Archivo por meses: agosto 2011

Lo amarga que hace la vida Ledesma

Sergio Ciancaglini. Especial para NosDigital desde El Triangulo, Jujuy.

El Familiar es el perro del diablo, o el diablo mismo disfrazado. Cuenta la leyenda en los ingenios azucareros del norte argentino que El Familiar está siempre acechando, y que con cada zafra mata y devora a un trabajador. Hasta hace unos años la historia llenaba de pavor a las almas inocentes en lugares como Libertador General San Martín, sede del ingenio Ledesma. Desde la Noche del Apagón, el 27 de julio de 1976, cuando Libertador quedó a oscuras para facilitar el secuestro de unas 400 personas de las cuales 20 continúan desaparecidas, la tenebrosa leyenda de El Familiar ha quedado convertida en un cuento de Pitufos.

35 años y un día después, el 28 de julio de 2011, la policía jujeña atacó y reprimió a 500 familias que habían ocupado El Triángulo, un terreno de 15 hectáreas propiedad del ingenio. Estoy recorriendo este terreno surcado por la reciente zafra. En lugar de caña ahora hay carpitas o ranchos inventados con palos y polietileno negro como el de las bolsas de basura. Hay 5 canillas en total. No hay baños, obvio: “Vamos del lado de allá del camino, al ingenio” cuenta Marcela, explicando cierta forma de fertilización no convencional. Hay banderas argentinas, una de la comunidad guaraní, pedazos de ranchos hechos con bolsas de arpillera de azúcar Ledesma. Gente que pasa frío y duerme allí para garantizar que no habrá trampas. Conviene repasar la historia.

Estas 15 hectáreas se las tenían prometidas a estas familias de Libertador desde hacía tres años, pero ya se sabe a cuánto cotiza la promesa en estos extraños tiempos.

Como seguían las idas y venidas, los 500 grupos familiares –la mitad integrante de la CCC (Corriente Clasista y Combativa), la mitad no- decidieron ocupar El Triángulo. El 28 de julio sabían que iban a ir a desalojarlos. Pueblo chico, info veloz: policías o familiares de policías avisan a sus vecinos la que se viene.

Las llamadas fuerzas de la ley llegaron, incluso desde San Salvador de Jujuy, con la orden del juez Jorge Samman que decretó el desalojo, y se fue de vacaciones de invierno.
La batalla duró 7 horas. La policía pegó con su entusiasmo característico, lastimó a hombres y mujeres como para no ser acusada de discriminación, y usó balas de plomo. Los vecinos se defendieron a palo, piedra y trompada. Murieron cuatro personas, un policía incluido, de 22 años. Ninguno de los otros tres muertos era integrante de la CCC. “Para nosotros la muerte del policía fue provocada por gente de la seguridad privada de Ledesma para incentivar la represión» me dice José María Leiva, joven ocupante de un lote e integrante de la CCC, y repite el argumento Margarita Mendoza, presidenta de la Cooperadora Policial, con el siguiente argumento: “Yo estuve, a mi que no me la cuenten”.

Primer tiempo: desalojaron a las 500 familias.

Entretiempo: tarde, pero llegó la orden del gobierno jujeño de parar la violencia policial. Segundo tiempo: las familias lograron recuperar El Triángulo el mismo 28 al mediodía.

Al rato ya eran 600 y unos días después, 900.

Nada tan inspirador como el ejemplo. En el resto de la ciudad, empezaron otras tomas similares. Pero en lugar de desocupados o personas con trabajo totalmente precario e informal, como en El Triángulo, se trataba de empleados municipales, docentes, personal médico y de enfermería de los hospitales, policías (que como no pueden hacer semejante cosa, organizan la toma a través de sus esposas), camioneros, empleados del propio Ingenio Ledesma.
En pocos días: 2.500 familias, entre 10.000 y 15.000 personas sobre una población de 50.000, estaban viviendo en carpas en esos terrenos. La diferencia en estos casos son las carpas, que los de El Triángulo no tienen. En todo caso el conjunto es un inmenso camping de lo insoportable.

La gente de El Triángulo no tenía vivienda ni tierra, ni forma de pagarla. Los que sí podrían pagarla, tampoco acceden a tierra ni a vivienda, simplemente porque Ledesma es dueña de 130.000 hectáreas alrededor de la ciudad, que queda como sitiada por la empresa. Sin posibilidad física de expandirse. Lo que ocurre en tantos lugares, aquí se agudiza: los alquileres se vuelven una nueva forma de violencia. Cualquier cuartito con baño cuesta entre 600 y 800 pesos, una casita ínfima se alquila por 1.200, y de ahí al infinito. Adriana, profesora de Arte: “Yo siento que trabajo para ganar plata que tiro en pagar el alquiler”. Cuando no se puede pagar el alquiler, empieza el amontonamiento de familias en cada vivienda. Eso crea un nuevo lazo de parentesco: el «agregado». «Yo soy agregada a la casa de mi mamá» me dice Adriana. «Yo estoy agregado en lo de mis suegros» me explica Matías, chofer.
Hay hogares donde viven 11, 18, hasta 25 personas (en 3 habitaciones y un baño, dos a lo sumo, inventando piecitas inverosímiles). No hay intimidad, y Ledesma se llenó de moteles para que parejas casadas, me cuenta Margarita, «puedan ir a hacer su intimidad».
Estos asentamientos que siguieron a El Triángulo, están rodeados de autos: hay gente que tiene coche pero no tiene vivienda. Todos poseen obviamente celular (pero tienen que pelear entre familiares para usar el baño). Para no discutir por la tele, compran de a dos y tres LCD por casa. Es interesante pensar si a eso se le puede llamar “modelo de crecimiento” o de “desarrollo social”, o cualquier otra cosa parecida.

Los más desamparados iniciaron las ocupaciones, y dejaron abierta la brecha para que esa “clase media” agregada y empobrecida también saliera a buscar lo suyo, pese a la sensación de vergüenza (por haberse convertido en okupas) y pese al miedo a la policía y a un temor aún mayor: las represalias de la propia empresa Ledesma, con la que todos tienen alguna forma de relación. Lo que ocurrió el 28 de julio acaso sea histórico, y tuvo que ser a costa de cuatro muertes. Se descubrió la trampa de un verbo: esperar. Selva, madre de cinco hijos, me explica: “Acá todo es negocio y política. Entonces la gente tiene que salir a hacer las cosas”. Su hijo de nueve años está con una pala, muy serio, limpiando el lote de 10 x 8 donde de aquí en más tal vez comience una nueva vida.

Picantes del fin del mundo

Desde donde el mundo pega la vuelta, se arma todos los días el colectivo Ají Picante. Una revista, un periódico, un espacio, mucha gente. Siempre hablando de esas cosas que en Ushuaia no se tocan, y ellos no dejan de revolver. Entrevista chateada con Leandro, voz cantante de los ajíes.

Foto tomada de www.ajirevista.blogspot.com


Leandro está viniendo de ver la salida de la luna: un espectáculo censurado para los que vivimos en la Ciudad. Así que, enojado, lo rebato con argumentos astrológicos: ¡La luna no “sale”! Bueno, me caga otra vez: “Es que no hay palabras para explicarlo”. Ok, sí, Leandro está en un lugar muy raro… En este planeta, sí… O no… Más o menos…

Está en Ushuaia, Tierra del Fuego, Argentina, Planeta Tierra.

¿Sabés que pasa ahí?

La isla

Justamente, la isla está aislada. Aislada de montón de discusiones y reflexiones y tabúes que la alejan de todo y de todos, de vos. Como muchas otras, la provincia, y la ciudad, “están mirando siempre a Capital Federal”, cuenta Leandro. Pero allá también pasan cosas, las mismas de acá y otras. Por ejemplo, Ezequiel Huirmilla, de Río Grande, fue desaparecido por la policía. ¿Sabías? Tranqui, incluso allá pocos lo saben. El blindaje informativo, político y, sobre todo, social, llega a niveles insospechados, siempre según la crónica de vida de Leandro y los chicos de Ají Picante. En ese sentido nació el colectivo: darle fuerza a esas otras noticias, contarlas y escuchar otras, contar esas nuevas y viajar, viajar siempre para traer noticias, ideas, verdades. Ahora, por ejemplo, acaban de montar la muestra itinerante Ningún pibe nace para chorro allá, lo que cerró sentido a mucho de lo que hacían: “Renovadora”, define Leandro. Allí convergieron no sólo los niños, chicos, jóvenes y adolescentes con que venían  trabajando (la mayoría del barrio 10 de febrero) sino concejales y legisladores “que nunca vienen a las movidas que hacemos, ni a ninguna”. En pleno centro de Ushuaia, la muestra alzó una voz que hasta los que no la quieren escuchar, se dieron una vuelta. Leandro lo dice más directo: “Se la tuvieron que comer”.

Ahora, a seguir con lo de siempre:

–          Ají, el fanzín que defiende, ante todo, la igualdad sexual y se planta contra juicios y prejuicios.

–          AJItamos, diario quincenal, imposible mejor descripto en el blog de Ají y su manifiesto: “En `AJItamos…’ vas a toparte con hombres, mujeres y trans que se animan a interpelar los límites de lo políticamente correcto, vas a hallar perspectivas libertarias, irreverencia, una apuesta a lo común, un intento siempre renovado por fornicar con la aventura y lo inédito”.

–          La Casita, el espacio físico de todo esto, y de todos.

Así punteado, todo parece poco. La verdad es que Leandro y todos los picantes de Ají andan en mil quilombos. La muestra de Ningún pibe es el ejemplo. Pero para ello, antes, anduvieron trabajando en el barrio 10 de febrero para pulir las ideas de los pibes y darles forma y formato para la muestra. En la otra punta, ahora, Leandro cerró la muestra y fue a ver con Veroka la salida de la luna… Ya llega, me dice… Que lo espere… Y, de pronto, atravieso (atravesamos) el ciberespacio y estoy en Ushuaia o él está acá, en Almagro, o da igual, y tecleo: cómo fue la muestra?

