan quietas, amarradas del cogote por sus dueños, el señor de la bata las sigue mirando, palpando. Hasta que finalmente hay un ganador y de la pequeña tribuna se escuchan gritos y aplausos. Comparo esta exposición con la de aviones, tanques y helicópteros de guerra o con la de los glaciares y entiendo por qué en Tecnópolis hay más chicos e incluso más sonrisas.
Me voy a la posta, a la joda loca del día: competencia de Angus. En la puesta de escena más grande de la exposición (varias tribunas rodeando un campo de tierra) van circulando de a grupos de cinco los animales. Literalmente circulando, alrededor de un paisano que, con un micrófono, los va juzgando hasta definir el ganador y ahí los aplausos y el griterío de la tribuna. Confieso que la mejor parte fue cuando se retobó un ternero y varias personas empezaron a correrlo mientras en las tribunas se habían empezado a escuchar los primeros “oooole”.
Tecnópolis de nuevo: terminé una cola, al fin. Biodiversidad. “Van a recorrer un simulacro de varios de los habitats que posee el territorio argentino, se puede sacar fotos, no toquen las paredes que son de tela”. Pasé junto a otras seis personas que formaban mi grupo. Creo que en menos de dos minutos ya estaba de nuevo en los 14 grados de Martelli sin haber sentido un solo simulacro de cambio de ambiente, solo unas animaciones realistas proyectadas en la tela. Mi grupo quedó más tiempo, sacando fotos a los chicos.
Otra muestra: reciclaje. Mostraban un modelo sustentable y uno no-sustentable de tratamiento de residuos, graficado, por un lado, con imágenes y datos en la pared y por otro, con varios empleados separando basura mientras nosotros, los visitantes, les sacábamos fotos y saludábamos como en el zoológico. Sin embargo interesante y útil (me pregunto si el tipo que salió antes que yo apaga siempre los cigarrillos y los tira al tacho como cuando pasó por la salida).
Siguiente estación: trenes. Ya había pasado antes por el sector de los aviones y tanques de guerra y tuve la desafortunada oportunidad de que un milico me apunte con el cañón del tanque en la muestra didáctica. Los trenes viejos eran muy interesantes, eso de pisar lo que antes era cotidiano. Lo que no pude entender es por qué los vagones más visitados eran el actual de subte de Metrovías y el nuevo vagón de la línea Roca hoy en uso.
Volviendo a Fuerza Bruta, el grupo estuvo presente en varias muestras de la exposición. No llegaron al punto del aburrimiento, pero ya no tienen la sorpresa del Bicentenario. Quizá porque la mayoría de los shows son los mismos que los del 2010 en avenida de Mayo. Uno de ellos fue en la sección “Industria argentina” en el que un armatoste enorme traslada de un punto a otro de un gran galpón a cuatro artistas bailando y girando alrededor de heladeras y de un auto viejo del que salían chispas. En otra muestra, saltan sobre una techo inflable enorme. Igual le daba un toque divertido, sumado al hecho de que había shows constantemente y que, mientras tanto, por las calles internas caminaban personajes extraños en zancos o girando en una rueda.
Con la confirmación de que habrá Tecnópolis todos los años, en 2012 estas muestras se volverán a cruzar. Este cronista no llegó a disfrutar totalmente Tecnópolis pero está seguro que no va a pisar nunca más la Rural. Celebra, además, las muestras tecnológicas del predio de Martelli y la enorme, aunque cansadora, cantidad de gente que fue. También, este cronista puede hacerle las mismas críticas a la Rural que otro como él, hace 50 o 100 años: siempre representaron los mismos intereses y la frecuentaron los mismos personajes nefastos. La diferencia principal con Tecnópolis es que, la muestra de Martelli, huzo su debut este año, desde cualqueir punto de vista es mejorable y, además, es gratis.

La sed del cuerno de África

La Internacional
Es la constante. Los rincones más desprotegidos, abusados y confinados por el resto del planeta a la miseria, son los primeros en caer en profundas desgracias cuando el viento de cola de la economía mundial se desacelera o una crisis natural aparece. El sufrido día a día actual que no es noticia.  

11,5 millones de hombres están en crisis humanitaria en la región del Cuerno de África: los habitantes de Kenya, Yibuti, Etiopía, Eritrea y Somalía son constantemente desplazados hacia campos de refugiados debido a la carestía de agua y alimentos. Al sur de Somalía, en las provincias de Bakool y Bajo Shabelle se ha decretado la hambruna por la ONU, la primera en muchos años en el continente, previendo que la situación pueda esparcirse en el lapso de uno a dos meses.
La causa más superficial de esta catástrofe que se vive hoy en día, es una sequía que lleva aproximadamente un año, donde el régimen de lluvias está muy por lo bajo de su promedio. Así, las precipitaciones han sido un 30% más bajas que en la media histórica para los últimos 15 años.
Este problema ambiental desencadenó una caída tanto en la capacidad de cultivo y reproducción de la ganadería; actividades económicas que no solo se dan a gran escala, sino que, en este sector del planeta, suele ser base de sustento para un número alto de familias que se alimentan gracias a la agricultura familiar o de pequeña escala. La mortalidad del ganado para la región ha sido entre el 15 y 30%, alcanzando cifras, para ciertas zonas de Etiopía y Somalía, de hasta casi un 60%; generadas por la desecación de cursos de aguas y la desaparición de pasturas en un, de por si, árido territorio.
La muerte del ganado sumada a bajas cosechas dio como resultado grandes migraciones internas y una alta inflación en los precios de los productos básicos, por ejemplo,  el precio de la harina en Yibutí subió un 20%, en Kenya el maíz un 300%. Según la Oficina Coordinadora de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA, por sus siglas en inglés),  en Etiopía 250 mil personas tuvieron que dejar sus hogares, en la vecina Kenya, el doble; y en Somalía, la más castigada por esta situación, casi dos millones de personas. Los campamentos de refugiados tanto de la ONU, de los gobiernos locales, como de las ONG no dan a basto: por ejemplo, el campamento etíope de Dollo Ado concentra 120 mil personas, a razón de dos mil nuevas por día.
Sería la opción más cómoda decretarle la culpabilidad a los fenómenos naturales, más aún cuando los territorios afectados han sido históricamente lo más pobres del mundo. La falta de políticas gubernamentales para el desarrollo de la agricultura en pequeña escala, la ausencia de planificación para catástrofes parecidas, crisis políticas ya sea con o sin intervención de los grandes países de occidente y sin lugar a dudas, la extrema desigual distribución de la riqueza son los motivos de fondo de una crisis humanitaria que en poco más de 30 días podría convertirse en hambruna.