Leandro dice:

increíble

posta

que fue zarpada

renovadora

Las conclusiones ya fueron más o menos desparramadas: rebotó fuerte en la política ushuaiense, donde nunca rebota nada. Además de la alegría de los pibes, las cosas que hicieron y seguramente pensaron. Además de lo que significa montar la obra en pleno centro de la ciudad. Además de la interpelación a todos esos que callan todo esto.

Todo esto me lo dice, de alguna otra manera, Leandro.

Le pido que me separe y explique un poco todas movidas: Ají Picante como colectivo, Ají revista, AJItamos diario, La Casita…

Leandro dice:

todo es lo mismo

Ají revista sale desde hace 7 años en diferentes formatos, o mejor, en el formato que se pueda. La idea primera y última es difundir. Ají recopila notas que Leandro y Los Picantes levantan en viajes (físicos y mentales) y traen a Ushuaia y a todo el sur, y vuelven a viajar y vuelven a traer, y viajan y vuelven. Así estuvieron, otro ejemplo, en una feria del libro independiente recién celebrada en Jujuy. Ají también aterrizaron en Bolivia y se enamoraron de Mujeres Creando, un colectivo feminista.

Leandro dice:

ají vendría a ser el lado maricón del colectivo

¿Y el resto?

No olvidemos que dijo “todo es lo mismo”.

Leandro dice:

luego se multiplicó en diferentes formatos

vivimos en una isla en lo mas austral del planeta

re lejos

entonces no podemos limitarnos a un formato

porque siempre estamos condicionados

falta de materia prima

clima

distancias

Ensayo una reflexión tonta, para decir algo: Una especie de cartero de ideas

Leandro dice:

de one

Los caretas

Entonces la idea es difundir por todos los lugares y formas que se pueda: difundir con las revistas, con las paredes, difundir con las bocas, difundir en la web, difundir en la radio…

¿Difundir qué?

Ají revista, ya dijimos, encara un debate-análisis-reflexión a favor de la diversidad sexual y libertades en general. Dijo Leandro “Es la pata maricona”, pero es mucho más: es, quizá, la proclama más escandalosa para el ciudadano medio de aquella –ésta- Ushuaia, y también para lo que Leandro llama “caretas”.

AJItamos…, el diario, por ejemplo, lleva en todas las tapas (entiéndase: en la tapa de todos los números) la foto de Ezequiel Huirmilla, desaparecido por la policía y olvidado por todos, incluso los más amigos. “Nadie hablaba de eso y con Ají empezamos a nombrarlo y a preguntar qué pasaba… Y ahora es como un emblema de los desaparecidos de acá”.

El caso de Ezequiel no fue siquiera nombrado por ningún otro diario sureño.

Leandro dice:

es difícil la organización, acá todas las radios retrasmiten de buenos aires

los diarios solo levantas gacetillas de gobierno

las librerías solo traen best sellers

clarín imprime acá su propio diario

y el resto cuando llega lo hace después de las 6 de la  tarde

por ej, barcelona llega con 10 días de retraso

Hace no mucho tiempo Leandro y sus secuaces se juntaban en la YPF, cuenta, un poco para suplir la falta de espacios (y el calor, supongo).

Lendro dice:

pero cada vez éramos mas

¿Quiénes?

Leandro dice:

gente que quería activar con generar un movimiento sociocultural en la isla

que no necesariamente es colectivo ají

no existe una lista ni estatuto del colectivo

ni esta pensado hacer una asociación

ni cooperativa

nada

la idea es

comunicar

acompañar la visibilizacion

como sea

la casita

para juntarnos

el diario

para mostrar

la radio para contar

Cuentan lo de Ezequiel Huirmilla, convocan a la Marcha contra el hambre y la criminalización, la organizan, convocan a María Galindo a escribir sobre el aborto (dice María: Despenalizar el aborto es descolonizar nuestros cuerpos), entrevistan a Silvia Paredes, referente del Foro Social Urbano de Ushuaia, analizan los detrases del matrimonio homosexual, cubren la movida estudiantil en Chile, la represión, que fue ahí nomás, del otro lado de la cordillera, y no tan lejos como nos parece…

Leandro sigue.

Leandro dice:

porque cuando la comida de toda la población la maneja un monopolio

que se llama LA ANONIMA

como la SOCIEDAD ANONIMA de la patagonia rebelde

y que no podemos comer de los recursos naturales

que se va todo a la exportación

que pescar esta multado

y que acá hay comida para todos los habitantes de la isla

¿Sabías?

Va cerrando la charla y le pregunto cuántos son, más o menos, los Ají Picante:

Leandro dice:

no tengo idea

ni lo pienso

más de los que hasta yo se

eso es loco

y bello

“La incertidumbre es libertad”, quizá haya dicho alguna vez alguien. Ahora dicen que los Ají Picante son cada vez más, somos, ahora que sabés. En el culo del mundo pasan montón de cosas que ni los que en el culo del mundo viven saben. Seguro tampoco, ésos, se juntan a ver la salida de la luna.

Mucho más que una misión imposible

Supuestamente por falta de presupuesto, el IUNA realiza un durísimo ingreso para poder empezar a cursar carreras como cine. El curso es muy dificultoso y se lo hace más complicado para que entren más alumnos y así evitar la inversión universitaria. Aquí, el triste relato de un pibe que sufre por las limitaciones para poder estudiar.

Foto tomada de julianenbuenosaires.blogspot.com


Él está sentado pensando en las escaleras de la puerta de su escuela secundaria. Las lágrimas se le juntan en los ojos, pero no caen. Mira en el televisor del bar de al lado a los estudiantes chilenos reprimidos… “Están peor que yo…”. No disfrutó quinto año, el de la joda y descontrol. Se gastó las neuronas pensando qué iba a hacer en este 2011. Todos lo tenían decidido menos él. Quería hacer cine. “¡¿Cine?! Dejate de joder”, lo censuraban desde chico. Logró convencer a sus padres, pero le adelantaron que no podían pagarle la carrera en una facultad privada. Le quedaban dos opciones: entrar en la elitista Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica o al Instituto Universitario Nacional del Arte, donde también tendría que pasar un Curso Preuniversitario.
Pasó las vacaciones frente al televisor mirando películas, ante el escritorio, leyendo y con el teléfono en la mano en el call center. De la cabeza no se le iba el legado familiar, que sus papás no habían podido estudiar, que él que tenía la posibilidad no la podía dejar.
Llegó marzo y la lista de ingresantes a ENERC. La primera etapa ya la había pasado…
Fulanito, Menganito… No estaba.
La presión lo carcomía. Un paso había fallado, en el trabajo empezaba a no vender nada… Estaba distraído.
Empezaba el CPU en el IUNA, sede Yatay. Una buena: le queda cerca de la casa. Audiovisuales también tiene un edificio, ahora, en la calle Rocamora. En cualquiera de las dos sedes lo reciben aulas vacías pese a que ya es época de clases. “Bueno, va a estar tranquilo en cuanto a cantidad de gente…”, se equivoca. Se sienta a hablar con Agustina Manuele, recién ingresada y allegada a la agrupación RebelArte: “Tenés que venir dos veces por semana, son tres materias teóricas: Introducción al Lenguaje Audiovisual, Lectura, Comprensión y producción de texto y Taller de Literatura (el último se había pensado como un apoyo para comprensión que es la materia más dificil y al año siguiente la metieron como materia obligatoria demostrando que el ingreso es un filtro de alumnos). Pero tenete fe”.
Mariana de RebelArte, llega, enfatiza en que el curso es difícil: “Hay materias que son más complicadas que en la carrera. Comprensión de texto del CPU es más difícil que Lenguaje I y II”. Hay más: “Pese a que todos los que tienen siete en cada parcial y, además, en el final de cada materia, el porcentaje es siempre de un 30 por ciento”. Como si no quisieran que entrara más gente.
-Pero… pero… ¿por qué no hay un ingreso irrestricto, como en la Universidad de Buenos Aires? ¿Qué pasa? ¿El arte tiene que ser elitista? ¿No hay presupuesto para el arte?- primero tiembla y después se enerva.
-Te entiendo: el ingreso irrestricto es re aplicable porque lo que estamos pidiendo es que haya una nivelación, no un filtro. Que se nos den las herramientas para poder desarrollar y aprender conocimientos básicos sobre artes audiovisuales para ayudarnos a incorporar esos conocimientos y no que nos echen si no los comprendimos-le responde Agustina.
-Y si no, ¡el estado debería darnos más espacio aún! Es completamente absurdo que se filtre y no dejen a los pibes estudiar e ingresar a una carrera universitaria por falta de presupuesto.
Se va colmado de bronca  y en el camino encuentra un volante de la Agrupación Hugo del Carril, conductora del Centro: “El curso de ingreso debería ser nivelatorio, no eliminatorio. El estudiante debería llegar a cierto nivel de comprensión del contenido para poder acceder a la carrera, y hasta que no lo alcance, que pueda tener todas las oportunidades de poder hacerlo. Apostamos por un curso de ingreso que no restrinja el acceso a la educación universitaria a ninguna persona, por motivos de raza religión, ideología, ni, como es común, de clase. Que la educación pública sirva para educar universitariamente de manera gratuita a toda la sociedad. La universidad como motor de movilidad social”.

Foto tomada de julianenbuenosaires.blogspot.com


Le puso buenos almohadones a la silla de su escritorio, se quemó el bocho y logró entrar. “¡Ya está! Ahora a disfrutar”, pensó. Pero eso de la falta de presupuesto que le quedó picando en la cabeza volvería a ser un obstáculo. Ahora que pasó los exámenes, no sabe a qué materias inscribirse. Las materias que puede cursar ahora que no tiene que trabajar, se le superponen. Mira para los costados y ve otra vez las aulas vacías.
-¿Qué pasa que hay tantas aulas vacías?- le pregunta a Mariana cuando la ve pasar.
-No hay docentes contratados.
-¿Por eso hay tan pocas cátedras y horarios para elegir o siempre fue así? Las materias a las que me puedo anotar están en el mismo momento.
-Las dos cosas. Iluminación y Cámara I, por ejemplo, se superpone con Guion I teórico. Deberías cursarlas en el mismo momento.
-¿Y cómo voy a hacer para aprobar las 56 materias en un tiempo digno y que mis viejos no me maten?
-Empezá a hacer buena letra en el resto de tus tareas.
Se acerca a Manuel Tangir, de la Agrupación Transversal Hugo del Carril, que conduce el Centro y le pregunta cómo sigue, a qué se puede anotar: “En el primer cuatrimestre podés optar entre 12 materias diferentes. No hay límite de materias que te puedas inscribir porque muchas materias no tienen la oferta horaria básica para cubrir, hoy por hoy están suspendidas las correlatividades. Tenés una gama de materias disponibles para cursar muy amplia, algunas de las cuales pueden alcanzar un grado de complejidad realmente avanzado, como por ejemplo ‘Historia sociocultural del arte I’ o ‘Fundamentos teóricos de la formación artística’, que son dos materias del primer cuatrimestre, pero que a la vez son muy difíciles”.
-¿Todo esto por falta de presupuesto?
-La discusión es más profunda, ya que, aunque los estudiantes entran en la carrera, el grado de deserción en el primer año de la misma es altísimo. Por eso intercedemos para amortiguar el número de desertores. Hoy por hoy un ingresante tiene derecho a justificar sus faltas con certificados de salud o laborales, y solicitar certificados a la institución que acrediten que está cursando el CPU. Tiene el precio de apuntes más bajo de todo el país. Si bien el presupuesto es la excusa principal, también hay una gran defensa sindical docente para evitar la competencia de cátedras. Faltan equipos también, pero, por otro lado, hay muchos equipos que por trabas administrativas no podemos utilizar los estudiantes en nuestros proyectos curriculares. Por ejemplo, nunca pudimos sacar las cámaras porque no están debidamente aseguradas, y hay muchas luces sin estrenar que no las dejan sacar porque ‘no están inventariadas’.
Cinco años después, en la puerta de la facultad están Fulanito y Menganito tirándose harina, yerba y huevos. Manuel para al lado y le dice: “en toda la historia de la facultad todavía no se recibió nadie que haya cursado todas las materias. Ellos se recibieron porque salieron de ENERC y completaron acá la licenciatura”.

Foto tomada de julianenbuenosaires.blogspot.com

El invisible detrás de sus obras

Muchos conocerán sus películas. Muchas habrán reído viendo Escuela de Rock. Muchos se habrán emocionado viendo Antes del Amanecer. Pero, aún así, serán pocos los que sepan realmente quién es el director de todo ese compilado de obras. Aquí, Richard Linklater, un tipo del que pocos saben.
Si en una reunión entre amigos, de repente, la conversación vira al tema cinematográfico y alguien menciona su nombre, la mayoría dirá que no lo conoce. Pero si se comienzan a enumerar sus películas, la charla dará la bienvenida a una seguidilla de “Ahhh… ¿ése es?”, que pondrá a todos a pensar cómo es que no lo recordaron antes. Es que Richard Linklater, de cincuenta años, nacido en Texas, Estados Unidos, es el director de varios films que aparecen en cable seguido y que hacen que cambiar de canal sea un tanto difícil: “Escuela de Rock” (2003), “Antes del amanecer” (1995) y, su secuela, “Antes del atardecer” (2004).
Si Linklater hubiera dirigido (y escrito) sólo una de las dos últimas mencionadas, ya alcanzaría para elevarlo al podio de los mejores directores indie de los años noventa. La naturalidad del guión de las películas protagonizadas por Ethan Hawke y Julie Delpy es (a no asustarse por el gran calificativo que se viene) magnánima, y convierte las 24 horas mágicas que los personajes permanecen juntos en una jornada que uno quisiera para sí y algún que otro desconocido.
Con algunas excepciones, la mayoría de films de Linklater transcurren sólo en un día, y sus tramas principales suelen ser conflictos juveniles. Intenta retratar las vivencias de esos rebeldes y raros veinteañeros de su era, aquellos que se fascinan hasta con un papanicolau de Madonna e intentan venderlo para conseguir dinero, como sucede en “Slacker” (1991), un producto aplaudido en Festival de Cine de Sundance de ese año.
También es actor y, antes figurar en las carteleras luminosas de Hollywood, trabajó en una planta petrolera en el Golfo de México. Actualmente se encuentra filmando “Boyhood”, un experimento simil álbum-de-fotos-de-la-abuela que cuenta la vida de un chico, de sus padres, y de sus cambios año tras año. Lo novedoso es que está filmado literalmente según pasan los años, para registrar las modificaciones físicas con la mayor verdad posible.
A continuación, cinco pelis de este texano querible y parecido a Alejandro Lerner:
Tape (2001): primera y principal, antes que ninguna. Ethan Hawke, Uma Thurman y Robert Sean Leonard (“Wilson”, en Dr. House) solos en una habitación de un motel de Michigan conversando. Nada más. Basada en una obra de teatro de un acto, es lo mejor del Mr. Linklater. Una curiosidad es que el cuarto no pertenece a un hotel real, sino que es un set armado.
Antes del Amanecer (1995): el que todavía no la vio es un irrespetuoso del amor (?). Dos extraños (mencionados arriba) se conocen de casualidad en un tren que va de Budapest a Viena. Este film seguramente esté incluido en esas nuevas compilaciones de moda del tipo “101 películas para ver antes de morir”. Además, la actriz es lo mejor de Francia y, para algunos, Hawke un bombonazo. Para el que guste de películas muy habladas.
Antes del Atardecer (2004): nueve años después, la pareja se vuelve a encontrar, pero esta vez en París. Como en la anterior, hay paisajes bellísimos que llevan a pensar que las grandes historias de amor suceden sólo en las grandes ciudades, nunca un suburbio rumano o un Brixton, Inglaterra. Estos dos flacos siguen teniendo mucho de qué hablar. Para enmarcar en un cuadrito: Delpy en la última escena imitando a Nina Simone. 
Waking life (2001): linda, linda, linda. Combina animación y actuación. Es como si las tomas hubieran sido filmadas y, después, dibujadas encima. Se trata de un hombre que intenta diferenciar el sueño de la realidad mientras se hace cuestionamientos existenciales.
Escuela de rock (2003): o “cómo un músico frustrado arma una orquestra de infantes atolondrados y genera mejores canciones que las del Bombardeo del Demo”. Para los amantes de Jack Black y de los actores estrella sub-12.

Cabral, hombre heroico

Se pide no olvidar, contemplar y recordar. Una de esas vidas que, bien mezclada con la música, son ejemplos de vivir. Perfil de Facundo Cabral, el que vivió para contarla.

La muerte de Facundo Cabral en Guatemala el pasado 9 de julio fue una noticia más de nuestra cotidiana vorágine mediática. Un dato frío, un asesinato que se suma a la larga lista y que tiene las mismas posibilidades de recobrar importancia en los medios como de no hacerlo. Todo depende de cuánto material se necesite para rellenar la agenda. Facundo Cabral nunca será noticia porque quien sugiere que el dinero tenga fecha de vencimiento para que ningún hombre acumule poder sobre otro” contradice la lógica económica por la que se rigen estas empresas.

Nació en alguna calle de La Plata un 22 de Mayo de 1937 con la palabra “abandono” en su ADN. Su padre dejó a toda la familia un día antes de su nacimiento. Por este motivo su abuelo paterno echó a su madre Sara y sus 8 hijos de la casa y le dio así el inicio de lo que sería una constante en su vida, transitar caminos sin rumbo certero.

Esta primera etapa nómade tuvo como protagonistas a las rutas del sur de nuestro país. Su primer parada fue en Berisso, allí comenzó el viaje hasta Tierra del Fuego en el que murieron 4 hermanos y donde vivieron en galpones, baños públicos y en la calle. «Mi primer recuerdo es mi madre comiendo de la basura. Nunca podré olvidarlo”, así relató crudamente Facundo Cabral a la razón por la cual a la edad de 9 años decidió dejar su hogar para ir en busca de un mejor destino. “Yo sabía que el General Perón le daba trabajo a la gente pobre y no teníamos nada que perder”, contó años después.

“Te daré el segundo y último regalo que puedo brindarte, el primero fue la libertad de nacer, ahora es la de volar”, le dijo su mamá al despedirlo en la estación para emprender un viaje lleno de obstáculos pero también de esperanza. En Capital Federal lo recibió   Constitución, donde le preguntó a un comerciante como llegar a la casa de Perón y Evita. El señor, con quien se reencontró muchos años después, le recomendó que viaje a La Plata donde la pareja gobernante iba a concurrir a un Tedeum en la catedral al día siguiente de su llegada.

“Por fin alguien que pide trabajo y no limosna”, fueron las palabras de Evita luego de que el atrevido niño intercepte a la comitiva y logre hablar con ella y su marido para pedirles por un mejor futuro para su madre y sus hermanos. Inmediatamente su familia fue trasladada de Tierra del Fuego a Tandil, donde Sara trabajó como celadora en una escuela pública.

«Llegué a Tandil pero me fui enseguida. Buscaba una cocina de dos hornallas para mi vieja, de modo que laburaba de cualquier cosa para poder comprarla. Fui medidor de campos con agrimensores, repartidor de telegramas, lustrador de zapatos, embolsador en la cosecha de la papa, peón golondrina”, cuenta Facundo, en quien Joan Manuel Serrat parece haberse inspirado para escribir su canción Vagabundear. Plazas, estaciones de tren y colectivo y parques fueron sus pensiones gratuitas.

Con solo 9 años el alcohol llegó a la vida de este joven solitario por naturaleza y poseedor de una violencia proporcional a la dureza y sufrimiento por el que fue sometido durante su vida. Por este motivo fue internado en un reformatorio.

Sin embargo, a los 14 años la cárcel fue su improvisada e inesperada universidad. Allí conoció a Simón, un sacerdote jesuita que era el único profesor de la “casa de estudios” que funcionaba en el establecimiento. Éste le enseñó a leer y escribir y con la sabiduría propia de un profeta lo sumergió en un mundo literario y filosófico en el que se aproximó a autores como al poeta argentino Almafuerte y el norteamericano Walt Whitman que lo marcaron a fuego y serían parte de su obra y vida. En la cárcel logro terminar sus estudios primarios y secundarios en tan sólo 3 años gracias al impulso de Simón, quien para Facundo fue “un ángel caído del cielo” en medio de la turbulencia que predominaba sus días.

Un año antes de la fecha estipulada de salida Facundo se escapó de la cárcel con la ayuda del propio Simón quien consideraba que “ese lugar ya no le aportaría nada nuevo a un joven tan capaz e inteligente”. Otra vez la calle, otra vez Vagabundear en plazas y parques, donde comenzó a rasguear los primeros acordes junto a sus ocasionales compañeros de ruta.  “El 24 de febrero de 1954, un tipo de la calle me recitó el Sermón de la Montaña y a los 17 años descubrí que estaba naciendo, porque no se nace sólo cuando salimos del vientre de nuestras madres, sino también cuando nos damos cuenta que estamos vivos. Ese día corrí a escribir una canción de cuna, ‘Vuele bajo’, y así empezó todo.»

El constante periplo lo llevo a Mar del Plata en 1959 donde consiguió trabajo en un hotel. Allí realizó su primera presentación con público y para hacerlo eligió el seudónimo “El Indio Gasparino” para así parecerse  a algunos de sus artistas preferidos como Atagualpa Yupanqui,  José Larralde y Jorge Cafrune. Fue en aquel entonces cuando moldeó y definió su identidad artística que tanto lo destacó a lo largo de su carrera pero ya bajo su nombre y apellido: Facundo Cabral.

Cantó y dejó su mensaje de vida, fuerza y esperanza a lo largo de todo el mundo aunque su lugar fue siempre Latinoamérica. En 1976 era reconocido como un cantante de protesta por lo que debió exiliarse en México, donde se afianzó profesionalmente al recorrer unos 159 países con su guitarra. Conoció en profundidad cada país de habla hispana y se sumergió en la idiosincrasia cultural de cada uno de éstos que gozaron de su amistad y  respeto al brindarles desde los más pequeños a multitudinarios recitales marcados siempre por la relación intimista con su audiencia. “Yo canto para el cada cual que está en cada uno”, solía decir Facundo en su constante “mano a mano” con el público.

“No perdiste a nadie, el que murió, simplemente se nos adelantó, porque para allá vamos todos. Además lo mejor de él, el amor, sigue en tu corazón”, decía Cabral refiriéndose a la muerte, esa a la que esquivó toda la vida.

En 1978 murieron su esposa Bárbara y su hija de un año en un vuelo a Chicago que él no llegó a tomar por un retraso en el tráfico. “Yo hablaba ocho idiomas, pero me los olvidé todos. Bajé treinta kilos, perdí la vista. Estuve dos años así hasta que un día fui a ver al maestro espiritual Krishnamurti y le conté lo que me había pasado. Me dijo: “te envidio, toda pérdida es una liberación. La vida no te quita cosas, te libera de cosas”, contó tiempo después.

Volvió del exilio en 1984 como un artista consagrado y realizó un concierto en el Luna Park y una serie de recitales en el estadio de Ferrocarril Oeste donde el público lo acompaño de manera masiva y de los cuales surgió el disco Ferrocabral

Después de 46 años y de no haberlo visto nunca, conoció a su padre Rodolfo Cabral en uno de sus shows en el teatro Astral: “me fue a ver y yo lo reconocí enseguida. Mi madre me había dicho: ‘vos, que caminas mucho, algún día te lo vas a cruzar´. Nos dimos un gran abrazo, me invitó a su casa. Lloré en su biblioteca. En un momento me dejó solo y vi que él leía lo que yo había leído. Nunca le pregunté nada, ni a qué se dedicaba ni por qué nos había dejado. Mi madre me había dicho: ‘Cuando lo encuentres, no cometas el error de juzgarlo. Ese hombre es el hombre que más amó, más ama y más amará tu madre. Dale un abrazo y las gracias porque por él estás en este mundo´. Y así fue. Él tenía mujer, hijos. Una alemana deliciosa. Hacía treinta años que vivía con ella. Mi padre murió en 1993. Tuve una amistad de diez años con él.”, contó Cabral y dejó entrever la grandeza de su alma.

Varios son los personajes que influenciaron en su vida y obra, algunos de ellos son conocidos internacionalmente y otros no tanto. En sus shows y entrevistas Cabral siempre recordaba anécdotas con Evita, Perón, la Madre Teresa de Calcuta, Jorge Luis Borges y Ray Bradbury, por nombrar sólo alguno de ellos. Recibió premios como el de mensajero mundial de la Paz por la UNESCO, fue  propuesto por el ex Presidente de Costa Rica, Oscar Arias Sánchez, como candidato para el premio Nobel de La Paz y nombrado Miembro Honorario de Amnistía Internacional. Éstos son sólo galardones que poca importancia tienen en comparación con el mensaje de paz, amor y armonía que dejó en quienes lo conocieron y pudieron disfrutarlo y de quienes, a través de su muerte, lo están descubriendo.

El cantautor Argentino Alberto Cortéz fue uno de sus grandes compañeros de andanzas artísticas, tal es así que grabaron tres ediciones del reconocido y recordado disco Lo Cortez no quita lo Cabral. La muerte se lo llevó de una manera inesperada, cruel y hasta injusta, pero él siempre repetía la frase de Krishnamurti, “la vida no es como debería ser, la vida es como es.”

Cuando un amigo se va es una de las más bellas canciones de despedida y hoy recobra un gran sentido ante la triste ausencia física de Cabral aunque su extensa obra lo mantendrá presente para siempre como uno de los más grandes trovadores que Latinoamérica nos brindó.

Salvaje fue la manera en que nació y vivió sus primeros años de vida, y crueles fueron cada uno de los tiros que recibió ese 9 de julio cuando el empresario Henry Fariña lo conducía al aeropuerto de Guatemala para seguir su gira en Nicaragua. Aparentemente Fariña era el blanco del ataque a la camioneta pero el destino, la realidad o lo que fuere quiso que éste salga apenas herido y Cabral reciba toda esa violencia de plomo. Son dos los detenidos en la causa de su asesinato y la justicia sigue trabajando para investigar la culpabilidad o no de éstos y la del empresario.

No tiene ninguna importancia. Él seguramente ya perdonó de la misma manera que lo hizo con su padre y nosotros nos quedamos con su millonaria herencia, sus frases y palabras que, al galope, recorrerán incansablemente su Latinoamérica querida para seguir sembrando semillas de amor, paz y fuerza.

El ojo que arde

Con el Palais de Glace como escenario, los fotógrafos exponen sus mejores obras en la vigésima segunda muestra de ARGRA. Hombres y mujeres invisibles escondidos detrás de las cámaras, aparecen para mostrar imágenes que justifican el darse una vuelta por la expo. Aquí, 260 obras que se liberan de acompañar un texto en un diario y que brillan por sí solas.

La foto del año, de Martín Acosta.


Un grupo heterogéneo de personas que siempre lleva a cuestas su cámara de fotos se agolpa en la entrada, y mientras se deja mojar con un rocío que de a poco va convirtiéndose en lluvia, espera el momento justo para entrar. Son ellos, los fotógrafos, esos a los que nadie conoce por su cara, y pocos distinguen por su nombre. Están reunidos porque hoy es el día. Deciden ir entrando de a poco y subir al segundo piso donde ya hay gente. La vigésimo segunda muestra de la Asociación de Reporteros Gráficos de la República Argentina (ARGRA) está colgada en el Palais de Glace lista para rememorar el año que pasó.
Las imágenes de los diarios y las revistas sirven para reforzar la credibilidad de las noticias. Son el imán que capta la atención; el anzuelo que engancha al lector y lo arrastra hasta el borde del texto. Sin las imágenes las letras no sirven, se vuelven una mancha negra al costado de la foto, un engrudo difícil de digerir. Por suerte en esta muestra 260 fotografías se liberan del karma de acompañar un texto y son miradas como una obra completa.
Sin embargo, en el día de la inauguración la fiesta no es de las imágenes. En el día de la inauguración la fiesta es de los autores, de esos que están escondidos detrás de la cámara, esos que más temprano esperaban, ansiosos, en la puerta. Ansiosos porque ya sabían que hoy tienen que cumplir el doble rol de ser espectadores y protagonistas a la vez.
Mientras una Lilita Carrió metida en el mar junto a algunos patitos de hule hace competencia a la imagen a su lado, la de un Aníbal Fernández que posa en cuero delante de una carpa amarilla de un balneario en Villa Gesell, los artesanos de la mirada se gatillan la cámara mutuamente y se regalan las estrellitas de los flashes. Toman vino y se saludan mucho los unos a los otros. Se abrazan y se regalan amistosas palmaditas en la espalda.
Pasan los minutos y de a poquito se emborrachan, copita y copita… Silencio. Algunos se están animando a hablar por micrófono a un público que no es otro que ellos mismos y sus aprendices. Anuncian que la muestra de este año tiene algo en particular: se cumplen treinta de la primer exposición de fotoperiodismo argentino, realizada en plena dictadura del ´81 cuando un grupo de fotógrafos se animó a hacerle frente a la censura. El resultado fue mayor al esperado. En la muestra que duró dos semanas participaron setenta fotógrafos y unos cinco mil espectadores hicieron cola para entrar. Hoy un homenaje que incluye algunas fotografías originales y otras que rescatan el contexto y los autores recuerda esa primera experiencia fundacional para el fotoperiodismo argentino.
Sigo dando vueltas. La toma del Parque Indoamericano, la trifulca en Constitución, el incendio en Neuquén, el velatorio de Néstor Kirchner… Gente por aquí y por allá. Para ver una imagen por unos pocos segundos casi hay que sacar número. Nunca me gustaron las inauguraciones, repito para mis adentros mientras miro el salón repleto de fotógrafos que deambulan buscando más caras para saludar antes de que el horario de cierre los vuelva a arrojar a la llovizna. Se  los ve contentos. Los fotógrafos son buena gente. Los días siguientes ya no habrá nadie… y hasta será un poco aburrido.

Basado en un hecho real (en realidad)

Como siempre, como todos los meses, como hace veinte años, Paulina y Leonardo cobraban tal día de cada mes. Aquél 2009 comenzó torcido: los sueldos no estaban.

Paulina trabaja en terapia intensiva del Hospital Argerich; Leonardo es el subjefe de guardia. Allí se conocieron y hasta este 2011 contaban más de 25 años casados, dos hijos, un caserón en Barracas. Y trabajo.

La rutina de Paulina se dirime básicamente entre las vidas y las muertes: terapia intensiva. La de Leonardo no es mejor: ataja heridos, hace lo que puede, no duerme.

En casa, las cosas no venían bien.

Lo que primero era un “atraso de sueldos” derivó en su directa inexistencia. Leonardo salió rápido del recorte: todo se normalizó. Paulina, en cambio, mágicamente dejó de cobrar. Pero no fue magia.

El Hospital Argerich fue de los más azotados por las políticas prioritarias de “lo privado”. Estamos hablando de falta de insumos, camas y turnos que vuelcan todo hacia el otro ese sector. El antiguo, antiquísimo director era Donato Spaccavento, luego kirchnerista y vuelto a casa por Mauricio. En su lugar, Néstor Hernández nunca dio explicación a Paulina sobre los sueldos.

Leonardo venía zafando.

En los pasillos, se organizaron los médicos, enfermeros y personal que hace dos meses no cobraban. Llamaron a las cámaras que nunca vinieron. Organizaron una sentada de la que nunca te enteraste. Y hasta estudiaron la posibilidad de hablar a la prensa con el peor de los discursos, pero el más cierto: “Se está muriendo gente”.

Leonardo, al margen del quilombo de sueldos, fue testigo del desmanejo en la farmacia del hospital: no había insumos. Le oí hablar de vaciamiento, de recorte, de “tirar al bombo los hospitales públicos” y otras palabras con el mismo sentido.

Mientras, las cosas rebotaban en casa.

Leonardo se hizo un lugar en una prepaga, y sigue, y también con su consultorio. Paulina ensayó pasos fallidos en una clínica nutricionista. Había que inventar algo.

Mientras, habían ido a tocar puertas. Y timbres. Una vuelta consiguieron la data que todo se resolvía yendo al Ministerio de Desarrollo Social de la Ciudad. Venían de 3 meses sin cobrar. Fueron así a pedir por esos sueldos, o en su defecto, por explicaciones. Tocaron el timbre y nadie contestó. Tocaron la puerta y nadie abrió. Así por dos horas…

Virginia, una de las doctoras, apretó el timbre para no soltarlo; así por veinte minutos…

Y abrieron.

En el despacho, las esperaba la ministra: María Eugenia Vidal. Sí, la misma que ahora es vicejefa de gobierno. Sí, la misma que dejó a Paulina y compañía esperando dos horas.

Que sí, que no, que se verá, que vamos a hacer lo posible… Que van a hacer lo de siempre. El próximo mes fue igual. Y el otro, y el otro, y el otro también.

Recién a los seis meses despositaron uno de los sueldos, el de ese mes. Del resto ni noticias.

En casa, las cosas seguían mal. Por esto y por todo.

Hace unos días la vimos allá en Barracas. Hablamos sobre las elecciones. Alguien le dijo que no había votado, no sé por qué. Paulina, en confianza, le dijo «Hijo de puta». Pero en serio.

Todavía le deben 25 mil pesos.

Con Leonardo no hablé sobre el tema, no lo vi. Está en otra casa, ahora, desde hace unos meses que se pudrió todo.

“La historia es lo más moderno que hay”

Rafael Spregelburd sabe de teatro como pocos. Su visión no se reduce a pensar en las funciones de Apátrida, doscientos años y unos meses, obra con eje en el bicentenario y en base a la investigación histórica de Viviana Usubiaga que mantiene en cartel. Su mirada apuesta a ir más lejos, por eso habla en esta entrevista con NosDigital sobre la posibilidad de hacer óperas en el país, del teatro argentino, de sus propios gustos teatrales.
Rafael Spregelburd no toma té común. En el teatro El Extranjero, ese espacio relativamente nuevo en Valentín Gómez al 3300, ofrece unos dulces medio raros que le trajeron de un viaje reciente y habla sobre la obra que está presentando allí mismo, aquella en la que, en 1891, el pintor argentino Eduardo Schiaffino intercambia una prolífica correspondencia con el crítico español Eugenio Auzón, en donde debaten sobre la existencia de un arte nacional. Mientras que para el primero esto es ya un hecho, el último cree que sólo se podrán establecer las bases de tal empresa en doscientos años y unos meses.
¿Por qué te decidiste por un género como la ópera hablada para “Apátrida…”?
Me parecía imposible soportar la idea de un tipo una hora y media hablando, con lo cual decidí que el criterio sea musical. En la ópera hablada el cantante no canta, sino que dice el texto, con su métrica, con su rima. No se nota, pero está escrito en verso y de entrada cuando yo lo iba escribiendo sabía que el montaje lo iba a hacer con el músico (Federico) Zypce.
Es un género que acá no se ve con cotidianeidad….
No, acá no está difundida la ópera tampoco. Cuando se piensa en algo de ese género, por lo general, se piensa en una obra decimonónica y anticuada, pero en Europa tiene un desarrollo contemporáneo mucho más vital. Yo no soy cultor del género para nada. En sí misma, no me interesa pero me parecía que era el mejor formato para contar este relato.
En un momento Auzón dice que está harto de ver representaciones de Juan Moreira por todos lados. En el teatro argentino de hoy, ¿hay algo que se repita y que estés harto de ver, como lo era la figura de Juan Moreira en esa época?
Él está muy ensañado con Juan Moreira porque se lo elige por esos años como una especie de ícono sobre el cual construir la identidad argentina. Los dos tienen una prosa exquisita, pero sobre todo Auzón, que es un verdadero cretino en su pensamiento, está tratando de echar por tierra la idea de la constitución de un ser nacional, a partir de la siguiente paradoja. Dice: a ver señores, ¿cómo es esto? Ustedes, pintores argentinos, se van a Francia, aprenden técnicas francesas, ¿y después vienen a hablar de un arte nacional? Es muy lúcida la reflexión ¿Cuántas de las cosas que hoy a lo mejor se repiten en el teatro son en realidad imposición de un requisito del mercado? Aquello que se está vendiendo en el exterior como teatro argentino o que suele ir a los festivales, una especie de realismo costumbrista un poco grotesco que a lo mejor afuera gusta mucho, se está apareciendo como figurita repetida. Realmente uno debería preguntarse si es una necesidad específica el hablar de una entidad nacional como si lo único que hubiera como reflexión teatral fuera ese grotesco o si es en realidad parte de una suerte de comodidad al pedido de afuera. Por eso en la obra yo me pregunto ¿qué se espera de nosotros? Y luego, inmediatamente, ¿quién lo espera?
También podría hablar de los problemas o de las condiciones técnicas en las que se montan las obras: se hacen con pocos actores y sin escenografía. Pero eso no es una necesidad del teatro argentino o una búsqueda estética, en realidad lo que ocurre es que no suele haber espacio físico. Primero porque se tiene que compartir escenario con otros espectáculos, porque en general es la manera por la que se accede a subsidios, la forma en la que se puede dar cabida a un montón de directores que si no, no tendrían espacio. Y segundo, si yo montara una obra que requiriera un armado y un desarme, la sala tendría que saber que ese día sólo puedo estar yo. Una serie de cosas que uno asume como naturales.
Que no lo son…
O sí, porque nuestro paisaje es ese. Si yo estuviera en el teatro San Martín o en el Cervantes, con un taller de carpintería y 20 escenógrafos, también pensaría en esos aspectos, pero pareciera que el teatro argentino se repite a sí mismo en la convicción de no pongamos nada sobre el escenario porque después va a ser un problema, no hagamos obras de más de una hora y media de duración porque no podes compartir la sala. En Alemania o Francia por una obra de una hora pedirían que les cobres más barata la entrada. Para ellos el teatro es una salida, con intervalo, en donde ellos se toman su copita y después vuelven a entrar. Y eso también es falso. ¿Cuánto tiene que durar una obra? ¿Lo que cada cultura necesite o lo que necesite la obra?
Lo mismo que ocurrió con Juan Moreira pasó con el Martín Fierro, ¿no?
Al Martín Fierro tanto como a Juan Moreira se lo ha pintado hasta el hartazgo. Lo que Auzón dice es: lo tengo que ver en el teatro, lo tengo que ver en libro, como folletín, en la pintura, ¡basta! Yo le presto mi voz y casi lo transformo en un héroe romántico, pero la historia parece decir que el tipo era un cretino, un resentido, porque era un marinista muy mediocre. No se conserva ninguna de sus pinturas. Además, parece ser que Auzón fue secretario de varios ministros, de los peores ministros de los peores gobiernos de esa época. De (Carlos) Pellegrini, de Alvear, los de derecha. Y, aparentemente, él era secretario del Ministerio de la Tierra, que era como la cara limpia de la Campaña del Desierto, y él tenía acceso a dinero del Estado para pagar estos estudios en el exterior.
O sea que vos estás del lado de Schiaffino…
No, yo no estoy de ningún lado o estoy de los dos cuando los actúo. Naturalmente,  teniendo una mirada desde el presente, tenemos la ventaja de ciertos anacronismos que nos hacen tomar una actitud. La verdad es que Schiaffino plantea algunos problemas que hoy en día siguen muy vigentes, cuando dice que es muy fácil para ese español radicado en Argentina hablar de que no hay patria, de que el arte sólo tiene una nación que es el mundo. Viene de un español que sí tiene una nación, una patria, y que arrastra el peso de la historia. Me parece más heroica la actitud de Schiaffino.
Ahora, ¿qué pasa? Nosotros leemos los textos de Schiaffino y nos horroriza la ingenuidad con la cual pretende fundar una nación argentina a partir de copiar el modelo europeo. El verdadero problema no es técnico, sino de dinero. Porque hay pintores argentinos, pero los ricos no las compran, la inversión fija es la inversión de afuera. Si se piensa en términos de teatro, muchas ciudades del mundo tienen sus ojos puestos en Buenos Aires por la cantidad de teatro de calidad que hay en espacios alternativos, pero en lo que es el teatro comercial, tiene más valor la obra de moda en Londres o en París que la obra de un autor contemporáneo.  Autores o directores de los más valiosos, como Javier Daulte, Claudio Tolcachir o Daniel Veronese, cuando estrenan en los circuitos comerciales, estrenan obras extranjeras.
“Agosto” por ejemplo…
Tolcachir con Agosto, Venonese haciendo Tenessee Williams o Daulte cuando hizo Baraka. Ellos, que son autores de un talento similar o superior al de aquellos autores, dentro de ese mercado, el público que a lo mejor va una vez por año al teatro, cuando va al teatro, va a ver eso. Sigue existiendo en nuestra cultura una especie de snobismo según el cual “si viene de afuera es mejor”. Y Schiaffino lo señala con muchísima claridad ya en ese momento. Además, tenemos que pensar que en 1891 la Argentina tiene un 70 % de analfabetismo. Esta discusión que para ellos es tan visceral y cuestión de vida o muerte, ¿para quién es? ¿Quién tiene acceso a ese arte argentino? La pelea es entre dos burguesías.
Yo no le daba ni cinco de pelota al bicentenario, pero del año pasado a esta parte, la historia se transformó en lo más moderno que hay. Es decir, hay formas vanguardistas que te resultan viejísimas y obras que remiten a la historia que tienen un grado de avant garde mucho más inquietante. Por ejemplo, Auzón tenía acceso a las cifras reales de la Campaña del Desierto. Y pone en evidencia algo que en la época estaba muy claro y que después se oscureció: Roca, cuando presenta las cifras de la masacre a los indios, abulta muchísimo las cifras. El tipo se ufana de haber matado más indios de los que en realidad mató porque le daba muy buena prensa. Nosotros, ahora hablamos de las culturas autóctonas y demás, pero acá se masacró tanto como lo hicieron los españoles en México o en Colombia, y tenemos la ilusión de que eso no fue así. Hay un montón de elementos de la historia que están totalmente tergiversados, que cuando vos te encontrás con los documentos reales, te preguntás cómo está construida esa ficción a la que llamamos patria.
Mal
Pero bien vendida.
En varias entrevistas vos decís que no tenés ningún tipo de diálogo con textos clásicos. ¿Qué hay del intercambio con autores de tu misma generación?
Cuando yo veo obras de los directores argentinos que, por lo general, son los que más me gustan, naturalmente uno vee cosas que le impactan y que le llevan a querer proponer una respuesta. Mientras que con los textos escritos del pasado histórico, yo no tengo una relación viva, tengo una relación intelectual. Soy lector de esos textos como literatura, pero no se me ocurriría ni por asomo montar un Shakespeare. Esos autores no me necesitan, ni yo los necesito a ellos.
¿Qué querés decir cuando decís que tu generación es la de la “micropoética”?
Durante mucho tiempo el teatro argentino estuvo signado de tratar de encontrar la característica del teatro argentino. ¿Por qué si hicieras una cosa, a lo mejor te acusan de anti argentino? Pensemos que a Griselda Gambaro la acusaban de europeizante porque sus textos eran absurdos, entonces iban a contramano del realismo costumbrista, esta especie de traducción de Arthur Miller que se hizo aquí en los ´60, ´70, como única forma de representación de los conflictos sociales. Y si vemos la evolución de ambas líneas, vemos que los últimos textos de Griselda tienden al realismo, mientras que los últimos de Tito Cossa tienden al absurdismo. Es una falsa oposición, producto de una ilusión.
Si nosotros asumimos que en realidad ya no hay un mandato global de cómo debe ser el teatro, lo que quedan son artistas individuales con sus poéticas. No existe la idea del mandato medio histérico de otras épocas de decir “si este espectáculo triunfa, así debe ser el futuro del teatro”. Este fenómeno está en sintonía con otros micros a nivel mundial, con un abandono de todas las explicaciones que se pretenden uniformadas, la caída de los grandes sistemas de explicación universales, ya sea el comunismo, el capitalismo, el marxismo o la caída de todas las religiones en picada. Lo que quedan son opciones más individuales. Esto no es ni bueno ni malo. Es lo que Luis Felipe Noé en su “Antiestética” llama un “órden abierto”. En los órdenes abiertos nada está en su lugar. En cambio, en los órdenes cerrados hay una ley, como en la Edad Media lo es Dios. Es una mentira, pero todos creen en esa ilusión. Por lo tanto, se sabe cómo pintar “lo bello”. En los órdenes abiertos, como no hay ley, no hay desviación.
Tampoco es que hay movimientos, porque los movimientos implican mucha gente. Ahora el artista es un explorador solitario que va con una linterna en medio de la noche, y que ilumina una parte muy pequeña de ese paisaje lleno de lobos y no aspira a mucho más que eso. En otras épocas los artistas aspiran a la ejecución concreta de una verdad o, en el caso de Brecht, a la revolución socialista, a la ejemplificación de una doctrina, como todo el teatro medieval con la doctrina cristiana. Eso ya no hay. No podríamos hablar de macropoéticas en las que se pudiera englobar un movimiento tan grande de directores que los que quedaran fuera, serían mirados con desdén. No es que tenés un teatro político, y el que no hace teatro político está afuera de eso. De hecho, ¿quién decide cuál es el verdadero teatro político? ¿Es un teatro que habla de la política, de piqueteros y demás, o es un teatro que ejerce una modificación sobre lo real, o sobre tu pensamiento sobre la historia? Yo creo que Apátrida es una obra política en ese sentido.
¿Qué pensás de la política cultural de la ciudad de Buenos Aires?
Me parece que hay un vacío enorme en ese sentido que, me imagino, tiene que ver con un sistema de prioridades. La cultura no es una prioridad del gobierno de esta ciudad, como tampoco lo es la educación. Esto se vio claramente cuando intentaron poner de ministro a Abel Posse. Este gobierno no tiene grandes cuadros en Cultura porque es muy difícil que la gente de la cultura adhiera al macrismo, esa es la explicación más simple que yo encuentro. Por otra parte, no he sentido un vacio más grande que con otras gestiones, para nada. Yo estrené una obra en el teatro San Martin en el año ´99 y, después, cada proyecto que seguí presentado a todos los gobiernos de esa institución, me siguieron diciendo que no, mientras yo estrenaba mis obras en las salas estatales de Frankfurt, de Hamburgo  o de París. Seguramente habrá otros artistas que han perdido sus espacios de trabajo con el cierre de los centros culturales y, seguramente, ellos tienen información fehaciente de todo lo que se empobreció. Pero no sé si con otro gobierno, ese empobrecimiento no hubiera ocurrido también.
Pero vos presentaste obras en el Festival Internacional de teatro de Buenos Aires (FIBA), que organiza la Ciudad…
Sí, pero no son producción del FIBA, te compran la función. Y siempre me he presentado, ¿por qué no hacerlo? Lo haría también ahora. No me parece que el boicot sea la solución para que salga mejor. El festival no le pertenece al gobierno de la Ciudad, es ya un territorio ganado por los espectadores. Está buenísimo que la gente vea obras extranjeras sin tener que viajar. La cantidad de espectadores que asisten y las entradas agotadas dos meses antes de que empiecen las funciones es algo único en el mundo.
El FIBA tuvo dos políticas: accesibilidad, de hecho los espectáculos argentinos eran gratis. La gente se mataba por ir a ver un espectáculo que estaba ya en cartel en una sala, pero allí se hacía gratis. Y realmente uno ahí se da cuenta de que hay gente que no puede pagar 40 pesos para verlo. La otra función del FIBA era la de la exportación de teatro local. Se les pagaban los pasajes o los hoteles a los programadores extranjeros para que pudieran venir a ver teatro, ya que la Cancillería no tiene un peso. A mí me llaman de un festival y lo primero que me dicen es “Le vamos a pedir los pasajes a Cancillería” Y yo les digo “Ok, ¡buena suerte!” A veces ocurre, a veces no.
¿Creés que alguna obra tuya fue un fracaso?
Cuando se estrenó “La Modestia” en el San Martín, las críticas fueron bastante tibias. Recuerdo el caso del diario Clarín, que hace una crítica mediocre. Bueno, como son los críticos, que ponen estrellitas y dicen “Buena, mala, véala, no la vea”. Y ese mismo año, Clarín me da el premio al mejor autor por esa obra y yo pensé “¡Qué raro!” Por supuesto, no fui a recibir el premio, que seguramente no consistía en nada, un diploma o un “vení a llenarme la fiesta de que te filmo”. O lo que ocurrió con un crítico de La Nación que hizo una nota dándome una serie de consejitos y, cuatro años después, me pide los derechos de la obra porque la quiere montar. La gente está re loca.
Si yo hubiera escuchado sólo esa campana, diría “¡Uy! Fue un fracaso”. Afortunadamente, con mi grupo sabíamos lo que queríamos hacer y lo hicimos, no tuvimos una sensación de fracaso.
“Apátrida…” termina con una la canción electrónica “Pa Panamericano” ¿Qué pasó ahí?
Es el pop playero. Si esta es la universalidad del arte por la que brega Auzón, matémonos. Es un ringtone. Si el arte fuera totalmente universal y pudiera estar diseñado a nivel planetario, se transformaría en un producto de tan fácil consumo como los hits playeros. Pero hay una explicación más simple, las obras se construyen por contraste, por sorpresa.
¿Te cuesta ver tus obras montadas por otros directores?
Sí, mucho. Lo que yo publico es lo que queda de un montaje. Entonces, cuando alguien toma mi texto y respeta todas las palabras pero no sus tiempos, ni sus roles, no es que esté mal (debo confesar que a veces lo hacen mejor que yo mismo), pero uno como autor, que concibió ambas cosas juntas, siente una escisión tan grande, que es como si una parte tuya estuviera muerta.
Spregelburd se prepara para su ópera prima en cine, con la colaboración de Gastón Duprat y Mariano Cohn, mientras espera el estreno de tres películas en las que participó como actor: “Las mujeres llegan tarde”, de Marcela Balza, ”Cornelia frente al espejo”, de Daniel Rosenfeld,  y “Agua y Sal”, de Alejo Taube, sólo estrenada aquí en el festival de Mar del Plata.
Los espectadores, por el momento deberán calmar sus ansias con “Todo”, en el teatro Beckett y con “Apátrida…”, una obra para ser vista y representada por doscientos años, unos meses, y tal vez un poquito más.

«No quiero condenar a ningún individuo»

Carlos Azcurra, en 2005, salió a jugar un clásico en Mendoza, su provincia natal. Hubo lío en la tribuna. La Policía reprimió, él trató de calmar la represión porque su padre estaba en la popular y se ligó un balazo de goma. Perdió un lóbulo del pulmón derecho, perdió mucha capacidad aeróbica y le dijeron que no podría jugar más al fútbol. Pero volvió hace ya un tiempo. Acá cuenta cómo siguió su vida y, desde adentro de las canchas, da una visión de todo lo que involucra al fútbol argentino, Policía y Estado incluídos.
En septiembre del 2005 sucedía un hecho histórico para el deporte mundial: un policía hería de un balazo de goma a un deportista dentro del campo de juego. La insólita situación, sin precedente alguno, la sufrió el futbolista Carlos Azcurra, quien casi pierde la vida por la agresión desmedida e injustificada que recibió por parte del policía Marcial Maldonado, mientras Azcurra trataba de frenar la represión policial desatada por incidentes durante un clásico entre Godoy Cruz y San Martín. Carlos, desde su Mendoza natal, la misma tierra donde vivió aquél momento, cuenta en primera persona lo sucedido, el antes y el después, el papel de la Policía en el fútbol argentino y el trato que recibió de los medios y del entorno futbolístico ante su desgracia.
-¿Cómo sentís que trataron tu situación los medios?
-Yo sabía que al ser un caso tan fuerte, único en el fútbol, me iban a llamar de todos lados. Pero los medios se manejan así, cuando sos noticia te llaman y cuando uno deja de ser noticia ya no sirve.
-¿Cómo fue tu vida después?
-Bueno, cuando estaba en el hospital, en terapia intensiva, recuperándome muy de a poco, los médicos me comunicaron que era muy difícil que volviera a la actividad profesional por la gravedad del impacto de la bala. Perdí un lóbulo del pulmón derecho, perdí mucha capacidad aeróbica y eso en el fútbol es determinante. Tuve comprometidas más partes del cuerpo: me rompí el diafragma, y los órganos hepáticos también estaban comprometidos. Me dijeron que si me recuperaba podía hacer una vida normal, trabajar y hacer deporte 2 o 3 veces por semana, pero no volver a la alta competencia.
-¿Cómo te imaginaste en un principio esa vida normal?
-Me costó entenderlo. De estar en una cancha de fútbol a despertarse a los dos días en un hospital, todo entubado, por todos lados. Sondas por la nariz, la boca, todo. Me desperté así, no entendía nada. A medida que me fui recuperando, aunque los pronósticos eran duros, me esperancé en hacer una vida normal. Me dijeron que podía haber perdido la vida en la cancha. Los médicos no se explicaban como llegué con vida al hospital. Perdí mucha sangre en el estadio.
-¿Cuál fue tu reacción al enterarte de lo que te había pasado?
-Yo no sabia que había pasado cuando me desperté. Cuando recibo el impacto, pensé que había sido un golpe de alguien. Pero después me caí, empecé a  perder aire y sentía que me quemaba por dentro. Me desmayé. Cuando me desperté me contaron qué había pasado. Después vi las imágenes por la tele, a los dos meses, y no entendía porque había reaccionado de esa manera la policía. En la tribuna no había disturbios mayores, y la Policía empezó a reprimir con balas de goma. Yo me preocupé mucho, estaba mi viejo y mi sobrina en la cancha. Entonces me acerqué a pedirles que paren y bueno, me dieron a mí. Traté de buscarle un por qué pero no pude.
-¿Recibiste apoyo?
-En el ruido y cuando estuvieron todos los medios se me acercaron. Cuando es noticia están todos. Pero a los 10 días, cuando ya no es tanta la relevancia, obviamente que los teléfonos los dejan de atender. Uno ve la realidad que tiene que afrontar y hay que darle para adelante, no hay que caerse. Tuve la suerte de que me acompañó, hasta el día de hoy, el gremio de futbolistas. Estuvieron al lado mío siempre. En todo sentido me ayudaron. Desde lo económico, humano, médico. Allí hice la rehabilitación, en Capital Federal, en el gremio. Estuve 8 meses, luego volví  a Mendoza donde continué el tratamiento.
-¿Qué le reprochas al entorno futbolístico?
-Ojalá que sea vea un cambio estructural en todo sentido. En los clubes, en los dirigentes, la seguridad, los jugadores. El gremio que tenemos los futbolistas es muy bueno. Tenemos que aprovecharlo. Pero es muy complejo todo. Por un lado el gremio se portó increíble. Pero por otro lado el Estado, como sabía que iba a haber un juicio en su contra, ya que la Policía es estatal, trató muy mal el tema, lo manejaron mal. Fue un error muy grande de uno de sus empleados, digamos, como es un policía. Entonces, al margen de que hay un juicio de por medio, me tendrían que haber apoyado. Ellos apuestan a la seguridad y fallaron. Deberían haberme dado más apoyo. Es lógico que haya un juicio contra el Estado, yo no lo hice por ganas, pasaron cosas gravísimas. Y el Estado no me apoyo al litigar, ni nada. El juicio terminó ya.  El Estado no se hace cargo de nada, no le da importancia cuando hay negligencias tan obvias y evidentes. Deberían resolverlo más rápido, para la tranquilidad del damnificado. Fui indemnizado, porque llegué a un acuerdo extrajudicial con el gobierno. Ellos intentaron hacerme quedar como el culpable, para que las responsabilidades de ellos sean menos. Eran especulaciones. Hacerme responsable a mí, y no al policía. La condena para Marcial Maldonado fue la mínima. Yo pedí que fuera la mínima. El fiscal me preguntó qué condena quería para el policía y yo le dije que no me interesaba, que no quería que el tipo vaya preso. No me interesa si no va a la cárcel, no quería meter a nadie preso. Entonces, pedimos la mínima, me interesaba que el culpable sea el Estado, no el policía. Como individuo yo lo perdoné a Maldonado. No quiero condenar a ningún individuo por lo que me paso, no tiene sentido para mí. Es más, una vez me lo crucé, cuando a él lo condenaron. Me pidió perdón a la pasada: “Perdonáme, Azcurra”, y le dije  “está todo bien, ya está”. Le recibí las disculpas.
-¿Cuál es tu crítica al papel de la Policía en el fútbol argentino?
-Los policías no están capacitados para grandes espectáculos, de masas. La sociedad está muy impaciente, el fútbol también. No tolera nada. Es complicado para ellos, pero deberían estar entrenados. Debe haber una capacitación especial para la Policía en el fútbol. Uno al pagar sus impuestos les da fondos y eso no va a la capacitación de policías. Hay una falta de compromiso con querer aprender y mejorar la seguridad.
-¿Pudiste perdonar al aparato policial?
-Es difícil. Si me tengo que poner a pensar a quién perdonar y a quién no, se me va la vida. Esto va a seguir igual, no aparenta un cambio. No puedo gastar tiempo en buscar responsables. Tengo mi familia, volví a jugar al fútbol, quiero ocuparme de esto ahora. Estoy bien. Obviamente que no tienen la culpa los individuos. Alguien le da el arma al policía. No le caigamos al él… ¿Quién lo autorizo para que sea policía? Es muy fácil caerles a ellos pero, ¿y los que están más alto? Si no saben manejarse es por algo.
-¿Por qué pensás que los medios usaron tu situación?
-Sin duda, lo hicieron. Me lo dijeron igual. Sergio Marchi, titular de Futbolistas Argentinos Agremiados, me lo advirtió. Él es muy inteligente y me dijo que cuando hubiera ruido iban a estar todos, pero que dos después semanas no iba a haber nadie. Así se manejan ellos. El mundo se maneja así. Tuve la suerte de estar asesorado bien humanamente. El fútbol también me trató así. Mi club se desentendió, todavía me debe plata, pero eso ya no importa. Si vos vendés y podés meter presión te dan un tipo de importancia. Cuando alguien ya no es recordado, uno pierde la fuerza. Pero eso no me ha afectado en nada, estoy tranquilo. Es una cuestión de vender.
-¿No le das importancia a la deuda que tiene San Martin de Mendoza con vos?
-Es tiempo pasado. Me quedaron debiendo un dinero, pero ya pasó. Ya fue, ya pasó, fue en el 2005. Ya no me interesa.
-Volviste a jugar de nuevo…
-Sí, volví a jugar al fútbol. Hice una muy buena rehabilitación y lo logré. Le puse mucha onda. Mientras no pude jugar hice el curso de técnico, empecé la facultad. Siento que estoy bien encaminado. Fue una alegría muy grande volver a jugar. Veía las canchas y me moría por jugar. Cuando corría 100 metros y me agitaba, porque no podía más, fue muy duro. De a poquito fui logrando más y ahora acá estamos, de nuevo en la lucha.
-¿Por qué decidiste empezar una carrera universitaria?
Simplemente busqué más posibilidades. Siempre tuve ganas y al tener un poco más de tiempo luego de lo que me pasó pude empezar.  Estoy en primer año de abogacía y está bueno, me interesa mucho. Ahora que volví a jugar me voy a buscar los tiempos para seguir con el estudio, sin dudas. Me parece muy bueno que el deportista tenga una búsqueda en los estudios. Además, si uno quiere, tiene los tiempos como para hacerlo. No está de más. En los futbolistas mucho no se ve, verdaderamente. Yo no conozco muchos, pero se que algunos lo hacen. Siempre quise y no encontraba los tiempos, ahora veo las cosas de otra manera y quiero volcarme por ese lado.
¿Qué nombre le pondrías a lo que te pasó?
No lo sé. No es accidente, no sé si decirle tragedia. No se cómo nombrarlo o cómo ponerle un título.

La aristocracia del barrio

Las plazas siguen siendo cunas de un deporte que se ha vuelto mucho más que una costumbre: el ajedrez. Espacio de viejos, lugar de elites barriles. NosDigital comparte una tardecita en el medio de damas y de reyes, contando las historias que aparecen en ese lugar que se ha vuelto un clásico.

Foto tomada del blog de Daniela Beracochea.


Pateando piedritas rojas, color ladrillo, cruzo la plaza de mi barrio. Mirada gacha, manos en los bolsillos, cordones desatados, camino el parque como si fueran los pasillos de mi infancia. Se ven los cuadros típicos que por su cotidianidad no resaltan: los niños en el tobogán, los novios en el banquito, las amigas mateando, los pibes jugando a la pelota. Lo de siempre. De repente, un grito un tanto agresivo llama mi atención. El escenario es tan costumbrista como los anteriores, pero encierra un misterio,  una duda eterna que el caminante nunca se animo a despejar. Esta vez sería la excepción.  Como quién no quiere la cosa me acerco, pasito a paso, sin hacer ruido y tratando de no desconcentrar a nadie. Allí están, siempre atentos, silenciosos y algo recios, jugando al ajedrez, algunos otros, menos, a las cartas. Es una fotografía perfecta: manos en la frente, ojos desorbitados, hombres parados alrededor generando una familiar tribuna, un reloj a un costado que se golpea luego de cada jugada. Es lo que se repite en todas las plazas de los barrios del país. Sin embargo, siendo una escena familiar, que se multiplica a cada cuadra, que no despierta asombro alguno, aún así, encierra un mundo desconocido, que amedrenta a los más jóvenes de irrumpirlo, de conocerlo, de preguntar, de atreverse a consultar: “¿Puedo jugar?”.
Camino por el senderito que te lleva hacia las mesas y asomo la cabeza. Un viejo, de más de 80, con boina, a quién le dicen “el Maestro”, mira fijo a su contrincante, esperando su movimiento, le habla, lo apalabra, lo pone loco. Cuando estoy entre los espectadores, que no superan las 10 personas, me empiezan a relojear con la mirada. Soy marcadamente más joven. No soy bienvenido, parece. Para constatarlo me animo a preguntarle a un hombre de campera verde y gorra roja: “¿Cómo es la movida? ¿Por qué juegan? ¿Y si quiero jugar?”. No recibo respuesta alguna. El hombre que había gritado y acaparado mi atención era el rival de Tito, Francisco, o por lo menos usaron ese nombre al alcanzarle un cigarrillo. Se lo veía menos tranquilo, repiqueteaba la pierna contra el suelo, fumaba sin parar y largaba alguna puteada cuando las jugadas le salían mal. Mientras se juega la partida me acerco a otro señor, engominado, con un rompevientos celeste y anteojos enormes, quién me cuenta que los que se juntan a jugar en esas 6 históricas mesas son casi siempre los mismos, que son del barrio, que juegan al ajedrez, al truco y , solo a veces, a la escoba. Me cuenta que él sólo juega al ajedrez, me lo dice como sintiéndose superior. Pregunto, ingenuamente, si se juega por guita. El hombre, con mala cara, responde: “Secretos no te puedo contar”. Me evita y se va.
La partida sigue, me doy cuenta que el ambiente no es tan silencioso. Hay risas, mucha burla, algunos pocos consejos. “El Maestro”, al que nunca lo llaman por el nombre, juega manejando los hilos de la partida, la tribuna, la plaza, el barrio entero. Eso se percibe estando al lado. Le habla constantemente a su oponente: “Yo acá soy el número 1, no vas a poder”. Francisco, un hombre de unos cuarentaytantos, se siente inferior, se ríe de los chiste del viejo, los festeja, juega pidiendo que le tengan paciencia, que hace lo que puede. El juego está en zona de definición. Hay más piezas afuera que adentro. Sobreviven un par de peones, las torres, algún alfil y el invicto rey, por supuesto. El viejo subestima al joven, le advierte que le va a dar algunas jugadas más de gracia, para hacerlo más parejo. En esa situación se me acerca un hombre de sesenta años y me consulta: “¿Qué andás haciendo pibe acá? ¿Jugás al ajedrez?”. Le contesto que jugaba muy de pendejo, que ahora ya no, que me acerque para conocer un poco más de ese mundillo, de ese universo paralelo que son las mesas de ajedrez, los hombres, los viejos y las plazas. El tipo se prende, me empieza a contar detalladamente. Están allí desde antes que yo haya nacido, más de 20 años. Siempre son los mismos, del barrio. Porteros, jubilados, linyeras, desempleados. Todos hombres, siempre. Todos mayores, también. Me dice que sufrieron cuando el Gobierno de la Ciudad les cerró la plaza para remodelarla y tardaron más de 2 años. Que tuvieron que emigrar a otro parque cerca de allí, pero que no era lo mismo. Me revela, con sufrimiento, que cuando se reestreno la plaza les cambiaron las mesas de  lugar y, lo peor, quitaron la gloriosa cancha de bochas. De todos modos, están conformes, les gusta como quedó. Esas 6 nuevas mesas donde pueden entretenerse de sol a sol los dejaron satisfechos. Julio, así se llama el hombre, me va contando todo. Que ni el frío los para, aunque corte la cara, siempre están allí. Que se hicieron poner un baño químico en el córner de plaza. Que van todos los santos días. Por último, revela aquella duda que tuve desde niño. Antes, le pregunto: ¿Qué se cuenta con las piedrillas anaranjadas (a veces son porotos)? ¿Es un simple tanteador o están timbeando? ¿Son representaciones de pequeñas apuestas? ¿Se juega por guita o son plenamente amateurs? Julio me contesta burlándome, haciéndome saber que estoy muy verde todavía: “Vos sos divino, pibe – se ríe – . Mirá si vamos a andar apostando,  no tenemos un mango, somos casi todos jubilados o desempleados. Acá no se mueve ni un peso. Es sólo un divertimento. Las piedritas se usan para contar los puntos de truco, nada más”. Me avergüenzo bastante. No sé muy bien como seguir la charla. Por suerte, Julio se despide, se tiene que ir. Me saluda con un apretón de manos y se va caminando lento por el sendero, con un portafolio desgastado, negro y con ningún cierre cerrado, que sujeta con su temblorosa mano.
Cuando vuelvo al juego principal todo había cambiado. Francisco, sonriente e incrédulo, ya había cambiado un peón por una dama y tenía al Maestro de rodillas. Él se excusa, que lo había subestimado, que no tendría que haberle dado aquellas jugadas de gracia, que estaba por perder después de tantísimo tiempo. La derrota es un hecho. Los papeles han cambiado. Ahora se ríe uno y se excusa el otro. Aquél que en su momento le dijo a Francisco: “¿Pero contra el viejo querés jugar? ¡Para que te vas a meter en terrenos tan jodidos!”; ahora dice: “Mirá vos Francisco, qué bien la hiciste, qué sorpresa, cómo te despachaste”. Sólo falta el golpe de gracia. El instante que parece el más importante de la jornada. Me confundo, no lo es. Me doy cuenta que no es el principal momento sólo cuando llega Carlitos, el vendedor de café y facturas. Todos los juegos, de ajedrez o de truco, se interrumpen. En el frío paralizante, cada uno se levanta de su asiento, saluda al hombre que llega con la bicicleta y los termos, y, uno por uno, van comprando un café y varias facturas. Absolutamente todos. Carlitos sí es el número uno, definitivamente. Es su momento, todos lo saludan afectuosamente, le preguntan por la familia, si quiere jugar, si se quiere sentar. El café y las faturas, en las mesas de la plaza, no se manchan. Son lo primero. Yo no me animo, para comprarle un café a Carlos hay que ser del riñón del lugar, da toda la sensación. Me quedo a un costado, admirando el fenómeno. De la canasta que lleva en la parte trasera de la bici salen cifras record de facturas. Nunca se acaban. Pasan, agarran y siempre quedan. Todos satisfechos y más templados. Carlitos se despide de manera general, con la mano, se sube a su vehículo y se retira heroicamente.
Sólo cuando ese glorioso instante terminó, todos vuelven a sus asuntos. La cuestión está cocinada. El submundo de las mesas y las plazas, me es mucho más familiar. El misterio sigue siendo grande. Nunca se sabrá que es pertenecer a ese selecto grupo, ni qué es estar jugando contra el Maestro, ni pedirle un café a Carlitos o, simplemente, contar las piedritas para el truco. Pero, las dudas son menos. El desafío está superado. Entonces sí, sólo después de haberlo logrado, Francisco toca la pieza final: “Jaque mate, señores”.